Si no se dispone del concepto de pulsión de muerte, considero que el análisis de la práctica del terror como la aplicada por la junta militar argentina de 1976, se desorienta y se entra en profundas contradicciones.
Del mismo modo que cuando se analizan comportamientos sociales y se deja de lado el concepto de inconsciente.
Al igual que otros estudiosos a los que también respeto, Pilar Calveiro se va a preguntar si los seres humanos son potencialmente asesinos, controlados y neutralizados por el Estado.
La respuesta que brinda, al igual que muchos otros, es que la maquinaria burocratizante, rutinizante, naturaliza la muerte. El efecto de esa maquinaria con sus grupos y especializaciones de tareas, lleva a que el torturado y/o asesinado pase a ser un dato burocrático.
No adscribo a esa posición, considero más bien, como lo entendía Freud, que el mandamiento ‘no matarás’ ha sido necesario en la cultura, porque las pasiones oscuras están a la espera de condiciones sociales propicias para exteriorizarse.
La cultura no resuelve las pasiones oscuras. La Alemania de la que surge el nazismo, era la sociedad más culta del mundo.
Incluso Freud, va a formular que forzar a los individuos a ser mejores que lo que su naturaleza le permite, lleva a lo peor.
Ninguna educación, formación solidaria eliminará la pulsión de muerte. Es más, todo forzamiento en ese sentido sólo albergará el imperativo categórico kantiano y llevará a lo peor.
Es mi punto de vista, que de lo que se trata es de crear las condiciones sociales que inhiban, que no posibiliten que se realicen en el mundo las pasiones oscuras bajo el modo de la crueldad, la tortura, el asesinato.
Una sociedad más justa, democrática, con pleno desarrollo de las funciones del Estado, garantizando salud, educación, vivienda, trabajo; permitiendo construcción de proyectos individuales y colectivos, permite la sintomatización de los modos de satisfacción pulsional.
Una sociedad donde no se garanticen los derechos ciudadanos, donde se promueva como ideales las figuras del cínico y el canalla, capturada en la ley de hierro que impone la relación de la ley del mercado con el desarrollo científico-tecnológico, no da lugar a la sintomatización sino que promueve las prácticas directas de goce, sin la operatividad de los recursos simbólicos e imaginarios, para vérselas con lo real pulsional. Una sociedad burocrática y totalitaria, que tome a lo diferente como hostil, como enemigo, imponiendo una uniformidad que aplaste lo singular y realice un empuje a la masa, se transforma en una cruel pesadilla.
La lectura de los testimonios de sobrevivientes de los diversos procesos genocidas, no da lugar a dudas sobre la satisfacción ‘sádica’ que se ponía en juego en cada uno de los represores. La obediencia debida, el argumento militar de recabar información (argumento nefasto por cierto), la burocratización, etc., no eliminan la responsabilidad y culpabilidad por la satisfacción que las prácticas represivas producían.
¿Los represores eran todos asesinos?, ¿todos perversos? No, bajo ningún punto de vista. Que entre ellos había psicóticos y perversos, no hay ninguna duda. Pero en absoluto los psicóticos y los perversos en su gran mayoría se dedican a asesinar.
El horror, lo que cuesta aceptar, es que en su inmensa mayoría eran personas que, si las condiciones hubieran sido otras, hubieran tenido una vida más o menos común, sin nada que llamase especialmente la atención de sus congéneres.
Sus rasgos singulares habrían tenido un destino más doméstico.
Esta lectura que realizo, puede presentarse pesimista para algunos. Pero no lo es. Es una lectura advertida, cauta.
Decir que las condiciones sociales, permitieron la realización en el mundo de las pasiones oscuras, no desresponsabiliza a nadie. Todo lo contrario. No hay justificación posible. Se es responsable por los actos. Ha habido quienes dijeron que no, ha habido ‘justos de las naciones’.
Juicio y condena, le dice que no al goce de la impunidad asesina, y le dice que no al goce de la venganza.
