Estamos en las ruinas de la democracia. Podemos debatir la profundidad de la masacre de valores y derechos humanos, la destrucción de instituciones y el fusilamiento de la Constitución Federal. Pero para reconstruir necesitamos trazar un mapa del desmantelamiento de la democracia brasileña. No es poca cosa y el proceso sigue vivo.
En este breve artículo, mientras vivimos en el Titanic Brasil en llamas, tratamos de ver un horizonte que nos saque del pesimismo, la parálisis y el miedo. Bolsonaro caerá, por sus propios esfuerzos y méritos. Por su ineptitud y la de su entorno, por el séquito de los peores oportunistas, por traer la posibilidad de hacer de Brasil un país de venganza y de milicias.
Y, por supuesto, debido a la falta de gestión de la cosa pública: la prepotencia de la ideología de la milicia no es suficiente para hacer girar las ruedas del Estado. Y por más que sea posible considerar que la gramática de la destrucción forma parte del proyecto bolonarista (y, por tanto, gobernar puede significar dejar de gobernar), no hay que subestimar el peso que la falta de control, la falta de preparación y la incompetencia tienen en la degradación de las bases de su poder.
Incendiar la democracia y sus valores deja dos alternativas: el cierre del régimen o su reapertura a horizontes redemocratizantes. Este es el tablero de juego. No hay piezas neutras. Necesitamos un mapa en el que quede claro quién está trabajando para consolidar el autoritarismo bolsonárquico. Él y su clan no son los únicos responsables.
Mapeando las ruinas
Una característica clave del proceso bolsonarista es la destrucción institucional, uno de los pilares de la democracia y garantía de la pluralidad. En la mayoría de las instituciones, la reorientación de sus objetivos ha sido una constante. Así, como sugiere la profesora Thelen, al cooptar las instituciones por actores y grupos del escenario nacional, muchos nortes pueden materializarse. Un de ellos, la reorientación institucional de sus propósitos, desfigurando la institución. Otro objetivo es erosionar y debilitar gradualmente la institución, centrándose en el quiebre y la ruptura. A modo de ejemplo, podemos señalar los casos del INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria), las universidades federales y los organismos de financiamiento de la ciencia, el CNPq (Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico) y el CAPES (Coordinación de Mejoramiento de Personal de Educación Superior). La lista es enorme y el desastre todavía está en marcha. Otras características presentes en este proceso son: a) vaciamiento de las instituciones mediante recortes presupuestarios; b) colocar en posiciones de relevancia institucional a actores externos o no apoyados por el sector (los famosos oportunistas de turno).
Recordemos que Bolsonaro llegó al poder con escuálidos cuadros técnicos para cubrir la gran mayoría de los cargos en los principales niveles de gobierno e instituciones. Los actores externos al ambiente específico, en general, no tienen el más mínimo problema de reorientar, vaciar y decretar una muerte agónica institucional. Los actores que son del propio sector, pero sin el apoyo de esta ecología, son cínicos oportunistas que no sólo reorientan la institución con el conocimiento de causa, sino que también utilizan la institución como arma de venganza y retaliación.
ANCINE
Tal vez el ejemplo de la Agencia Nacional del Cine (ANCINE) sea paradigmático, pero no se trata de un caso aislado, es la norma. Incluso antes de que Bolsonaro llegara al poder, el elegido por Michel Temer para dirigir ANCINE era un actor de su propio entorno institucional, pero sin apoyo de ese sector. Él materializó una reorientación institucional con el desmantelamiento de las políticas que democratizaron el acceso a la promoción del audiovisual, decretando el fin de la diversidad. Fue vaciando los sentidos y el alcance de las políticas públicas, que llegaron a su punto culminante con su remoción por orden judicial a partir de un caso de utilización de la institución contra personas del sector.
Tan pronto como el presidente de ANCINE dejó el cargo, Bolsonaro se apresuró a decir que nombrará a un líder «terriblemente evangélico» que sabe cómo «recitar 200 versículos, tiene una Biblia bajo el brazo y una rodilla rallada de tanto arrodillarse sobre el maíz«. Es la táctica de la venganza a través de la institución para combatir cualquier moral o cosmovisión que no sea la suya. Estos desarreglos institucionales llevan a cabo un proyecto que tiene como características centrales el resentimiento y la inaptitud.
