154 discursos, 461 palabras por día
Si Augusto “Pirincho” Cicaré no existiera Mauricio Macri lo habría inventado: mecánico autodidacta de 80 años oriundo de Polvaredas, una localidad pegada a Saladillo, construye helicópteros que exporta a cuatro continentes. De visita por la fábrica, el Presidente escuchó a Pirincho leer emocionado un discurso en el que agradecía al “pueblo de Polvaredas, al de Saladillo, a mi familia y, en especial a mi madre.” Una réplica exacta del modelo teórico de emprendedor macrista: alguien que con trabajo, sacrificio y pasión, se hace solo a sí mismo, sin Estado y sin ayuda, apenas con el apoyo de sus vecinos y su familia.
Un caso similar es el de la fábrica de helados Guapaletas, nacida en 2015, que hoy cuenta con 90 locales y vende 170 mil unidades al mes. Su planta de Malvinas Argentinas fue la elegida por el Presidente Macri para anunciar su Ley de Emprendedores y degustar una paleta de banana split. Otro, el de los tres jóvenes cordobeses que desarrollaron una aplicación para comunicarse con la abuela enferma de Alzheimer. Y varios más.
Así, desde enero de 2017 hasta hoy, Macri recorrió de norte a sur el país, buscando emprendedores, su actor social preferido, y pronunciando 154 discursos oficiales, más de 152 mil palabras, 13.800 por mes, 461 promedio por día.
Todo junto es el catecismo macrista: una repetición litúrgica de frases ensambladas en un nuevo testamento neoliberal.
Con ustedes, un año de discursos: el relato macrista
En sus intervenciones de 2017, Macri propone una reconstrucción existencial de la Argentina: un repetitivo llamado a ser de otra manera. Para ello recomienda varias transiciones. La primera, la más importante, es la transición desde el engaño hacia la verdad. Hay una única verdad y es la que desarrolla el relato gubernamental. El macrismo se anima a un gran salto epistemológico: la verdad ya no es la realidad, la verdad es la verdad. Se ensaya, de este modo, un deslizamiento abrupto desde la relación con los hechos hacia el ejercicio de la tautología. Ya no se necesita nada fuera del lenguaje: tras una extrema operación circular, la verdad (la propia) es la única realidad.
Todo lo demás es mentira. La verdad se repite una y otra vez como un discurso en un desierto, tanto que es una de las palabras más repetidas entre las 152 mil que Macri pronunció en el año.
En el macrismo, el diálogo es una invención paradójica: en su dinámica unificadora, funciona como una emboscada autoritaria en el que todos los puntos de vistas están obligados a transformarse en uno. El diálogo es una maquinaria de producción de verdades finales. A través de él siempre se llega a un relato único y éste nace de la supresión de los otros discursos. Por eso, casi no hay en estos 154 intervenciones presidenciales referencias a ideas opositoras. Su argumentación ‘verdadera’ funciona en el vacío.
Dialogar, para Macri, es sentarse en una mesa a intercambiar miradas: sobre esa superficie rectangular, se establece un mercado tácito donde esas miradas, con un mismo valor y una misma fuerza, se mezclan entre sí hasta transformarse en única. En la pospolítica –donde siempre hay consenso– toda mesa de diálogo es un proceso de producción de una mirada unificada. Una máquina que manufactura discursos para alcanzar un producto final que es la verdad. En ese juego entre tahúres, la trampa consiste en ocultar las trampas: entre otras, que para producir ‘consenso’ muchas veces eliminan o niegan las diferencias.
Mientras, Macri repite y repite, no deja de repetir.
De esa secuencia industrial en el que se diseña un relato único y verdadero sólo quedan residuos, basura o desechos. No hay otra identidad, sólo las sobras de lo que se destituye y estigmatiza. El kirchnerismo no aparece como un adversario político, ni siquiera como un enemigo. Los kirchneristas son vagos, corruptos, mentirosos, ineficientes. No son un actor de la política: son un mal a erradicar. Por eso el macrismo no sólo es peligroso cuando libera a las fuerzas de seguridad y éstas matan: es peligroso siempre porque lo que rige su comportamiento es la sentencia a muerte y pulverización del oponente. De allí que se proponga resolver la grieta eliminando a una de sus partes. No trabaja para integrar. Actúa segregando.
La moral nos hará iguales
El catecismo macrista prescribe decir siempre la verdad, dialogar, no hacer trampas, no tomar atajos, dar todo de sí y concentrar las energías en el trabajo. De este modo, en el lugar de la política irrumpe la moral. La moralización de la Argentina funda un nuevo contrato por la igualdad: el que se deriva de considerar fuente de desigualdad ya no a la relación capital –trabajo sino a la corrupción y al clientelismo. La moral nos hará iguales. La política, en cambio, nos hunde en la injusticia. Este pasaje de la política a la moral es simultáneo a otra transición: la que se produce entre una idea de injusticia clásica –la que se origina en la asimetría entre los dueños del capital y los que trabajan– y una noción de injusticia neoliberal –nacida en las diferencias entre los que trabajan y los que no trabajan o entre los que trabajan y los que roban. Ya no entre el patrón y el trabajador sino entre los trabajadores entre sí.
