Inspirada por la clasificación que Eduardo Rinesi1 ensayó en distintos escritos y que, básicamente, sostiene como hipótesis principal que desde los últimos años de la dictadura cívico militar hasta nuestros días la democracia ha sido entendida como orden, como utopía, como espasmo y como proceso de democratización, en este escrito me propongo retomar y al mismo tiempo establecer algunos matices con esa tipología. Y ello porque me interesa –más bien diría que desde hace algunos años, me obsesiona– el tema de la democracia: la polisemia del concepto, pero, sobre todo, los usos de los cuales ese concepto ha sido objeto en los debates políticos y teórico-políticos que tuvieron lugar en la Argentina y en el cono sur de América Latina desde las denominadas transiciones a la democracia hasta la actualidad.
- Nuestros años ochentas fueron años de gran intensidad política que nuestra memoria recupera de maneras muy diversas. Lo que al principio fue pensado como la «primavera democrática», pocos años después, producto del desencanto provocado por el mismo régimen político que había generado tanto entusiasmo, fue denominado la «década perdida». Con la idea de “primavera democrática” se hacía referencia a un reverdecer de la actividad política, a un florecimiento de la acción en el espacio público, pero también a la fragilidad y la fugacidad de aquel tiempo. Por su parte, en la figura de la «década perdida» aparece la imagen de la derrota, de la frustración, pero también el reproche de toda una generación política por haber puesto sus esperanzas allí, justamente, en algo tan frágil. Este reproche es el que tal vez llevó a borrar la evidencia de todas las marcas que efectivamente dicha década pudo haber dejado sobre nuestras prácticas políticas2
Aquí me gustaría proponer una lectura distinta de esa mirada desencantada, destacando al menos dos modos (no necesariamente contradictorios) en los que la democracia articuló los debates políticos durante la denominada transición democrática. Por una parte, la gran mayoría los planteos politológicos pensaron a la transición como un proceso que conduciría a la democracia entendida como un régimen político caracterizado por el correcto funcionamiento de las “reglas del juego” democrático. En esta concepción procedimental y minimalista, la democracia también garantizaría un piso mínimo de derechos y libertades civiles y políticos. Por otra parte, la transición fue, y esta es la idea que me interesa recatar, un contexto de debate intelectual muy profundo en el que buena parte de la izquierda intelectual hizo un trabajo de revisión (de autocrítica) de las ideas y de los conceptos que habían utilizado en el pasado para pensar la dinámica política en Argentina y también en América Latina. La forma en la que la democracia apareció en esos debates no fue solamente como la contracara del autoritarismo, sino que adoptó la forma de un significante polémico signado por la revitalización de un dualismo conceptual que había servido años anteriores para plantear un antagonismo irreconciliable entre democracia formal y democracia sustantiva3. La novedad es que durante la transición ese dualismo adoptó la forma de una tensión (irresoluble, claro) entre dos dimensiones de la democracia (política y social; procedimental y sustancial; representativa y participativa; formal y real) que fueron delineando su sentido esencialmente aporético. Es en este sentido que si uno se adentramos en los debates de aquél contexto podremos advertir que existen muchos más matices y controversias que la mera aceptación de la definición de la democracia como poliarquía como contraposición al autoritarismo. De hecho, ya en 19844 José Nun advertía que lo que estaba en juego (aun en el marco crisis de las dictaduras militares) no era el restablecimiento de una democracia genuina, que nunca existió, sino de un sistema de gobierno representativo. Sucede que una cosa es concebir a la democracia como un método para la formulación y toma de decisiones en el ámbito estatal; y otra bien distinta imaginarla como una forma de vida, como un modo cotidiano de relación entre hombres y mujeres que se orienta y que regula el conjunto de las actividades de una comunidad, decía Nun en aquél artículo publicado en la revista Punto de Vista.