Pilar Calveiro en su texto Poder y desaparición[1] dice: “la fragmentación del trabajo suspende la responsabilidad moral, aunque en los hechos siempre existen posibilidades de elección, aunque sean mínimas”[2].
Esas “posibilidades mínimas” dan cuenta de que la posición del sujeto no es eliminable, que hay una decisión, una satisfacción y una responsabilidad. En esa “posibilidad mínima” anida la dimensión de la elección.
Calveiro relata de un represor que se dedica a “chupar”, pero no a torturar porque “no lo sentía”.
¿Qué burocratización explica, el otorgarse el lugar de sostener o quitar la vida? ¿Qué rutinización explica las violaciones? ¿Qué maquinaria explica el robo de bebés?
El teniente coronel Hugo lldebrando Pascarelli, lo dice claramente en el texto citado por Walsh en su “Carta abierta”: “la lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal”[3].
El excelente texto de Pilar Calveiro Violencias del Estado, en el capítulo 5 llamado “El tratamiento de los cuerpos”[4], y el libro de Eduardo Luis Duhalde El Estado terrorista argentino[5] en el capítulo “La metodología criminal del Estado terrorista”, libro también de una seriedad y rigurosidad destacados; nos aportan elementos contundentes, para la fundamentación de la dimensión pulsional en la práctica represiva.
Una primera cuestión que quiero rescatar del texto de Duhalde, es la afirmación de que elegir “hacer desaparecer” en vez de juicios y fusilamientos públicos, le permitía al episcopado y a los obispos apoyar el proceso.
Esto, mucho más que complicidad, es un pacto siniestro.
Por otra parte, los modos de connotación sexual de la tortura a hombres y mujeres, bajo toda forma de abuso y violación, son descriptas por el autor claramente como “especial morbosidad”. Los relatos que realiza Calveiro, en el texto citado, se encuentran en total correspondencia.
En las páginas 146 y 147, la autora transcribe dos relatos de prisioneros, uno en Guantánamo y otro en Marruecos, ambos a cargo de estadounidenses, de prácticas salvajes sin “motivo operacional”, en los genitales.
El texto de Duhalde en su página 352 va a decir: “incluso la psicología moderna ha aportado sus experiencias condicionantes para convertir a un ‘buen ciudadano común’ en un experto torturador, sin necesidad de apelar a sádicos locos y criminales natos. Vietnam también mostró la eficiencia de este aporte. Los estudios como los realizados en la Universidad de Yale por Stanley Milgram sobre sumisión y obediencia a la autoridad, son altamente demostrativos de este tipo de contribuciones”.
Es efectivamente así, efectivamente es posible.
No podemos idealizar al género humano, tampoco estigmatizarlo. Pero no debemos rechazar estas palabras de Duhalde, hacerlo es suicida, sacrificial, sería realizar un fantasma masoquista.
Por otra parte, Freud se va a referir en varias oportunidades al concepto de desmezcla pulsional.
A la altura de “Inhibición, síntoma y angustia” se va a referir a ella bajo uno de los modos de defensa, al que denomina regresión.
Describe este proceso, especialmente en las neurosis obsesivas.
Debemos recordar además, que la nominación imaginaria propia de la armadura del Yo como síntoma mayor, permite en las neurosis obsesivas un desplazamiento de la hostilidad hacia el objeto exterior.
Esta modalidad puede alcanzar la destrucción del otro, atravesando, yendo más allá de la tensión agresiva del narcisismo de las pequeñas diferencias.
Esa regresión alcanza el fundamento mismo del vínculo primario entre los hombres, esto es el odio.
¿Cómo es esto posible? Sabemos que hay lo que Lacan llama “perversiones transitorias», y que no se necesita ser perverso para realizar actos perversos.
