Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino,
nunca digas no puedo más y aquí me quedo,
la vida es bella
tú verás como a pesar de los pesares
tendrás amor
tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es será todo tu patrimonio,
perdóname no se decirte nada más,
pero tú comprende que yo aún estoy en el camino,
y siempre acuérdate de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.
Palabras para Julia (fragmento)
José Agustín Goytisolo
Los verdaderos maestros, como escribía María Zambrano, son aquellos que sostienen, en su obra y su vida, una función de orientación para los demás. Cuando uno se encuentra necesitando orientación o consuelo para las inclemencias de la vida puede ir a encontrarlos en el poeta y también en el psicoanalista. Por eso un fragmento de las Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo encabeza el tema que nos ocupa. Poema y autor reúnen sobrados motivos.
El tema que nos ocupa es la llamada «Función civilizadora»1. Trataremos de plantear aquí qué puede aportar el psicoanálisis en este momento histórico a esta tarea civilizadora y sobre todo qué puede aportar a los profesionales de las disciplinas encargadas tradicionalmente de esta tarea de civilización de nuevas generaciones.
Pero para abordar el tema desde el punto de vista del psicoanálisis hay que introducir primero dos salvedades. Primera: desde dónde se habla. No se trata de hablar desde el psicoanálisis como un todo sino de situarse en una orientación. En mi caso, es una orientación precisa, elegida hace años, la orientación lacaniana desarrollada por Jacques-Alain Miller. Esa orientación permite tomar distancia de ciertas corrientes mayoritarias, en una época invadida por el psicomundo, y situarnos a resguardo del eclecticismo, del llamado ‘pensamiento único o del todo vale’. Deslizarse por esas pendientes tiene su precio, que sabemos suele pagarse caro. De Jacques-Alain Miller tomo entonces una primera orientación, a mi parecer vital para el tema que nos ocupa: «no resignarse».
No resignarse es un término que aparece en el volumen Qui sont vos psychanalystes?, recientemente publicado en Francia. Miller dice allí que a quienes quieren emular a las grandes figuras, como Freud o Lacan (o María Zambrano), no se les puede reprochar la falta de genio (se nace con eso o no). Pero uno puede no resignarse si les falta el coraje, la franqueza, el espíritu de decisión y la consistencia. Es a todo eso a lo que cabe, legítimamente, no resignarse y por tanto hacer algo para cambiar las cosas.
La segunda salvedad es: a quién nos dirigimos. No se trata aquí de hablar para un público como un conjunto heterogéneo de profesionales de campos diversos, pedagogos, psicoanalistas, etc. Sino de dirigirse a un punto preciso en cada uno de los aquí presentes. Apuntando a lo que hay de analizante, efectivo o virtual, en cada uno. Apuntando a lo que hay de no-resignado (no resignado a obedecer ciegamente al fantasma inconsciente, que es lo que guía en la vida mientras no se lo analiza). Entonces, se trata de personas con el coraje de analizarse, o de haberse analizado o, quién sabe, que piensan emprender un análisis. También a aquellos que no piensan emprender esa aventura… eso no los hace menos sujetos al inconsciente, bien al contrario.
Las cuestiones que el psicoanálisis puede aportar sobre la función civilizadora son múltiples y muy variadas. Para el tema que nos ocupa repartiremos las cosas situando el lado de los problemas y el de las soluciones. Como veremos, muchas veces el problema lleva incorporada la solución si sabemos tomarla de la buena manera.
Consideraremos los cuatro puntos siguientes:
– La existencia del mal
– Contra la depresión, el coraje
– No estamos tan solos como creemos
– La ética del psicoanálisis no es una ética del soltero
La existencia del mal
El mal existe. No solamente en el ‘macro mundo’ como Freud decía, también en el ‘micro mundo’ de la subjetividad. En cada uno habita el mal. Y no solamente el mal existe sino que cada uno tiende activamente a buscarlo como si fuera su propio bien. Esa paradoja resume el término lacaniano de ‘goce’. Y constituye una aportación fundamental del psicoanálisis a tarea de la civilización en materia de ética.
El psicoanálisis da una definición del hombre que incluye la animalidad, lo no-civilizado, la pulsión de muerte. En la relación con el prójimo no sitúa ninguna beatitud sino una tendencia a la agresión. La definición freudiana del hombre está del lado que subraya «el hombre es un lobo para el hombre».
