Diego Tatián – Axólotl: Seis apuntes sobre la conquista del amor

I. Nunca me gustó la consigna “el amor vence al odio”, que desde hace varios años solemos esgrimir en la batalla cultural abierta en la Argentina; invitado a reflexionar sobre ella, voy a tratar de aclararme por qué. Me vienen tres motivos. El primero es el implícito que se sobreentiende en ella: el amor es nuestro; el odio de los otros -sustrayendo así a la lucha política de lo que es: un combate de ideas e intereses que produce afectos impuros-. El segundo es un involuntario tono pastoral que la expresión encierra: una lúcida tradición de realismo político ha enseñado desde hace muchos siglos que, por sí mismo, el amor no produce necesariamente efectos de libertad ni de igualdad y es más bien ineficaz frente al poder del Poder, cuando no el origen de la ruina política. El tercero es que, si aceptamos en mantener ambos términos como si se tratara de una disputa, no es para nada evidente que el amor venza al odio. Y agrego una cuarta razón: no siempre el odio es políticamente improductivo. Recuerdo, hace muchos años, haber escuchado a Hebe de Bonafini comenzar una conferencia diciendo “vengo a traer un mensaje de odio”, y reconocer al odio como un impulso de lucha contra la impunidad.

II. Nadie está exento del odio. Se trata de un afecto connatural a la finitud, un efecto de los contratiempos que experimenta el deseo y de los daños que sobrevienen a los sujetos por el simple hecho de estar destinados a vivir juntos. ¿Qué es el odio? Un deseo de daño; la alegría por el infortunio de alguien que ha sido la causa de tristezas, para nosotros o para personas a las que amamos. En su variedad extrema, el odio no solo desea el mal de alguien sino su destrucción y su inexistencia. Cuando Freud escribió que “el odio, en su relación de objeto, es más antiguo que el amor” aludía, me parece, a un odio primordial que se genera en la relación consigo mismo y con el mundo externo en su inmediatez. También enseña Freud – y tantas filosofías – que el odio y el amor no son fuerzas simplemente antagónicas que se enfrentan, sino que más bien uno se aloja en el otro y ambos son inescindibles. Más aún: el odio pareciera ser en muchas circunstancias el destino del amor, su heredero paradójico, su sucesor (mucho menos frecuente -aunque no imposible- es que el odio se convierta en amor).

III. ¿Qué hacer con el odio propio, con el odio que fácticamente existe por el simple hecho de estar en el mundo y ser objeto de daño? Es esta, quizá, la pregunta ética fundamental. Luego de reconocerlo, es necesario hacer algo con el odio: con la tenaz espectralidad que genera; con el imaginario recursivo que irrumpe en los sueños, en el insomnio, en una insistente rumia de destrucción, que inexorablemente recae sobre sí. Es necesario salir cuanto antes de allí, pues el odio malogra la vida, la empequeñece y la malversa. La condena a la repetición, la somete al objeto de su rechazo y a una radical heteronomía que impide conocer otras alegrías -a no ser las miserables que procuran las desgracias ajenas-.

Seguramente hay un vínculo y una proporcionalidad entre egoísmo y odio. No es posible liberarse de este sin hacerlo de aquel. Es decir, sólo por una conquista y una experiencia de la generosidad es posible reducir los desmanes del odio, en la vida propia y en las vidas ajenas. También es posible advertir un vínculo entre odio e ignorancia, como han indicado tantos y tantas, desde Sócrates hasta Lacan. La reversión de esa ignorancia es asimismo difícil y rara. No sucede sino como resultado de un trabajo, sin garantías.

IV. La banalidad del odio adopta una forma misteriosa cuando se vuelve político, odio político. Cornelius Castoriadis ha escrito páginas muy iluminadoras sobre las raíces el odio en la vida humana. También Martha Nussbaum. Guerras, exterminios, genocidios, deportaciones, limpiezas étnicas, linchamientos… son efectos de una “clausura del sentido”: todo lo que se halla fuera del sentido propio -que es siempre imaginario- se revela como extraño y se inviste de odio. También efectos del miedo, de la existencia atemorizada y de una mímesis afectiva que desencadena el deseo de destrucción de personas. ¿Cómo es posible, se pregunta Castoriadis, que millones de seres humanos, a lo largo de la historia, hayan estado -y estén- dispuestos, de un momento para el otro, a asesinar a millones de otros seres humanos a quienes ni siquiera conocen, y a ser asesinados por ellos?

Ínsitos en la civilización y las democracias, el xeno-odio, el racismo, la misoginia, el desprecio de clase…, no son formas de odio hacia personas concretas que pudieran habernos procurado algún daño, sino avatares de un odio genérico hacia un grupo imaginado como amenaza, como una desconocida manera de existir que infunde desconcierto, o como obstáculo para algún propósito. No pocas veces se trata de repulsas que nacen de un “amor”: por el propio país, por la propia religión, por la propia idea de justicia o por la propia raza. Pero también, como recuerda Arendt, es posible exterminar seres humanos sin sentir odio hacia ellos, de manera burocrática. Más que el odio, la motivación sería aquí un “idealismo perverso” en el origen de una máquina de destrucción que incluso reprime los afectos de quienes la ejecutan (en los Lager solía apartarse a quienes realizaban su trabajo de dar muerte con excesivo odio y no se advertía en ellos una asepsia fría en la ejecución del exterminio – que debía ser cumplido como un simple “deber”-).

