El buscar en todo la utilidad conviene muy poco
a las personas magnánimas y libres.
Aristóteles
1.
Es necesario retomar el lúcido análisis sobre el neoliberalismo que realizara Michel Foucault en su curso Nacimiento de la biopolítica del año 1978-1979. Como el título lo indica, esta investigación se enmarca en la etapa biopolítica de Foucault y continúa lo trabajado en los cursos inmediatamente anteriores, particularmente en Seguridad, territorio, población. Se trata de pensar la irrupción de un nuevo régimen de verdad en relación al arte de gobernar, que se instaura en el siglo XVIII entre la economía política, el liberalismo clásico y el utilitarismo. Esta gubernamentalidad liberal (en la que se entrelazan saberes, técnicas y discursos) actuaba planteando “a un gobierno a cada instante, en cada momento de su acción, a propósito de cada una de sus instituciones, viejas o nuevas, la pregunta: ¿es útil, para qué es útil, en qué límites es útil, a partir de qué se torna inútil, a partir de qué se torna nocivo?” (Foucault, 2007, p. 69).
El lugar central que toman los conceptos de “interés” y “utilidad” atraviesa desplazamientos y renovaciones importantes en las escuelas de Friburgo y Chicago principalmente, lo que hace del neoliberalismo algo más que una continuación de las viejas posiciones liberales. Para empezar, no se trata simplemente de impedir que el Estado avance sobre la autorregulación de los intercambios en el mercado, sino de expandir la forma mercado, entendido ahora como competencia, hacia todos los ámbitos posibles: políticos, sociales y subjetivos. La lógica empresaria se transforma en la nueva ratio que permite conducir las conductas, esto es, gobernar.
En este sentido la teoría del capital humano, desplegada en la obra de Gary Becker, le permite a Foucault enunciar la nueva figura subjetiva del neoliberalismo: el empresario de sí mismo. Se trata de pensarse y de actuar como un campo de decisiones comprendidas como inversiones, es decir, dirigidas estratégicamente a aumentar el propio capital. Por supuesto, el capital humano no se restringe a incrementar los ingresos monetarios, lo que ahora se transformó en renta-salario. Se invierte como consumidor, se invierte en las relaciones afectivas, en el bienestar emocional, en las decisiones en torno a la salud y se participa de varias empresas a la vez. No hay que pensar que cada quien es algo así como un individuo-empresa aislado de los otros. Tenemos, en todo caso, participaciones variables en distintas empresas, incluyendo la pareja matrimonial. “En efecto, ¿qué es la pareja, sino el compromiso contractual de dos partes de suministrar inputs específicos y compartir en proporciones dadas los beneficios del output de los hogares?” (Foucault, 2007, p. 282).
Mucho más que un programa económico privatizador y que una ideología asociada a él, el neoliberalismo se propone como una racionalidad que articula un conjunto de técnicas para hacer proliferar la forma-empresa (inversión, capitalización, competitividad) en todos los niveles pensables, expandiéndose más allá del ámbito estrictamente económico.
2.
Esta vuelta a Foucault permite comprender el carácter productivo del neoliberalismo en sus múltiples aspectos. Usualmente se lo piensa sólo en un sentido restrictivo -tendencia analítica que solemos utilizar para aquello que valoramos negativamente-, poniendo en evidencia lo que el neoliberalismo impide, evita o diluye: desde las políticas redistributivas del Estado de bienestar hasta “el lazo social”. Sin negar los efectos que en este sentido conocemos, es necesario que podamos complejizar la mirada. De otro modo, podemos suponer que disputar el escenario actual es, de algún modo, retornar a una situación donde la “destrucción” neoliberal aún no había operado. Si somos capaces de comprender la productividad específica del neoliberalismo, podremos evitar caer también en estrategias que crean que lo que sucede es una disputa entre “Estado” y “mercado”. Esta simplificación ha echado raíces tan fuertes, que aun siendo testigos de un Estado operando plenamente desde una gubernamentalidad neoliberal, seguimos pensando en dos lógicas opuestas e irreconciliables. Algo similar ocurre en el caso del “lazo social”, al que se sustancializa como si fuera algo ya presente, sobre el que actuaría negativamente el “individualismo” como fuerza de disolución.
