En una medida que crece a ritmo constante, la tarea de lograr seguridad existencial −obtener y retener un lugar legítimo y digno en la sociedad humana y eludir la amenaza de la exclusión− se deja librada a cada individuo para que la lleve a cabo por su cuenta, valiéndose solo de sus habilidades y recursos; y ello implica correr enormes riesgos y sufrir la angustiosa incertidumbre que inevitablemente entraña tal cometido. El miedo que la democracia y su retoño, el Estado Social, prometieron erradicar ha retornado para vengarse.
Zygmunt Bauman
Aunque el cambio de paradigma que ha inaugurado nuestra era contemporánea suele acertadamente tomar como referencias la caída del Muro de Berlín o los atentados del 11 de septiembre de 2001, creo que se ha prestado poca atención a un suceso que, en una aproximación a la clínica de la civilización tal como Freud la caracterizó en su célebre libro “El malestar en la cultura”, podríamos considerar un síntoma de la subjetividad mutante.
El 12 de febrero de 1993, Robert Thompson y Jon Venables, dos niños de Liverpool con tan solo 10 años de edad, secuestraron, torturaron y asesinaron a James Bulger, de dos años. La conmoción y la repercusión social fueron tremendas, y tomaron por sorpresa no solo a la opinión pública sino al propio sistema judicial británico, enfrentado a un caso sin precedentes. Debido a la minoría de edad de los asesinos, estos fueron juzgados bajo la denominación de ‘Niño A’ y ‘Niño B’, y condenados a prisión siguiendo medidas especiales de seguridad, cambio de identidad y estricto secreto, a fin de evitar que los verdaderos nombres pudieran ser revelados.
La imposibilidad de hallar una motivación que diera cuenta de la monstruosidad cometida, el hecho de que las evaluaciones clínicas no arrojaran un diagnóstico claro y evidente, no puede menos que evocarnos las consideraciones que Hannah Arendt hiciera acerca de la banalidad del mal en su célebre ensayo sobre Eichmann. La tragedia del crimen puso de manifiesto algo nuevo. Si Auschwitz había echado definitivamente por tierra las falsas esperanzas puestas en la superioridad de la razón humana, mostrando el reverso oscuro de la modernidad ilustrada, el asesinato de James Bulger destrozó el último mito de Occidente, el de la inocencia infantil. No solo hemos debido renunciar a toda idea de redención de la condición humana, sino que para colmo debimos aceptar que también los niños son capaces de acciones monstruosas y gratuitas, cuya desproporción excede toda posibilidad de atribuirles un sentido, incluso el más perverso que podamos imaginar. Fue el carácter abrumadoramente incomprensible de aquel suceso, sumado a la impotencia de sociólogos, psicólogos y expertos de toda clase para ofrecer una explicación convincente basada en el contexto socioeconómico, cultural y familiar de los niños, así como de sus respectivas biografías, lo que me autoriza a interpretar el crimen como el franqueamiento de un nuevo límite, la ruptura de una barrera moral que se creía inviolable. Por supuesto, estoy muy lejos de sugerir que hemos alcanzado un estado de la civilización en la que los niños se han convertido en potenciales asesinos. Tampoco me propongo emplear los instrumentos del psicoanálisis para establecer una hipótesis clínica sobre lo ocurrido, dado que no es ese mi interés respecto de este caso. Me importa destacar su estatuto sintomático, en tanto revelador del impulso alcanzado en nuestra época por la ‘desintrincación’ pulsional, término que Freud empleaba para referirse a la ruptura de la inhibición que Eros puede ejercer sobre la acción devastadora de la pulsión de muerte. La sociedad líquida, postulada por Zygmunt Bauman como consecuencia del proceso histórico de globalización, tiene su correlato en el proceso de descomposición y declive de la función paterna, fenómeno con el cual el psicoanálisis condensa el derrumbamiento de la narratividad estructurada por los grandes ideales normativos, morales, religiosos e ideológicos, y sus efectos en el plano del sujeto.