Un neurótico puede realizar perfectamente actos perversos, si está seguro de no pagar un precio por ello. Su cobardía esencial lo lleva a desplegar todos sus fantasmas sádicos y por identificación con la victima sus fantasmas masoquistas, cuando se encuentra a resguardo de sanción por sus actos, o que incluso puede ser un modo de ‘hacer carrera’ (el cálculo obsesivo puede llegar a esos extremos).
Lacan en el Seminario 16[6] se va a referir a las cruzadas donde los caballeros encontraban la perversión que iban a buscar arrasando con todo. Además advierte que hay que estar atentos ante otras cruzadas actuales.
Si en todos los testimonios de los sobrevivientes de los campos de concentración, encontramos el relato de los fantasmas perversos que proferían y realizaban los torturadores, con una fijeza inaudita, y una repetición al mejor modo del Marqués de Sade, hallamos lo propio de la apuesta perversa.
Sostengo que en las llamadas “perversiones transitorias”, en los actos perversos de tantos neuróticos represores, se ponía en juego asumir la posición de ser un instrumento del Otro para buscar completarlo.
“El (sádico) también intenta, pero de manera intensa, completar al Otro quitándole la palabra e imponiéndole su voz, pero en general falla. Baste en este sentido referirse a la obra de Sade, donde es verdaderamente imposible eliminar de la palabra, de la discusión, del debate, la dimensión de la voz”[7].
Desde la posición sádica la voz viene al lugar de completar al Otro, produciendo en la víctima el desgarramiento de angustia. Se trata de volverse un mero instrumento para realizar con ese acto perverso la división angustiante del sujeto. A eso lo llamaban ‘quebrar’.
Muchos torturadores alcanzaban una satisfacción masoquista por identificación con el torturado. Esto es posible porque la estructura era neurótica. En una perversión como estructura esta identificación no es posible.
Se pone en juego una modalidad excepcional de lo que Lacan formula en el Seminario 17[8], en tanto el sujeto recibe su propio goce en forma invertida desde el lugar del Otro bajo la modalidad del tercer tiempo del fantasma ‘pegan a un niño’ (el padre golpea al niño odiado por mí), tiempo que aparenta ser sádico, pero donde la identificación hace posible el goce masoquista.
“Claramente el sádico no es más que el instrumento del suplemento dado al Otro, pero que en este caso el Otro no quiere. No quiere, pero obedece de todos modos”[9].
Estas “perversiones transitorias”, pueden producirse a partir de un rasgo de perversión o no.
Sabemos que en las psicosis, el rasgo de perversión constituye un modo de estabilización, y en la neurosis da cuenta de un modo de satisfacción que no se articula como síntoma y requiere del acto.
El acto, refiere a lo que denominamos “pasaje al acto”, instante de ver, momento de concluir fallido, ya que se sostiene en la exclusión, en la no operatividad del tiempo para comprender. Esto permite que el deseo advenga como voluntad de goce. En el texto ¿A quién mata el asesino?[10], los autores formulan que “la característica del pasaje al acto en la perversión, a diferencia de la psicosis, involucra la puesta en juego de un fantasma en la escena, por lo que la elección de las víctimas obedece y responde a una condición erótica particular”. “El neurótico es un criminal inconsciente, dice Freud; no obstante, el crimen fantaseado puede volverse real bajo determinadas circunstancias”[11].
Lacan, en su Seminario 16, nos habla al referirse al sadismo, de la práctica de la tortura.
En los tiempos actuales es algo que, como hemos visto, requiere cierto entrenamiento especializado, para realizar ese acto donde se invoca que se lo hace por la patria o por algún otro supuesto ideal. La tortura pone en juego la dimensión de la confesión, de un modo particular… “quienes la practican (cualesquiera que sean las razones que tengan para ello) lo hacen porque su goce está implicado en el asunto”[12].
Jacques Alain Miller en su curso Piezas sueltas[13] nos va a exponer con claridad que Lacan “siguiendo el paso de mayo de 1968, cuando había puesto en tela de juicio precisamente la vertiente explotación social del asunto, construyó ese plus de gozar como el análogo de lo que en Marx es la plusvalía. No lo esconde, lo dice con claridad: el plus de goce está construido del mismo modo que la plusvalía”[14].