En esta operación lo que se repetía no es el mismo concepto o serie de conceptos contrapuestos sino más bien una serie de tensiones entre los modos de pensar la democracia. Estos modos podrían resumirse, aunque no subsumirse completamente, a la idea de democracia como forma –vinculada a los procedimientos, a las normas y a las leyes– y a un modo de pensarla como contenido –vale decir, como una construcción subjetiva, ligada a una dimensión social y participativa de los sujetos en la vida pública. Una mirada que recupere la productividad del debate político sobre la democracia en los años ochenta (para lo cual es imprescindible tener en cuenta la pluralidad de voces, tradiciones y lenguajes políticos que confluían y se disputaban la construcción dinámica y conflictiva de los sentidos de la política en nuestro país), advertirá que, y esta es la tesis que me gustaría sostener, fue justamente la falta de acuerdo político sobre el rumbo de la transición y la falta de una definición precisa sobre el sentido de la democracia a la que se aspiraba, lo que permitió la apertura del espacio público a la participación en el debate y el combate por el sentido mismo de la democracia en aquellos años.
2.Lo cierto es que el modo en que se procesaron los acontecimientos de la Semana Santa de 1987 y la intempestiva forma en la que culminó el mandato de Raúl Alfonsín sin dudas abonan aquella lectura sobre los años ochenta como la “década perdida” que mencionamos al inicio.
“La democracia perpleja” se titulaba el artículo de Fabián Bosoer publicado a comienzos de los años noventa en revista La Ciudad Futura. En él se establecía el dilema político con el que se cerraba una década y se daba inicio a otra, la de los 90. No solo en Argentina sino en gran parte de los países latinoamericanos, la mayoría de los presidentes habían concluido sus mandatos sin interrupciones, sin haber restringido las garantías ciudadanas, ni cerrado los parlamentos, ni perseguido a los opositores, ni acallado con violencia a las voces críticas. En este sentido, la década del 80 había significado la refundación de la democracia política en América Latina. Sin embargo, los ochentas fueron también los años del desenlace del agotamiento de los modelos tradicionales de articulación entre la economía, el Estado y la sociedad. Llegaba la época de la “democradura”, decía el Bosoer, de la restauración y del ajuste drástico; de las corporaciones y los factores transnacionales de poder ocupando el lugar del Estado5 .La transición ocurría así en el marco de una crisis económica, pero sobre todo de una crisis política que fue cristalizándose en la verosimilitud adquirida por el discurso de la reforma asociada a las ideas de ajuste, privatizaciones, reducción de la injerencia del Estado en la economía, etc. Estas ideas fueron conformando un sentido común neoliberal cuyo potencial “ético-político” fue acallando la productividad de los debates que diseñaron el clima político en el que se iniciaba nuestra joven democracia.
Por eso el triunfo de la hegemonía neoliberal no fue sólo el triunfo de un modelo económico ya que produjo también una mutación en el lenguaje de la democratización. Mientras se insistía en la centralidad de las instituciones, en la trama política se producía el desmantelamiento del Estado como institución fundamental de la política moderna. Mientras se reafirmaba el triunfo de la democracia plena, se la reducía a la pura forma de un juego de mercado o, peor, de un trámite a cumplir por un conjunto de sujetos a los que se los consideraba ciudadanos por el solo hecho de votar. Así, el sentido de la transición democrática no solo implicó el pasaje de un gobierno de facto a uno elegido por el voto del pueblo. La transición democrática fue, sobre todo, una transición entre un momento en que el sentido de la democracia podía debatirse –y es allí, digámoslo una vez más, donde radicó el gran potencial político de ese momento histórico de nuestra historia reciente– a otro momento en que la política ya no se debatía, sino que se ejecutaba, se operaba y se instrumentaba.