Se podría argumentar que el carácter excepcional del suceso de Liverpool le resta valor ilustrativo. Sin embargo, me reafirmo en mi hipótesis precisamente por la casi total ausencia de estudios posteriores sobre el caso. Esa aparente falta de interés lo convierte en algo que despierta una sospecha. Pareciera como si el atendible esfuerzo por ‘invisibilizar’ a los actores, borrarlos de su existencia pública, se hubiese extendido a todas las disciplinas involucradas en un hecho de estas características (jurídicas, sociológicas, filosóficas, forenses), contribuyendo así a aumentar con el silencio la abrumadora dimensión de aquello que está en juego: la terrible desproporción entre un acto y la posibilidad de clasificarlo en el orden del discurso de la racionalidad. Si hasta entonces sabíamos que la infancia ha sido siempre –y continúa siéndolo– objeto de las mismas abominaciones que los seres humanos pueden ejercer sobre sus semejantes, sin importar la edad, el género o la condición; si éramos plena y tristemente conscientes de que el niño (como encarnación de un espacio sagrado en el que se procura salvaguardar la maltrecha y rebajada humanidad) es una figura histórico-cultural que se aniquila y se restablece según los vaivenes de esa misma historia y cultura, el crimen de Liverpool hace estallar en pedazos los últimos vestigios de un orden en el que creíamos que la dimensión ética de lo imposible conservaba aún una mínima garantía de supervivencia. Si debiésemos resumir en una sola caracterización el principio que rige la modalidad actual del régimen capitalista (un sistema cuya variabilidad camaleónica le permite adoptar un asombroso abanico de formatos, desde el espíritu liberal a la pendiente totalitaria) deberíamos acentuar su tendencia a promover una perversión del ideal de la libertad como aceptación irrestricta de las prerrogativas del mercado. En beneficio de los objetivos supremos del capital se ha considerado necesario eliminar de manera progresiva y constante todos aquellos límites en los que se apoyaba el Estado Social, que durante algunas décadas se encargó de atenuar las penurias y precariedades de los estratos más débiles del sistema, y servir a la reconstrucción de una economía devastada por la Segunda Guerra Mundial. El desmantelamiento de esta estructura (una vez recompuesto en el período de posguerra el tejido económico y asegurado el terreno para acometer un expolio con renovada energía) y su reemplazo por una ingeniería social basada en la explotación calculada y extrema del desamparo del hombre, ha requerido del concurso de diversas fuerzas, necesarias para configurar una transformación del Zeitgeist que pudiese acompañar, consentir y convertirse incluso en un dócil aliado de la nueva doctrina. En buena medida, la obra de Zygmunt Bauman constituye una guía para comprender cómo ese proceso se ha ido desarrollando, y cómo la disolución de las sociedades locales en la nube globalizada ha dado nacimiento a una era que por momentos parece augurar una amenaza inédita contra la condición humana, como si la acción de las fuerzas destructivas de la pulsión de muerte se acercase a su realización definitiva y final.
El agudo retrato de la sociedad que Zygmunt Bauman nos ha entregado no supone en modo alguno el modelo ingenuo de un poder autoconsciente, capaz de rediseñar de forma intencionada la nueva arquitectura socioeconómica. A pesar de que el poder no es una entidad abstracta, ya que está representado por personas, estructuras y organizaciones reales, Bauman es tributario de un análisis que reconoce la acción autónoma de dinámicas que exceden la voluntad de sus supuestos actores, cuya libertad de movimiento, pese a su indiscutible magnitud, no es ni plena ni está exenta de los contragolpes de lo real. Aunque el concepto baumaniano de lo “líquido” ha cobrado una celebridad ‘globalizada’, y es sin duda aquel que le ha otorgado a su autor un reconocimiento indiscutible, incurriríamos en un error si lo considerásemos el alfa y el omega de su pensamiento. En esta ocasión me interesa centrarme en su tratamiento de la seguridad (Sicherheit), como mecanismo de alienación que asegura el control y la manipulación social de los individuos. Junto con Ulrich Beck[1], Bauman ha sido una de los pensadores que más ha profundizado en la instrumentación del papel que la seguridad y las presuntas amenazas que la rodean juegan en la dinámica humana, tanto en el plano individual como colectivo. Teniendo en cuenta la magnitud de su obra, a los fines de aquello que deseo destacar en este artículo habré de ceñirme a su libro Daños Colaterales.
