Ernesto Laclau – “La razón populista, la hegemonía de lo heterogéneo”.
Comentario: Karina Benuzzi.
La hegemonía de lo heterogéneo: lo éxtimo
Populismo: Tres aspectos fundamentales
1- No es un tipo de movimiento identificable con una base social o con una determinada orientación ideológica sino una lógica política.
Lógica política: lógicas sociales que involucran un sistema enrarecido de enunciaciones, es decir un sistema de reglas que trazan un horizonte dentro del cual algunos objetos son representables y otros no -quedan excluidos.
La frustración de una serie de demandas sociales hace posible el pasaje de las demandas democráticas aisladas a las demandas populares equivalenciales. Una primera dimensión de la fractura es que, en su raíz, se da la experiencia de una falta, una brecha que ha surgido en la continuidad armoniosa de lo social. Hay una plenitud de la comunidad que está ausente. Así es que la construcción del pueblo va a ser el intento de dar un nombre a esa plenitud ausente. Sin esta ruptura inicial de algo en el orden social, no hay posibilidad de antagonismos, de frontera o, en última instancia, de pueblo. Por un lado, la falta está vinculada a una demanda no satisfecha. Esto implica introducir en el cuadro la instancia que no ha satisfecho la demanda. Una demanda siempre está dirigida a alguien, por lo tanto, nos enfrentamos desde el comienzo con una división dicotómica entre demandas sociales insatisfechas, por un lado, y, por otro, con un poder insensible a ellas. Así comprendemos porqué la plebs se percibe a sí misma como el populus, es decir, la parte como el todo. La plenitud de la comunidad es precisamente el reverso imaginario de una situación vivida como ser deficiente, aquellos responsables de esta situación no pueden ser una parte legítima de la comunidad: la brecha con ellos es insalvable.
Una demanda que se satisface no permanece aislada, se inscribe en una totalidad institucional-diferencial. Por lo tanto, tenemos dos formas de construcción de lo social:
A) Mediante la afirmación de la particularidad (particularismo de las demandas) cuyos únicos lazos con otras particularidades son de una naturaleza diferencial. Lógica de la diferencia[1].
B) O bien, mediante una claudicación parcial de la particularidad, destacando lo que todas las particularidades tienen equivalentemente en común. Lógica de la equivalencia.
La lógica equivalencial de construcción de lo social implica el trazado de una frontera antagónica, la lógica diferencial, no. Una de las precondiciones para el surgimiento del populismo es la expansión de la lógica equivalencial a expensas de la lógica diferencial. Es necesario aclarar que la equivalencia no intenta eliminar las diferencias, por lo tanto, la diferencia continúa operando dentro de la equivalencia, tanto como su fundamento como en una relación de tensión con ella.
Por un lado, tenemos que toda identidad social —es decir discursiva— es constituida en el punto de encuentro de la equivalencia y la diferencia. Por otro, existe un desnivel esencial en lo social, ya que la totalización requiere que un elemento diferencial asuma la representación de una totalidad imposible. A fin de concebir al pueblo del populismo se necesita algo más: una minoría que reclame ser el único pueblo legítimo –es decir una parcialidad que quiera funcionar como la totalidad de la comunidad. El rechazo de un poder realmente activo en la comunidad requiere la identificación de todos los eslabones de la cadena popular con un principio de identidad que permita la cristalización de las diferentes demandas en torno a un común denominador, y éste requiere una expresión simbólica positiva. Esto es lo que el autor llama la transición de las demandas democráticas a demandas populares.
2- Nombrar y afecto. En relación al nombrar, si la construcción del pueblo es una construcción radical, es decir, una construcción que constituye agentes sociales como tales y que no expresa una unidad del grupo previamente dada, entonces: la heterogeneidad de las demandas a las que la identidad popular otorga una precaria unidad, debe ser irreductible. La heterogeneidad no significa ‘diferencialidad’ —lo que implica 2 consecuencias:
A) El momento de unidad de los sujetos populares se da en el nivel nominal y no en el nivel conceptual, es decir, los sujetos populares son siempre singularidades.
B) Porque ese nombre no está conceptualmente (sectorialmente) fundamentado, los límites entre las demandas que va a abarcar y aquellas que va a excluir se van a desdibujar dando lugar a un cuestionamiento permanente.
De lo expuesto en A y B se deduce que el lenguaje de un discurso populista, ya sea de izquierda o de derecha, siempre va a ser impreciso y fluctuante. Esto último, no como dado por una falla cognitiva, sino porque intenta operar performativamente dentro de una realidad social que es en gran medida heterogénea y fluctuante. Este es un componente esencial de cualquier operación populista.