Rinesi sostiene que iniciada la década del 90 se afirmó muy fuertemente la idea de democracia como sinónimo de representación, una idea que presidió toda la gestión de Carlos Menem y que se consolidó con el Pacto de Olivos, figura que mostró la capacidad de dos dirigentes, de dos de los máximos “representantes”, de producir un hecho político en secreto, de espaldas al pueblo, sin convocar a su participación ni a la de sus bases partidarias. El acuerdo fue firmado en un acto silencioso, sin discursos, y una vez más, en nombre de la consolidación de la democracia y sacrificando al menos uno de los sentidos que constituían la tensión democrática: su dimensión popular y participativa. Desde entonces, eso que llamamos democracia, como régimen de gobierno, funcionó razonablemente, y se volvió, dice Rinesi, una especie de “hábito, de costumbre, de rutina”6. Se consolidaba así, agrego yo, una idea mínima de la democracia, una idea que, de tan mínima, no ameritaba ninguna disputa.
- Cristalizada en su dimensión procedimental, la democracia continuó operando en el vocabulario político, académico e intelectual argentino al menos hasta el final de la década del noventa, cuando la tristemente célebre “crisis de 2001” vino a sacudir nuestras “certezas” en torno a la democracia y a su carácter representativo. Buena parte de la sociología política contemporánea interpretó a los acontecimientos que rodearon esa crisis (cortes de ruta, ocupación de los espacios públicos y distintas formas de organización autoasamblearias) como una irrupción espontánea del pueblo: como un “estallido”, nos dicen Gabriel Vommaro y Marina Farinetti7. La idea de la espontaneidad, la aparición intempestiva y libre de “la gente” en la escena pública, todos símbolos del “verdadero acontecimiento” democrático. Se producía así una revitalización de la democracia inspirada en la tradición participativista, o mejor dicho, autonomista. La democracia como “espasmo”, dirá Rinesi en el trabajo al que ya nos referimos. Lo cierto es que la reivindicación de la ciudadanía participativa, fuertemente crítica de las instituciones formales y de los políticos (sentimiento sintetizado en la famosa consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”), pronto, esa misma ciudadanía, concurrió a las urnas y eligió (es cierto, con apenas el 24% de los votos) a un nuevo presidente (representante) de la nación
- Nuevos tiempos para la política se iniciaron en nuestro país desde 2003 a partir de la experiencia kirchnerista. Ella es parte de un contexto de época más general dado que el siglo XXI nace marcado para el Cono Sur de América Latina por la experiencia de gobiernos que, a pesar de sus especificidades, surgen como crítica y oposición al statu quo de la ortodoxia neoliberal. El proceso que estos gobiernos iniciaron no fue de ningún modo armonioso ni lineal. Mientras que, por un lado, se afirmaron como algo radicalmente distinto de la experiencia político-económica neoliberal, en la práctica política no pudieron desprenderse totalmente de algunas de las premisas del neoliberalismo, sobre todo en lo referente a los lineamientos principales de la lógica económica. A su vez, se enfrentaron al desafío de reconocer la importancia del Estado de derecho y la república democrática, sin renunciar a la construcción de una sociedad más igualitaria y justa, lo cual implicó en muchos casos poner en cuestión las estructuras de poder existentes. Esta complejidad ha hecho posible que volvieran a cobrar vida algunos dilemas teóricos vinculados al problema de cómo calificar a estas experiencias. Una parte importante de las reflexiones de las ciencias sociales las denominó “nuevos gobiernos de izquierda” mientras que otras las catalogó como “nuevos gobiernos populistas”. Esta última conceptualización generó un campo fructífero para repensar la relación entre populismo y democracia y discutir con una determinada concepción republicana de la democracia, la liberal. Asimismo, aunque con menor énfasis, los debates entre populismo y socialismo reemergieron para disputar la veta progresista de estos gobiernos. Lo cierto es que la democracia no volvió a ser un tema de debate (ni público, ni intelectual). A pesar de los cimbronazos de la crisis del 2001, de la sucesión de 5 presidentes en 11 días, la democracia argentina no parecía haber estado en riesgo.
