Editorial – Aníbal Leserre

Neoliberalismo-Democracia-Voto

 

 La libertad de pluma sale a la luz durante un proceso electoral cargado de significaciones y que definirá las políticas de los próximos años. Políticas que implican una clara diferencia: las actuales, que llevan adelante un neoliberalismo (siempre con las características nacionales) que promete más de lo mismo y con aceleración; y otras que no comulgan con este sistema y proponen un desarrollo económico y social teniendo en cuenta a los otros, a quienes el gobierno actual considera números y desechables.

Un recordatorio y una aclaración: La libertad de pluma se definió de entrada como no partidista, pero sí tomando partido; lo mantenemos y resaltamos.  Hoy, en el proceso electoral, tomar partido se define por el rechazo a las políticas neoliberales del gobierno actual, ¿esto es partidista? La aclaración al respecto es que los integrantes de la publicación, uno por uno toman partido según su opinión y sus ideas, no lo negamos. Además, no creemos que los psicoanalistas y el psicoanálisis se refugien en una neutralidad. Nos ubicamos bajo la idea de analistas ciudadanos y tratamos de llevar adelante el discurso analítico como reverso del discurso amo que en la actualidad se nos presenta brutalmente como la única razón del mundo, donde todo aquel que no comulga queda segregado. No está de más agregar que no compartimos la idea extendida en nuestro ámbito de una “neutralidad garantista”. Nos preguntamos: ¿por qué algunas posiciones –que no dejan de ser políticas– serían una garantía del estar desidentificados, y otras, producto de una identificación que anula o inhabilita al practicante? Todos y cada uno tienen sus ideas, sentimientos, pasiones, etc. La cuestión, es como sostiene Lacan, qué hacemos con ellas cuando analizamos.

Hemos titulado este editorial “Neoliberalismo-Democracia-Voto”, expresando un anudamiento que va más allá de la coyuntura electoral, pero que se pone en juego en la misma. Como primer aspecto señalemos que el neoliberalismo trabaja activamente para derrotar o anular a la democracia, vaciándola de contenido, sin suprimirla formalmente. Un vaciamiento que no es un nuevo “sistema democrático”. Por lo tanto, podemos considerar que si la reducimos al voto, estamos contribuyendo a esa operación de las corporaciones a través de sus variadas herramientas, prácticas discursivas y distracciones mediáticas que se valen del racismo sembrando odio y miedo al “otro” como el enemigo, alimentando el fantasma de “el que me quita”.  El voto, hoy, es una confrontación de ideas acerca de cómo vivir, y ser parte de la batalla de ideas que confrontan los desmedidos niveles de desigualdad y los argumentos de precariedad que condenan a las mayorías.  El voto pone en juego al otro, recordemos el punto de vista freudiano de que toda relación al otro se ordena y se subordina al yo narcisista. Pero hay que tener en cuenta, como recuerda Lacan, que es la libido lo que sostiene al yo y que el yo sostiene al narcisismo. La función imaginaria en el hombre está desviada hacia la relación narcisista donde el yo se funda, por lo tanto, el sujeto impone siempre al semejante la forma imaginaria de su propio yo. Sin embargo, esto no anula la dimensión ética y, tomando el desarrollo de Lévinas, sostenemos que el sujeto político que se asume a través del voto debe responsabilizarse de los otros hasta el punto de renunciar a sí mismo que le impone el neoliberalismo.

Se trata del otro como sede de la alteridad, es decir, como diferente, en detrimento de lo idéntico.  La cuestión es si en el voto ponemos en juego o no el estar concernidos por aquello que puede sucederle a ese otro ajeno a los intereses individuales propios, ya que el otro lo es radicalmente porque no soy yo. Para Lévinas la existencia del otro es más relevante que la propia. Pero esto hay que entenderlo en un sentido utópico, algo a lo cual debemos acercarnos lo más posible.