IBAMA
En este proceso, otra característica importante de la destrucción institucional es la reducción, vaciamiento y/o cooptación de las instituciones de control y fiscalización. El caso del Instituto Brasileiro do Meio Ambiente e dos Recursos Naturais Renováveis (IBAMA) y del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais (INPE) sirven de ejemplo. Agregamos, la falta de transparencia del proceso es también una característica presente. Por lo tanto, la redistribución selectiva y arbitraria en beneficio de los elegidos del momento es la regla. La democracia queda en la oscuridad, a merced de mercenarios de turno, triturando los sentidos republicanos.
Poder Judicial
En estas características incorporamos el Poder Judicial. Hoy, con una profunda crisis de legitimación producto de su parcialidad y su ambición corporativa en favor del aumento de sus propios privilegios en un escenario de desigualdad multiplicándose y pobreza extendida. Pero para profundizar sobre sus desviaciones institucionales, ilegalidades y la reducción de su papel institucional en la democracia brasileña, aconsejamos que visiten la página web The Intercept Brasil y su serie de publicaciones que se conocieron como «Vaza Jato».
A modo de ejemplo, la reciente posición del ministro de justicia, el desacreditado ex juez Sergio Moro ilustra el estado actual de la justicia brasileña. A partir de denuncias contra Bolsonaro, el Ministro de Justicia realizó una intervención en otra institución Policía Federal y ministerio público, para reorientar la investigación, quebrando el orden constitucional1. Resultado: todo empeoró, la investigación quedó trabada, tanto por el propio juez como por el temor que tienen los agentes ante retaliación por el bolsonarismo. Así, la justicia pierde básicamente su esencia, hoy es parcial sin pudor. Una institución que ahora se tornó un arma contra sectores ante investigaciones que consideren inadecuadas.
En la profundización de la destrucción institucional, el botín de guerra es el premio esperado: las joyas de Brasil. El proceso es doble, por acción u omisión. O por la venta, o por la retirada de la competencia. Así, Embraer, Petrobras, entre otras, forman parte del primer grupo.
Empresas amigas del poder
La salida de Odebrecht del mercado interno (y externo) permite a las empresas amigas del poder reemplazarla, en general son empresas extranjeras. Poco a poco, están surgiendo los intereses del clan Bolsonaro en asumir la diplomacia brasileña como una forma de producir ganancias personales en sectores relacionados con la infraestructura. Ya sea por A o B, se trata de un proceso de cambio en la matriz económica brasileña, de su extranjerización, de su financiarización. Es solo hacer las cuentas. Todo en este proceso ha sido corrupto desde su inicio. Es un crimen contra la lesa patria.
Los horizontes de contención del autoritarismo y la reconstrucción democrática no pueden evitar establecer una recuperación de los daños institucionales provocados por el actual gobierno. Cualquier posibilidad de ver más allá del régimen actual debe tener en cuenta esta perspectiva. No se trata de un mero reformismo, sino de entender que estas instituciones, a pesar de sus contradicciones, son también el fruto de las luchas populares por la construcción de una sociedad más justa.
Militarización del Estado
Bolsonaro constantemente expande la presencia militar en la administración pública. De forma breve, en sus primeros nueve meses en el cargo, Jair Bolsonaro ya ha ampliado el número de militares, tanto activos como de reserva, que participan en la administración federal en al menos 325 cargos, en 30 órganos federales. Además de Bolsonaro, capitán retirado, y su vicepresidente, el general Hamilton Mourão, y 8 de sus 22 ministros, hay por lo menos 2.500 militares en posiciones de liderazgo o asesoramiento. A modo de ejemplo: en la Oficina de Seguridad Institucional pasó de 943 a 1.061 efectivos militares. En la Vicepresidencia, hubo un salto de 3 a 65 militares2. Además, claro, de romper con la práctica simbólica de los gobiernos de nombrar a civiles para comandar el Ministerio de Defensa. Aunque no solo existe un aumento sistemático de la presencia militar en la administración pública, sino también, en diferentes ámbitos de la sociedad, en especial, en cuestiones de seguridad interna.
En este proceso, los militares deben regresar a los cuarteles, como lo señala la Constitución Federal. No son técnicos, ni especialistas, ni tienen los conocimientos técnicos de la gestión pública. Es importante recuperar su papel fuera de la seguridad interna, una anomalía que se ha convertido en la regla arbitrariamente.
La participación de una determinada línea militar en la política nacional debe ser reconducida y, por supuesto, los que excedieron su papel y violaron la Constitución deben rendir cuentas, como en el caso de los más de 80 disparos realizados por soldados del Ejército que mataron a Evaldo dos Santos Rosa.
