Según estadísticas aportadas por fuentes judiciales indican que durante 2016 hubo 166 homicidios perpetrados por adolescentes de entre 16 y 18 años. Cuatro por semana.
Solo el 6% involucra hechos en ocasión de robo. El resto se relaciona con enfrentamientos territoriales, femicidios y situaciones de riña.1
Existen muchos niños y jóvenes, que tienen un uso de la lengua y el significante que no se ordena más a partir del régimen del padre, sino más bien en función del reino de lo que llamamos “el objeto a”, cuestión que se observa en sus estilos de vida como tomas de posición de goce. El aburrimiento, la abulia y la apatía tan comunes en la adolescencia, son efectos frente a los cuales la familia se siente sin recursos. Los jóvenes se demoran en concluir y la adolescencia se prolonga indefinidamente.
Por otro lado la violencia, los excesos y el desafío, se muestran como la falsa salida de los jóvenes cuando no encuentran ninguna cualidad imaginaria en el Otro y los semblantes se caen o se degradan. Autosegregación y marginalidad son sus consecuencias, que, como dice Miller, se precipitan en la “constitución de subculturas cuya hostilidad va en aumento a medida que se cierra el horizonte de integración de sus miembros”2.
Falta en muchos, la culpabilidad que los inscribe en el Otro y por lo tanto no están atados a una deuda que los ligue con su pasado, a una historia o a un legado. Más bien asumen que es el Otro quien tiene una deuda con ellos, produciendo esa rara inversión que los hace sentirse acreedores del Otro. En esta atmosfera agresiva transitan estos jóvenes que, como modo de relación al Otro, se sostienen en una reivindicación que es una forma de demandar aquello que se cree merecer. Si no se cuenta con los signos de amor que conlleva la presencia del Otro, si no cuentan con el Significante que los inscriba en la ley simbólica y en la función del don, algunos adolescentes “se arman de una arma real para hacer reinar en ellos el orden de lo Real de la pulsión desencadenada. Nadie más es culpable, la única ley que cuenta es la ley de la impunidad”3.
Formas de la violencia
Desde un punto de vista descriptivo4, entre los rasgos más importantes de las formas de violencia en la sociedad argentina en los últimos tiempos, podemos señalar la aparición de una violencia más impulsiva, reactiva y pasional protagonizada por individuos aislados, que se ubica en las antípodas de la violencia colectiva y organizada que caracterizó la década del 70.
El aumento de la incertidumbre y la desestructuración de ciertas relaciones sociales dan lugar a la conformación de una espiral de creciente violencia. Si a eso le sumamos la exacerbación a través de las redes y los medios de comunicación, y los discursos o episodios violentos de protagonistas que son integrantes del Estado, la reproducción de situaciones de violencia excesiva e innecesaria se torna inevitable.
En cuanto a sus formas vemos que es más amorfa y esporádica, no forma parte de un plan o estrategia, sino a un nuevo tipo de violencia más ligada a la venganza o a la descarga de pasiones.
También vemos una violencia involuntaria, aparentemente accidental, provocada por la negligencia, la desaprensión y la ausencia de controles efectivos.
Podemos hablar de un horizonte de expectativas quebradas, pues en la interacción de los actores del episodio violento ha crecido notoriamente la incertidumbre con respecto a cómo van a actuar los otros. Nadie puede estar seguro de lo que puede hacer el otro. El aumento de la incertidumbre y la imposibilidad de prever las conductas de los otros genera espacio para la atmosfera agresiva o el desenlace violento.
La intensidad y la brutalidad que alcanzan las disputas en las parejas, en las familias, entre grupos rivales, entre alumnos o entre vecinos, muestran que el exceso de violencia no es en absoluto privativo de las actividades delictivas.
A esto se debe sumar la actitud imprudente de una parte de la población que decide armarse en defensa propia.
De esta forma se acentúa una de las peores formas de fractura social: cuando percibimos al prójimo como un potencial enemigo que nos puede dañar, o la salida violenta como única respuesta posible al conflicto.
Los adolescentes y la familia
A pesar de la reducción operada, la familia moderna presenta formas bien complejas. Hay nuevas formas de lazo que despliegan una riqueza de vínculos y ramificaciones que alcanzan a ocupar el lugar de una familia.
El chico o adolescente nunca está totalmente solo, incluso si está abandonado por su familia, porque él va siempre con una institución, llámese la calle, la banda, algo que venga a ocupar el lugar faltante de la familia.
Si destacamos que la familia tomó formas múltiples y variadas, es para señalar que las instituciones también han tomado formas variadas, constituyendo actualmente un abanico de instituciones diferentes. En ese espacio donde el Estado se ha ausentado, las organizaciones sociales en Argentina han cobrado un protagonismo importante intentando contrarrestar el individualismo creciente. En este sentido, las ficciones que el sujeto construye y que vienen a suplir las fallas de la familia actual, pueden permitirle llevar adelante un proceso de subjetivación, que sin estar en conformidad con los ideales, les facilita recuperar su particularidad y salir del anonimato, aunque a veces, de la peor manera.
El modelo capitalista-neoliberal
La absolutización de los mercados, es solidaria del desarrollo de la ciencia, en la medida que ésta, a través de la técnica, ofrece objetos para el consumo y para la producción del goce propio de ese consumo.
Se globaliza el goce porque la cultura de la satisfacción5 acompaña el movimiento de globalización que impone su régimen de hierro. Esto se acentúa en la lógica neoliberal, que exacerba la idea de un único mundo posible, donde prevalece la competitividad, el modelo de mercado y la desigualdad6. Esta lógica, bajo la égida de la competencia en las relaciones sociales, es también productora de una subjetividad donde prevalece una radical individualización en ausencia de todo principio ético.