El libre mercado ha declarado a partir de las ideas de Milton Friedman la guerra sin piedad y sin cuartel a todo lo público. Así que, en este proceso eleccionario, se pone en juego si se acepta o no la guerra sin cuartel a la esfera de lo público y al interés común. Se trata de visiones del mundo totalmente distintas.

No hay un solo relato que explique todas las causas y consecuencias del estado actual de las cosas, como tampoco hay un voto que las anule completamente; sin embargo esta es la vía que nos puede conducir a la posibilidad de que la veneración de la codicia, el individualismo y la competencia no continúen siendo los principios rectores de la sociedad que nos presentan como la única posible.

No votamos solo para un cambio de gestión, sino fundamentalmente a que representa, si a una concepción neoliberal y por lo tanto continuar favoreciendo cueste lo que cueste y caiga quien caiga a los intereses privados y mantener el proceso de acumulación beneficios. A un gobierno que siga recortando y privatizando lo público con desregulación de impuestos y favoreciendo los intereses corporativo bajo las falacias neoliberales, mentiras que con propósitos deliberados forman una idea falsa de modo de que el individuo pierda su capacidad crítica y la acepte sin cuestionar. O bien, a través del voto, sostenemos una alternativa de inclusión.

El discurso capitalista en su forma neoliberal tienta al sujeto con una doble promesa: por un lado, la saturación del deseo mediante el consumo, y por otro en paralelo, a través de la promesa de plenitud conseguida al aumentar ilimitadamente el valor que el sujeto es por sí mismo (goce de sí mismo). Pero tengamos en cuenta que donde reina la supuesta plenitud con uno mismo no hay lugar para el otro, y que la ilimitación del goce de uno mismo es la tumba de la democracia política.

Vivimos bajo un ritmo de aceleración en los procesos económicos financieros. Estos producen profundas alteraciones en las relaciones políticas entre gobernantes y gobernados. Se trata, en realidad, de una orientación fundamental que prevalece desde hace más de tres décadas y que se acelera con el encadenamiento cada vez más rápido de las “crisis”.  De esta manera, somete a la inseguridad, desactiva la democracia y fragmenta las sociedades. Por lo tanto, el voto no se reduce a la opción de “lo menos malo”, sino que nos presenta una posibilidad de rechazo a esta razón única, un ‘no’ al fatal destino que manifiestan como “necesario”.

El voto es la memoria, es la lucha contra el olvido, es la capacidad de imaginar un mundo completamente diferente al actual, poder romper con el cerco de que solamente podemos fantasear y pedir pequeñas mejoras a nuestras condiciones actuales,  es la puerta para pensar algo completamente distinto  y  sostener que es posible. El voto es decir ’no’ a la idea y a las políticas que estigmatizan al otro como desechable, porque también ese otro soy yo mismo. Hacernos parte y partícipe de que la seguridad se basa en la solidez de los lazos a los otros, y en contra de la imposición de la idea de austeridad de muchos para el beneficio unos pocos. Es no aceptar como una verdad absoluta la aserción de que no hay recursos para todos y que lo mejor es salvarse individualmente, de que la variable del crecimiento no es la única para pensar el porvenir ni el progreso. Hace algunos años, un eslogan de campaña decía: “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. Votar como parte de un movimiento de un nuevo imaginario capaz de promover una actividad que retome la iniciativa y que sostenga en su contenido a la democracia llevada hasta sus últimas consecuencias, la experiencia diaria de un lazo político entre sus participantes. Votar es actuar sobre lo que hay pero bajo la pregunta sobre el significado de la democracia en nuestros tiempos, sobre su razón de ser y sobre su funcionamiento, es decir evaluar las consecuencias.

No solo votamos por razones económicas sino por y desde la historia política, que algunas veces logran callar, pero a la que en Octubre le escucharemos nuevamente su voz.

Aníbal Leserre

Agosto 2019

 

¡HAZ CLICK Y COMPARTE!