La búsqueda de seguridad constituye una aspiración tan antigua como la humanidad misma. Toma su impulso de la incertidumbre y el desamparo originario del hombre, cuyo sentido existencial carece de un fundamento propio. Esta debilidad ontológica hace del ser hablante una criatura atormentada por la indeterminación, vulnerable al sentimiento cósmico de lo inconmensurable e imprevisible. Hallamos allí las raíces que han dado origen a la avidez de referentes identificatorios y al surgimiento de representaciones religiosas e ideológicas capaces de inyectar sentido en lo real de un mundo que al sujeto se le presenta habitado por toda suerte de peligros. Zygmunt Bauman es tributario de las consideraciones formuladas por Freud en su libro Das Unbehagen in derKultur, donde se clasifican las tres grandes fuentes de los miedos humanos: los que provienen de las fuerzas de la naturaleza, los generados por el vínculo social, y los que se originan en el sentimiento de fragilidad corporal. En ese sentido, el temor de Dios ha supuesto una extraordinaria conquista sublimatoria y una enorme ventaja, al condensar en una sola fuente los innumerables temores que asaltan a los seres humanos. Durante siglos, la vulnerabilidad existencial del hombre ha sido parcialmente aliviada por el orden narrativo construido desde el poder político y religioso, que ha jugado simultáneamente con “el terror y la esperanza”[2]. El Soberano (terrenal o divino) y el esclavo sellaron un pacto en virtud del cual el primero encarnaba el terror cuya fuente resultaba ahora localizable y creadora de lazos de obediencia y fidelidad, mientras el segundo alienaba su existencia a cambio de la esperanza de protección, fundamentalmente aquella protección derivada de la creencia en la omnipotencia y la omnisapiencia del primero. En el capricho de Dios o del Amo, los súbditos podían concentrar la insensata aleatoriedad de la existencia y reconvertirla en un argumento coherente, un orden relativamente reglado capaz de exorcizar el pavoroso sentimiento de desamparo ante la incertidumbre y la precariedad de la vida. Pese a su terrible desproporción, el trueque de libertad a cambio de una supuesta seguridad constituyó uno de los más sólidos contratos sociales de la historia, más o menos intacto hasta la revolución ilustrada, que trajo consigo el ideal de una fraternidad de la razón humana en lucha contra la manipulación de los fantasmas primigenios. Pero si el proyecto ilustrado se basaba en la promesa de hacernos salir de la caverna y del cautiverio de las falsas representaciones, muy pronto la humanidad asistiría a la Restauración de la oscuridad promovida por el capitalismo, que de la mano de la revolución industrial inició el camino hacia el imperio de la sociedad tecnológica bajo cuyo régimen actualmente vivimos, y que vuelve a agitar la falacia mayor de la seguridad como instrumento de dominación política.
El comunismo representó la nueva promesa de felicidad elaborada por una sociedad artificialmente diseñada según los criterios de una racionalidad ‘limpia’ de toda impureza ideológica[3]. Como todo higienismo social –y en consonancia con el proyecto nacionalsocialista– el proceso de purificación solo podía obtenerse a partir de la eliminación de todos los obstáculos que interferían en la conquista del objetivo final. El credo comunista, al igual que el milenarismo nazi, constituyeron la encarnación del superyó sanguinario que prometía un mundo asegurado, en la medida que dicha seguridad habría de realizarse bajo el imperio de la muerte definitiva del deseo. Si en sus sucesivas fases el orden capitalista ha demostrado hasta ahora ser inmune a todos los experimentos sociales de emancipación, es debido a su aguda percepción de los mecanismos inconscientes que rigen la subjetividad humana y a su capacidad para ponerlos a su servicio. En buena medida, el capitalismo debe su larga vida y capacidad de constante regeneración al hecho de haber captado que la naturaleza humana no se sustenta meramente en las necesidades que aseguran su supervivencia, sino que está íntimamente asociada a un régimen de satisfacción que no responde a la lógica del primum vivere. Para decirlo de un modo irónico, pero que responde a una realidad de la que es imposible desentenderse, no solo de pan vive el hombre, sino también de aquellos objetos en los que vemos realizarse la extraordinaria comprensión clínica del sujeto de la que Marx hizo gala en su análisis del