Eleonora Ardanaz – El neoliberalismo en sus orígenes: construcciones y destrucciones

En los últimos tiempos, los términos liberalismo, neoliberalismo, libertario, se citan con frecuencia para sostener ciertos lineamientos políticos y económicos y denostar otros. Como suele suceder con todos los conceptos asociados al capitalismo, se los dota de un componente ahistórico, como un discurso que trasciende los contextos, las impugnaciones y resistencias. Sin embargo, sabemos que atrás de esto se esconde un entramado muy complejo producto de una construcción social que lejos de aplanarse debería resaltarse en toda su variabilidad; sólo así pueden imaginarse y realizarse mundos alternativos. Para abonar a esta tarea, comenzaremos a delinear, someramente, los orígenes y contextos de posibilidad del neoliberalismo.

Sabemos que, en determinados momentos, un conjunto de ideas se hace hegemónico, pero no son las únicas posibilidades circulantes, ya que la producción intelectual que se opone a esta preeminencia sobrevive o se recrea en determinados espacios. Cuando esos lugares son de poder, como las universidades, fundaciones, etc. tienen garantizada su reproducción y sostenimiento y sólo deben esperar el momento oportuno para emerger. En el caso que abordamos aquí, esto ocurrió frente a la crisis de los años setenta que produjo una retracción del crecimiento en las economías capitalistas que se hizo sentir fuertemente en varios países y dio el puntapié inicial para que se popularizaran las ideas de la sociedad Mont Pèlerin, fundada por Friedrich Hayek en 1947, que contaba entre sus integrantes a Milton Friedman, Karl Popper, Walter Lippmann, y destacados miembros de la elite empresarial. Si bien algunos de sus preceptos principales habían sido divulgados a fines de la década de 1930, en el Coloquio Lippmann, fue la reunión en Suiza de un grupo de intelectuales que reivindicaban al liberalismo y se sentían aislados del pensamiento oficial, lo que les otorgó una red de influencias que les permitió sostenerse hasta los años setenta. Básicamente, rechazaban los principios del Estado de Bienestar y las ideas keynesianas y preferían inclinarse por lo que consideraban la “sana” competencia frente a los peligros de cualquier colectivismo. Así lo determinaba uno de principales referentes en su famoso texto “Camino de servidumbre”, escrito en 1944 para oponerse a las teorías de planificación centralizada que apuntaban a la distribución de la riqueza con un componente social: “Un eficaz sistema de competencia necesita, tanto como cualquier otro, una estructura legal inteligentemente trazada y ajustada continuamente. Es importante dejar bien sentado esto: el moderno movimiento en favor de la planificación es un movimiento contra la competencia como tal, una nueva bandera bajo la cual se han alistado todos los viejos enemigos de la competencia”1.

Si bien estas sociedades se presentaban como apolíticas, sin otro interés que la contraposición intelectual a ideas que se pensaban érroneas dentro del devenir del capitalismo, no podrían haber sobrevivido sin un fuerte apoyo de los grandes grupos económicos y, en estrecha relación con estos, de algunos medios masivos de comunicación. Así, por ejemplo, coincidiendo con el comienzo de la crisis económica, Friedrich Hayek recibió el premio nobel en 1974 y Milton Friedman en 1976 lo que prestigió sus teorías y les otorgó una gran vidriera publicitaria.

Como ya se señaló, a partir de 1974 se comenzó a sentir una baja del crecimiento económico y el fenómeno de la inflación se instaló, junto con la suba del precio del petróleo del que dependían fuertemente los países centrales; es entonces que las ideas neoliberales encontraron el contexto y el clima social adecuados para hacerse escuchar, y con el tiempo, imponerse, al interpretar que el modelo keynesiano estaba agotado y lo que estaba sucediendo no era más que la demostración fáctica de esto. Se combinaron y potenciaron, una crisis económica y el inicio de una contrarrevolución conservadora que consideraba innecesario seguir manteniendo el clima de negociación social que había asegurado el consenso en los treinta años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial. Al revés de lo que imaginamos, sostenían que el Estado debía ser fuerte para poder, por un lado, imponer las leyes que pusieran en práctica los ítems fundamentales del neoliberalismo y, por otro, controlar al movimiento obrero organizado, al reprimir las protestas ante el desempleo y el recorte en gastos públicos. La idea base era cuidar el flujo monetario, apelando a la frugalidad en los gastos sociales y a las reformas fiscales que liberarían de carga impositiva a las grandes fortunas. Cuando estas premisas se materializaron en un gobierno poderoso, como el inglés, se empezaron a volver hegemónicas. Así, la llegada al poder de Margareth Thatcher en 1979, dio el impulso que necesitaban, seguida de EEUU, Alemania y Dinamarca. Tanta fue la sinergia entre este modelo y el gobierno inglés que una vez al frente del ejecutivo, Thatcher homenajeó a un miembro de la Sociedad Mont Pèlerin, Anthony Fisher, diciendo: «usted creó el clima de opinión que hizo posible nuestra victoria»2.

A partir de los ochenta, empezaron a introducirse medidas como quitar controles al flujo de capitales, privatizar empresas y servicios públicos y reprimir ferozmente al sindicalismo en un giro copernicano frente al modelo de bienestar, aunque con matices. En varios países europeos se aplicaron estas recetas en forma moderada, conservando algunos de los beneficios anteriores, otros como Portugal, España y Austria intentaron oponerse, pero esta resistencia fracasó y terminaron siendo los mismos gobiernos de centro izquierda quienes aplicaron políticas neoliberales. En EEUU, si bien fueron muy resolutivos para poner en cuestión y acortar las ayudas estatales, tuvieron un modelo menos ortodoxo, ya que el Estado mantuvo un gasto excesivo, esta vez asociado al aumento del presupuesto militar que acompañó a la guerra de las galaxias anunciada por Ronald Reagan. En este sentido, el neoliberalismo aportaba, además, un sustento ideológico muy fuerte, ya que pregonaba su anticomunismo en momentos donde se desataba la Segunda Guerra Fría, como se conoció al recrudecimiento de la misma, luego del conflicto en Afganistán.

