Susana Biasi -«La apelación al ‘pueblo’: Yrigoyen y sus opositores»

Introducción

La palabra pueblo tiene tal cantidad de connotaciones que al tiempo que resulta muy útil para toda clase de discursos, presenta muchas ambigüedades. Como tantas voces del vocabulario político, suscita multiplicidad de evocaciones. En este caso, me interesa registrar los modos en que el presidente Yrigoyen por un lado y sus opositores por otro, justificaban sus posturas asumiendo la representación popular.

Las presidencias de Yrigoyen se desarrollan en un período caracterizado por cambios dramáticos que hacen estallar los fundamentos del orden mundial, la Gran Guerra de 1914-18, es el más potente signo que muestra la autodestrucción de una forma de convivencia; durante los años posteriores, se plantearán diversas alternativas que proponen nuevas interpretaciones de la realidad, intentando reemplazar lo perimido.

Durante el período de entreguerras se habían derrumbado todas las certezas del orden decimonónico, la guerra liquidó el optimismo con que la sociedad occidental se había considerado a sí misma superadora de las pulsiones primitivas, a partir de los avances científicos que parecían ofrecer respuestas a todas las preguntas. El conflicto expuso de manera brutal el lado oscuro del avance científico: su aplicación a la industria bélica desató una guerra que desnudó los lados más oscuros del alma humana, pretendidamente superior y civilizada.

Al derrumbarse la autocomplacencia, se cuestionaron los fundamentos intelectuales que habían alentado el extraordinario proceso de avances intelectuales y científicos del siglo anterior, así el positivismo fue rechazado, dando lugar a una intensa búsqueda de nuevos rumbos que, como reacción, valorizarían todo aquello que la escuela positivista había desdeñado.

Las propuestas filosóficas que surgen a partir de ese rechazo rescatan los valores vitales, critican el racionalismo y enfatizan el rol de la intuición. Como señala María P. López, estas propuestas alternativas crearon, más que un sistema, una atmósfera que denomina ‘vitalista’.  Hay una nueva lectura de las obras de Nietzsche, y la influencia de Bergson y de Georg Simmel se hace muy notable. Entre nosotros, Ortega y Gasset difunde los temas de la así llamada “nueva sensibilidad”, sus conferencias en nuestro país tuvieron una influencia notable, no solo por su presencia sino también por la inmediatez que ofrecía compartir el idioma castellano.

En ese ambiente de ruptura con las tradiciones, la nueva sensibilidad influye en las ciencias sociales, en el arte, las letras, y apela a la juventud, que adquiere una relevancia inusitada en la vida social y política. Así se establecen algunos paralelismos con el movimiento romántico del siglo anterior; los románticos por ser testigos del avasallador avance de la revolución industrial que destruía la naturaleza, los vitalistas por percibir la deshumanización del hombre víctima del avance tecnológico.

Al no constituir propiamente un sistema, sino un ‘clima’, una ‘atmósfera’, que pretende el rescate de la sensibilidad y rechaza el intelectualismo, muchas de las propuestas de sus representantes más destacados se transformaron en consignas de las que se apropiaron distintos grupos, a veces en el campo político, tal es el caso de las líneas que conectan al fascismo con las expresiones vitalistas.

El período en estudio está marcado por la incertidumbre, el rechazo a todas las afirmaciones establecidas, y la ilusión que despierta lo novedoso. En el campo de la política, las democracias representativas que habían ampliado sus bases de participación a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, estaban en crisis, porque sus clases dirigentes no habían sabido, ni querido, ni podido, impedir la catástrofe total dela gran guerra, por lo que se multiplicaba la búsqueda obsesiva de alternativas que, al no haber sido puestas en práctica, podían, como expresión de deseos, satisfacer las expectativas de los ciudadanos.

En nuestro país, como señala Halperín Donghi, se disuelve la visión lineal y ascendente del proceso histórico encarnado en la fe en el futuro nacional. La guerra hacía impensable cualquier retorno al pasado, pero no se perfilaba ninguna visión del mundo y del país que pudiera sustituir la que había sostenido la construcción de la Argentina moderna. Justamente cuando el sistema político representativo en Occidente encontraba más y más detractores, desilusionados, en nuestro país se ensayaba, por vez primera, una auténtica consulta popular.

Las propuestas de reforma política a principios del siglo XX

Los miembros más lúcidos de nuestra dirigencia a principios del siglo XX comprendían que una satisfactoria inserción en el sistema económico internacional, no era suficiente para que el país pudiese identificarse plenamente con aquellas sociedades que ellos admiraban, por eso plantearon reformas en términos sociales y políticos, confiados en que el muy exitoso sistema educativo desarrollado a partir de fines del siglo XIX había logrado crear una ciudadanía responsable. Así, abundan diversas propuestas de reforma electoral, tales como la de Joaquín V. González, en 1902, Carlos Pellegrini en 1905, Juan B. Justo en 1909, o Indalecio Gómez en 1911.

Todos esos proyectos coincidían en el fondo pero diferían en la forma, es decir, su objetivo era elaborar un sistema electoral auténticamente democrático, pero los  métodos que proponían para alcanzar ese fin eran diversos. Esos dirigentes partían de su propia actividad en la política nacional, ya que eran legisladores, o en el caso de Juan B. Justo, el dirigente más influyente del Partido Socialista. Todos ellos, más allá de la diversidad de sus propuestas, no se cuestionaron qué era ese pueblo al que intentaban dotar de representación legítima.