En algún trabajo me animé a sostener8, menos a modo de premisa que de apuesta, que en los debates políticos que despertó la experiencia kirchnerista, me parecía ver que volvía a aparecer el espectro de la transición democrática en el sentido de que parecía reavivarse aquella tensión constitutiva de la democracia y que eso nos interpelaba a pensar qué democracia se estaba construyendo y qué concepción de Estado y de sujetos políticos se ligaban a ella. Me parecía que se abría un nuevo tiempo que nos instaba a rediscutir las articulaciones posibles entre las dimensiones institucional y sustantiva de la política, motivándonos a pensar de modo diferente la vinculación entre tradiciones político-partidarias, lineamientos ideológicos y liderazgos políticos.
Sin embargo, como decíamos, la democracia no fue un tema de debate público durante el kirchnerismo. Su consolidación aparecía como un dato incuestionable y quizá por eso buena parte de los análisis políticos (tanto de los medios de comunicación como de algunos intelectuales que comenzaron a aparecer públicamente participando de mesas de debate y foros de discusión) se dedicaron más bien a analizar el anti-republicanismo de la gestión kirchnerista, asociándolo al carácter peyorativamente populista de los liderazgos y focalizándose en los modos de conducción política de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner. Ríos de tinta se escribieron sobre estos tópicos. Algunas pocas voces hablaron del ciclo de gobiernos kirchneristas como una proceso de democratización política sostenido en la conquista y ampliación de derechos (civiles, sociales, educativos, previsionales, etc.). Este “proceso de democratización”, como lo llama Rinesi, no se produjo solo en Argentina, sino que fue parte de una “oleada” que abarcó a buena parte de los países del cono sur.
- Lo cierto es que ese mismo cono sur de América Latina se ve, en la actualidad, enfrentado a una situación paradojal. Al mismo tiempo que se fueron consolidando los “nuevos gobiernos progresistas”, algunos países sufrieron, casi contemporáneamente, una embestida por parte de sectores que, en más de un caso, lograron terminar con gobiernos elegidos por el voto soberano. Desde el intento de derrocamiento al Hugo Chávez en 2002, pasando por la efectiva destitución de Manuel Zelaya en Honduras en 2009 y de Fernando Lugo en Paraguay en 2012, hasta el impeachment y destitución de Dilma Rousseff en Brasil (2016), lo que vemos a las claras es que la democracia, sus sentidos, sus promesas y sus desencantos es un tema más que vigente. En este marco regional, nuestro país fue quizá un caso particular, pues el ascenso de un gobierno de signo político diametralmente opuesto al que venía gobernando (nos referimos al gobierno de la Alianza Cambiemos) fue legalmente elegido por el pueblo a través del voto. Precisamente en este contexto José Natanson publicaba un artículo en Pagina/129 que trajo no pocas controversias y avivó el debate público en más de un sentido. Allí Natanson decía: “Cambiemos expresa una nueva derecha, democrática, moderna y renovada”. Lo democrático en la definición de Natanson parecía ajustarse a una definición minimalista. De su nota se desprende que lo democrático de la democracia de Cambiemos es que se trataba de un gobierno que ganó legítimamente las elecciones (las presidenciales primero, las legislativas después). Lo cual no es poco, claro está, pero lo cierto es que no es todo, o al menos, entiendo, no es suficiente. La región en general y nuestro país en particular nos presentan el desafío de (re) abrir el interrogante sobre el sentido de la democracia, de volver la mirada sobre los debates inconclusos de las transiciones, para pensar si no valdría la pena reinscribir en nuestros debates públicos contemporáneos la polémica por el sentido de la democracia.
