Anabel Riveros – Danzas furiosas: modos de habitar las fiestas queer en Buenos Aires, Argentina

Resulta interesante poder pensar qué usos del cuerpo se ponen en juego a la hora del encuentro con otres, cuáles son las significaciones que le podemos atribuir a lo “masculino” y a lo “femenino” –si es que lo hay– dentro prácticas rituales como lo son este tipo de fiestas. Repensar cuáles son las nuevas configuraciones de los cuerpos que no se identifican dentro de la matriz heterosexual y como se cristalizan en ámbitos de disfrute como las Fiestas Turbo.

Judith Butler va a pensar el cuerpo no como una realidad fáctica, dada, natural ni idéntica a sí misma, sino en términos de materialidad portadora de significado. Los comportamientos, las acciones, las formas de transitar y vivir el mundo social, o en este caso las fiestas, tienen el poder de construir la realidad de nuestros cuerpos. A través de la performatividad, el discurso produce efectos sobre el cuerpo. Es decir, que si la forma de vivir la experiencia corporal es traducida en la matriz heterosexual en estructuras binarias, la performatividad del género no puede pensarse por separado de la práctica forzada y reiterativa de los regímenes sexuales reguladores. Así, oculta la norma y ejerce su influencia en la medida de que es tomada como natural y dado.

“Una mostra1 con la gorra hacia atrás y una cerradura tatuada en el medio del pecho se abraza con una colorada de anteojos, malla de triangulitos rojos y una actitud que parte la tierra. Una marica de porra enrulada con una flor detrás de la oreja, un short fucsia metalizado y un top azul anudado a la altura de su pecho se airea con un abanico en una postura de bailaora flamenca, mientras una piba con musculosa de red transparente y pantalones chupines la agita arrodillada desde el piso. Cada uno está en su mambo, pero todos enredados por el mismo hilo rojo”2. Tanto Butler como Preciado van a pensar el género –Preciado específicamente con las nuevas tecnologías– en tanto constructo de discursividades en pugna. Es decir, se nombra con todo el peso de la historia, reivindicando como aquello a lo que siempre se excluye: lo que no cabe en la norma. Se levantan las banderas de lo que históricamente se nombró de manera peyorativa: puto, torta, maricón, mostra son algunas de las formas en las cuales Melisa Codina nombra a los personajes que se va encontrando a lo largo de la noche. Identidades, formas de vivir el yo que se ponen en juego en un campo social como el de una fiesta, que desobedecen los mandatos hegemónicos de que lo que es ser un hombre y de lo que es ser una mujer.

“Hacemos lo que queremos, nos vestimos como se nos canta el culo”3, dice el organizador de la fiesta. Así, los códigos de vestimenta como las formas de mover los cuerpos, tomados como elementos de una multiplicidad de formas de hacernos ver ante los otrxs, responden a lógicas propias de sujetos deseantes en donde todo se puede, todo debe y tiene que responder a la libertad del goce.

En relación al concepto de género, Butler lo va a tomar como la producción de un discurso, en el que ser mujer y ser hombre son construcciones sociales y formas sentidas del yo. Se construye la idea de un yo interior y esencial, la ilusión de un yo primario. Podemos pensar qué sucede con los cuerpos que queda por fuera de esta matriz, lo abyecto, lo reprimido, lo residual, lo que no sirve pero que opera como margen funcional y diferencial relativo a una definición primaria. Forman el exterior que opera por la diferencia y construyen una frontera significada como lo “no humano”. En base a esto, podemos pensar cuáles son los usos políticos que se le pueden dar a estas significaciones de los cuerpos que no caben en las normas de un sistema que reproduce lógicas patriarcales, binarias y heterosexuales sin dar ningún respiro.

¿Cuáles son los lugares en donde los sujetos abyectos se apropian de esas banderas y desobedecen con orgullo, tomando el lugar de lo queer, de lo raro, de lo fallado? Pues las fiestas Turbo se definen como una de esas trincheras, en donde –como dice el escritor y performer Lucas Fauno, que fue vestido con un mini short de lentejuelas y medias de red desde su casa hasta el boliche y al menos cinco veces lo “bardearon” en la calle– “bailar es mi venganza”4. Si el género se hace en el encuentro con el otre por medio de la imitación y la reiteración, de una dramaturgia y una puesta en cuerpo de lo que deseamos y por tanto responsabilizándonos de dicho deseo, entonces todos los ámbitos deben ser tomados, arrebatados.