La necesidad de la reforma era también motivo de discusión de intelectuales que tenían una preocupación teórica por el tema, que los indujo a una exploración más profunda sobre la estructura institucional de nuestro país. Tal es el caso de los diversos artículos publicados por la Revista Argentina de Ciencias Políticas inspirados por esta misma problemática.

Para los diversos autores que publican sus artículos en la revista, y en particular para Rivarola, su director, la noción “pueblo” no resulta conveniente por ser confusa, vaga y ambigua. Es por ello que plantean que la política argentina, además de la cuestión institucional, tiene que resolver un problema cultural, que es la creación del ciudadano.

Es por ello que la Revista expresa una de las raras corrientes del pensamiento político liberal en Argentina que hace de “crear la democracia” un problema más que una solución[1].

Roldán afirma que esta revista muestra las ambigüedades y las dificultades de integrar una reflexión democrática al universo liberal. Por otra parte, sostiene que no es fácilmente clasificable, porque no se puede asociar con ningún partido existente. Rivarola, su director, proponía la necesidad de crear un nuevo partido, el Partido Unitario, el partido de la “opinión pública”, a la que aspiraba a formar y luego a expresar.

Los autores cuyos artículos se publican en la revista, se diferencian claramente de la elite conservadora tradicional, cuestionaban al roquismo por su falta de legitimidad y lo desdeñaban por su carácter de régimen clientelar. En cuanto al radicalismo, no podían de ningún modo apoyarlo ya que una preocupación central en su reflexión era rechazar el carácter presidencialista del régimen político y temían la posibilidad que, con el apoyo de las masas, se profundizara el dominio del poder presidencial, que ya había mostrado sus falencias. Coincidían en resaltar los riesgos implícitos en todo gobierno basado en apoyos mayoritarios.

Al analizar los partidos, adoptan la distinción tradicional entre partidos facciosos, que son los ilegítimos y los partidos considerados legítimos. La ilegitimidad deriva de su composición: un caudillo y sus seguidores, su carácter personalista, su función como maquinaria electoral, sus nexos clientelares, su ausencia de principios sólidos.

Por ello, Rivarola reclama la constitución de partidos de principios, tales como la Liga del Sur, o la creación de partidos de clase, como el Partido Socialista. Si bien no coincide por motivos ideológicos con este último, le entusiasma su triunfo en las elecciones de 1913 en la Capital Federal por ser una alternativa que se apartaba de las prácticas políticas tradicionales argentinas.

Así, al proponer la creación de un Partido Unitario, se basa en la experiencia que había demostrado el fracaso del sistema federal, por ser los gobernadores de las provincias un conjunto de elementos corruptos que sólo podía ser derrotado por una alianza entre el poder central y las ciudades. Esta combinación ideal entre el desarrollo de municipios autónomos y el régimen unitario tenía como propósito la desaparición de las oligarquías provinciales, expresión del caudillismo parasitario que distorsionaba el funcionamiento del sistema político, y falseaba la representación por medio de los mecanismos del clientelismo electoral.

Rivarola se esfuerza en demostrar las ventajas del régimen parlamentario al que califica de Gobierno Representativo en contraposición con el régimen presidencial, que ya había demostrado su total incapacidad administrativa. No sólo porque inevitablemente se acompañaba de una suerte de ‘empleomanía’ derivada de prácticas clientelares sino que, por ello mismo, obstaculizaba la cada vez más necesaria ‘carrera administrativa’ al impedir que los empleados públicos fueran seleccionados de acuerdo a criterios modernos y eficientes[2].

Rivarola califica de Gobierno Representativo a un régimen Parlamentario, que, de acuerdo a su visión, podría superar el problema central del sistema, que consiste en la ineficacia de las instituciones políticas en representar a la sociedad y la debilidad del dispositivo institucional para limitar la acción del poder. Ese gobierno representativo constituiría una fórmula de representación eficaz de la sociedad en la política, de moderación de los riesgos que conlleva una tiranía de la mayoría, y de limitación del autoritarismo presidencial.

Para administrar un cambio tan profundo era necesaria una elite que debía ser formada en una concepción histórico-jurídica de la política, respondiendo a una concepción meritocrática. Tal formación estaría basada en la enseñanza de las ciencias político-sociales y en especial del derecho constitucional y administrativo. Su promoción dependería de un vínculo privilegiado entre ciencia, universidad y elite política.

De acuerdo a esta visión, la creciente complejidad de los problemas a resolver, mostraba de manera muy descarnada la improvisación e ineficiencia de los elencos gobernantes. La elite que se proponía constituir, sería capaz de superar tales carencias, y podría darle a nuestro país, tal como existía en las democracias avanzadas, un cuerpo profesional de empleados estatales que pudieran resolver exitosamente los desafíos planteados por una sociedad desarrollada.