“Estado”, “mercado”, “lazo social” y muchos otros términos centrales para la comprensión de nuestra realidad, no deben esclerosarse en unidades sustanciales cuyo principal dinamismo sería estar más o menos presentes, expandirse o contraerse, etc. En todo caso, nombran relaciones muy complejas que se transforman y se estabilizan de diversos modos que debemos ser capaces de analizar. El neoliberalismo no es simplemente un conjunto de ideas o valores que opera entre realidades estancas: individuos, mercado, Estado, etc. Al contrario, produce mediante técnicas de gubernamentalidad específicas, formas de mercado, tipos de Estado, modos de sujeción y lazos sociales.
Por este motivo, la disputa en términos ideológicos con una progresiva hegemonía neoliberal es más que insuficiente. Podemos discutir en muchos sentidos lo que se nos propone como una instrumentalización de nuestra existencia, podemos estar genuinamente en contra de lo que implica, pero si a la vez no reparamos en las formas en las que se organizan nuestros actos, en los modos de su conducción indirecta -como afirmaba Foucault, en términos de gubernamentalidad-, entonces puede que ganemos batallas solamente ideales y que la materialidad de nuestras prácticas continúe acomodándose a lo que triunfa en esta época.
El neoliberalismo funciona, aún con sus crisis evidentes. Por supuesto que produce desigualdades económicas, políticas y sociales profundas. No queremos negar los malestares y las exclusiones que le son específicos. Pero si no somos capaces de comprender ese funcionamiento en términos productivos, no vamos a poder salir de los moralismos o las denuncias.
3.
“El neoliberalismo no es sólo destructor de reglas, de instituciones, de derechos, es también productor de cierto tipo de relaciones sociales, de ciertas maneras de vivir, de ciertas subjetividades. Dicho de otro modo, con el neoliberalismo lo que está en juego es, nada más y nada menos, la forma de nuestra existencia, o sea, el modo en que nos vemos llevados a comportarnos, a relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.” (Laval y Dardot, 2013, p. 13).
Esta afirmación de La nueva razón del mundo de Christian Laval y Pierre Dardot, muestra una continuidad con el argumento que estamos sosteniendo en perspectiva foucaultiana. Por este motivo, buscaremos allí algunas claves adicionales para comprender la subjetividad neoliberal en torno a su libertad y creatividad. Se trata, sin dudas, de una libertad limitada y circunscripta a la necesidad de elegir entre diversos medios para lograr un fin. Es un intento de despertar las capacidades de maximización de las utilidades en un modo empresarial de conducirse.
Se nos pone una y otra vez en situación de elección: somos libres de elegir cómo llegar a un resultado determinado, libres de elegir cómo aumentar nuestra productividad, libres de elegir qué tipo de proyecto de vida queremos construir y de qué manera. Pero esa libertad atada a su propia obligación tiene la forma de la maximización, de “dar lo mejor de sí”, e inclusive descubrir o crear cuál es “la mejor versión de uno mismo” para aumentar esa productividad, de trabajo o de satisfacción. Lo que importa es aumentar los modos y tipos de productividad posibles, sin límite alguno1.
¿Qué es lo que se intenta movilizar para producir esta subjetividad de tipo empresarial? No solamente una figura calculadora, sino algo del orden de las fuerzas instintivas: El emprendedor es un jefe que tiene la voluntad y la autoridad, y que no teme ir a contracorriente: crea, importuna, rompe el curso ordinario de las cosas. Es el hombre del “plus ultra”, el hombre de la “destrucción creadora”. No es un individuo calculador hedonista, es un combatiente, un competidor, a quien le gusta luchar y vencer, cuyo éxito financiero no es sino un índice de su éxito como creador. La actividad económica debe ser entendida como un deporte, como un combate de boxeo, perpetuo y despiadado. (Laval y Dardot, 2013, p. 154)2.
