Emiliano Gareca – Deuda, batalla por el tiempo y síndrome de la rana hervida. Reflexiones en pandemia para imaginar nuevos horizontes utópicos

El denominado síndrome de la rana hervida es una analogía que se usa para describir el fenómeno ocurrido cuando ante un problema que es progresivamente tan lento que sus daños puedan percibirse como a largo plazo o no percibirse, la falta de conciencia genera que no haya reacciones o que estas sean tan tardías como para evitar o revertir los daños que ya están hechos. La premisa es que, si una rana se pone repentinamente en agua hirviendo, saltará, pero si la rana se pone en agua tibia que luego se lleva a ebullición lentamente, no percibirá el peligro y se cocerá hasta la muerte. La rana somos nosotros y si no saltamos a tiempo de la olla de la deuda y la desigualdad, terminaremos cocinados.

Llegó la segunda ola del COVID-19 a nuestro país y con ella los desafíos tácticos, estratégicos y logísticos que la política pública debe afrontar para articular las diferentes dimensiones (social, política, económica, psicológica, educativa, entre otras) que se ponen en juego en toda sociedad inmersa en una crisis sistémica de estas características. Una vez más, la pandemia nos obliga a meternos adentro, con todo lo que ello implica, y nos enfrenta a los límites angustiantes de la existencia, exhibiendo la precariedad que nos rodea, no solo del sistema social en el que vivimos, sino sobre todo de la fragilidad de la existencia misma. Como hace un año, estas reflexiones se superponen con los debates en los grupos de WhatsApp respecto a si la terraza privada cuenta como espacio al aire libre, si sostenemos el fútbol del domingo, o cuáles deberían ser las políticas de auxilio que los gobiernos deben generar para quienes están en la lona. Es decir, la vida misma.

Pero más allá de la coyuntura y las urgencias que debemos atender, resulta necesario salir por un momento de la vorágine pandémica – sobre todo quienes tenemos el privilegio de contar con las necesidades básicas satisfechas, y por lo tanto la obligación de hacer lo que otros no pueden – y tomarnos un tiempo para pensar más a largo plazo –. “Tomarnos un tiempo”. El tiempo…el bien más valioso y actualmente más escaso del universo.

¿Qué es tomarse un tiempo? ¿Qué es tener tiempo? ¿Qué queremos decir cuando decimos “tiempo desperdiciado” o “tiempo aprovechado”? El tiempo ha sido uno de los temas más importantes en la historia de la física y la filosofía, pero sin duda también es un problema social y sobre todo político. En el mundo que habitamos, el tiempo se encuentra en disputa. Quien controla el tiempo, controla los cuerpos y las subjetividades, y por lo tanto el futuro.

Actualmente, nos enfrentamos a una crisis del tiempo. Mark Fisher nos dice que está claro que las luchas políticas del momento son una guerra por el tiempo. Las crisis de deuda generalizada que flota sobre todas las áreas de la vida y la cultura capitalista –de los bancos a la vivienda y de allí al financiamiento educativo– es, en última instancia, una crisis del tiempo. El crecimiento de las deudas justifica la extensión de las horas y la vida laboral, y la edad jubilatoria se vuelve cada vez más lejana. Vivimos en un estado de ocupación hostigada para la que –se nos dice ahora– nunca habrá un alivio. El estado de pánico reactivo en el que nos encontramos la mayoría de nosotros no es un efecto secundario casual del trabajo post-fordista. El hecho de que nuestro tiempo sea no solo cuantitativamente corto, sino también cualitativamente fragmentado, deshilvanado, es sumamente funcional al capital. Se nos pide que funcionemos en las condiciones que Linda Stone ha denominado de “atención parcial continua”, en las que nuestra atención se distribuye habitualmente entre múltiples plataformas comunicacionales. Como Franco “Bifo” Berardi sostuvo, vivimos hoy en la tensión entre el infinito del ciberespacio y la vulnerable finitud del cuerpo y el sistema nervioso1.

Las tecnologías de la comunicación y el aparato cultural neoliberal que se sirve de ellas han llevado a la perfección mejor que nadie lo que el fordismo y el taylorismo buscaron con la incorporación del cronómetro al trabajo fabril. Al respecto, Benjamín Coriat, en su imprescindible libro El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, nos dice que con Taylor se produce la entrada del reloj en el taller; y con la medida de los tiempos y los movimientos se hace posible la sustitución progresiva del obrero profesional de oficio – arropado por sus secretos del oficio y su sindicato– por obreros de nueva hornada, carentes de tradiciones, de cualificaciones y de organización. La ley del cronómetro barre así el principal obstáculo que en estos momentos encuentra la acumulación de capital2.

