Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas.
Rodolfo Walsh
En estos días, la humanidad se divide entre quienes afirman que a partir de la pandemia nada va a cambiar, quienes dicen que todo va a cambiar para bien y quienes afirman que mañana todo será peor. Lo único seguro es que nadie sabe que es lo que viene y la incertidumbre es la nueva forma de vida a la que debemos acostumbrarnos. Las generaciones pasadas sabían, más o menos, qué les deparaba el futuro. Crecer, educarse, enamorarse, formar una familia y morir en un lapso de tiempo donde la realidad (que será eso, ¿no?) y la normalidad (¿lo qué?) se mantendrían más o menos estable (excepto la inflación, la otra epidemia para la que todavía no hay vacuna). Ahora lo único cierto es que nada es cierto o al menos que hay que sospechar de todo. Las fake news nos obligan a dudar de cualquier información pública o privada; los avances tecnológicos ponen a prueba los límites de la existencia y sus sentidos más básicos; los Estados y sus instituciones se encuentren en crisis cada vez más profundas; el ecosistema planetario parece decirnos que si no aflojamos se va a deshacer de nosotros antes que suceda lo contrario; y las corporaciones parecen dominarlo todo. Sin embargo, acá estamos, sobreviviendo y en búsqueda de nuevos horizontes utópicos que nos permitan retomar la idea de que un mundo mejor es posible. Porque un mundo mejor es posible.
Metido en estas reflexiones mientras aprendo a cocinar un pastrón mirando los tutoriales de Paulina, me resulta inevitable pensar que el problema de fondo no son los virus (con quienes convivimos desde siempre y con quienes seguiremos conviviendo para siempre) sino la forma actual que adoptó el capitalismo que hoy hegemoniza el mundo. Forma a la que nos gusta denominar “neoliberalismo” pero que tienen otros nombres más lindos como capitalismo tardío, “anarcocapitalismo” (CFK dixit) o mi preferido: “realismo capitalista”1 (Mark Fisher). Es este modelo económico, pero sobre todo cultural, el que mediante una acumulación obscena de capital en pocas manos, ha generado una desigualdad estructural que presupone y acepta que no todas las personas tienen derecho a una cama o a un respirador. Como dijo el gran Ramón Carrillo, ministro de salud pública en el período 1946-1954: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”. Peronismo al palo.
El hecho que aceptemos como algo natural y normal, e incluso que nos autoconvenzamos todo el tiempo de que el mejor sistema disponible es aquel que permite esta aberrante desigualdad, resulta a mi entender de una irracionalidad evidente que solo se explica por el gran aparato cultural que el realismo capitalista despliega mediante dispositivos muy poderosos de manejo la de información. Nunca fue más adecuada la frase de Frederick Jameson2, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”2.
No tengo dudas de que esta pandemia terrible y mortífera es también una posibilidad de imaginar el fin de un sistema agotado, que tuvo sus grandes momentos y logros en favor de la humanidad, pero que ha devenido en un depredador de la naturaleza. Nuestra madre tierra que, como toda madre, nos mandó a encerrarnos a la habitación castigados por portarnos mal para que reflexionemos sobre las macanas que nos mandamos.
Debemos preguntarnos si realmente queremos seguir sosteniendo este sistema vampiro que necesita de la sangre de los demás para vivir. “Que mueran los que tengan que morir, pero que la economía no se detenga” fue la bandera enarbolada por sectores del establishment financiero mundial que cuentan con representantes en las altas esferas del poder político en países como Estados Unidos e Inglaterra, ni más ni menos. Marx3 pensaba en esto cuando escribió que “si el dinero, [como dice Augier], viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla, el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies”3.
Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con el Poder Judicial? ¿De qué habla este sujeto que seguro se tomó un vino de más o se fumó algo raro y se puso a divagar sobre el fin del capitalismo? Con o sin vino, estoy convencido de que no podemos pensar en ninguna reforma al Poder Judicial si antes no ponemos en discusión al realismo capitalista que le dio la forma que hoy conocemos.
El sistema de justicia resulta un elemento fundamental como dispositivo de control social y manipulación cultural de las sociedades occidentales que necesitan mano de obra barata y recursos naturales. Esto viene de larga data, ya lo sabemos. Pero lo que todavía no terminamos de entender es que nuestro Poder Judicial está pensando desde sus raíces como un reaseguro de las clases dominantes frente a las mayorías populares para que nada cambie. Cuando Alberdi trae desde Estados Unidos el modelo de control de constitucionalidad en manos de la Corte Suprema, le está otorgando a la élite vernácula dominante el poder de decidir sobre la validez de las acciones de los otros dos poderes.