Al analizar los supuestos que inspiran los artículos de la revista, Roldán considera que estos esfuerzos teóricos fracasaron en lograr un objetivo en el campo de la realidad debido a que fue incapaz de sintetizar la tradición liberal con la tradición democrática, por eso concluye que: “La lucidez en el análisis de las dificultades para construir una democracia representativa se combina así con la incapacidad de integrar el aspecto “democrático” en la tradición del constitucionalismo liberal”[3].

El ‘pueblo’ en el discurso de Yrigoyen y sus seguidores

La ley Sáenz Peña tuvo consecuencias inesperadas, sus promotores suponían que el radicalismo iba a convertirse en la oposición que legitimaría el dominio de los sectores tradicionales. La victoria electoral del líder radical Yrigoyen, planteó un desafío a los supuestos del sistema representativo, tal como funcionaba en los países occidentales que le servían de inspiración: “la visión desplegada en el manifiesto con que el radicalismo se presenta a la elección presidencial de 1916 (…) es el triunfo o la derrota de la nación lo que está en juego, (…) Así, la visión de un país escindido hasta sus raíces entre un hemisferio de luz, al que aspira unánimemente a incorporarse, y uno de tinieblas, que sólo ha logrado imponerse recurriendo a la simulación y la violencia, del todo funcional al movimiento revolucionario que el radicalismo había sido hasta la víspera, va a seguir inspirando a un partido que, aunque ha aceptado incorporarse a la liza electoral, se rehúsa… a reconocer como rivales legítimas a las otras fuerzas con que deberá medirse en ella, (…) La imagen que el radicalismo tiene de su propio lugar en la vida nacional le asegura de antemano la hostilidad de todas las fuerzas cuya legitimidad recusa.”[4]

El discurso del yrigoyenismo en el gobierno mantiene su tono desafiante hacia quienes no comparten sus propuestas, sin tener en cuenta que las elecciones, en las que sin duda triunfó por mayoría, mostraron claramente que había un número importante de ciudadanos a los que no había logrado convencer. Considerar a todos esos votantes pérfidos sostenedores de un sistema corrupto, es una decisión peligrosa, en tanto y en cuanto los opositores pueden recurrir a la misma desmesura, perdiéndose así el entramado básico de legitimidad imprescindible para la vida política.

El funcionamiento exitoso de un sistema representativo, necesita que oficialismo y oposición acepten mínimas reglas de convivencia, sin que sus enfrentamientos se conviertan en una lucha entre el bien y el mal. Considerar que quienes se opongan son, por definición, individuos de intenciones aviesas, que deben ser expulsados del paraíso, es perfectamente aceptable en las alegorías bíblicas, pero constituye un serio peligro para cualquier intento de convivencia democrática.

Las limitaciones de Yrigoyen para comprender las disidencias que son el alma y vida del juego político se notan claramente en un episodio anterior a su presidencia, cuando un miembro de su partido, Pedro Molina, hace una serie de propuestas respecto a las propuestas económicas que según su opinión, debían ser discutidas por el partido radical.

En vez de contestar puntualmente respecto al tema propuesto, Yrigoyen publica en el diario partidario La República, una carta abierta, una filípica en la que no define nada respecto a la cuestión planteada, sino que se despacha con una larga disquisición sobre la crisis moral y política, que según su perspectiva, es el origen de la problemática económica. Desautoriza, tachándolo de injusto, inconsiderado e ingrato a quien se había atrevido a proponer una discusión interna.

Al responderle, Molina aprovecha para cuestionar, más allá de la prosa pomposa y vacía de Yrigoyen, la falta de organización del partido, que ignora la carta orgánica, y que, según él, no se diferencia de ninguno de los partidos existentes que responden a diversas personalidades que operan desde siempre en el país, repitiendo el remanido fenómeno del ‘unicato’, afirmando también que la cohesión de los radicales depende de la simpatía que despierta un caudillo o la hostilidad contra el adversario, sin preocupación alguna por las ideas.[5]

En diversos textos recopilados por M. Padoan, se repiten una y otra vez expresiones que pertenecen al vocabulario religioso, y, por lo tanto, apuntan a los aspectos trascendentes de la vida, por lo que, desde esa perspectiva, la política, por su carácter de actividad inmanente, resulta muy empequeñecida. Cuando sus seguidores tratan de convencerlo de que ignore la limitación constitucional y se postule para la reelección, la respuesta de Yrigoyen deja bien a las claras cuál es el ámbito de sus desvelos: “Tengo la convicción de que haría un gobierno ejemplar: pero un gobierno no es nada más que una realidad tangible, mientras que un apostolado es un fundamento único, una espiritualidad que perdura a través de los tiempos cerrando un ciclo histórico de proyecciones infinitas.”[6]

En su exposición Yrigoyen se presenta como ‘apóstol’, con una misión de reparación, de restauración de la vida social y política, y a partir de esa condición mesiánica  se asume como intérprete de la voz del pueblo y el agente de su redención: “Los pueblos no se equivocan jamás en el ejercicio de los atributos de la vida pública, mientras elijan hombres libres y honorables que interpreten sus inquietudes espirituales y sus ideales.”[7]

Se considera satisfecho por haber interpretado fiel y lealmente los anhelos y esperanzas del pueblo, al que afirma encarnar plenamente. Pero, como ya señalamos, parecería que sólo merece integrar el colectivo ‘pueblo’ ese número mayoritario que lo ha votado, por lo que, remedando a  los profetas bíblicos, para aquellos que han sido tentados por el demonio, sólo queda el arrepentimiento o el infierno.