En función del híper-consumo, asistimos también al poder de la “novedad”7. Ha tomado cada vez más fuerza esa salida que nos propone la cultura, que consiste en comprar y consumir sin medida. En esta carrera lo único que vale es lo nuevo en el tiempo presente, mientras que al mismo tiempo va quedando en el camino lo obsoleto en forma de desecho.
¿Cuánto tiempo algo ‘nuevo’ permanece ‘nuevo’? Este movimiento irresistible del goce de lo ‘nuevo’, contiene la siguiente paradoja: que lo que hoy es nuevo y maravilloso, mañana será un objeto a tirar. Es la época del desecho.
¿No podríamos vislumbrar en este modelo la forma que ha tomado el sujeto en nuestra cultura actual?
En este empuje desmedido al consumo y la adaptación, advertimos su cara siniestra. Bajo este culto contemporáneo de lo nuevo, se desliza una dimensión mortífera que implica que el sujeto mismo termina como siendo obsoleto, es decir un desecho.
Impulsados por este discurso, y sin recursos para regular el empuje, en un intento desesperado por participar en esta lógica contemporánea, algunos jóvenes pasan al acto y así terminan encarnando ese desecho.
Son sujetos efecto de un presente sin historia, donde hablar de sí o de la familia no vale para nada, no logran tomar la palabra para poder generar el vacío creador donde imaginarse un futuro, sus expectativas están quebradas. Viven de cara a una angustia donde en lugar de una expectativa surge “una nada que toma la cara codiciosa de la pulsión de muerte que fascina a más de uno al punto de poner a jugar su propio cuerpo como objeto de sacrificio para calmar la codicia superyoica que reclama siempre más.” 8
Perspectivas de la pubertad y la adolescencia
La ficción de la adolescencia, por más romántica que ella sea, debe ser considerada efectivamente como el conjunto de ficciones secretadas por la maldición del desajuste sexual. Maldición que consiste en que frente a la sexuación cada uno debe encontrar su salida, dado que no hay programa que diga qué hacer.
Frente a la progresiva multiplicación de objetos y representaciones, el adolescente, que debe construir su propia articulación de saber que le permita situarse frente a este desajuste, se desorienta, procrastina, se aletarga o realiza acciones sin sentido.
¿Cómo se asume el nuevo cuerpo con el saber infantil, más ligado a los fantasmas que se construyeron con relación a los padres? La clínica muestra que algunos adolescentes que vía los actings, vía los pasajes al acto, que a veces transitan el crimen o el suicidio, intentan, en forma desesperada, inscribir ese goce que les demanda una realización.
En la medida en que ya no es un niño y en tanto cuestiona los lugares a los que se ven remitidos por la familia y las instituciones, el adolescente puede fundar la razón de otra ley, en contrasociedades donde se pondrán en juego sus límites y transgresiones.
Pero lo que en algunos grupos se comparte no es la conformidad de nuevas ficciones que permitan regular el goce, sino que lo que predomina es el goce mismo en su versión más mortífera.
En estos grupos el establecimiento de lazos quedan gobernados por las nuevas formas de comportamiento y de consumo, no solo en el sentido de la toxicomanía y el alcoholismo sino de lo que el mismo mercado propone en su versión más cruda: la reproducción del espectáculo de la violencia, la ostentación de la frivolidad, la sola actividad de consumir algo, en fin, la creación de nuevos códigos donde este lado oscuro de la época se potencia.
El síntoma social
El ‘síntoma’ es lo que no anda. La violencia maníaca, la transgresión permanente de adolescentes que a veces llegan a extremos insoportables, la práctica toxicómana, son síntomas sociales en tanto exceden las reglas del mercado de la satisfacción.
Los adolescentes difíciles muestran justamente lo que no anda. Ellos aparecen como encarnando lo que se pone en cruz en el funcionamiento del sistema. En ese punto son síntomas sociales.
Es necesario que estos síntomas devengan una pregunta para el sujeto, y como decía Javier Aramburu, abran el camino a querer saber, no de cómo socialmente uno está hecho sino de cómo está implicado en ello.
Daniel Aksman es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Miembro de la AMP y EOL. Integrante de la dirección del Dpto. de Psiquiatría y Psicoanálisis del ICdeBA. Integrante de la Secretaría Ejecutiva de la Red de la EOL. Docente del IOM.
Notas bibliográficas:
1 Fuente: Diario Popular del 12 de junio de 2017.
2Amadeo de Freda, D., “Prólogo para Damasia” de J.-A. Miller. El adolescente actual. UNSAM Edita, Serie Tyché , 2015, p. 10.
3Lacadée, P., “Gramática de Guerra. Nuevas modalidades juveniles”, en Bitácora Lacaniana Nº 5, p. 150.
4 Bonaldi, P., “¿Estamos frente a una nueva forma de violencia?”, Vertex N°11, 2000, p. 23 a 27.
5 Galbraith, J. K., La cultura de la satisfacción. Ed. Emecé “La motivación del sistema es: la maximización del beneficio. Todo estaba, repito, bajo la cobertura benigna del Laisser faire y del mercado.”
6 Leserre, A., La hidra neoliberal, Buenos Aires, Ed. Grama, 2019.
7 Miller, J.-A., “El síntoma Charlatán. Primera conferencia, El síntoma y el cometa”,Eolia, 1998.
8 Lacadée, P., op.cit., p. 149-150.