¿Acaso en nuestras sociedades post-fordistas esto ha cambiado? Más bien se ha intensificado y perfeccionado. Hoy el trabajo y las preocupaciones concernientes a él ocupan todo nuestro tiempo. No solo de quienes tenemos la suerte de tener un empleo estable, que nos requiere estar permanentemente conectados a nuestros smartphone al punto tal que no existen fines de semanas y hasta incluso soñamos con el trabajo, sino que también ocupa todo el tiempo de los desocupados e, incluso, de los niños.

Ahora bien, mientras el planeta observa absorto como los laboratorios y las grandes potencias hacen oído sordo a los pedidos de liberar las patentes de las vacunas, única forma de terminar con esta pandemia, vemos también con incredulidad y hasta con cierta resignación cómo los multimillonarios del mundo incrementaron obscenamente su fortuna3, al mismo tiempo que grandes masas se empobrecen radicalmente. ¿Cómo es posible que esto suceda? O quizá las preguntas que debamos hacernos son: ¿por qué toleramos y naturalizamos que unos pocos ganen miles de millones mientras otros se mueren de hambre? ¿Es esta desigualdad creciente e inmoral algo inevitable que debemos aceptar como una consecuencia necesaria de una pandemia? ¿O acaso es la consecuencia de un sistema económico agotado? ¿Cuáles son los mecanismos y dispositivos culturales que operan sobre las subjetividades para que el sistema siga funcionando a pesar de haber mostrado su doble cara en la crisis del 20084,  es decir, depredador con los pobres y benevolente con los ricos, al igual que ahora durante la pandemia ocasionada por el COVID-19? Al respecto, recomiendo mucho entrarle a la serie documental La economía desde adentro, conducida por Candelaria Botto en canal Encuentro.

Para Fisher nunca se trató necesariamente de la idea de que el capitalismo era un sistema particularmente bueno: se trató, más bien, de persuadir a las personas de que es el único sistema viable y de que la construcción de una alternativa es imposible. De este modo, el realismo capitalista es una creencia, pero también una actitud relacionada con esa creencia; una actitud de resignación, derrotismo y depresión. Entonces, el realismo capitalista, si bien es diseminado por la derecha neoliberal – y muy exitosamente –, es una patología de los elementos de la llamada izquierda a la que sucumben. En otras palabras, nos resignamos al hecho de que no hay forma de evitar al capital; en última instancia, el capital dirigirá las cosas, y quizás todo lo que podamos hacer sea ajustar algunas clavijas como un gesto hacia la justicia social. Pero, esencialmente, la ideología está terminada; la política está terminada: estamos en la era de la llamada post-ideología, la era de la post-política, en la que el capital ha triunfado5.

Sin embargo, a pesar de este deprimente panorama, donde el capitalismo parece dominarlo todo, incluso nuestro propio deseo, Fisher plantea que es posible imaginar nuevos horizontes utópicos allí donde el sistema deja grietas. Para ello, resulta necesario librar y ganar la batalla por el tiempo y encontrar espacios de imaginación colectiva que permitan la aparición de nuevas ideas que puedan estar disponibles para suplantar las viejas estructuras. Las nuevas generaciones deben adoptar una mentalidad bélica que permita desarrollar tácticas y estrategias que, a su vez, permitan recuperar el control del tiempo para lograr un uso alternativo diferente al del trabajo y la producción, que nos permita encontrar nuevas ideas, más creativas e innovadoras que se traduzcan en el sueño colectivo de un mundo mejor.