Si bien en ese discurso con tantos ecos del púlpito se percibe cierto desdén por la política, porque quiere trascender como un modelo que señala el camino hacia la perfección espiritual, no ocurre lo mismo con la figura presidencial que aparece dotada de poderes tales que pueden producir cambios profundos de la sociedad en su conjunto.

En cuanto a las fuentes de inspiración que reconoce como antecedentes, opta por inscribir la obra reparadora en una línea que remite a la gesta de la independencia y a la organización nacional, manifestando que ha cumplido con el mandato histórico del pueblo argentino, porque sus anhelos son únicamente los de la Nación. Y como no duda de la excepcionalidad de su liderazgo, no trepida en afirmar que su combate es el más radical que haya registrado la humanidad en sus anales históricos.

Como corresponde a los iluminados por fuerzas que están más allá de lo cotidiano, su lenguaje es críptico y tal como corresponde al estilo profético: “esta vasta concepción de revelaciones infinitas,…es la única ruta que nos llevará hacia el supremo bien del pueblo argentino”[8].

Siguiendo la inspiración proveniente del orden místico-religioso, se presenta como un oráculo que, a partir de revelaciones que no parecen estar disponibles para nadie más, traza un camino exclusivo para que transite el pueblo argentino. 

Según su visión, en el país se enfrentan dos fuerzas antípodas, la propia, que representa el bien común, esa fuerza, la Unión Cívica Radical, está predestinada para ser la voz del pueblo, porque es la patria misma, que mantiene las tradiciones de su historia, la otra no puede ser tenida en cuenta, por ser una influencia nefasta; es por ello que plantea un explícito rechazo a cualquier atisbo de compromiso.

La débil sustancia política del discurso se desvanece ante la apelación a fuerzas que aparentemente sólo el líder iluminado puede comprender y conjurar de modo de conformar las expectativas del pueblo que no espera nada menos de él.

Sus seguidores tampoco se muestran circunspectos al momento de expresar sus alabanzas, Oyhanarte en su trabajo citado por Padoan, El hombre, (publicado por Claridad en 1920) afirma que: “Cada hombre que oye, siquiera una palabra de los labios de este vidente, sale otro. Un espíritu nuevo se apodera de quienes lo tratan y lo frecuentan…Los escépticos, los pobres de espíritu, los lisiados morales, sienten una voz nueva y como Lázaro se incorporan y andan…Nadie como él persuade, ni nadie como él convierte.”[9]

Una vez más el discurso político queda totalmente desplazado por las referencias al entorno evangélico. En este caso, Oyhanarte enfatiza la influencia que Yrigoyen ejercía sobre sus interlocutores, a los que lograba convencer o, quizás, más apropiadamente, ‘convertir’.

Otro ejemplo de la retórica yrigoyenista nos lo brinda el fragmento que incluye Padoan, de la obra de Antonio Herrero, Hipólito Yrigoyen, maestro de la democracia: “Con su solo esfuerzo hercúleo de austeridad espartana –acompañado, naturalmente, por el elemento sano del pueblo- ha logrado contener el torrente voraz de sensualismos que llevaba al abismo a la nación. (…) El, como nuevo Jesús…inmaculado, intachable, desdeñando la calumnia y el odio del adversario, ha penetrado en el templo de la patria y ha arrojado a latigazos a los viles mercaderes, restableciendo en su trono la soberanía popular y la integridad civil.”[10]

Conviene señalar que Herrero hace la salvedad de que es el elemento sano del pueblo el que hace posible tantos logros, lo que nos hace suponer que hay un elemento enfermo que, con aviesas intenciones, no acompaña tal esfuerzo. En el otro párrafo, también recurre a las imágenes bíblicas, comparando al presidente con Jesucristo en su intento de restablecer la soberanía popular.

En marzo de 1928 La Época, el periódico oficialista, publica una nota de la Sra. de Rivera titulada: Por qué Yrigoyen será presidente de la República, en la que la autora afirma que “es el pueblo mismo el que proclama y reclama su candidatura”.

Contestando las críticas de la oposición, dentro y fuera del radicalismo, respecto a la falta de programa y el excesivo protagonismo del líder, la Sra. de Rivera considera que:

Es una ingenuidad infantil pensar que Yrigoyen con las mayores dotes intelectuales y morales que jamás se hayan otorgado al hombre, pueda encerrarse dentro del estrecho marco de un programa de partido. Él es maestro y no discípulo. Él es más grande que la misma doctrina radical que él sobrepuja y sustenta con su doctrina moral.

“No son pues, los programas lo que interesa al pueblo…sino el bagaje moral que trae cada candidato.”[11]

En estos párrafos se advierte la profundización del enfrentamiento en torno al liderazgo personal de Yrigoyen, pero lo más preocupante de semejante ejemplo de devoción, es que muestra a las claras cómo la prensa oficialista avalaba el rechazo de cualquier discusión programática, ratificando así el empobrecimiento de la muy incipiente cultura política argentina. 