Correlativamente, el camino del hombre hacia su deseo no es un camino de rosas, allí se encuentra con un más allá del deseo, que es el goce, que no es un bien sino un mal, un exceso, un demasiado. Es el punto de agresividad, de ‘lobo’ para los otros pero también para sí mismo. Ese goce es el punto más íntimo de cada uno. Como si en el lugar más íntimo de cada uno, debajo del bien, de lo bello, de los ideales se encontrara un redondel quemado, una ‘zona cero’ neoyorquina, una marca de destrucción que ha dejado un vacío. Y rodeando ese vacío, velándolo, se sitúan esos elementos de la belleza, la bondad, los ideales, los diversos semblantes… en suma, la civilización.
El problema entonces es, sabiendo que el punto más íntimo es el goce y que el goce está en relación con un mal, en los demás pero sobre todo en uno mismo… ¿Cómo vincularse con los otros? ¿Cómo hacer con la pulsión de muerte?
Ese goce, esa pulsión de muerte necesita ser velado para ser habitable y sobre todo abordable. Por eso la educación, las producciones de la cultura, el psicoanálisis mismo, son respuestas que la humanidad ha construido para tratar de hacer algo con ese punto. Ahí tenemos la idea de Kant sobre «la insociable sociabilidad», o las respuestas por el lado de «la bonne distance«, para evocar algunos temas ya trabajados en Barcelona2 Para no abandonar la función civilizadora hay una primera condición: la de sacudirse de encima la alucinación publicitaria que promete la felicidad en este mundo, y vende sus parcelas.
Con respecto a la felicidad hay que decir con lucidez freudiana que se trata de una estafa a gran escala. Nada en el ‘macro mundo’ está hecho para la felicidad ni en el ‘micro mundo’ tampoco (ahí están la guerra, la enfermedad, la muerte, para recordarlo).
Hay que saber que lo social suministra pantallas a modo de consuelo, que ‘lo social’ mismo es una pantalla, pero esas pantallas se convierten en más o menos ‘tramposas’, por así decir, si se pretende negar aquello que, al velar, enseñan.
Como se ve, conviene estar advertidos y para ello resulta imprescindible cultivar y conservar la lucidez y el sentido crítico. Una lucidez que solo se hace operativa si se acompaña de un trabajo asiduo. Una crítica a tomar de la buena manera: la que empieza por uno mismo.
Contra la depresión, el coraje
Frente a este panorama, el psicoanálisis no debería ser una invitación a la tristeza. Hay que decir que no es nuestro caso, bien al contrario, por eso empezábamos hablando de no-resignación.
A modo de los maestros antiguos, Lacan decía que la depresión es una cobardía moral, y se cura con el coraje. Si aplicamos esto al malestar actual, por ejemplo, bajo la epidemia de ‘depresiones’ farmacológicamente testadas, ¿no habría en realidad una pandemia de falta de coraje?
No hay píldora para el coraje. No hay Prozac, porque los Prozac que se nos ofrecen, como se expresa Miller en sus Cartas a la opinión ilustrada, son considerar el mal con paciencia, o poner al mal tiempo buena cara, o prescindir de lo superfluo, o vivir disfrutando del momento… Que en realidad son banalizaciones del mal, basadas en versiones Light de las filosofías orientales del no actuar.
Como vamos a ver, aquí se juega la dimensión del acto. Y la angustia que comporta un acto porque, cuando se produce, las cosas cambian, y eso puede ser temible. Por eso las sabidurías orientales recomiendan no moverse, abstenerse de todo movimiento para no tener que cargar con las consecuencias que se pueden provocar. Consecuencias que no se conocen pero que se tendrán que asumir.
El coraje, según Lacan es correlativo a asumir una ética de las consecuencias. Eso quiere decir no faltar al deber, al deber propio de cada discurso. ¿Y esto qué significa? que cada discurso se sostiene de una ética que le asigna un deber, ligado a una causa y a un deseo.
El psicoanálisis convida al deber de descifrar el inconsciente del que se es sujeto. Como sabemos, leer es de las cosas que más civiliza, pero leer sobre todo el propio inconsciente. Como dice Miller en una fórmula divertida: “ese libro con tirada de un solo ejemplar cuyo texto virtual llevas por todas partes y en el que está escrito el guión de tu vida, o al menos su hilo conductor…”
No estamos tan solos como creemos
Hemos mencionado el acto en relación con la ética y el coraje. A veces ampliamos el uso del término ‘acto’ para referirnos al acto educativo como aquello que produce una transformación en el sujeto, y que nos sirve para señalar la aparición de algo nuevo en el alumno. En este punto solemos referirnos también a la ‘soledad’ del agente.