El papel de los militares en posiciones políticas viola la Constitución y debilita su propio papel institucional en la sociedad. ¿Quién no recordará que los militares del gobierno de Bolsonaro apoyaron la política exterior de sumisión a Estados Unidos y aplaudieron en silencio la venta de los activos estratégicos nacionales como Embraer y Petrobras o la cesión de la base de Alcántara?
Bolsonarismo
Una característica prominente del bolsonarismo es el rechazo al pueblo. Él, escenifica el perfil demagógico de un hombre de perfil medio, que rompe el decoro, que come pan con leche condensada, que usa zapatillas en el Palacio de la Alvorada, pero su ideología es la gramática misma del odio al pueblo.
Su ideario es la de una clase media blanca que vive la fiebre del oro, que tiene el cuello siempre volteado hacia el piso de arriba. Su acción política siempre ha bailado al ritmo de los halagos de los poderosos.
Un elemento importante del bolsonarismo es la adhesión a una ideología de milicias. Tal ideología puede ser sintetizada por la creencia en la necesidad del uso ilegal de la fuerza como instrumento de producción del orden. Esta ideología tiene en su núcleo un componente racista en el que la violencia contra los jóvenes negros está a la vanguardia de este modo de imponer un orden jerárquico. Ya se puede ver los resultados concretos de esta ideología en las políticas de seguridad: el número de muertes por intervención policial se duplicó en Brasil entre 2015 y 2018, de 3330 a 6160. El porcentaje de muertes de la policía en relación con el total de Las muertes violentas intencionales también se duplicaron del 6% al 12%3. Solo en Río de Janeiro, de enero a septiembre de 2019, la policía mató a 1402, lo que representa aproximadamente un tercio de todas las muertes violentas intencionales en el estado4.
Siempre ha sido un ejemplo aquello que Étienne de la Boétie llamó de servidumbre voluntaria: servir al poder, pisar a los de abajo, esperando el día para poder sentarse a la mesa del tirano. Y su espera fue recompensada y, como el tonto que se sienta a la mesa del banquete, se lame y tiene los delirios de un monarca. Cada vez más, habla con el tono del autócrata.
Desigualdad
Las características del bolsonarismo, como una continuación radicalizada del gobierno anterior (de Michel Temer), con sus Empresas amigas del poder, odio al pueblo, y una economía neoliberal autoritaria tiene como consecuencia directa: la multiplicación de la precarización laboral, desempleados, reducción de derechos y aumentos exponencial de la pobreza. En definitiva, es un gobierno de concentración.
En este sentido, el gobierno es eficiente en la generación de aumento de la pobreza y desigualdad. Una investigación reciente del IBGE muestra que 13,5 millones de brasileños viven con menos de 1,90 dólares diarios en 20185. En la encuesta del IBGE, el 35,7% de los brasileños viven sin saneamiento básico, o sea, 74,156 millones de brasileños. Del total de personas que viven en casas sin saneamiento básico, el 63%, o 46.526 millones, viven en el Norte o Noreste6.
El 50% de los más pobre de la población, casi 104 millones de brasileños, en 2018 vivían, en promedio, con sólo 413 reales per cápita, según la Encuesta Nacional Continua de Hogares (Pnad Continua) publicada en octubre de este año. En la misma investigación, el 5% de la población, o sea 10,4 millones de personas en Brasil, sobrevivía con R$51 al mes. La encuesta también reveló que la desigualdad ha empeorado en el país. El ingreso per cápita de estos 5% más pobres cayó un 3,8% entre 2017 y 2018, mientras que el ingreso de la parte más rica (1% de la población) creció un 8,2%. Problematizando la trayectoria reciente, entre julio y septiembre de este año, la tasa de informalidad de la población ocupada rompió el récord de la serie iniciada en 2012, alcanzando el 41,4% de los trabajadores. En otras palabras, de cada 10 trabajadores, seis tienen ocupaciones precarias7.
En este escenario, la cuestión racial y el racismo, estructural en Brasil, según la encuesta se materializa claramente: los negros tienen más dificultades para encontrar trabajo y reciben hasta un 31% menos que los blancos. O sea, según la misma investigación, el ingreso familiar promedio per cápita de los negros o pardos era de R$934 en 2018, la mitad de lo que recibían los blancos, de R$1,846. En la población general, los negros y pardos son la mayoría, el 55,8% de los brasileños, contra un 43,1% de los blancos8.