fetichismo de la mercancía. Como lo señala acertadamente Bauman, “en la fase líquida de la modernidad el capitalismo decidió abandonar la competencia para apostar a la potencial infinidad de los deseos humanos, y desde entonces ha puesto todo su empeño en servir a ese infinito crecimiento; en lograr que los deseos no deseen su satisfacción sino más deseo; en multiplicar en vez de racionalizar las oportunidades y las opciones; en dar rienda suelta al juego de probabilidades en lugar de ‘estructurarlo’”[4]. Es tal vez en este punto donde la sociología tropieza con los límites de su comprensión. En efecto, el ‘crecimiento ilimitado’ que forma parte del credo del mercado actual es totalmente tributario del carácter imposible de la satisfacción del deseo, tal como solo la experiencia de lo inconsciente puede atestiguarlo. Que el deseo sea en su más íntima esencia ‘deseo de deseo’, no es algo que debamos atribuir a la acción del discurso capitalista. Por el contrario, dicho discurso no sabría sostener su hegemonía de no emplear las propiedades del deseo inconsciente como soporte fundamental de sus imperativos. Dado que la causa del deseo se origina en una pérdida inaugural conceptualizada por Freud bajo el término de experiencia de satisfacción[5] el deseo como tal está prometido a una búsqueda incesante destinada al reencuentro imposible con la parte separada del ser, consecuencia forzosa de la alienación al orden de la palabra y el lenguaje.
Si “la incertidumbre, causa principal de la inseguridad, es por lejos el más decisivo instrumento del poder; de hecho, es su propia sustancia”[6], cae de su peso que la seguridad se convierta en la moneda de cambio de una época en la que dicha incertidumbre se experimenta con una crudeza y una brutalidad extremas. Bajo el imperio de la modernidad actual, la fatídica combinación de desamparo psíquico y social ha conocido una expresión inédita, toda vez que el sujeto se halla ahora despojado de los relatos que alguna vez supieron ofrecerle la razón de su existencia, por más penosa que ella fuese. Millones de personas carecen hoy en día de la más mínima póliza moral que les confiera un lugar en el mundo. Para colmo, su marginalidad, su pertenencia a una extraterritorialidad que no forma parte del espacio social real ni virtual, los convierte en portadores de una extrañeza propicia para encarnar esa alteridad que todo conjunto humano requiere para simultáneamente albergar el mal y de ese modo adquirir una falsa consistencia. El crecimiento de los movimientos populistas y nacionalistas en los Estados Unidos y en Europa, agitando las inmemoriales banderas de la inseguridad económica y existencial, es la consecuencia directa del despojamiento que la globalización y el flujo incontrolable del capital (con su correlato de cotas de desigualdad nunca antes conocidas) han producido[7]. Los mismos poderes que han condenado a millones de habitantes del planeta a la experiencia crónica de la incertidumbre, se valen de los pregoneros y predicadores de la seguridad como valor supremo a garantizar. Los discursos políticos se han convertido en concursos donde los candidatos exhiben sus promesas de tolerancia cero hacia todos aquellos factores que ponen en riesgo la seguridad de los ciudadanos, cuidándose muy bien de mantener ocultas las verdaderas causas de la inseguridad que padecen y aumentando el foco hacia factores extrínsecos. La función primordial de la política contemporánea es la manipulación calculada de las diversas figuras del Otro propicias para asumir la función expiatoria de los males de los que ellas son sus primeras víctimas. Todo aquel que aspire a consolidar su liderazgo en la obscenidad de la carrera política debe saber conectar con los terrores primigenios de las masas y convencerlas de que sacrifiquen su libertad al becerro de la seguridad. Para ello habrá de redirigir la angustia y el resentimiento del pueblo hacia los enemigos imaginarios, alejándolo así de los verdaderos causantes de la desdicha. La mentira, convertida en el arma política por excelencia, es tan vieja como el hombre, pero encuentra una potencia renovada gracias a las tecnologías que permiten sembrar la desinformación y la mistificación a la velocidad de la luz. La noción misma de verdad pierde toda consistencia, dado que ya no hay instancias ni instituciones capaces de oponerse a la facultad de construir relatos alternativos y acomodaticios, o de ejercer al menos un mínimo control.