En relación al afecto, lo expuesto hasta el momento, supone implícitamente que no existe afecto sin un desnivel constitutivo. Para el autor, el afecto significa una discontinuidad radical entre un objeto y el que le sigue, y esta discontinuidad sólo puede ser concebida en términos de una catexia diferencial. Laclau, en este punto, hace referencia a Freud, Lacan y Copjec, entre otros autores; no entraré en dichas explicaciones e iré directamente a expresarlo en referencia al lenguaje político: una determinada demanda, una entre otras muchas, adquiere, en determinado momento, un valor inesperado y se vuelve el nombre de algo que la excede. Como ya ha sido expuesto, cuando una demanda democrática ha transitado esta senda, se convierte en demanda popular. Pero como esta demanda es inalcanzable desde su propia materialidad, debe convertirse en un punto nodal de sublimación –el objeto es elevado a la dignidad de la Cosa. Es en este momento cuando el nombre se separa del concepto y el significado del significante. Sin esta separación no habría populismo.
3- Como la dislocación que existe en la raíz de la experiencia populista requiere de una inscripción equivalencial, cualquier pueblo emergente va a presentar dos caras:
A) Ruptura con un orden existente, statu quo, orden institucional precedente.
B) Ordenamiento allí donde había anomia y dislocación básica.
Vemos que la cadena equivalencial juega un doble rol, permite el surgimiento del particularismo de las demandas, al mismo tiempo que las subordina a sí misma como una superficie de inscripción necesaria.
Heterogeneidad
“(…) una heterogeneidad irreductible es la condición misma de las luchas populares”[2].
Recapitulemos lo expuesto hasta ahora: el hecho de que todas las demandas individuales en su propia individualidad se oponen a un determinado régimen opresivo (“ellos”) es la razón de que pueda establecerse una comunidad equivalencial entre ellas, significantes vacíos.
Entonces, una cadena equivalencial no sólo se opone a una fuerza o, poder antagónico, sino también a algo que no tiene acceso a un espacio general de representación. Oponerse significa algo distinto en ambos casos, a saber: un campo antagónico es completamente representado como el inverso negativo de una identidad que no existiría sin esa referencia negativa (“ellos-nosotros”). Pero en el caso de una externalidad que se opone al interior solo porque no tiene acceso al espacio de representación –oposición significa, entonces– dejar aparte y, por lo tanto, no da forma en ningún sentido a la identidad de lo que está adentro. Laclau recurre al concepto de pueblos sin historia, denominados por Hegel, como el equivalente de lo que Lacan denominó caput mortuum, como el residuo dejado en un tubo después de un experimento químico. La ruptura implicada en este tipo de exclusión es más radical que la inherente a la exclusión antagonista (ellos-nosotros). El antagonismo presupone una clase de inscripción discursiva mientras que este otro tipo de exterioridad al que nos referimos ahora, presupone no sólo una exterioridad a algo dentro de un espacio de representación, sino respecto del espacio de representación como tal.
Este último tipo de exterioridad es lo que vamos a denominar heterogeneidad social. La heterogeneidad concebida de esta manera, no significa diferencia. Dos entidades, para ser diferentes, necesitan un espacio dentro del cual esa diferencia sea representable. Mientras que lo que ahora denominamos como heterogeneidad social, presupone la ausencia de ese espacio común.
Un ejemplo nos acerca mejor a desentrañar la idea de lo exterior sin representación: el ‘lumpenproletariado’, término que remite a la escoria de la sociedad, lo extranjero, lo que se ubica por fuera del sistema. Sin embargo, dice el autor, citando a Marx, quien señala el hecho de que el parasitismo del ‘lumpenproletariado’ es reproducido por la aristocracia financiera en los niveles más elevados de la organización social, gente que no gana sus ingresos mediante actividades productivas, sino embolsando la riqueza ya disponible de otros. En otras palabras, la aristocracia financiera no es otra cosa que el resurgimiento del ‘lumpenproletariado’ en la cumbre de la sociedad burguesa. Una vez que la exterioridad respecto de la producción es concebida en este nivel de generalidad, resulta difícil excluirla del campo de la historicidad como reflejo de una línea que se desdibuja como límite entre una exterioridad y una interioridad. A esta altura se deja atrás los supuestos que hicieron posible la explicación del cambio histórico dentro del modelo dialéctico. Los pueblos sin historia no determinan cuáles son los pueblos históricos, es por ello que la heterogeneidad es constitutiva, no puede ser trascendida por ningún tipo de inversión dialéctica. La presencia de lo múltiple heterogéneo en la estructuración del campo popular remite a que éste tiene una complejidad interna que resiste cualquier tipo de homogeneización dialéctica. Por lo tanto, la opacidad de una exterioridad irrecuperable siempre va a empañar las propias categorías que definen la interioridad.