Porque mientras sigamos pensando que la democracia es simplemente un sustantivo con un sentido mínimo, ligado exclusivamente al ejercicio electoral y a la sucesión de elites en el poder que deciden a puertas cerradas por nosotros, y dejemos de pensarla como un verbo, esto es, como un proceso (de inclusión, de ampliación de derechos, de construcción de hegemonías plurales y de una cultura política democrática que cree y al mismo tiempo sea resultado del ejercicio de subjetividades democráticas), la tensión inherente a la democracia dejará de dar sentido a nuestros debates y nuestras acciones. Y nuestra historia reciente ya conoce qué pasa cuando el sentido de la democracia no se discute ni se pone en cuestión. Sobreviene la verdad: o mejor dicho, la posverdad. O la posdemocracia, que es un modo de obturar el debate político sobre la democracia neutralizando al conflicto10 (devenido en grieta gracias al lenguaje periodístico hegemónico) como rasgo ineludible de lo político.
En el prólogo a la reedición de Transiciones desde un gobierno autoritario, Guillermo O’Donnell decía que había que tener cierta cautela acerca de la manera en cómo tratar los “residuos autoritarios” que sin dudas sobrevivirían a los procesos de transición a la democracia. Sobre todo, agregaba, porque en aquellos años en los que estudiábamos las transiciones no tuvimos en cuenta algo sobre lo que después caí en la cuenta: “que las democracias mueren no sólo por episodios abruptos, también pueden terminar por muerte lenta, es decir, situaciones en las que se va produciendo una serie de hechos que, acumulados, determinan que un mal día se descubre que atributos básicos de la democracia han sido cancelados”11. El dilema está, pienso ahora, en si efectivamente se puede acordar cuáles son estos atributos democráticos. Si lenguaje de la ciencia política y el lenguaje de la teoría política pueden encontrar un punto de mutua audibilidad en el que la elección de nuestros gobernantes a través del voto (lo que denominábamos la dimensión formal) no implique desestimar la dimensión social de la democracia (los derechos sociales y económicos, las libertades civiles y políticas, la participación en los asuntos de la vida en comunidad). Esta controversia fue la que habilitó de algún modo la nota de Natanson que citábamos anteriormente. Pues de ella se desprendía que el ser electo en las urnas bastaba para calificar de democrático al gobierno de Cambiemos, mientras que otras voces12 advertían que un gobierno que atentaba contra las libertades políticas de las personas, que habilitaba la represión en la vía pública, en tomaba decisiones que iban en contra de la ampliación de derechos de las mayorías, de ningún modo podía ser calificado de democrático. Ahora bien, ¿es por esto posible sostener que fue un gobierno autoritario cuando fue elegido libremente por la voluntad popular? Y, por otra parte, ¿basta con decir que lo es porque la mayoría del pueblo lo decidió en las urnas?
- Como por si fuera poco para seguir enredándonos en el debate, a una serie de eventos que, como señalamos antes, se fueron dando en distintos países vecinos (nos referimos a la destitución de presidentes a través de procedimientos políticos-mediáticos-judiciales poco transparentes), el pasado mes de septiembre de 2019 se sustanció en Bolivia el golpe de Estado que derrocó al presidente Evo Morales. Este episodio nos encontró frente a un (¿nuevo?) desafío a la hora de pensar la democracia en la región porque (re) abrió la controversia no solamente respecto del sentido de la democracia sino de otro concepto que durante las transiciones había funcionado como su opuesto: el autoritarismo. Así como algunos dudaron en calificar al gobierno de Mauricio Macri en Argentina como autoritario, esas mismas voces parecieron dudar bastante de que el “golpe” a Evo, haya sido efectivamente un golpe de Estado y ensayaron numerosas justificaciones para esquivar el término y no decir efectivamente que un gobierno democrático había sido derrocado recurriendo a las herramientas tradicionales con que lo habían hecho las dictaduras en los años 70: las FFAA como actor protagónico mediante el uso de la las armas y aplicación de la violencia. Violencia que por un lado se cobró vidas y, por otro, obligó al presidente, a su vice y a diversos funcionarios a exiliarse del país.