En esta trayectoria, el presidente no realizó propuestas para atender y canalizar las necesidades extremas de la sociedad. En contrapartida, las escasas propuestas en materia económica atiende los pedidos del mercado y el mundo financiero. Tal Vez el ejemplo máximo es la reforma jubilatoria, perjudicando profundamente a los sectores más vulnerables. Del otro lado, los cuatro mayores bancos del país con acciones cotizadas en la Bolsa -Banco do Brasil, Bradesco, Itaú Unibanco y Santander- ganaron en conjunto R$ 69 mil millones el año pasado, el valor más alto de la historia, según Economatica, una empresa especializada en proporcionar datos financieros. El beneficio conjunto de estos bancos creció un 19,88% entre 2017 y 2018, superando ampliamente los principales indicadores económicos9. Con el Actual gobierno, y profundizando la trayectoria reciente, el escenario es de aumento de la desigualdad y la pobreza.
Criminalización
Así, cortar el cordón umbilical entre las instituciones, la democracia y la sociedad es una de las características de este proceso. En menos de nueve meses en el poder, la sociedad está siendo segregada, excluida y rechazada en los procesos de toma de decisiones, de participación, de participar.
Es delirante hablar de políticas públicas hoy en día en Brasil. Hay políticas unilaterales, sin debate, sin escuchar a la sociedad, sin transparencia ni honestidad. Hablar de canalizar la complejidad de Brasil sería una falacia. Las políticas públicas tienen un perfil monárquico.
En el mismo sentido, los movimientos sociales son criminalizados, como si las demandas de estos sectores incomodasen, sin necesidad de canales para escuchar y procesar las demandas de la población.
Nada de todo esto tiene que ver con la democracia. Hay una cooptación del Estado y el gobierno decide de espaldas a la sociedad. La democracia, que ya era frágil en términos de eficacia del poder popular, se cierra completamente en este sentido.
Participación social
El desmantelamiento de los consejos de participación social en las diferentes instituciones es una expresión de este proceso. Como fue el caso del Consejo Nacional de Políticas de Drogas, con la reducción del número de miembros y equipos por parte del gobierno federal. Otro ejemplo es el del Mecanismo Nacional para Prevenir y Combatir la Tortura, un órgano importante para garantizar los derechos humanos, en el que se exoneró a los expertos y se recortaron los salarios del personal permanente. Hasta Naciones Unidas manifestó su preocupación por el debilitamiento del mecanismo10.Antes de pasar al último punto, quisiéramos destacar la demonización de los derechos humanos y, sobre todo, la masacre cotidiana contra los pueblos negros, periféricos, minoritarios e indígenas.
Derechos humanos
La demonización de los derechos humanos es antidemocrático desde su raíz. Esa característica debería ser suficiente para encarcelar a Bolsonaro y a sus ídolos torturadores de la dictadura, incluso antes de este presidente espantoso se convierta en el jefe del poder ejecutivo nacional.
Pero las fronteras de los valores se están alterando, conivientes con la ilegalidad. Y cuando hablamos de ilegalidad no nos referimos a la dimensión formal del derecho, sino a la línea que separa la democracia de la tiranía. El discurso pro muerte del presidente contradice cualquier concepción de los derechos humanos y los tratados internacionales, y tiene consecuencias en las más diversas áreas. Autoriza el exterminio de jóvenes negros e indígenas y, al mismo tiempo, legitima la violencia contra las mujeres y otros tipos de violencia de género.
Su cosmovisión oscurantista fomenta la prepotencia y la violencia como formas de interacción social, naturalizando lo peor que tenemos como sociedad. La mano en forma de pistola, icono de su campaña electoral, no es un gesto inocente. Es su propia síntesis: las manos, en las narrativas políticas igualitarias, suelen simbolizar la cooperación, el apoyo, el trabajo y la solidaridad. Las manos en forma de arma es el extremo opuesto de un apretón de manos.
La contrapartida de este proceso de alienación política es quizás la difusión de una experiencia religiosa que convierte al pueblo en un rebaño atrapado en una guerra santa, en la que el miedo es el operador central. Los significados fundamentales de la religión como vínculo (del latín, religare) son reemplazados por una idioma de no pertenencia. Es como si una parte cada vez más significativa de la población se sintiera como extranjera en su propio país, viendo en cada detalle de la vida política una negación y una amenaza a su propia existencia.
Por eso el odio contra la cosa pública y la reivindicación de un nacionalismo ajeno a cualquier referencia a nuestro patrimonio cultural y material común. Separar la religión y la política, es uno de los mayores desafíos de la actualidad. La religión como cooptación e hipocresía, no como liberación y solidaridad.