Otra publicación yrigoyenista, Ultima Hora, el 25 de marzo de 1928 sostiene que: “Si el pueblo argentino, sin elegir formalmente al doctor Yrigoyen, lo considera como un elegido, tengamos fe en este discernimiento espontáneo porque esa gran maestra que se llama Doña Historia, nos dice que todos los pueblos próceres tuvieron elegidos porque fueron ellos quienes los llevaron a las grandes culminaciones históricas.”[12]

En este párrafo, la apelación es al sentido de excepcionalidad histórica, tan presente en nuestra sociedad: la convicción que, a través de misteriosas combinaciones, este pueblo elegido por los hados, encuentra el personaje signado para cumplir su destino de grandeza, desde mucho tiempo atrás un poderoso ícono del imaginario nacional, se incorpora sin resistencia al discurso oficialista.

El pueblo en el discurso de los opositores a Yrigoyen

Ante la ditirámbica promoción del liderazgo yrigoyenista, surgen voces disonantes, que coinciden en muchos casos en una retórica tan pomposa y exagerada como la del adversario. Estos cuestionamientos parten de diferentes premisas, y apuntan a diversos problemas planteados por el exceso personalista.

Los antipersonalistas, a través de la voz de Benjamín Villafañe, centran sus dardos en la manipulación de la Constitución, el manejo de los fondos públicos y el avance sobre los cargos administrativos de personas cuyos únicos méritos consisten en su lealtad a ‘la causa’.

Villafañe busca una explicación histórica y, manteniendo su enfoque dentro de las premisas del radicalismo, tiene que encontrar el culpable en la generación del 80, que como coinciden muchos otros autores, a partir de su obsesión con los avances materiales, dejó de lado los aspectos morales en la política y en la educación, degradando así a quienes, favorecidos por la prosperidad creciente, no se preocuparon en asumir sus responsabilidad sociales, renunciando a sus deberes cívicos.

En esta línea de pensamiento no deja de coincidir con Oyhanarte, cuando plantea la decadencia de la clase dirigente argentina, a partir de la década del 80, cuando perdió sus valores espirituales y morales, arrastrada por el materialismo más feroz, resultado de la rapidez con que creció la prosperidad económica que parecía no tener límites.

Por otra parte, acusa a Yrigoyen de originar de una ola de odio que sopla hasta los lugares más lejanos, creando motivos de discordia, saturando el ambiente social con una atmósfera de rencor. Afirma que es imposible de medir el daño que ha causado por crear un sistema que hace renegar de la conquista trascendente de la ley Sáenz Peña. El pueblo fue engañado por su prédica a favor del respeto a la Constitución, a la libertad de sufragio y a la honradez administrativa, que no ha cumplido durante su mandato: “se debe ser inexorable para con los que explotan la buena fe y el candor de los pueblos, para con los que estafan su alma sencilla, sus anhelos y esperanzas. No existe sin duda, fraude más innoble ni digno del más severo castigo, que el de los mistificadores de pueblos.”[13]

La visión del pueblo que nos presenta es la de una mayoría engañada a partir de la manipulación que Yrigoyen ha hecho de su buena fe.

Desde la vertiente conservadora, Luis Reyna Almandos, en un fragmento de La demagogia radical y la tiranía, publicado en 1920 citado por Padoan, presenta a Yrigoyen como demagogo y tirano “que va a llevar al país al caos de la anarquía”.

Este autor cuestiona el fortalecimiento del gobierno unipersonal que debilita los poderes del Parlamento y de la judicatura. Al tiempo que denuncia que quienes ejercen la función pública son personas incultas, sin escrúpulos, que aprovechan su posición para enriquecerse.

Buscando una explicación para el origen del gobierno radical, piensa que se debe a la resurrección del espíritu gaucho. El antecedente: la tiranía de Rosas, como ejemplo de barbarie y de degradación social. Establece una continuidad entre el gaucho que había apoyado al caudillaje decimonónico, barrido por la ola de progreso de la organización nacional, y una reencarnación de su espíritu rebelde en los arrabales de las ciudades, habitadas por inmigrantes, desafiantes de la ley. Ese nuevo tipo social estaba representado por el compadrito. La plebe ciudadana devino peligrosa a partir del sufragio universal.

Reivindica los logros de la dirigencia que surge a partir de Caseros, considerando que esa “época antonina” estaba regida por la ley, que promueve el progreso. Pero, coincidiendo con autores que expresan otros puntos de vista, remarca la decadencia ética, y también político-institucional resultado de la explosiva prosperidad y el excesivo materialismo que fue su consecuencia.

Ensaya una muy tibia crítica al reconocer la defección de la élite ilustrada, que no pudo prever la magnitud del descontento que se extendía por el cuerpo social, y prestó atención a los reclamos de participación demasiado tarde. Critica a los sectores ilustrados que alentaron al radicalismo en las universidades, eludieron sus responsabilidades, porque, esos ciudadanos educados se mostraron oportunistas y timoratos, ya que no querían perder oportunidades de ocupar espacios de influencia y así contribuyeron: “a la elevación de un hombre a costa de la cándida credulidad de un pueblo.”[14]

Coincide con otros opositores al destacar que el yrigoyenismo prosperó tomando ventaja de la credulidad de las mayorías, ante la defección de la élite que por comodidad, indiferencia o rechazo de sus deberes políticos no construyó una alternativa válida.