El kirchnerismo, según la perspectiva gubernamental, la hizo fácil: habilitó el acceso a los bienes sin esfuerzo y sin obligaciones. Introdujo a la sociedad en la irrealidad. Por eso, el macrismo propone una antinomia fuerte: no pueden coexistir derechos y futuro. Para tener futuro, para desplegar una mirada de largo plazo, hay que renunciar a algunos derechos. Cada uno tiene que ceder un poco. El macrismo viene a reponer el esfuerzo como el gran igualador de los argentinos. Nos igualamos en ese punto donde ponemos todo de nosotros mismos: el trabajo nos mide y establece un índice de argentinidad. A mayor esfuerzo más patriotas somos. La máxima productividad en el trabajo es lo que nos hace argentinos e iguales. La Patria es la tensión extrema del cuerpo en la producción.
Por eso, uno de los principales contrastes en el discurso presidencial es con los vagos y los avivados. El gobierno se propone erradicar la vagancia. El macrismo es, también, el cambio arbitrario del punto de vista: de modo repentino, el foco se desplaza desde el trabajador o el desempleado hacia los que no quieren trabajar. De paso, la vagancia es considerada una de las formas más revulsivas del populismo.
Un trabajador motivado prescinde de los despertadores, dice el Presidente. Sale solo y urgido del sueño, no quiere perder su tiempo productivo. Hay tanta energía y motivación en los argentinos que sus fuerzas de trabajo están en permanente tensión y despliegue. Se trata de un neoliberalismo que privilegia en su discurso al trabajo y a los trabajadores. Pero se trata del trabajador neoliberal, el que renuncia voluntariamente a sus derechos: el que usa la libertad para perjudicarse. El trabajador ideal del neoliberalismo es el que se auto despoja de sus derechos. Por eso, hay aquí otra transición: de los trabajadores como columna vertebral del movimiento nacional y popular, a los trabajadores como masa muscular de la economía trasnacional. El macrismo es un dispositivo de movilización de energías laborales en el mundo incierto del capitalismo global. El trabajador ‘debe darlo todo de sí’, es decir, debe dar más que lo que el derecho laboral le autoriza a dar. Es lo que Germán Cano, filósofo asesor en el área cultura de Podemos, llama la vigorexia corporal: la manifestación de un desbordante cúmulo energético al servicio de los engranajes absorbentes del capital trasnacional.
Mientras, Macri repite y repite.
En el lugar de la organización política, el macrismo coloca a los equipos de gestión. La genealogía de éstos nos lleva hasta el mismo origen de la Nación: a las huestes convocadas por el primer emprendedor, el General San Martín. El que cruzó los Andes con el mejor equipo de los últimos 200 años.
Los emprendedores: el nuevo sujeto de la vigorexia
Macri es el presidente que da libertades: con ella, los individuos crecen, se desarrollan, se hacen emprendedores. Si tiene tesón, compromiso y convicción, cualquier argentino puede transformarse en empresario. Los individuos deben acumular estudios, capacidades, energías, convicciones y méritos y, con todo ello, ir al mercado y cambiarlo por capital. Así, el macrismo propone otra transición: hacia un modelo donde el capital no se combate, se distribuye. El macrismo cambió de lugar la utopía: la colocó dentro del mercado y ahora de lo que se trata es de adquirir capital para transformarnos en empresarios de ‘uno mismo’.
El macrismo ofrece un potente aspiracional: si los trabajadores hacen méritos y ponen mucho esfuerzo, también serán alcanzados por la redistribución de las ganancias. Un emprendedor es un trabajador que aspira a cambiar en el mercado méritos sistemáticos por acumulación del capital. El trabajador que tiene convicciones, energías y capacidades habita una identidad (trabajador) en transición porque va camino a otra identidad: la del empresario emprendedor. El ideal es el Pro-pietario.
El mérito es un elemento que mercantiliza la totalidad de la vida. En el mercado se intercambia ese nuevo valor de cambio general –los méritos– por ese valor de cambio acumulado –el capital o las propiedades.
La economía psíquica del neoliberalismo concentra la totalidad de la vida en el trabajo.
Y no se trata sólo de movilizar las fuerzas y las energías: se trata de hacerlo de modo disciplinado, constante y perseverante. Vivir es el uso industrial de la fuerza humana y la construcción de un ritmo para la masa muscular.
Todos debemos poner lo máximo de nosotros mismos y todos debemos ceder un poco: la comunidad organizada macrista supone perder derechos cuando lo ponemos todo y perder derechos cuando cedemos un poco. Pero en esta perinola lisérgica, perder derechos es ganar futuro.
Una fiesta ha terminado. Quedan sólo dos refugios vitales para los argentinos y argentinas: el trabajo y la familia. En uno se pone el esfuerzo, en el otro las emociones. El recorrido cotidiano de los trabajadores es entre el lugar donde ponen el esfuerzo y el lugar donde experimentan los afectos y viceversa. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Pero, con otra transición: el emprendedor va disolviendo las fronteras entre ambos mundos. Su casa es el trabajo. El trabajo es su casa.
Así lo recuerda Pirincho Cicaré, el primer emprendedor, cuando relata que a las tres de la mañana aparecía su madre con un vaso de leche o algo para comer porque no había cenado para seguir trabajando en la construcción de su primer helicóptero.
Mientras, Macri repite y repite. No se cansa de repetir.
* Artículo publicado en Revista Contraeditorial, año 1, nº 9, del 12 de diciembre de 2017, Federación de Cooperativas de Trabajo, Buenos Aires, pp.14-15. Nuestro agradecimiento con Contraeditorial por la amable cesión.
Daniel Rosso es sociólogo, reside en Buenos Aires.
Periodista. Fue Secretario de Comunicación de la Ciudad de Buenos Aires y Subsecretario de Medios de la Nación. Coordinador Académico del Posgrado de Comunicación Política de la UBA. Publica habitualmente notas de comunicación y política en medios periodísticos y académicos.