La convicción de Bauman sobre el papel clave de la seguridad como instrumento de dominación se verifica una vez más con el renacimiento de la amenaza nuclear, convertida en el argumento donde el mundo proyecta su eterno pavor cósmico. Hace pocos días una falsa alarma de ataque nuclear sumió a los ciudadanos de Hawái en un estado de terror que ha dejado un sedimento traumático en millones de personas. La información proporcionada por las autoridades locales la atribuyeron a un accidente ocasionado durante una revisión técnica de los dispositivos de seguridad. Cuesta creer que tras meses en los que la Administración norteamericana ha echado a correr el discurso de la amenaza nuclear y la necesidad de un rearme que costará cientos de miles de millones de dólares, para regocijo de inversores y corporaciones, la alarma de Hawái haya sido una mera coincidencia. Antes bien, incluso aunque lo fuese, no puede menos que inscribirse en una lógica perfectamente diseñada. El discurso de la seguridad, apoyado ahora en el peligro nuclear, es sin duda el preludio de un nuevo estrangulamiento que habrá de surgir replicando la ‘crisis’ mundial de 2007.
¿Pero acaso la incertidumbre y la desprotección ontológica no han existido siempre? ¿No hemos dicho que son intrínsecas a la condición humana? ¿Por qué hacer entonces de ellas una clave para descifrar el derrotero del discurso contemporáneo? Vale la pena citar al propio Bauman para que responda a este interrogante, puesto que su contestación nos arroja un poco más de luz sobre el estado presente de la alienación social: “La nueva filosofía gerencial es la de la desregulación exhaustiva: el desmembramiento de los modelos procedimentales firmes y fijos que se propuso imponer la burocracia moderna. Esta filosofía prefiere los caleidoscopios a los mapas, y el tiempo puntillista al lineal. Coloca la intuición, el impulso y los estímulos momentáneos por encima del planeamiento a largo plazo y el diseño meticuloso. Las prácticas iluminadas e inspiradas por ella dan como resultado una transformación de la incertidumbre, antes vista como un incordio temporario y transitorio –que tarde o temprano se eliminaría de la condición humana– en un atributo ubicuo, incorregible e inamovible de dicha condición, buscado e incluso bienvenido en público y a los cuatro vientos .”[8].
En otras palabras: la incertidumbre ha dejado de ser una penuria que se procura derrotar, o al menos disimular. Por el contrario, ha adquirido una forma fenoménica nueva, acompañada por un cortejo de significantes que le dan justificación y legitimidad: flexibilidad, autonomía, tercerización, discontinuidad. La precariedad se convierte así en la nueva virtud de la modernidad, en tanto se le supone un estímulo saludable para la reinvención personal, para la superación autobiográfica de los ‘desafíos’ del sistema, una fuente de energía para estimular el crecimiento personal y el fitness necesarios en la carrera por la supervivencia del más fuerte. A la luz de este espíritu actual, el estado de bienestar (o lo poco que de él subsiste) es visto como un narcótico, una fórmula que solo ha servido para crear generaciones de sujetos poco aptos para la lucha, moralmente débiles en la conquista de los ideales socioeconómicos, inclinados a la autocompasión y adictos a la mendicidad hacia el Estado.
Aunque sin duda no es nuestra intención establecer un nexo causal, conviene destacar hasta qué punto la tecnología de redes sociales ha contribuido a forjar este modelo de ‘identidad adaptativa’, en la que se refuerzan todos los rasgos y valores del individualismo de alto rendimiento. Como lo ha señalado Bauman en innumerables ocasiones, la paradoja de las redes sociales es la creación de un simulacro de sociedad, una falsa comunidad, una prédica del ‘compartir’ que es en verdad una acción puramente mecánica y vacía de todo contenido auténtico. El triunfador moderno es ahora quien consiente a declinar toda expectativa basada en la solidaridad, el bien común, o la empatía, enfatizando por el contrario el espíritu de combate en la conquista de una supuesta seguridad personal y autónoma. Las redes sociales son su instrumento para satisfacer la dosis de exhibicionismo adecuada a los fines de una exitosa y competitiva promoción del yo. Desde esta perspectiva, cabe preguntarse si la moda que se ha iniciado en la última década, consistente en que los protagonistas de numerosas novelas, películas y series de televisión sean hombres y mujeres autistas, no constituye la metáfora de una subjetividad funcional, caracterizada por el aislamiento, la desconexión afectiva, y la capacidad de rendimiento múltiple a la vez que mecánico[9].