“El vogueo es un acto político” “El espíritu del voguing resurge con fuerza y se vuelve global. Algo que empezó como un juego de poses –secreto mejor guardado de las américas negras y latinas del Harlem de los 60– se transformó en un lenguaje corporal que integra lo cultural y lo político para desafiar las normas de la moral” “(…) lugar seguro donde sus integrantes comparten, se cuidan, se ríen y generan anticuerpos para cuando toca resistir a la homofobia social y familiar.”5 Todos los testimonios que fue recolectando a lo largo de la noche la cronista tienen algo en común: la pista de baile como un lugar de cobijo del constreñimiento social y cultural que impone la matriz heterosexual dominante en detrimento de las autonomías de los sujetos, como el espacio de encuentro con el otre en pos de la construcción de una vida más habitable. Se recupera el voguing, tomándolo herencia de les que fueron oprimides y reivindicando ese legado corporal como arma de batalla.  Butler, siguiendo esta línea, va a remarcar la importancia de encontrar leyes que no decidan para todas las vidas lo que es habitable sólo para algunas, sustituir la objetivación de la experiencia de ser mujer o ser varón –y que para cada una existe una linealidad en tanto deseo sexual– por la diversidad que existe en la realidad.

En este sentido, como dicen los organizadores de la Turbo “estas fiestas son un espacio seguro donde se puede ser feliz y bailar en libertad, exaltar la cultura de la mariconería y romper con las poses de la vieja masculinidad”6. Romper como sinónimo de desarmar, de deshacer el género en la medida que lo tomemos como “una ficción reguladora, más que como el punto en común para nuestra liberación”7. De manera que si el género es construído por normas que no están hechas por nosotres, es necesario subrayar que nunca ejercen un control ni total ni definitivo. El reverso de como labran dichas normas sobre los cuerpos de una manera históricamente dominante en tanto construcciones, es –a la inversa– la posibilidad de poder desmontar esas estructuras de sujeción.

En conclusión, es necesario pensar cuáles son los desafíos que ponen en juego este tipo de lógicas sociales que propone por ejemplo las Fiestas Turbo: la necesidad de pensar nuevas posibilidades de matrices para crear vidas más vivibles, más habilitables como plantea Butler. Conquistar la fiesta, el disfrute, lo queer, lo abyecto, lo sucio, lo innombrable y lo inclasificable, y así poder ejercitar la capacidad emancipadora y creativa de la agencia. Este tipo de encuentros dan cuenta de sujetos políticos que disputan nuevos tipos de subjetividades que respondan a una autonomía de los cuerpos deseantes. Deben ser leídos como formas de sostén social para la acción creadora de condiciones más vivibles para todas las identidades.

Las Fiestas Turbo, así como toda una oleada de clubes sociales que se definen como parte de la comunidad LGBT que irrumpieron en la escena nocturna porteña, cristalizan una forma de vivir las experiencias sentidas del yo que no responden a las lógicas dominantes. La proliferación de estos lugares en donde la fiesta, el baile, el contacto con el otre, se reconocen como actos absolutamente políticos en la medida que disputan sentido a través del goce y el disfrute.  Si como dice Butler, el género es una ficción reguladora, es necesario armar nuestras propias ficciones al servicio de nuestros propios deseos.

 

Anabel Riveros es estudiante de Sociología, Facultad de Ciencias sociales de la UBA, reside en Buenos Aires, Argentina.

 

Notas bibliográficas:

1 Forma de llamar a un tipo de drag queen, entendiendo esto como un término que describe a una persona que se disfraza y actúa a la usanza del estereotipo de una mujer de rasgos exagerados, con una intención primordialmente histriónica que se burla de las nociones tradicionales de la identidad de género y los roles de género.

2 Codina, M., “Las batallas maricas”, Revista Anfibia, Buenos Aires, 2019.

http://revistaanfibia.com/cronica/las-batallas-maricas/

3 Op. Cit.

4 Ibíd.

5 Ibíd.

6 Ibíd.

7 Butler, J., “Problemas de los géneros, teoría feminista y discurso psicoanalítico”. En: L.

Nicholson (comp.) Feminismo / Posmodernismo, Feminaria Editora, Buenos Aires, 1992.

 

 

Bibliografía

-Butler, J., Deshacer el Género, Barcelona, Paidós, Buenos Aires, 2006.

-Butler, J., Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo, Introducción, Paidós, Buenos Aires, 2002.

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