Lo que se estaba derrocando en Bolivia fue un gobierno democrático en el doble sentido del concepto democracia al que veníamos aludiendo. Un gobierno que fue elegido por el voto de la mayoría del pueblo boliviano y al mismo tiempo un gobierno que amplió derechos y libertades, expandió la base de participación política a sectores que durante siglos les había sido negada y generó la transformación socioeconómica más importante que el país haya experimentado en las últimas décadas. Se derrocó entonces una democracia formal, pero para derrocar una democracia sustantiva, con contenido social, participativa, popular. Y lo peculiar de este episodio es que, lejos de hacernos avanzar en el debate sobre el sentido de la democracia, sobre aquello que había quedado pendiente luego del ciclo de transiciones y “consolidaciones” de los regímenes democráticos, el golpe de estado en Bolivia nos hizo retroceder algunos casilleros. Nos puso a defender las virtudes (que ya creíamos adquiridas y, como decía, “consolidadas”) de la democracia formal. Nos condujo a ensayar argumentos para sostener por qué se trató efectivamente de un golpe de estado y nos alejó, una vez más, del debate sobre por qué deberíamos llamar democrático a un gobierno que generó igualdad, justicia e inclusión social, cambió los patrones de redistribución de la riqueza y consolidó un Estado garante de derechos entre los que se encuentra la revolucionaria defensa de los recursos naturales y a su acceso en términos de derechos elementales para la vida humana. De esa gesta casi no se habla en clave de revolución democrática y tampoco se reivindica el carácter emancipatorio que la experiencia democrática logó en el caso de Bolivia de un modo contundente. Mucho menos fue esa la lente para mirar y conceptualizar otros procesos, menos radicales quizá, que también se dieron (aunque con algunos altibajos) en otros países de nuestro cono sur. Cuando nos referimos al carácter emancipatorio de la experiencia democrática estamos pensando, como nos sugiere Benjamín Arditi13, en una concepción de la democracia como práctica y como proceso que busca interrumpir el orden establecido y por tanto redefinir el sentido de lo posible, con el objetivo de instituir un orden menos desigual y opresivo. Lo cual supone trabajar en la construcción de un sentido común que recupere un sentido contemporáneo y realista de la emancipación planteando en qué medida podemos calificar como más o menos democrático a un proceso político en función de cómo sus gobernantes tomaron decisiones que promovieron la libertad y la igualdad de su pueblo. Porque fueron esos procesos de disputa, de afectación de intereses e instauración de conflictividades los que generaron las condiciones de posibilidad para que la democracia formal (esa que ya creíamos conquistada) volviera a estar en peligro, acechada por impeachments, por destituciones a partir de mecanismos de lawfare y por golpes de estados sin más.
Por todo esto, un desafío fundamental es, para volver sobre lo dicho, retornar y extender la discusión sobre el sentido de la democracia, recuperando las tradiciones que intervienen en la construcción de su contenido y animarnos a dar cuenta de las articulaciones posibles (a veces incómodas) que pueden ser más productivas para pensar las realidades de nuestros días en América del sur. Algo así como recuperar el debate de las ideas y de las tradiciones “en contexto”. Ello no implica embarcarnos en una discusión sobre el concepto democracia y su carácter polisémico, lo cual nos encerraría en a eternos debates semánticos por estipular dónde reside el “verdadero” significado de la palabra democracia. Supone más bien, como sugiere Pierre Rosanvallon14, tomar a la democracia como “índice de un problema”. La pregunta que surge entonces es ¿de qué problema/s da cuenta el debate sobre el sentido de la democracia hoy en nuestro cono sur?
Ariana Reano es Licenciada en Ciencia Política y Doctora en Ciencias Sociales, reside en Provincia de Buenos Aires.
