El noveno número de La libertad de pluma –con el que llegamos al final del segundo año de vida de nuestra querida revista–, sale a la luz en una coyuntura muy difícil para América Latina, que se ve expuesta y atravesada por una feroz pulsión de destrucción que se ensaña con los cuerpos (y se satisface violando, torturando, amputando, matando).
Más sutilmente, Argentina (con su todavía no asumido presidente electo) es amenazada por los terratenientes que han hecho saber su pretensión de no acatar las decisiones del Poder Ejecutivo y el Legislativo si tocan sus privilegios; mientras la posverdad sigue siendo el ariete predilecto de los grandes medios de comunicación en la búsqueda de direccionar opiniones contra el gobierno por venir.
Bolivia, sometida a un golpe de Estado perpetrado sirviéndose de lo dejado entrever por el informe de la OEA respecto de un aparente fraude que luego desdijo. Ecuador y Colombia, con una brutal violencia ejercida por el Estado sobre una población cansada de ser empujada a la pobreza y la exclusión.
Chile, donde el Estado decidió quitar la vista a quienes ven que el neoliberalismo mata, y donde el pueblo perdió tanto que hasta perdió el miedo a ser cegado.
En esta circunstancia, nuestro dossier no podía ser otro que “Estado de derecho y democracia” teniendo como horizonte la brújula del sendero que Sigmund Freud reveló a través del concepto de “pulsión de muerte” y sus manifestaciones, enseñándonos a reconocer en ella una condición humana anterior e independiente del principio del placer y del deseo, y de la búsqueda de bienestar. Nos hizo ver que el fin de la pulsión es siempre la satisfacción y que esta última no consistía en el cese del estímulo, en la descarga, sino al contrario, en su continuidad, para seguir satisfaciéndose sin medida. Nos mostró que la respuesta del aparato psíquico a la pulsión tiene dos vertientes: en parte, retenerla en su interior –dando lugar al masoquismo-, y en parte, expulsarla convertida en pulsión de destrucción que aniquila sin miramientos pues no se dirige a ningún objeto en particular sino, al ser. Hoy, estamos un paso más allá del “malestar en la cultura”. Estamos en un estado de la civilización en el que esta reniega de rechazar la satisfacción directa para recuperarla por la escala invertida del deseo. De ello da pruebas el neoliberalismo -que lo que tiene de nuevo respecto del liberalismo es el haberlo llevado al punto de la libertad sin límite: “El capitalismo introdujo algo que nunca se había visto, el poder liberal”, dice Lacan en su decimosexto seminario.
Que el neoliberalismo mata no se propone aquí como una frase hecha o emitida desde una posición política opuesta. Se propone, por el contrario, para evaluar una posible descripción de lo que este es: es el abandono del individuo a que se arregle solo como pueda, es también la muerte simbólica del sujeto y es el ataque a los cuerpos incluso llegando a su desaparición física. Proponemos que su operación se realiza en tres tiempos lógicos. Primero desestabiliza y desconcierta para generar incertidumbre y paralizar. Apunta así a producir un estado de desamparo (y esto se verifica en los efectos subjetivos que producen medidas como la pérdida de empleos a mansalva, la depreciación de la moneda, la persecución política y racial, el empuje a la ruptura del lazo social y de la solidaridad, a través de la culpabilización de ciertos sectores designados como causantes del desastre) del que urge salir a como dé lugar. En un segundo tiempo, la oferta de una única solución posible: el fomento de la fortaleza del yo, sostenida en la ilusión de la autoayuda, que impone la idea de valor de los individuos ‘que se hacen solos’, ‘a los que nadie les da nada’, porque son independientes del otro. Es el ser humano light, ever–ready, todo terreno, autodisciplinado, evaluado y autoevaluado (especialmente en el trabajo, pero no únicamente allí), siempre listo para adaptarse a los desafíos que el mercado le propone, siempre dispuesto a responder a la demanda, no importa cuán extrema sea esta, con tal de no ser expulsado del sistema, de no ser acusado de no estar a la altura. Y el tercer tiempo, en el que se introduce subrepticiamente el empuje al esfuerzo sin medida, la culpa si no se puede todo solo, la deuda de no llegar nunca a satisfacer al mercado, de caer derrotado ante la encarnizada competencia con el otro que se torna enemigo.
Vemos al neoliberalismo someter a la población a la inseguridad para poder disciplinarla en función de las necesidades empresariales, para imponer la lógica del capital a todas las relaciones sociales. No se define como una ideología, sino como una lógica de organización de la sociedad; en este sentido es que es una razón, una racionalidad nueva, es un sistema de razón política única, una estructura que lo engloba todo, matriz única de organización del mundo en el que la riqueza generada por la economía real pasa al sistema financiero, bloqueando toda posibilidad de crecimiento. Así se limita a unos pocos, (aquellos que tienen acceso al sistema financiero), mientras endeuda y vacía la economía real.
Entonces, asistimos a una conjugación de un empuje a la destrucción y un empuje a la dominación sin límites. Retomo las palabras de Laurent, quien señaló en estos días que los hombres no saben qué hacer con el cuerpo de las mujeres y por ello buscan marcarlos –algunos, de las peores maneras. Me pregunto si no es eso también lo que hace el neoliberalismo con todo aquello que se le presenta como diferente, como otredad.
A pesar de la manipulación subjetiva que este ejerce en todo momento, un elemento nos orienta: el lenguaje nos permite discernir qué es del orden del enunciado y qué es del orden de la enunciación; es decir, separar lo dicho de la posición desde dónde se dice. Esto es una brújula inequívoca. Por dar un ejemplo, alguien puede decir que habla y actúa en función de la “democracia” como lo hacen tanto la autoproclamada presidenta de Bolivia, como el presidente de Chile, pero si sacan a las fuerzas armadas a la calle para dañar a la población con saña, sus discursos sobre la defensa de la democracia pierden sentido (una cosa es poner orden y otra muy distinta es ejercer violencia).
En este estado de amenaza de la integridad subjetiva, sale nuestro nuevo número de La libertad de pluma, partiendo del reconocimiento (y proponiendo someterlo a reflexión y discusión) de que en América Latina, al menos hasta el momento, el único “invento” –para retomar palabras de Eric Laurent– que parece haber podido servir para detener un poco el avance del neoliberalismo, han sido los gobiernos populares.
Marcela Ana Negro