La era neoliberal ha caracterizado por un deterioro masivo de la imaginación social, una incapacidad de, incluso, concebir diferentes modos de trabajar, producir y consumir. Está claro que hoy, desde el comienzo (y con buenas razones), el neoliberalismo le declaró la guerra a este modo alternativo de tiempo. Incansablemente continúa con su resentimiento hacia los pocos fugitivos que todavía pueden escapar de la rutina de las deudas y el trabajo infinito. Promete que pronto ellos también serán condenados a realizar tareas insignificantes e interminables, como si la solución al estancamiento actual fuera más trabajo en lugar de un escape del culto del trabajo. Si va a haber algún tipo de futuro, dependerá de que podamos ganar nuevamente los usos del tiempo que el neoliberalismo intentó clausurar y dejó caer en el olvido.6

En nuestro país, el debate que propone Fisher debe ser pensando desde nuestra propia idiosincrasia cultural y política, abriendo un abanico de posibilidades donde el campo nacional y popular deberá repensarse a sí mismo en función de una reestructuración sistémica de las relaciones de producción para recuperar el tiempo en sus usos alternativos, que es de donde salen las ideas nuevas. El nuevo sujeto político está en construcción y deconstrucción y por lo tanto nos vemos obligados a construir y deconstruir nuevas formas de representación. Las clases dominantes ya no sólo acumulan capital como nunca antes en la historia, no sólo acaparan las vacunas y se niegan a liberar las patentes, sino que además se niegan a pagar más impuestos, ni siquiera de manera excepcional. Los sectores dominantes de la economía también acumulan información sobre nuestra vida privada y nuestros deseos. Información que les brindamos casi sin darnos cuenta, de manera voluntaria y gratuita a través de nuestros celulares. De este modo podemos ver como un puñado muy pequeño de empresas7 y personas acumulan una cantidad infinita de datos de millones, sin regulación alguna, lo que permitiría crear muy fácilmente un estado de vigilancia masiva con las herramientas que ya existen. La biopolítica de Foucault en su máxima expresión. Para profundizar en este aspecto recomiendo mucho mirar el documental Prejuicio cifrado dirigido por Shalini Kantayya, disponible en la plataforma Netflix.

Esto no quiere decir que haya que ser anti-tecnología o querer volver a un pasado bucólico pre ciberespacio. Todo lo contrario, significa revertir el uso de estas herramientas en función de un nuevo diseño social y cultural, más justo y equitativo. Significa tomar conciencia de lo que está en juego.

Nos encontramos en un páramo ideológico en el que el neoliberalismo domina solo por defecto. El terreno está disponible para apropiárselo y las observaciones de Milton Friedman8 deben ser nuestra inspiración: nuestra tarea hoy es desarrollar alternativas a las políticas existentes, mantenerlas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se transforme en lo políticamente inevitable.

 

Emiliano Gareca es abogado, reside en Buenos Aires.

Docente de la UNPAZ.

 

Notas:

1Fisher, M., “La guerra del tiempo. Hacia una alternativa a la era neo-capitalista”, en K-punk. Vol. 2. Caja Negra. 2018, p. 367.

2Coriat, B., El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, Siglo XXI, 1998.

3En 2021 hubo un aumento de unos 5 billones de dólares entre todos los integrantes del grupo de los multimillonarios y un incremento significativo de nuevos multimillonarios. La lista de los más ricos ha explotado a lo largo de este año: un total de 2755 integrantes, 660 más que el año pasado. Además, 493 nuevos multimillonarios o uno cada 17 horas. En total representan 13,1 billones de dólares. En la lista de 2020 representaban 8 billones (Fuente: https://hipertextual.com/2021/04/los-mas-ricos-del-mundo-2021-lista-forbes).

4Cerca de 4 millones de personas en Estados Unidos perdieron su vivienda en la crisis de 2008. Durante esta crisis, sucedió la mayor pérdida de riqueza en la comunidad afroamericana en toda la historia de ese país. A esto se denomina “opresión algorítmica” (Fuente: documental Prejuicio cifrado, dirigido por Shalini Kantayya, disponible en la plataforma Netflix).

5Fisher, M., “No Fracasar mejor, sino pelear para ganar”, en K-Punk. Vol. 2., Caja Negra, 2018, p. 372.

6Ibídem.

7Además de preocuparnos por la vigilancia estatal debemos preocuparnos por la vigilancia corporativa. En este momento existen nueve corporaciones en todo el mundo que lideran la construcción del futuro de la inteligencia artificial. Seis de ellas en EEUU: Facebook, Apple, Amazon, IBM, Google, Microsoft y tres en China: Tencent, Baidu y Alibaba.

8“Solo una crisis –real o percibida- produce cambios verdaderos. Cuando esa crisis ocurre, las acciones que se toman dependen de las ideas que están ahí. Esa, creo, es nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, mantenerlas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se transforme en lo políticamente inevitable”.

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