Investigadora-docente de la Lic. en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). Investigadora Adjunta del CONICET y actualmente trabaja sobre lenguajes políticos y los legados del debate intelectual en las transiciones democráticas en el cono sur de América Latina. Publicó Democracia, ciudadanía y exclusión. Una articulación posible entre republicanismo y teoría de la hegemonía (2010) y Palabras Políticas. Debates sobre la democracia en la Argentina de los ochenta (2014) en co-autoría con Julia Smola. Ha escrito numerosos artículos en revistas científicas nacionales e internacionales y capítulos de libros en ediciones colectivas. Actualmente dirige el proyecto de investigación “Los lenguajes políticos de la democracia. Legados del debate intelectual en la transición democrática argentina” financiado por la ANPCYT.
Notas bibliográficas:
* Buena parte de las ideas aquí presentadas fueron expuestas en la mesa “El macrismo en cuestión: lecturas posestructuralistas de la política argentina actual” a la que fui invitada en la Universidad Nacional de Villa María (UNVM) a fines de 2017. El debate allí suscitado continuó en las reuniones de debate sobre la coyuntura nacional y regional con mis colegas del Área de Política en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) durante 2018 y 2019. En la revisión hecha para esta publicación intento recuperar los aportes generados por los intercambios en ambos espacios.
1 “Tres décadas de democracia (1983-2013)”, disponible en: https://www.vocesenelfenix.com/content/tres-d%C3%A9cadas-de-democracia-1983-2013
2 Reano, Ariana y Smola, Julia: “30 años de Democracia. Debates sobre los sentidos de la política en la transición argentina”, Revista Estudios, Nº 29, Enero-Junio, 2013, Centro de Estudios Avanzados (CEA), Universidad Nacional de Córdoba, pp. 35-51.
3 Esta idea fue desarrollada en mi tesis doctoral Los lenguajes políticos de la democracia. El legado de los años ochenta: Alfonsín, Controversia, Unidos y La ciudad Futura. Tesis para obtener el grado de Doctorada en Ciencias Sociales, Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), defendida en marzo de 2011.
4 “Socialismo y Democracia ¿Etapas o niveles?” en Punto de Vista, Nro 22, diciembre de 1984.
5 Bosoer, Fabián, “La democracia perpleja” en La Ciudad Futura, N° 20, diciembre 1989-enero 1990, pp. 11-12.
6 “La democracia contra la república”, en Las diagonales del conflicto. Política y sociedad en Argentina y Francia. Los Polvorines: Ediciones UNGS, 2017, p. 33.
7 “Todo lo sólido se desvanece en el aire: participación política y estallidos sociales en la Argentina reciente”, en Las diagonales del conflicto. Política y sociedad en Argentina y Francia. Los Polvorines: Ediciones UNGS, 2017.
8 “Populismo, Socialismo y Democracia. Legados de un debate para pensar América Latina hoy” en Véliz, C. y Reano, A. (comp.): Gramáticas Plebeyas. Populismo, democracia y nuevas izquierdas en América Latina. Colección Gramáticas Plebeyas, Buenos Aires, Ediciones UNGS – UNDAV Ediciones, 2015, pp. 73-96.
9 https://www.pagina12.com.ar/56997-el-macrismo-no-es-un-golpe-de-suerte
10 La idea de conflicto en la que pienso no se reduce a la mera diferencia de intereses que, puestos en una mesa de negociación podrían eventualmente establecer alguna forma de acuerdo entre las partes en conflicto. Pienso más bien en una idea más fundamental del conflicto como constitutivo de la política. Aquella que en los Discursos de Maquiavelo fue representada por la diferencia entre el humor de los grandes y el humor del pueblo. O bien, aquella que en la teoría política contemporánea puede ser aprehendida a través de los conceptos de desacuerdo en la obra de Jacques Rancière o de antagonismo en la de Ernesto Laclau.
11 Transiciones desde un gobierno autoritario, Buenos Aires, Paidós, 2010, p. 22.
12 Pienso en voces como las de Horacio González, Jorge Alemán, M. Pía López, Diego Tatián, y el propio Rinesi.
13 La política en los bordes del liberalismo. Diferencia, populismo, revolución, emancipación, Gedisa, México, 2010.
14 Por una historia conceptual de lo político, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003.