En realidad se trata de una paradoja, ya que quien profiere el acto está solo pero a la vez no se puede plantear el acto sin el Otro. El término de acto, en psicoanálisis, es algo preciso y a la vez muy complejo. La definición de acto incluye necesariamente al Otro. Aunque sea un Otro que no existe, depende de él. Por eso, como hemos avanzado, el psicoanálisis se orienta a partir de una ética de las consecuencias.
Esta cuestión del acto interesa para señalar que es muy diferente ser el único que estar solo. Ser el único es la infatuación en el nivel de la autonomía del yo. Lacan toma las figuras de Hegel para ilustrarlo: la ley del corazón, el delirio de presunción, el alma bella, todas ellas corresponden a distintas versiones de las morales de la intención.
Estar solo, al contrario, puede ser la soledad sensata, salubre. Como decía Heidegger es el ser-para-la-muerte. En realidad, se trata de aceptar que las cosas más importantes de la vida las hacemos solos. A este nivel existe una soledad definitiva pero con la que hay que hacer para vivir con los otros. Por eso es importante realizar que la ética del psicoanálisis no es una ética del soltero
La ética del psicoanálisis no es una ética del soltero
Lacan habla del soltero como aquel que cree bastarse a sí mismo a nivel del deseo y del goce. Naturalmente eso no tiene por qué coincidir con un estado civil, se trata de un ‘estado de deseo’. En realidad lo que hay en juego en esta soltería es una modalidad de goce que implica una elección íntima: la de enfrentarse -o no- a la otredad más radical, al Otro sexo, con todas sus complejidades y con todas sus paradojas.
Que el psicoanálisis no se orienta por una ética del soltero significa que es una ética que tiene en cuenta al otro en su diferencia irreductible. No convenir con la moral del soltero es no favorecer la salida solipsista, la que aísla al sujeto. El psicoanálisis apuesta por el lazo con el otro, aunque no de cualquier manera. Cuando hablamos del otro en este punto no se trata del pequeño otro, del semejante, que queda en el registro del narcisismo.
Hemos dicho que la ética analítica es una ética de las consecuencias, de los resultados, y no de las intenciones. Esta ética de las consecuencias es una ética ‘política’, porque incluye las respuestas que van a venir y, aunque no se pueda conocerlas de antemano, se sabe que se habrá de contar con ellas. Por eso tiene algo de heroísmo, de no resignación, porque es enfrentarse con un deseo y tenerlo en cuenta.
La política lacaniana es una política de la insistencia (‘perseverancia’ es el término que emplea Lacan), insistencia o perseverancia en hacer salir el deseo agazapado tras las buenas intenciones. Lo que se demuestra en un psicoanálisis es que tras el buen corazón y las buenas intenciones no hay solamente un engañar al otro sino que el sujeto trata de engañarse fundamentalmente a sí mismo. Trata de engañarse sobre ese goce nocivo que hemos mencionado al principio.
La ética de las intenciones haría del sujeto un inocente, salvo que, con Kant y con Freud tenemos que dudar que alguna vez haya existido ni una sola buena intención en la faz de la tierra. El hecho mismo del inconsciente impide escudarse en la buena fe, las buenas intenciones, la bella alma. Como lo expresa Miller: «lo que tú has hecho lo has querido, porque lo que has querido tú no lo sabes, son las consecuencias las que te enseñan tu deseo».
El inconsciente quiere decir que lo que cuenta son las consecuencias, y ellas lo hacen a uno responsable. Esta es la ley de Freud, la terrible lex freudiana. De nuestra posición de sujetos, dice Lacan en los Escritos, somos siempre responsables.
En este sentido el imperativo ético de Lacan ‘no ceder sobre tu deseo’ se corresponde con esta lex de Freud, es decir que el deseo no es algo simple, no es un camino de rosas ni la satisfacción del consumo. El deseo comporta una fundamental ignorancia sobre uno mismo y las satisfacciones que busca.
Pero el ‘no ceder sobre el deseo’ no significa agarrarse a los detalles. El deseo es siempre asunto de horizonte, señala muy justamente Miller. Y en función del horizonte se puede pactar, capitular, andar con rodeos, a condición de no ceder en la línea de horizonte del deseo.
La ética de las consecuencias que estamos presentando también implica que no nos movemos únicamente en la reciprocidad y el respeto. Por eso es necesario partir como hemos hecho de la definición freudiana del hombre que comporta la pulsión de muerte y la agresividad.