V. Al acecho como inminente en el fondo de la vida humana o manifiesto en su superficie, el odio cumple su obra de destrucción. Sin embargo, tan inexorable como ella, sucede algo del orden de la vida que recomienza una y otra vez; insiste, vuelve a generarse y retoña. ¿Podríamos designar a esa fuerza con la palabra amor? Nada lo impide. En tanto potencia arcaica o potencia de lo arcaico, un afecto común -a la vez que impropio- que podríamos llamar efectivamente amor regenera lo que el odio ha destruido. Un amor-axólotl1 , anfibio entre el afecto y la inteligencia (nunca una pura inteligencia desafectada; nunca un amor sin imaginación de los efectos y sin un pensamiento de las consecuencias), una potencia de regeneración es atesorada en la experiencia de las comunidades y los pueblos.

La construcción de un amor político así concebido, que adopta todos los recaudos de sí y no sucumbe a la ingenuidad de concebir al odio como un mero accidente que puede ser “vencido” (ni se exceptúa de él adjudicándolo meramente a otros y a otras, sino que más bien lo vuelve objeto de una desactivación paciente) resulta una tarea no solo posible sino también urgente.

VI. En tanto fuerza que cuida lo amenazado y regenera lo destruido – también en el orden de las ideas – el amor del que se trata, para volverse político, deberá en mi opinión ser activo y objeto de una conquista. Quizá nos esté permitido recurrir aquí a una antigua expresión y considerar a ese amor activo como “intelectual” (con la fórmula paradójica “amor intelectual”, Spinoza aludía a algo extraño: un amor pensante, una inteligencia amante, sintagma que tomo libremente prestado aquí, pues seguramente no tenía en la filosofía de la que proviene un estatuto político como el que buscamos darle ahora). Animada por un amor intelectual según el sentido que busca adjudicársele, la política no tiene nada de intelectualista ni es asunto de intelectuales, sino que puede ser practicada por cualquiera. La creación de condiciones que permitan y favorezcan el surgimiento de afectos activos que interrumpan el ciclo del odio, es tarea imprescindible de una fuerza política popular-democrática.

De impreciso origen en la militancia, la expresión “el amor vence al odio”, se libera así de una errónea comprensión empírica (como la que hay en el comienzo de esta nota) y se vuelve una “declaración”. Una declaración no es una constatación, ni una deducción, ni una demostración, ni una descripción de lo que efectivamente sucede, sino que enuncia la ruptura con un estado de cosas, con eso que sucede y está ahí. En tanto fuerza común que logra constituirse de ese modo, el amor irrumpe como acontecimiento que hace un hueco en la situación de odio ‒siempre dada, banal, contundente en su evidencia triste y que no debe ser confundida con una verdad.

“El amor vence al odio” enuncia así una confianza que renueva la política; le confiere alma a una voluntad colectiva; la preserva de la pura indignación que destruye el pensamiento y por tanto las acciones para solo inducir reacciones. Expresa en su simplicidad el precipitado complejo de una memoria, el testimonio de una experiencia y un anhelo de justicia.

 

Diego Tatián es Doctor en filosofía (UNC), reside en Córdoba, Argentina.

Doctor en ciencias de la cultura (Scuola di AltiStudi di Modena, Italia), investigador del CONICET y profesor de filosofía política en la Universidad Nacional de Córdoba. Ha sido profesor invitado por universidades americanas y europeas. Es autor de libros de filosofía y literatura. Algunos de ellos son Desde la línea. Dimensión política en Heidegger (1997), Lugar sin pájaros (relatos, 1998), La cautela del salvaje. Pasiones y política en Spinoza (2001), Spinoza. Una introducción (2009), La conjura de los justos. Borges y la ciudad de los hombres (2010), Spinoza. El don de la filosofía (2012), Baruch (2012), Lo impropio (ensayos, 2013), Spinoza. Filosofía terrena (2014), Los seres y las cosas (relatos, 2014). Ha sido director de la Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba y actualmente se desempeña como decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la misma universidad.

 

*Una primera versión de este ensayo fue publicado en La Paco Cultural (Publicación de la Biblioteca Paco Urondo), n° 4, diciembre de 2020.

 

Notas:

1 El ajolote, axolote (o axólotl en lengua nahuátl), invocado en un memorable cuento de Julio Cortázar, es el único animal vertebrado que está dotado de la capacidad de regenerar extremidades amputadas ‒así como órganos y tejidos‒, restituyendo todos sus huesos, músculos y nervios en los lugares correspondientes. Incluso puede recomponer su médula espinal, cuando es dañada. Se trata de una especie anfibia, originaria de México (natural de los lagos de Xochimilco), capaz de vivir en el agua tanto como en la tierra.

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