En los países periféricos, la imposición del neoliberalismo estuvo acompañada por la intervención de las fuerzas militares, en una clara demostración que este modelo no propugnaba la democracia como fin último, y, también, por los organismos de endeudamiento internacionales. Cuando los gobiernos que habían solicitado créditos para paliar sus enormes problemas estructurales (varios derivados de la expoliación colonial)  intentaron invertir en su desarrollo industrial comenzaron a encontrarse ahogados por sus obligaciones (la deuda exterior del África negra pasó de 6.000 millones de dólares en 1970 a 66.000 en 1982) y pidieron nuevas ayudas, el Fondo Monetario Internacional les impuso programas de ajuste que exigían la reducción del déficit fiscal, recortando el gasto social, y la privatización de los bienes y empresas públicos.

En América Latina, se impuso a partir del golpe de estado de Augusto Pinochet en Chile, seguido de cerca por Bolivia. Luego en los años noventa se propagó al resto de Latinoamérica. Sin embargo, en realidad, el neoliberalismo como tal es tardío en relación al resto del mundo en estas tierras y, a partir de este precepto, se pone en tela de juicio otro de los componentes de este sistema: el pensamiento único que se esconde tras la idea de globalización y el análisis eurocentrado del que se deriva la imposibilidad de pensar realidades contextuadas, dinámicas e históricas.

Acá arribamos a otro de los armazones del neoliberalismo, que nos conecta con lo que afirmamos al principio: los Think Tank y su influencia en los medios de comunicación, en los sistemas educativos, etc. En el caso analizado, se valieron de persistentes campañas de penetración en las universidades (en especial en las facultades de ciencias sociales), de vigilancia de los libros de texto y, finalmente, de penetración en la educación secundaria. Esta campaña debía completarse con otra que actuase sobre el público, utilizando para ello a intelectuales, escritores y presentadores. Había que vigilar la televisión como los libros de texto, y había que trabajar, también, en lo referente a la radio y la prensa, las revistas científicas, los libros y panfletos, y utilizar anuncios pagados para difundir las ideas, que se volvieron el “sentido común” neoliberal:

– Todo lo estatal es malo, corrupto e ineficiente.

– Es mejor tener empresarios en el poder porque ellos saben cómo se gerencia; dominio de la meritocracia.

– Quienes ponen voluntad pueden superar las carencias, progresar y alcanzar lo que desean.

– Aquellos/as que no lo logran es porque no quieren o no se esfuerzan.

– Todos los políticos son corruptos.

– El sindicalismo está pasado de moda, los dirigentes persiguen intereses propios.

– Si las mujeres quieren, pueden ocupar todos los lugares o trabajos que deseen.

El neoliberalismo fue (y es) mucho más que una política económica o una ideología. Se trataba de una “nueva razón del mundo”, una forma de sociedad y de existencia donde predominaban la competencia y el modelo empresarial, que irrumpió, incluso, en la forma de organizar el espacio, acuñando el término ciudades neoliberales para referirse a los modos de habitar las urbes que tenían como rasgos principales la privatización de los espacios públicos, la segmentación y expulsión de los sectores de menos recursos y la vigilancia.

Para finalizar, entonces, podemos convenir que en los orígenes de este sistema neoliberal convergieron factores económicos, sociales, ideológicos promovidos por ciertos sectores de la elite apoyados en los medios de comunicación y, más recientemente, en las redes y que para un estudio más pormenorizado no debemos olvidar analizar los casos particulares, dejando de lado uno de los grandes problemas de este modelo que es la imposición del pensamiento único. Solo comprendiendo las dinámicas históricas particulares que llevaron a su hegemonía y, sobre todo, tomando en consideración que no es la respuesta a una crisis determinada sino una de las respuestas posibles, elegida por el poder político, podremos atisbar otros horizontes posibles.

 

Eleonora Ardanaz es doctoranda en Historia y Maestranda en Género y Políticas Públicas. Es Licenciada y Profesora en Historia por la UNS y se desempeña como Profesora en las asignaturas Historia Contemporánea I e Historia Contemporánea II del Departamento de Humanidades (UNS). Dirige proyectos de investigación y ha realizado varias publicaciones sobre género y feminismos e Historia y género.

 

Notas:

1 HAYEK, Friedrich, Camino de servidumbre, Madrid, Unión Editorial, p. 178.

2 Cit. en Sempere, Joaquim, “Acotaciones sobre los orígenes del neoliberalismo” en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global”, nº124, 2013-2014, Madrid, pp. 30.

Bibliografía

ANDERSON, Perry, “Historia y lecciones del neoliberalismo” en Deslinde Revista del Centro de Estudios del Trabajo, 1999.

FONTANA, Josep, El siglo de la revolución, Barcelona, Planeta, 2017.

GARCÍA DELGADO, Daniel y GRADIN, Agustina (comp.), El neoliberalismo tardío, FLACSO, 2017.

HARVEY, David, Breve historia del neoliberalismo, Madrid, Akal, 2007.

SEMPERE, Joaquín, “Acotaciones sobre los orígenes del neoliberalismo” en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº124, 2013-2014, Madrid, pp. 29-36

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