Recordemos, además, que el Poder Judicial es el menos democrático de los poderes, ya que no necesita del voto popular, sus cargos son vitalicios y sus miembros surgen mayoritariamente de estratos sociales medios y altos, dejando fuera a los sectores populares. Sin embargo, resulta ser el Poder que define sobre la constitucionalidad o inconstitucionalidad de las leyes y las políticas públicas, como también quienes tienen el derecho y quiénes no en los conflictos sociales. Esto me recuerda el cuento “Roosevelt después de la inauguración” de William Burroughs, en el cual el presidente electo reemplaza a los miembros de la Corte Suprema por nueve babuinos de culo morado, y aduciendo ser el único capaz de interpretar sus decisiones, termina controlando al supremo tribunal de la nación. Perdón por la digresión, volvamos4.
Actualmente en nuestro país se discute una reforma judicial que busca desactivar, al menos en parte, estos mecanismos que llevan a pensar en un “gobierno de los jueces”, como bien describe Horacio Verbitsky recientemente en su portal, El cohete a la luna5. La democracia entera y todas sus instituciones necesitan ser revisadas permanentemente, ya que ningún modelo inmutable es compatible con sociedades cada vez más dinámicas e inciertas. En ese camino, debemos pensar en un nuevo sistema normativo y nuevas formas de gestión de los conflictos. Podemos reformar los códigos procesales, terminar con los pactos espurios entre jueces y servicios de inteligencia, licuar el poder de Comodoro Py, luchar contra el lawfare en defensa de nuestros liderazgos populares. Todo esto se puede y es necesario hacerlo. Pero si no revisamos a fondo las bases mismas de un sistema agotado que depreda todo lo que toca mientras genera desigualdad a cada paso, en un mundo cada vez más complejo, no podremos resolver el problema de fondo.
Debemos animarnos a poner en crisis conceptos “sagrados” como República, Estado de derecho, división de poderes, seguridad jurídica y sistema capitalista. ¿Por qué no? Como dijo una senadora, ex presidenta y hoy vicepresidenta, alguna vez: “Voy a discutir todo”. “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia; la verdadera historia”, cantaba Litto Nebbia y canta hoy Alberto. No hay que tener miedo a discutir con la Revolución Francesa, los iluministas y contractualistas que sentaron las bases de estos modelos de sociedades en las que vivimos y sobrevivimos. Habitamos un nuevo tiempo, necesitamos ideas nuevas.
Por último, en relación a la discusión sobre si nuestra Corte Suprema debe ser reformada o no, simplemente me gustaría traer a colación una exposición que escuché recientemente de mi amigo y compañero el Dr. Aníbal Filippini, durante un encuentro organizado por la agrupación de abogades Nace un Derecho (la charla está colgada en su canal de YouTube). En su exposición, Aníbal contó que se tomó el laburo de revisar en los archivos de jurisprudencia de la Corte, es decir en su historia, el uso por parte del Máximo Tribunal de ciertas palabras (sólo hay mundo donde hay lenguaje) y encontró el siguiente dato: en 150 años de jurisprudencia, la Corte no utilizó jamás la palabra “hambre” en un fallo. Ni una sola vez. Algo similar sucede con los pueblos originarios, cuyos casos rara vez llegan a esta instancia suprema. ¿Si no le importaba el hambre ni los pueblos originarios, en qué ocupaba su tiempo la Corte? En los últimos 25 años el grupo Techint llegó a la Corte 71 veces, Shell 293 veces y Pérez Companc 39 veces. Que cada uno saque sus propias conclusiones.
Tenemos la obligación de imaginar nuevos horizontes utópicos, aprovechando las grietas del sistema allí donde sea que las encontremos. Esto también aplica para pensar nuevos mecanismos de resolución de conflictos y protección de derechos que reemplacen las lógicas de este Poder Judicial tal como lo conocemos, con una óptica construida desde la horizontalidad, la empatía, la diversidad, la tolerancia, la igualdad, la libertad y la solidaridad. Es un proceso largo que recién empieza, mientras tanto es tiempo de reconstruir los graves daños que dejó el gobierno macrista y que se verán amplificados por la pandemia. En eso estamos.
Emiliano Gareca es abogado y docente la UNPaz, reside en Buenos Aires.
Notas:
1 Fisher, M., Realismo Capitalista ¿No hay alternativa?, Caja Negra, Buenos Aires, 2016.
2 Jameson. F., Posmodernismo. La lógica cultural del capitalismo avanzado, la marca editora, Buenos Aires, 2012.
3 Marx, C. El Capital (tomo I, vol. I), Siglo XXI.
4 Gamerro, C., “El profeta del horror”, Página/12, febrero de 2020, https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-35-2002-02-17.html
5 Verbitsky, H. El gobierno de los jueces. El Cohete a la Luna, agosto de 2020, https://www.elcohetealaluna.com/el-gobierno-de-los-jueces-2/