Se nos invita a vivir en la incertidumbre, a arriesgarnos, a romper con los moldes establecidos, a crear. El emprendedor tiene que entrenarse, tiene que estar al acecho, tiene que saber oler las oportunidades antes que los demás, es un animal arrojado a una praxis en la que cualquier elemento puede tornarse en una ventaja competitiva.
“El talante de la ética empresarial es más guerrero, exalta el combate, la fuerza, el vigor, el éxito. Hace del trabajo el vehículo privilegiado de la realización de sí: mediante los “logros” en el trabajo es como se consigue tener una vida “lograda”.” (Laval y Dardot, 2013, p. 338).
Esta ética no implica una conversión asociada a la renuncia cristiana, ni es una ética del trabajo como la protestante. El modelo máximo del empresario de sí mismo contemporáneo es el deportista de élite. Lo que moviliza al emprendedor neoliberal no es simplemente el cálculo utilitario, hay una suerte de plus nietzscheano, un sentimiento de poder que se propone convocar y desplegar.
“El nuevo sujeto es el hombre de la competición y el rendimiento. El empresario de sí mismo es un ser hecho para «triunfar», para «ganar». El deporte de competición, más aún que las figuras idealizadas de los dirigentes de empresa, es el gran teatro social que exhibe a los dioses, semidioses y héroes modernos.” (Laval y Dardot, 2013, p. 358).
La figura del tigre puede servir entonces como síntesis de lo que se propone al sujeto neoliberal. De hecho, se suele usar el término “ley de la selva” de modo crítico para designar la avidez egoísta exacerbada sin una red afectiva, simbólica o legal suficiente para impedir que unos se coman a otros. Por lo pronto, si lo que se intenta es activar cierto grado de la voluntad de poder más allá de lo útil, sería bueno activar una escucha de tipo nietzscheana.
Esto es, poder poner en evidencia que esa pretendida “selva” es más bien un campo de monocultivo, donde un solo tipo de comportamiento organiza todos los posibles y el éxito es el amo de la única tabla de valores. Si activamos también el olfato, quizás notemos que tampoco se parecen a los tigres las figuras de la subjetividad contemporánea. En el mejor de los casos son camellos cansados de imponerse a sí mismos tareas heroicas de las que nunca podrán salir transformados. Pero más usualmente zorritos a la búsqueda de oportunidades o, mejor aún, pequeños animales domésticos yendo de cacería en un dispositivo en el que toda aventura verdadera se encuentra vedada a priori.
Quizás no debamos afanarnos en mostrar una y otra vez a este sujeto falto de solidaridad o de cuidado del otro, como resultado de una suerte de potencia egoísta exacerbada a la que ya no le interesa la sociedad. Quizás tengamos que poner en evidencia, al contrario, su falta de grandeza propia, su juego pequeño, su déficit en el cuidado de sí, una impotencia que le impide el sano egoísmo que podría constituir, finalmente, otro tipo de lazo.
Diego Singer es Profesor en Filosofía (UBA). Reside en Buenos Aires.
Notas:
1 En una suerte de endeudamiento infinito, como afirma Maurizio Lazzarato en La fábrica del hombre endeudado y Gobernar a través de la deuda.
2 Este fragmento es parte de una reconstrucción que realizan Laval y Dardot tomando citas textuales de la obra de Joseph Schumpeter, principalmente de Théorie de l’evolution économique y Capitalisme, socialismo et démocratie.
Bibliografía
FOUCAULT, Michel (2007). Nacimiento de la biopolítica, Curso en el Collège de France, 1978-1979, Buenos Aires, FCE.
FOUCAULT, Michel (2011). Seguridad, territorio, población, Curso en el Collège de France, 1977-1978, Buenos Aires, FCE.
LAVAL, Christian y DARDOT, Pierre (2013). La nueva razón del mundo, Barcelona, Gedisa.
LAZZARATO, Maurizio (2013). La fábrica del hombre endeudado, Buenos Aires, Amorrortu.
LAZZARATO, Maurizio (2015). Gobernar a través de la deuda, Buenos Aires, Amorrortu.