Daniel Pina – No fuimos víctimas

En toda realidad los actores involucrados en ella tienden a definir roles y, a su vez, estos roles están vinculados a un proyecto. Estos roles pueden estar biológicamente determinados y siempre relacionados con el contexto en que esta realidad se desarrolla. En los organismos no humanos el determinismo biológico será el gran protagonista. El proyecto siempre es la sobrevivencia de la especie correspondiente. Para el tigre será natural alimentarse de la gacela, ella será su víctima y el su victimario. Hay una relación predador/presa establecida que constituye una parte de la cadena alimentaria y ésta será invariable, a nadie se le ocurriría que el tigre pueda ser víctima de la gacela.

En la dinámica de las relaciones entre los seres humanos se ha planteado también la relación víctima/victimario, curiosamente parecida al determinismo biológico. Sería comprensible que en un enfrentamiento entre iguales, humanos, hubiese vencedores y vencidos, a nadie se le ocurriría decir que un boxeador ha sido víctima de otro, solo podría decirse en sentido metafórico, lo concreto es que uno vence y el otro es vencido y podría haber sido a la inversa.

La historia nos muestra que los que han detentado el poder han intentado convencer a los que sojuzgaban, que su destino de poderosos era divino e invariable y ocurría lo propio con el destino de los sojuzgados, así hubo liderazgos que se convirtieron en monarquías y los cercanos al líder  se constituyeron en corte y futura aristocracia y sus descendientes en castas, la nobleza, afirmando tener un origen diferente al del resto de los integrantes de la comunidad; se ha pretendido sacralizar el poder para asimilarlo a ese determinismo biológico, en un claro proceso de naturalización, de tal manera que independientemente de que ese poder sea injusto, autoritario, bestial o genocida, sea por otro lado invariable y por lo tanto incuestionable y siempre detentado por los mismos. Se lo puede calificar, más no cuestionar. Las modalidades han cambiado a lo largo del tiempo, pero se mantienen iguales en lo esencial. Hemos pasado por monarquías, feudalismo, tiranías varias, hasta llegar a la más sutil y elaborada construcción del dominio del hombre por el hombre, el capitalismo. La sutileza estriba en que si bien los nombres pueden ser variables y hasta intercambiables, lo invariable es la estructura, que está hoy en la cúspide de su desarrollo, las grandes corporaciones multinacionales, el totalitarismo corporativo.

Hasta aquí hemos analizado algo de la conducta de los que dominan, los que tienen el poder, los que se erigen en victimarios a despecho de cualquier crítica, ya que su proyecto real está en asegurar la incuestionabilidad del lugar que ocupan, los que han establecido a través del ejercicio del poder un paradigma cultural en el que ellos mandan y los demás acatamos.

Pasemos ahora a analizar nuestra conducta, la de los que no tenemos el poder, los ciudadanos de a pie, los súbditos, los dominados, los que somos reprimidos si protestamos, los que siempre pagamos más porque estaba escrito en la letra chica del contrato, los que no podemos opinar sobre el destino de muchas cosas que afectan nuestro destino y nuestra vida cotidiana… ¿las víctimas?

Decía Paulo Freire en su Pedagogía del oprimido, que frecuentemente “las clases dominadas toman la ideología del opresor”. Esto es la consecuencia del engaño, de la manipulación del pensamiento mágico y la abundancia de promesas y expresiones de ‘buenos deseos’, falsos mensajes poblados de significantes vacíos, cantos de sirena de los que dominan, que nos han hecho creer que para salir de la situación de dominación debemos pasar a ser parte de los dominadores y dominar a los que hasta ayer eran nuestros hermanos, éste es el camino propuesto por la meritocracia. No se cuestiona lo injusto de la estructura de dominio, simplemente se busca la salida desde la posición individualista que preconizan los que dominan y esto tiene para ellos el doble beneficio del no cuestionamiento estructural, porque: las cosas son así, y el rechazo a los lazos solidarios entre los dominados. Por otro lado, encontramos entre los dominados los que aceptan con actitud fatalista que las cosas sean así y por lo tanto se asumen como eventuales víctimas en el caso de no acatar el orden establecido y aceptan con naturalidad el liderazgo de sus victimarios, de este poder que pretende mostrarse simbólicamente como un padre, pero es un padre que no protege, sólo castiga y exige servicio.

Es entonces entre los nuestros donde está nuestro lugar fundamental de militancia, donde desde nuestros pequeños liderazgos éticos estimulemos los sentimientos solidarios siendo nosotros solidarios, denunciando las injustas estructuras de poder que nos dominan, desnudando la falacia de la meritocracia que ensalza el esfuerzo individual como único responsable de un pretendido éxito, obviando que los talentos se expresan cuando el contexto lo permite, que dependen de un equilibrio comunitario para que el beneficio sea para muchos y no para pocos. Que cuando el poder habla de meritocracia no cuenta la película completa, que en esa carrera, en esa competencia despiadada el éxito es para pocos y el fracaso para muchos y la persistencia en el fracaso lleva inexorablemente a la paralización del deseo.

Todo esto constituye la batalla cultural que debemos dar, y consiste, entre otras cosas, en lograr que todos tomemos conciencia de que seremos víctimas solo en la medida en que aceptemos la condición de tales, que cuando los dominados, los pueblos, que somos mayoría, reconozcamos nuestra hermandad y amparados en nuestro vínculo solidario enfrentemos a los que nos dominan la historia se escribirá con el lenguaje de los pueblos y no con el de las modernas oligarquías sin rostro que son las corporaciones.

Los perseguidos, los desaparecidos, los torturados, los encarcelados, los sobrevivientes, los exiliados, los que levantamos nuestras voces, los que tenemos la mano abierta y el abrazo fácil para nuestros compañeros, para nuestros vecinos, los que somos capaces de sentir dolor por el dolor de nuestro pueblo; ni fuimos ni somos víctimas, hemos sido y somos luchadores sociales, los que elegimos correr el riesgo de morir de pie para no vivir de rodillas.

 

Daniel Pina es médico, reside en Buenos Aires.

Ex preso político y miembro de la Asociación Sobrevivientes de la Tortura. Médico especialista en Terapia Intensiva.  Jefe de Terapia Intensiva Hospital César Milstein. Jefe de Terapia Intensiva Sanatorio Franchín.

¡HAZ CLICK Y COMPARTE!