Zygmunt Bauman, el reconocido sociólogo polaco-británico, fue el que acuñó los conceptos de modernidad líquida, sociedad líquida o amor líquido para definir el actual momento de la historia, en el que las realidades sólidas de nuestros abuelos (el trabajo y el matrimonio para toda la vida, por ejemplo) se han desvanecido. Así se da paso a un mundo más precario, provisional, ansioso de novedades y, con frecuencia, agotador. Sin embargo, el cuerpo, como algo que se goza, tiene una llamativa relevancia en la “época del Otro que no existe”1. En un mundo sin grandes referentes, en esta época líquida, al decir de Bauman, se erige el cuerpo como algo sólido. “Ciertamente el cuerpo no se evapora, y en este sentido, es consistente“(…)”2 La clínica actual es rica en síntomas que comprometen los cuerpos: anorexia, bulimia, toxicomanías, persistencia de la psicosomática, demandas de cirugías de cambio de sexo, pasajes al acto, travestismo, tatuajes. ¿Se podría pensar que en el cuerpo se abrocha algo que antes anudaba el Nombre del Padre? ¿Pasó a ser el cuerpo el lugar de búsqueda de un amarre que el sujeto ya no encuentra en los ideales?
Siguiendo la última enseñanza de Lacan podemos discernir tres dimensiones del cuerpo: la del imaginario del espejo, la del cuerpo significantizado (cuerpo simbólico) y la dimensión del acontecimiento de cuerpo3 en el que se puede atrapar un goce del que se obtiene una satisfacción fuera de sentido. Recordemos también que Lacan sustituye la noción de sujeto del inconsciente por la de parlêtre4 o cuerpo hablante, acorde a la clínica nodal de los años 70.
Cuando en el Seminario 23, habla de la consistencia imaginaria del cuerpo, ¿no nos está dando una clave para pensar el lugar del cuerpo en la contemporaneidad? “El parletre adora su cuerpo porque cree que lo tiene. En realidad, no lo tiene, pero su cuerpo es su única consistencia mental, porque su cuerpo a cada rato levanta campamento”5. Ésta es la raíz de lo Imaginario y el fundamento de la consistencia mental del cuerpo.
Este cambio de perspectiva del concepto de cuerpo en Lacan, de la mortificación que produce el significante en el cuerpo, al “cuerpo vivo”, a la producción de goce del significante, ilumina, a mi entender, los síntomas “actuales” que pueden leerse más claramente como acontecimientos de cuerpo, en un sentido amplio. La perspectiva del cuerpo a partir del Seminario 20, desborda el registro imaginario del estadio del espejo que reduce el cuerpo a un imaginario de la forma, y nos abre a una consistencia menos imaginaria, más afín al nudo.
Una articulación entre el teatro y el psicoanálisis
Me propongo interrogar también el protagonismo del cuerpo en el teatro contemporáneo. El psicoanálisis comparte con el teatro la centralidad de la presencia del cuerpo como acontecimiento. En la obra teatral ese encuentro entre el cuerpo del actor y el del espectador, su necesariedad y contingencia a la vez, es ineludible. Tal vez en el teatro sólo se trate de cuerpos que actúan frente a otros cuerpos. Así también la presencia real del cuerpo del analista y del analizante es imprescindible en la experiencia analítica, aunque los cuerpos no se expongan, sino que se mantengan “velados”: el del analista en su sillón, detrás del cuerpo del analizante recostado en el diván. Por otro lado, se podría objetar que hace unos años las sesiones por Skype, por ejemplo, son cada vez más frecuentes, pero ahí también se pone en juego el cuerpo como voz. Toda la enseñanza freudiana y lacaniana es un esfuerzo teórico por anudar palabra y cuerpo, significante y goce. El psicoanálisis se puede considerar como el arte de incidir con la palabra en el cuerpo del analizante, en sus síntomas, que son acontecimientos de cuerpo. Cuando acentuamos que la experiencia analítica es una experiencia de cuerpo, consideramos especialmente al cuerpo en su dimensión real: “el cuerpo como sede de un goce, como sustancia gozante”6.
Si bien las poéticas teatrales posmodernas son diversas. ¿habría un correlato en el teatro de otra presentificación del cuerpo más ligada a un teatro de la presencia, que de la palabra escrita? Los así llamados artistas de la performance, ¿no intentan hacer prevalecer la presencia física del actor en el escenario, esa fuerza de estar ahí, manteniendo relaciones cuerpo a cuerpo con los espectadores? El performer, ¿no intenta unificar su cuerpo con su acción, de acercar cada vez más vida y representación? ¿No podríamos también leer con esta misma lógica la cantidad de obras de teatro definidas como biodramas? Tal vez sea un intento, en el teatro esta vez, de encontrar alguna fixión7 en las ficciones.
Claudia Zampaglione es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Miembro EOL/AMP.
Notas bibliográficas:
1 Miller J.-A., y Laurent E., El otro que no existe y sus comites de Etica, Paidos, Buenos Aires, 1997.
2 Lacan, J., (1975) Seminario 23 El Sinthome, Paidos, Buenos Aires, p. 64.
3 Lacan, J., “Joyce el síntoma”, Otros Escritos, Paidos, Buenos Aires, 2012, p. 595.
4 op.cit., p. 592.
5 Lacan, J., (1975) Seminario 23 El Sinthome, Paidos, Buenos Aires, p. 64.
6 Miller, J.-A., El ser y el uno clase del 9/3/2011.
7 Lacan, J., ¨El atolondrdicho¨ Otros Escritos, Paidos, Buenos Aires, 2012, p. 503.