Los miramientos con respecto a otro no son más que eso: mira-miento, mientras que la amabilidad y la comprensión en el fondo son formas de auto-protección.
Una relación con el Otro que no se base en el eje especular implica respetar, en el otro, otra cosa distinta que su imagen, respetar su diferencia, lo que lo hace incomparable. Como dice el profesor Manuel Delgado se trata de «la diferencia como real». Lo que hace que en los otros haya una otredad radical es ese punto de goce, hacia el cual tendría que dirigirse el respeto y no los mira-mientos.
De aquí obtiene su importancia la función civilizadora de los ‘buenos modales’ o de la affectio societatis.
Entonces, ¿qué hacer?
Cada disciplina tiene una época de los pioneros. Como explica Miller, en la época de Freud y de sus primeros discípulos todos tenían una sensación muy viva de que había una ‘causa analítica’, que no vibraba sola, que necesitaba psicoanalistas para existir.
Pero hoy palabras como ‘causa o verdad’, la idea de que hay una causa o una verdad a defender, parece una cosa desfasada, anticuada. Con la palabra ‘militancia’ ocurre algo parecido. A diferencia de esos primeros tiempos, se ha perdido el sentimiento de urgencia por defender la causa. Pero precisamente cuando Lacan planteó el Acto de fundación de su Escuela puso en el puesto de comando la idea de que ‘hay un deber que le toca al psicoanálisis en el mundo’.
El psicoanálisis, como la pedagogía, es una disciplina que no puede subsistir sin una dimensión ética de lazo con la civilización.
En el momento actual encontramos también una dejación en el eje de las producciones, una falta de figuras de la opinión justa o la opinión ilustrada, por eso hace falta inventarlas. Atravesamos una época del ‘todo vale’, con las consecuencias que hemos comentado.
Lo vemos en la pedagogía, donde (salvo honrosas excepciones) han desaparecido las referencias a los textos clásicos, fundacionales, y abundan los manuales técnicos, ¡como si por fuera de la propia disciplina pudiera existir un ‘manual de autoayuda’ para el maestro!
Como hemos indicado, ‘ese deber que toca en el mundo’ a una praxis concreta no se encuentra en el cielo de las ideas, se juega en la existencia de cada disciplina y en su capacidad para responder a los impasses de la civilización. Y, al menos para el psicoanálisis, todo eso no va de suyo, depende de que haya practicantes bien orientados.
Entonces, ¿qué hacer? En los últimos textos de J.-A. Miller he podido recoger una especie de «plan de reactivación» en cuatro puntos. Primero: estructurar los impasses de la civilización (trabajo de construcción a partir de lo simbólico). Segundo: orientarse lo mejor posible (orientarse con otros, para lo cual son necesarios dispositivos diversos como las conversaciones). Tercero: obrar con la mayor astucia (no con «la astucia de la razón» sino con la astucia del deseo advertido). Y cuarto: que el placer se prolongue lo suficiente para transmitir la propia disciplina a otras generaciones.
Condición, esta última, que cada uno puede hacer funcionar como una verdadera brújula para orientarse: ¿cuán cerca está uno del placer de su disciplina?, y ¿qué hace para que ese placer se prolongue, se trasvase y llegue a las nuevas generaciones?
Hay que saber si queremos profesionales en condiciones de no resignarse, de no rendirse.
Anna Aromí es psicoanalista, reside en Barcelona.
Miembro de ELP-AMP. AE 2013-2016. Miembro del bureau AMP 2018-2022.
Notas:
1 Texto presentado en el 6º Stage de Formación Permanente del ICF y del CIEN, Nuevas generaciones ¿Hemos abandonado la función civilizadora?, Barcelona, 4 y 5 de mayo de 2002.
2 Se refiere al Grupo de Investigación Psicoanálisis-Pedagogía que se reúne desde hace siete años en el marco del ICF en Barcelona.
Bibliografía:
Miller, J.-A., et 84 amis, Qui sont vos psychanalystes?, Seuil, Paris, 2002.
Miller,J.-A., Lettres à l’opinion éclairée, Editions du Seuil, janvier 2002. Traducción al castellano en cuadernillos difusión E.L.P.
Miller, J.-A., Política lacaniana, Colección Diva, Buenos Aires, 1999.
Jacques-Alain Miller, “Clínica de la civilización”, El banquete de los analistas, Paidós, Buenos Aires, 2000, Capítulo XVII.
Miller, J.-A., “L’Apologue de Saint Martin et son manteau”, Mental nº 7, mars 2000.
*Freudiana 41