El yrigoyenismo, para este autor, consiste en declamaciones de vagos postulados y principios inciertos, bajo las órdenes de un caudillo y jefe perpetuo, director único de una facción violenta que había sido una amenaza constante por sus revoluciones y motines contra el orden público. El comité, como expresión de la demagogia plebeya, se convirtió en un poder dominante. Los dirigentes meritorios que habían apoyado al radicalismo en un primer momento empezaron a retirarse de las funciones de gobierno, solo quedaron los audaces y los que no tenían nada que perder.

Se queja de la dispersión de la oposición, ya que carece de lazos de unión, de voceros que la expresen. Reclama de los hombres ilustrados y conscientes que cumplan con la función de hacer comprender al pueblo cuáles son sus enemigos y cómo defenderse de ellos.

En el caso de los fragmentos del libro El último caudillo de Carlos Sánchez Viamonte, (publicado en 1930), incluidos en el trabajo de Padoan, encontramos con una visión más equilibrada del fenómeno yrigoyenista, tal como manifiesta Aníbal Ponce en su presentación, ya que su interés es ubicarlo como un accidente social que debe ser superado por una construcción de futuro, señalando que Yrigoyen da el tono a la discusión política que se ha transformado en un torneo de “laudatorias hiperbólicas y diatribas exageradas”.

Sánchez Viamonte se preocupa por explicar la evolución histórica del Estado, en cuyo transcurso los partidos políticos sustituyeron al pueblo-multitud, y se han convertido contemporáneamente en organizaciones sistemáticas y disciplinadas que traducen las necesidades y anhelos populares, en instituciones que se incorporan a la estructura orgánica de la sociedad.

Para este autor, en coincidencia con el punto de vista expresado en la Revista de Ciencias Políticas, hay en la Argentina un solo partido, el Socialista, las demás agrupaciones electorales, aunque tienen programas escritos, no logran definir claramente sus tendencias. Es por eso que la estructura de la política argentina, mantiene caracteres rudimentarios.

Sánchez Viamonte comparte con los radicales el rechazo al así llamado ‘régimen’, que era un sistema dependiente de la actividad de autodenominados partidos que en la realidad eran empresas colectivas cuyo único proyecto era conquistar el poder y mantenerlo. El problema que plantea el radicalismo gobernante es que más allá de sus declamaciones, no logró convertirse en una verdadera alternativa a ese esquema.

La ‘causa’ es la discípula del régimen y, por ser fruto de una improvisación, no ha hecho más que exagerar sus defectos. Es la continuación del sistema y también el ocaso del sistema. De todos modos, el autor reconoce que la ‘causa’, aunque es conservadora y reaccionaria por su origen y por la incultura de sus dirigentes, ha cumplido, no obstante, una misión social de innegable importancia al renovar el elenco administrativo y, asimismo, al quebrar el círculo cerrado del poder de los antiguos núcleos sociales dominantes.

El triunfo radical es el triunfo del pueblo-multitud, hastiado del ‘régimen’, deseaba un cambio, cualquiera que este fuese. Ese pueblo-multitud, que promueve formas rudimentarias del partido político, encuentra en el caudillo una forma rudimentaria de liderazgo. El caudillo gana voluntades a partir de su capacidad de resistencia, no crea, sino impide. Se apoya en los descontentos y establece vínculos sentimentales con el pueblo-multitud. Apela a los resentimientos y se victimiza, declamando contra las amenazas que lo rodean, “conjuración siniestra”, “contubernio”, son sus vocablos favoritos[15].

El autor hace referencia a la obra de la generación del 80, formada por una elite de universitarios “algo solemne y académica”, Yrigoyen, si bien pertenecía por su edad a esa generación, no tuvo nada en común con ella. Es caudillo del suburbio, distante del caudillo rural y mucho más distante del líder urbano: la ‘causa’ fue concretando en palabras sus vagas aspiraciones, hasta construir toda una mitología verbal y escrita… todas esas ‘frases hechas’ en abierta pugna con la gramática, exhalaban una intención sentimental, épica, hasta religiosa.”[16]

Como otros opositores, señala cómo aumentó el número de radicales, a partir de la prodigalidad del Estado en la distribución de cargos como recompensa a la fidelidad partidaria. Son muchos los ‘radicales de la mesa servida’ que participan con glotonería del banquete administrativo. Por ello Sánchez Viamonte insiste en denunciar que el partido radical en el gobierno cometió todas las faltas imputables a su antecesor, aunque, según señala “en mayor número, con mayor grosería y con menor destreza”.

El autor reconoce como el mayor acierto del yrigoyenismo haber mantenido la neutralidad argentina durante la gran guerra, el hecho de mayor trascendencia en su actuación de gobernante. En cuanto al discurso americanista o criollista, lo considera un resabio ancestral, anacronismo puro, que coincide con la visión autorreferencial de los caudillos decimonónicos.