Constitución Federal
Por último, pero no por ello menos importante: traer al SAMU (si aún existe) para realizar el procedimiento de resucitación de la Constitución, hoy, sin signos de vida. Bolsonaro y Lava Jato no extinguieron la Constitución Federal, sólo asesinaron su espíritu, su aura. Lo único que queda es la eficacia de los artículos que garantizan los privilegios. No debemos olvidar que se trata de un gobierno neoliberal, autoritario y antipopular. Pero no fue Bolsonaro quien comenzó la estrangulación de la Carta Magna. Y aquí, el reconocimiento de los culpables y cómplices es fundamental. Porque tiene que ver con la memoria colectiva, con el discurso que quedará.
En definitiva, es la disputa y defensa de los significados de la memoria democrática. Al menos desde 2015, ha habido un proceso artificial de erosión constitucional, alcanzando su punto más alto en el golpe de estado de 2016. Después de eso, todo no es más que una simulación democrática en un país con la Constitución en ruinas. Sin el golpe y sin el arresto ilegal de Lula da Silva, no existiría Bolsonaro presidente. Ni la destrucción de la matriz económica nacional, ni la reducción del papel de Brasil de sumisión a los Estados Unidos de América, ni la violencia como forma de socialización y dominación, ni el hambre extendida, ni el entierro de los sentidos humanistas, habrían alcanzado el nivel del discurso y la política oficiales. Punto.
Podemos debatir los grados, pero no los eventos. Obviamente, nunca hemos vivido en Brasil un contexto de democracia que supere las consecuencias de ser una de las sociedades más desiguales del mundo. Pero no cabe dudas de que hemos dado muchos pasos atrás. La memoria del presente está viva y la estamos construyendo, llenándola de sentido. La historia no se escribe con puntos finales.
Estamos observando
Estamos al acecho. Estamos observando. Estamos tomando notas, escribiendo, creando. Incluso en las ruinas, debilitados, atacados por el miedo, empujados por las ilegalidades, pero estamos vivos, y cada día que pasa somos más.
Basta con mirar el rechazo popular al actual gobierno, un campeón de la impopularidad precoz, como lo demuestra la investigación de Datafolha. Así, estamos cada vez más convencidos de que el fuego que Bolsonaro está tocando en nuestra democracia será apagado por la sociedad.
Y vendrá en forma de balde de agua fría, no sólo en él, sino en todos aquellos que pensaron que se perpetuarían en el poder. Cuando pasamos por la Plaza Mauá, en la zona portuaria de Río de Janeiro, vemos una enorme bandera verde y rosa con la inscripción «va a pasar«. Creación del artista Marcos Chaves, la bandera izada en lo alto del Museo de Arte de Río, inclinada sobre la Bahía de Guanabara, nos fuerza a ver el horizonte.
La tormenta va a pasar. Estamos aquí, pensando en Brasil, y mirando a cada uno de los que participan en este hospicio gubernamental, para recordarles a todos lo que hicieron, cuándo lo hicieron y cómo hicieron el mal que nos afecta. Estamos construyendo la memoria viva del presente.
Félix Jácome Neto, en un artículo de 2017, cuenta que en 411 y 410 A.C., hubo un golpe oligárquico que derrocó la democracia ateniense. El período estuvo marcado por una profunda apatía política por parte del demos. Parte de la historiografía consideraba que esta apatía era el resultado de la intensa violencia política impuesta por los oligarcas. Otra corriente afirma que la falta de reacción del pueblo ateniense indica complicidad con el poder oligárquico y poca apreciación de la democracia.
Estos son, quizás, los significados que, más de dos milenios después, también están en juego en el golpe oligárquico que estamos viviendo, una restauración conservadora. No entraremos en la historia como cómplices. Cada silencio, cada día de apatía, es el fruto de la inmensa violencia que se dirige contra nuestro pueblo. Pero también es un periodo de esperar, de imaginar y construir lo que vendrá. Caerán y lo saben. Nosotros también lo sabemos. Somos muchos y estamos cansados del petit Trump tropical, de su séquito negligente y del desmantelamiento de nuestra democracia.
Andrés del Río e André Rodrigues son politólogos, residen en Río de Janeiro.
Doctores en Ciencia Política IESP/UERJ y profesores IEAR/UFF.
*Una versión previa fue publicada en Le monde, Brasil. 2019. Le Monde Diplomatique, Brasil. Andrés del Río e André Rodrigues. Reconstruir as instituições e ressuscitar a Constituição Federal. Url:https://bit.ly/34vtz25
Notas:
3 Fuente: Monitor da Violência.