El aumento exponencial de adeptos a la ideología de la seguridad es directamente proporcional al crecimiento de la incertidumbre social y económica que, de forma deliberada, se esconde tras el lucrativo negocio de hacer visibles los peligros externos que nos amenazan (terrorismo, inmigración) y de los que nuestros gobiernos habrán de protegernos. Dicha ideología no solo no ha disminuido un ápice el sentimiento de indefensión, sino que ha instalado la sospecha, la desconfianza y el principio de ‘sálvese quien pueda’ como reacción defensiva. Al respecto, Bauman señala la radical y tal vez irreconciliable oposición que existe entre dicha ideología y la ética: “Lo que coloca a la seguridad y la ética en mutua oposición de principios (una oposición extremadamente difícil de superar y reconciliar) es el contraste entre la conflictividad y la comunión: el impulso de separar y excluir, que es endémico a la primera, versus la tendencia unificadora constitutiva de la segunda.”[10].
En síntesis, la polaridad entre seguridad y ética nos devuelve una de las formas contemporáneas y dramáticas en las que la se manifiesta la incesante lucha entre Eros –el principio de la conservación y la comunión– y Thanatos, que busca la separación, la segregación, la destructividad. La obra de Zygmunt Bauman seguirá siendo un referente ineludible para comprender que dicha polaridad es intrínseca a la cultura y que la racionalidad exige un escrutinio sin tregua. Entregados al imperativo de la razón, corremos el riesgo de olvidar que lleva en su interior el contrapunto de la barbarie.
Gustavo Dessal es psicoanalista y escritor, reside en Madrid.
AME de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. Docente del Instituto del Campo Freudiano
Notas bibliográficas:
[1] Cf. Beck U., La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad, Paidos, Barcelona, 2006. [2] Cf. Borges, J.L., La lotería de Babilonia, Id., Obras Completas, RBA, Barcelona, 2012. [3] Véase Bauman, Z., Daños colaterales, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2011, p. 41 ss. [4] Ibíd., p. 52. [5] Véase Freud S., (1900), La interpretación de los sueños, en Id., Obras Completas, volumen I, Biblioteca Nueva, Madrid. capítulo VII. [6] Op. cit., p. 61 [7] “En todas partes se advertía un sentimiento súbito de auto-desconfianza. Brexit en el Reino Unido, oleadas de inmigrantes llegando a las furiosas costas de Europa, la privación de derechos de la clase trabajadora, el espectro de un mayor derrumbe financiero, Bernie Sanders y su revanchismo liberal. Las reacciones violentas se hacían notar por todas partes. Incluso los más comprometidos exponentes de la globalización estaban dudando. Bannon creía que un número ingente de personas se volvía de golpe receptivo a un nuevo mensaje: el mundo necesita fronteras, o el mundo debería volver a la época en la que existían fronteras. La época en la que América era grande. Trump se había convertido en la plataforma para dicho mensaje” En Wolff, M., Fire and Fury, Little, Brown Book Group, London, 2018. [8] Op. cit., p. 70. [9] La Primera Ministra Theresa May acaba de nombrar a Tracey Crouch al frente del nuevo “Ministerio de la Soledad”, con el propósito de combatir el aislamiento social que padecen millones de británicos “como consecuencia de la vida moderna”, un mal que la Cruz Roja Británica califica de “epidemia oculta”, y que las redes sociales no parecen haber contribuido a paliar (http://www.thejournal.ie/britain-minister-for-loneliness-3803444-Jan2018/?utm_source=email). [10] Op. cit., p. 83.