De todos modos, nos presenta una visión optimista, considerando que la sociedad argentina logrará un aprendizaje a partir de sus errores y alcanzará una superación:

La ‘causa’ es una página mal escrita que debemos leer hasta el final; cuanto antes mejor. Su extinción –es necesario que perezca de muerte natural para que sea definitiva− será el punto de partida de una nueva época siglo XX. Este período convulsivo es, al fin de cuentas, la agonía de toda una vieja política. Régimen y causa. Caben juntos en la misma fosa[17].

Sánchez Viamonte esperaba que el yrigoyenismo se agotara naturalmente, dando lugar a un avance de la cultura política argentina, que él identificaba con su partido: el socialismo. Otros no estuvieron dispuestos a esperar que decantara naturalmente un proyecto que se deterioraba junto con el anciano caudillo que lo contenía, y apoyaron un golpe de estado militar que erosionó las muy débiles bases del sistema republicano Entre ellos podemos citar a Antonio de Tomaso, quien en 1933, manifiesta su complacencia con ese episodio nefasto que inicia un nuevo ciclo de destrucción  institucional.

Para de Tomaso, que se reivindica como ‘viejo demócrata’, las masas habían cometido equivocaciones que debían ser perdonadas, ya que el sufragio universal se aprendía mediante su ejercicio. Pero, ante los excesos del yrigoyenismo, que según él eran intolerables, justificando el golpe del 6 de septiembre.

Incurre en la paradoja de hacer referencia a los sistemas democráticos en países donde oficialismo y oposición se enfrentan enérgicamente, sometiéndose a las decisiones que las sociedades expresan a través del voto, sin necesidad de recurrir a perversos arbitrajes militares. Sin embargo, su conclusión es que, si el pueblo argentino no puede aprender, siguiendo esos ejemplos, a elegir a quienes debe, estaría de ese modo renunciando a tal derecho, pues de lo contrario existiría el peligro de “caer en la anarquía política y en el desvarío social”.

La oposición al Yrigoyenismo de La Nación, es analizada por Sidicaro, quien afirma que en el período analizado, no había un partido político, club intelectual o círculo de reflexión que asumiera la sistematización y difusión en gran escala de las ideas liberal-conservadoras, por lo que esa tarea fue cubierta por el diario. En su línea editorial presenta un análisis profundo y diversificado en sus cuestionamientos, que se plantean desde los primeros momentos de la nueva administración: “El triunfo del radicalismo se debe, pues, más al desacierto de sus adversarios que a la propia virtud de sus elementos, cuya vaga estructura y la indefinida sustancia que le es propia, no explican la coherencia aparente que presenta como expresión de la vida colectiva”[18].

Reconocía que el radicalismo llegaba al poder político como resultado de la voluntad mayoritaria de la población, y no enmascaraba las deficiencias que caracterizaban a los partidos conservadores. Su expectativa se basaba en que la gestión radical fracasaría, y en ese caso, el desencanto de sus votantes, los iba a llevar a buscar nuevas propuestas. La visión global del diario apuntaba a la racionalidad de los electores. Esa postura se nutre de optimismo respecto al juego democrático en el futuro.

Al cumplirse el primer año de la presidencia yrigoyenista profundiza sus críticas, cuestionando el equivocado criterio para designar funcionarios, que dependen de su lealtad al presidente, y esta manipulación de la carrera administrativa estatal está  agravada por la falta de programa y objetivos claros. Al mismo tiempo que ve con preocupación los mismos criterios de favoritismo político en las promociones de los oficiales del ejército. Cuestiona al mismo tiempo la falta de interés que muestra este gobierno en la renovación del equipamiento técnico de las fuerzas armadas

En cuanto a las cuestiones sociales, los editoriales por un lado demandan firmeza en el mantenimiento del orden, pero por otro, expresan coincidencias con los puntos de vista de Joaquín V. González, (que se desempeña como editorialista desde 1916), cuyos enfoques, inspirados por la legislación social de avanzada que se multiplica en los países desarrollados de Occidente, son muy amplios y progresistas y se traducen en propuestas muy sensatas sobre la problemática social.

Si bien la crítica es despiadada, reconoce al yrigoyenismo su respeto por el sufragio universal. Trata de explicar las razones del éxito del radicalismo describiendo a la Unión Cívica Radical como: “la expresión auténtica del ambiente cuya rudimentaria diferenciación hace de nuestro pueblo una muchedumbre pasional antes que un agregado de unidades relativamente autónomas.”[19]

En esta línea editorial, reconocía en el radicalismo sectores no identificados con Yrigoyen que podían promover un cambio dentro de las propias filas del oficialismo.

Cuando se produjo el golpe del 6 de septiembre, lo presentó como una revolución popular, en la que participaban los militares, por ser parte del pueblo, con lo que se podía asimilar a los movimientos revolucionarios con alguna participación castrense que en su momento había inspirado la corriente revolucionaria del radicalismo.

Sin embargo, cuando los líderes del golpe del 6 de septiembre manifestaron sus ideas antidemocráticas, La Nación manifestó su desacuerdo y luego su oposición. Esos nacionalistas expresaban el debilitamiento del pensamiento liberal, fundamento ideológico de la clase dirigente tradicional, con el que el diario aún se identificaba.

Sidicaro afirma que la influencia que tuvo La Nación como organizador conceptual, se debió en gran parte al hecho de que en nuestro país, los partidos políticos no se han caracterizado por la consistencia de sus programas, en caso de tenerlos, mientras que los militares que se lanzaron a la aventura política lo hicieron de modo improvisado y con un bagaje conceptual de llamativa pobreza.