Hasta tal punto que “si decimos que la plusvalía es plus de gozar, el plus de gozar es plusvalía”[15].
La obtención tanto de la plusvalía, como del plus de goce, hizo necesaria la dimensión del terror de la dictadura cívico militar, apoyada decididamente por Estados Unidos, a partir de lo que formula Lacan en su Seminario 18[16], esto es, que el progreso capitalista se sostiene en el subdesarrollo de los países periféricos del tercer mundo.
Pero más allá de lo que las categorías marxistas pueden explicar, “la captura monstruosa ante la ofrenda de un objeto de sacrificio a los dioses oscuros”[17], requiere desmontar las condiciones pulsionales, ya que como el mismo Lacan dice, que muy pocos pueden no sucumbir a ser protagonistas o cómplices de esos crímenes que no entran en el código penal ordinario.
Jacques-Alain Miller se va a referir a los crímenes de lo real, que serían los de “los crímenes serial killer, que culminan en el crimen nazi.”[18].
Más aun cuando citando a P. Sollers, afirma que esos “crímenes en cuestión no eran útiles para quienes los cometían: los nazis lo hicieron más bien en detrimento propio”[19], desde el punto de vista económico, político y militar.
En Argentina, no es sólo la sonrisa de Videla al referirse a los desaparecidos, lo que testimonia el goce oscuro, sino también el primer discurso como Ministro de Economía de Martínez de Hoz, donde profiere algo que no es un tecnicismo económico, ni una propuesta macroeconómica, sino la frase “piedra libre para los empresarios”.
Aquí se vuelve muy clara la expresión de Lacan, en toda dimensión ética: “pienso que hay que negar el discurso psicoanalítico a los canallas; seguramente era eso lo que Freud disfrazaba con un criterio de cultura”[20].
La “piedra libre” se garantizó con el terror, con 30 mil desaparecidos, con 500 bebés secuestrados, con la destrucción del aparato productivo, con la pérdida de derechos ciudadanos.
Osvaldo Delgado es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Doctor en Psicología (UBA), AME EOL-AMP. Docente del ICdeBA y Maestría en Psicoanálisis ICdeBA-UNSAM y del IOM. Profesor Titular de la cátedra I de Psicoanálisis: Freud, Profesor a cargo de Construcción de los Conceptos Psicoanalíticos y de la cátedra II Psicoanálisis: Escuela Francesa.
Notas bibliográficas:
[1] Calveiro, P., Poder y desaparición, Ed. Colihue, Buenos Aires, 2008. [2] El subrayado es mío. [3] Walsh, R., Carta abierta a la Junta Militar, Ed. Colección Memoria en movimiento, Buenos Aires, 2012, pp. 20. [4] Calveiro, P., Violencia de estado, Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 2012. [5] Duhalde, E. L., El estado terrorista argentino, Ed. Colihue, Buenos Aires, 2013. [6] Lacan, J., El Seminario, Libro 16, De un Otro al otro, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2008. [7] Ibíd.,p. 235. [8] Lacan, J., El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1992. [9] Lacan, J., El Seminario, Libro 16, op. cit., p. 236. [10] Tendlarz S. y García C., A quién mata el asesino, Ed. Grama, Buenos Aires, 2008. [11] Ibíd., p. 23. [12] Ibíd., p. 156. [13] Miller, J.-A., Piezas sueltas, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2013. [14] Ibíd., p. 106. [15] Ibíd., p. 107. [16] Lacan, J., El Seminario, Libro 18, De un discurso que no fuera del semblante, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2009. [17] Lacan, J., EL Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1986. [18] Miller, J.-A., Piezas sueltas, op. cit., p.153. [19] Ibíd., p. 154. [20] Lacan, J. “Televisión”, en Otros escritos, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 569.