Como enunciábamos antes, la nitidez en la distinción entre el exterior y el interior se ve forzada a reformularse como un juego complejo en el cual nada es completamente interno o completamente externo –en palabras de Laclau.
“Toda internalidad va a estar siempre amenazada por una heterogeneidad que nunca es una exterioridad pura porque habita en la propia lógica de la constitución interna”[3]. Esta última explicación permite introducir en la descripción del populismo a los significantes flotantes como consecuencia de la inestabilidad de las fronteras ya que están en un proceso de desplazamiento constante. Las categorías de significantes vacíos y flotantes son estructuralmente diferentes. La categoría significante vacío tiene que ver con la construcción de una identidad popular una vez que la presencia de una frontera estable se da por sentada, tal cual ha sido presentado al comienzo de este trabajo. Por otro lado, la categoría de significantes flotantes intenta aprehender conceptualmente la lógica de los desplazamientos de esa frontera. Para esto hemos visto que la diferencia radical entre un interior y un exterior ya no es plena. Esto último nos podría remitir al concepto de lo éxtimo en Lacan.
Para abordar la estructura de la extimidad es necesario articular el Otro y su real. Lo real en el Otro se manifiesta como no semejante en absoluto. En este punto surge el escándalo: los otros, los locos, los delincuentes, la lacra social, los negros, los amarillos, etc. Diferentes modos de dar nombre a procesos de segregación social. Qué es lo que hace que este Otro sea Otro para odiarlo en su ser, la respuesta es – el odio al goce del Otro. Se odia la manera particular en que el Otro goza. J.-A. Miller nos dice en su curso de 1985[4] que hay testimonios de imputación de goce excedente, por ejemplo: que el Otro encontrara en el dinero un goce que sobrepasaría todo límite. Ya sea por imputarle un gusto excesivo por el trabajo, o su contracara –excesiva pereza y rechazo por el trabajo. Retomando el ejemplo, el ‘lumpenproletariado’ y la aristocracia financiera, comparten un punto opaco de goce, punto excesivo que no hace más que una y otra vez remitirnos al concepto de extimidad. De la izquierda o de la derecha, de arriba o de abajo, siempre de un lado y otro de la línea tenemos lo mismo la “lacragalma”[5]. La posición en el Banquete dependerá de quién sea el anfitrión, Alcibíades, como extranjero, es sólo un lugar vacío a ser ocupado.
Ernesto Laclau, en una entrevista televisiva dada en 2009[6], anticipó que el neoliberalismo en Latinoamérica estaba kaputt[7]. En psicoanálisis se dice que la interpretación es siempre après coup, es decir, después del golpe. Se advierte al lector que cualquier semejanza con la realidad es pura ficción.
*Laclau, E., La razón populista, FCE, Buenos Aires, 2015.
Karina Benuzzi es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Lic. en Psicología, Maestranda en Psicoanálisis, Diplomada del ICdeBA, Psicoanalista de la Red de la EOL, Miembro de Zadig Nudo Política-Extimidad.
Notas bibliográficas:
[1] Laclau, Ernesto, La razón populista, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2015, pág. 192.
[2] Para Laclau, el momento de la homogeneidad, coincide con la lógica de la diferencia. Homogeneidad significa la conmensurabilidad de elementos y la conciencia de esa conmensurabilidad, es decir, las relaciones humanas son sostenidas por una reducción a reglas fijas basadas en la conciencia de la posible identidad de personas y situaciones definibles, en principio, toda violencia es excluida de este tipo de existencia. Lo homogéneo, rechaza a lo heterogéneo, el desperdicio, la lacra de la sociedad: los locos, la muchedumbre y a todos aquellos que rechazan la norma.
[3] Laclau, E., op. cit., p. 308.
[4] Miller J.A., Extimidad, Paidós, Buenos Aires, 2010, p. 54.
[5] Es un neologismo que me permito utilizar para dar cuenta del concepto de extimidad. Lo sublime y lo abyecto como las dos caras de una misma moneda.
[6] Nota periodística realizada el 9/5/2009 para V7Inter: El populismo según Ernesto Laclau
https://.youtube.com/c/TelevisionPublica
[7] Kaputt es una voz alemana que significa arruinado, roto, reventado, hecho polvo.