Conclusiones

La lectura de los textos provenientes de Yrigoyen y sus seguidores, del mismo modo que sucede con aquellos de sus opositores, nos plantean un modelo de absolutos idealizados en los que todo diálogo constructivo resulta imposible, y esa incapacidad de aceptar que el adversario no está necesariamente inspirado por un proyecto malévolo, hace imposible una construcción política superadora.

En ambos casos, encontramos un discurso blindado en el que no se ofrecen propuestas sino lo que se busca es denigrar al adversario. Todos se arrogan ser la expresión del pueblo, ignorando completamente que las mayorías y minorías que se reflejaban en los votos, implicaban aceptación y rechazo hacia unos y otros, por lo que era el deber de los dirigentes de tomar en cuenta tales diferencias, tratando de encontrar propuestas superadoras que no agudizaran los ya profundos cismas que dividían a la sociedad.

El yrigoyenismo apela al pueblo con un discurso mesiánico, que muestra bien a las claras el poder evocador que el mensaje religioso aún tenía sobre las mayorías, y que era rechazado, por anacrónico, por las minorías que se habían secularizado bajo la inspiración positivista.

Los antiyrigoyenistas más recalcitrantes, sin recurrir a las metáforas bíblicas, replican la desmesura que dicen combatir, presentando al gobierno yrigoyenista como la síntesis de todos los males pasados, presentes y futuros del país. Y para explicar que las mayorías lo han elegido, recurren a la simplificadora explicación de que el pueblo ha sido engañado por un personaje siniestro.

Entre los textos hostiles descubrimos ciertos matices superadores en los fragmentos del libro de Sánchez Viamonte y en los editoriales de La Nación que presenta Sidicaro. Si bien ambos mantienen una postura muy severa, son capaces de encontrar algunos elementos dignos de ser reconocidos en la acción oficial. Y, en particular el dirigente socialista, ve en este momento histórico una etapa que puede resultar importante desde el punto de vista de la formación de ciudadanos.

En cuanto al aporte teórico que ofrecía el grupo de intelectuales calificados que publicaban sus ideas en la Revista de Ciencias Sociales, constatamos que está proponiendo construcciones institucionales de imposible puesta en práctica en la muy modesta realidad de nuestra vida política.

El golpe de estado de septiembre de 1930, episodio nefasto de la vida argentina, en tanto que abortó una débil y muy precaria construcción de la ciudadanía democrática,  puede considerarse como subproducto de la incapacidad de la sociedad nacional de afrontar sus diferencias con tolerancia y respeto mutuo, sin tener por eso que resignar convicciones profundas, en caso de tenerlas.

Susana Biasi es historiadora, reside en Buenos Aires.

Traductora pública inglés castellano por la Univ. del Salvador (Fac. de Historia y Letras), Profesora de Historia por la Univ. de Buenos Aires (Fac. de Filosofía y Letras), Especialista en Políticas de Integración por la Univ. de La Plata (Fac. de Ciencias Jurídicas), Magister en Integración Latinoamericana por la Univ. de La Plata (Fac. de Ciencias Jurídicas), Magister en Historia por la Univ. de Tres de Febrero.

Notas bibliográficas:

[1] Roldán, D., Crear la democracia, p. 102

[2] Op.cit., p. 100.

[3] Op.cit., p. 52.

[4] Halperín Donghi, T., Vida y muerte de la República verdadera, p.194.

[5] Padoan, Marcelo., Jesús, el templo y los viles mercaderes. p.72-76.

[6] Ibíd., p. 96.

[7] Ibíd., p. 101.

[8] Ibíd., p. 126.

[9] Ibíd., p. 148.

[10] Ibíd., p. 162.

[11] Ibíd.,  p. 176.

[12] Ibíd., p. 180.

[13] Ibíd., p. 185.

[14] Ibíd., p. 205.

[15] Ibíd., p. 221.

[16] Ibíd., p. 223.

[17] Ibíd.,  p. 234-5.

[18] Diario La Nación, 26/4/1916, pág. 11 en Sidicaro, La política, p. 55-56.

[19] Diario La Nación, 22/4/22 pág. 4. En Sidicaro, op.cit., p. 76.

 

Bibliografía:

– Halperín Donghi, T., Vida y muerte de la República verdadera (1910-1930), Biblioteca del Pensamiento Argentino IV, Ariel, Buenos Aires, 1999.

– López, M., Hacia la vida intensa. Una historia de la sensibilidad vitalista, Eudeba, Buenos Aires, 2010.

– Padoan, M., Jesús, el templo y los viles mercaderes. Un examen de la discursividad yrigoyenista, Universidad Nacional de Quilmes, 2002.

– Roldán, D. (comp.), Crear la democracia. La Revista Argentina de Ciencias Políticas y el debate en torno de la República Verdadera, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006.

– Sanguinetti, H., Los Socialistas independientes, Editorial de Belgrano, 1981.

– Sidicaro, R., La política mirada desde arriba. Las ideas del diario La Nación 1909-1989, Sudamericana, Buenos Aires, 1993.

 

 

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