Editorial

Consideraciones sobre la libertad

Vivimos experimentando en nuestras vidas el crecimiento de la intolerancia neoliberal a la democracia y a toda expresión progresista. Intolerancia que se ve reflejada en los movimientos que las derechas impulsan con la bandera de la libertad individual estigmatizando al otro como enemigo. El gigantesco poder neoliberal hace de estas banderas un uso ilimitado para denostar y destruir los procesos democráticos, afectando la existencia singular. Un dato nos muestra su poder, se trata de que solo un fondo de inversión Black-Rock tiene un capital superior al Producto Bruto Interno de Alemania y Francia juntos.

En este movimiento tenemos,  por ejemplo, a “los libertarios” que funcionan como los “grupos de choque más agresivo y reaccionario del neoliberalismo”, según  sostiene Julián Zícardi. Supuestos dueños de una  libertad que ven amenazada,  señalan de esta manera un absoluto rechazo a lo colectivo y un absoluto reinado del individuo por encima de todo. ¿Qué cuestiones podemos dilucidar dentro de este gigantesco operativo de marketing neoliberal? Por un lado, podemos ubicarnos en la antípodas de toda idea de absoluto y tomar la perspectiva de que la libertad implica apropiarse de uno mismo, no escaparse de eso, pero no bajo la idea de un yo absoluto, sino un apropiarse de uno mismo para… Está bien podría ser una formulación que nos alejara de la devoción narcisista ligada a la mercantilización, un ejercicio de libertad que  nunca es absoluta y que necesariamente tiene que ser con el otro y no a sus expensas ni por su anulación.

Es verdad que la historia nos muestra a manos llenas episodios, momentos, procesos, en donde la libertad relativa se anula, se niega, generando su contrapartida en luchas para la reconquista. Pero, a su vez, la historia no es una línea recta con un final predecible y de plenitud.  La historia humana está plagada de azares y contingencias que construyen esa línea sinuosa. El hoy señala que el neoliberalismo no está muerto por la pandemia. Todo lo contrario, y también nos muestra cómo, en nuestro país, cada vez más se propaga la libertad del odio. Cada día constatamos que el término “libertad” es utilizado como ariete de la única razón del mundo que propone el neoliberalismo en un doble movimiento. Por un lado endiosando al mercado, y, por otro, llevando las existencias particulares a estar siempre en falta con la exigencia de definirse como emprendedor.  Ambas cuestiones,  entre otras operaciones, implican separar al sujeto de los relatos contenedores y de la historia como perspectiva a construir.

Sin ir más lejos, en estos momentos de campaña política vemos como grito de guerra: “¡Libertad, libertad, libertad! en varios candidatos. Valga como ejemplo los libertarios negacioncitas y odiadores y su “¡Viva la libertad carajo!”. Sin embargo, es importante analizar causas y contenidos que expresan estas consignas. O por lo menos intentarlo, ya que reflejan por un lado un crecimiento de la antipolítica y a la vez una instrumentación política del odio emocional de muchos jóvenes desde la bronca, al no verse representados en lo tradicional.

Señalemos un aspecto que por cotidiano no deja de sorprender y sobre el cual toda advertencia es poca. Se trata de la constante apelación a la libertad por los medios de difusión, en su utilización de formación de masas, generando no solo negacionismo sino velando la incompatibilidad estructural justamente entre la libertad y el neoliberalismo. Por ejemplo, estamos ante el problema de aquellos que en nombre de su libertad individual no quieren ni aceptan las vacunas. El desafío es  como,  a través de políticas del bien común, se tramita la negación individual. No se trata de imponer sino de la implementación de que el bien común incluye el bien individual y nunca el bien individual está por encima.

La libertad es también la posibilidad de que cada ser mortal y sexuado pueda preguntarse sobre su deseo en la vida, una pregunta que sostiene la libertad de lo contingente. Mientras que el odio te aleja del otro; no solo lo niega, sino que quiere su destrucción. El odio nuclea libidinalmente, sin necesidad de argumentación y pone en primer plano la pulsión de muerte.

Estas líneas están siendo escritas a pocos días  de las elecciones  Paso en la Argentina. Consideramos que uno de los tantos elementos que influyeron en su resultado es justamente la bandera de la libertad utilizada como venimos describiendo. Un elemento más -pero para nada irrelevante-   para el comentario y el análisis (siempre incompleto) de sus resultados, incorporamos: algunos elementos de la lectura del libro “La época de las pasiones tristes” de François Dubet, para tener en cuenta. Caracterizando la época en donde la cuestión social, que antes daba un marco a las representaciones de justicia, y  de libertad, se encuentran disueltas en las categorías de la identidad, del nacionalismo, del miedo y del odio.   Sobre este análisis ubica la hipótesis que las desigualdades sociales no solo se han ampliado sino que se ha trasformado su régimen. También en esto nos muestra una de sus cabezas la Hidra Neoliberal sosteniendo y promoviendo el individualismo que quiebra las identidades colectivas y la solidaridad. Generando una multitud de criterios en donde la desigualdad está en relación a los bienes económicos, culturales, etc. Por lo tanto, somos desiguales “en calidad de” asalariados, desocupados, joven, viejo, mujer, hombre, en qué país se habita, en que ciudad y hasta en que barrio. Con esto se pone de relieve una gran cantidad de nuevos criterios de desigualdad, que ya no se pueden reducir y explicar por la pertenencia a una clase. Su multiplicación amplía el espacio del posible análisis, ya que se acentúa, promovido por el neoliberalismo, a que cada uno se evalué con respecto a los que tiene más cerca, lo que el autor llama “pequeñas desigualdades” dándole el carácter de pertinencia en el análisis más que a las “grandes”, ya que las mismas conllevan el rechazo de los otros -agreguemos el rechazo por la vía del odio. Dejamos al lector con la recomendación de la lectura del libro de Dubet, y destacamos que nos parece una análisis que nos permite afirmar que las políticas que sostienen a los candidatos que impulsan los temas de la libertad pero en su estrecha ligazón con el otro, deben expresar con suficiente generalidad el estado de desigualdad, pero a la vez deben representar las particularidades de estas “pequeñas desigualdades”.   

Por último, señalemos que Lacan interroga la cuestión de la libertad, pero desde la idea de su función, incluyendo las perspectivas de las soluciones que intentan domesticarla y ante las cuales encontramos una negativa, que encubre la idea de preservar la libertad. Libertad que Lacan ubica muy precisamente como idéntica a la no existencia de la relación sexual (remitimos al Seminario “De un discurso que no fuera del semblante). Que la ubique allí implica que no hay la proporción justa, con el otro, en lo tocante a la libertad. En esta línea podemos decir que la libertad retrocede ante la ilusión de un todo con el otro armónico y feliz. Pero esto indica varias cuestiones, entre ellas, que en cuanto a la libertad, es imprescindible que sus alcances tengan en cuenta al otro y los límites de la relación que establece. Sin el otro, la idea de libertad adquiere otro carácter, el de un tenaz individualismo, que vemos sostenido y encarnado en la época y en determinados discursos políticos.

Si Aristóteles definió al individuo como cuerpo, en tanto organismo, generando en el pensamiento griego que es el individuo lo que funda el ser, lo que funda al Uno, con y desde el psicoanálisis sostenemos que el saber del Uno no viene del cuerpo sino del significante Uno. Por lo tanto, el individuo como tal nunca es más que uno-entre-otros. Desde esta perspectiva es que  ubicamos  la libertad en esta relación donde cada uno implica su uno-entre-otros. Negar esta cuestión lleva al uso y al abuso que hoy se hace de la idea de la libertad.

Aníbal Leserre

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