Eficacia del neoliberalismo
Pienso que la eficacia del neoliberalismo se debe a que dirige su acción –calculadamente o no− a puntos nodales, tanto de la constitución del sujeto, como de las instancias del yo y superyó, según tres tiempos: 1º, la generación de lo que llamo un ‘estado de incertidumbre’ que apunta a modos de actualización de la división subjetiva; 2º, la oferta de una única solución por vía de la identificación narcisista; 3º, sirviéndose de ello, gesta encubiertamente un modo de goce del orden del imperativo del superyó de modo tal que nada es suficiente y nunca se está a la altura.
Tal como explican Laval y Dardot, el neoliberalismo es mucho más que un régimen político o una ideología económica. Apunta a todas las dimensiones de la existencia humana, incluida la social, y fundamentalmente, la relación del hombre consigo mismo. Sostienen que su rasgo principal es que llama al hombre a concebirse y conducirse como una empresa. Lo entienden como una «racionalidad global» en la que “la competencia es la norma de conducta y la empresa es el modelo de subjetivación”[1].
Alemán[2], por su parte, nos recuerda que el neoliberal es el primer régimen político en la Historia que intenta tocar lo estructural del sujeto. Propone la necesidad metodológica de distinguir sujeto (constitución estructural) de subjetividad (construcción socio-política de una época), aunque aclara la dificultad que acarrea intentarlo. El punto estructural en juego, para él, es el del superyó: el neoliberalismo genera exigencias de goce cada vez mayores, impagables, que hacen del sujeto un deudor sin límite.
Laurent propone pensar la política actual, no desde la ideología, sino desde el fantasma. Menciona la formación de comunidades fundadas, en unos casos, en un modo común de gozar, sostenidas en el objeto del fantasma, y en otros, en lo que llama “movimientos del desconcierto” y que apuntan al otro elemento del fantasma: el sujeto dividido. En este caso, se trata de “ocupar un lugar subjetivo, el de un grito, de una pura enunciación que reenvía al momento de pérdida (…) Designa ese punto en el que el sujeto no puede inscribirse en ningún enunciado del Otro”[3].
Mi idea es que si surgen estas comunidades es porque el neoliberalismo toca ese punto estructural del sujeto.
Estrategia de incertidumbre
Como ya mencioné, el éxito del neoliberalismo se sustenta en que empuja al hombre al punto insoportable de división subjetiva, para luego ofrecerse como única salida (habiendo abolido las otras), por la vía del narcisismo, encubriendo con ello su condición de ser un régimen que empuja al goce. Se trata de tres tiempos que dan cuenta de una construcción de subjetividad sostenida en puntos estructurales del sujeto, de los cuales, al menos el primero, se entrama con la constitución subjetiva. Este es el programa del neoliberalismo, su estrategia −haya sido diseñado ex profeso para serlo, o no.
En primer lugar, el discurso neoliberal parte de crear lo que llamo un estado de incertidumbre, entendido como un grado o sensación −más o menos consciente y más o menos rápidamente suturado− de inestabilidad, perplejidad e inseguridad. Tiene su máxima expresión en el ‘hay que acostumbrarse a la reforma permanente’: punto nodal de la estrategia neoliberal que busca readaptar al sujeto de acuerdo a las necesidades en movimiento del mercado “con el fin de recrear una armonía entre la forma en que se vive y piensa y los condicionamientos económicos a los que hay que someterse”[4].
Explicaré el estado de incertidumbre, como un grado de inestabilidad y perplejidad, y tomaré algunos ejemplos de los que se pueden encontrar muchos más.
La inestabilidad entendida como vacilación, oscilación o desequilibrio, es estar en permanente fluctuación y cambio, lo que impide contar con una red simbólica mínima que ordene la vida cotidiana y dé una idea de futuro social y subjetivo. Imposible planificar, uno debe limitarse a marearse lo menos posible. Van algunos ejemplos. Despedir trabajadores de a cientos casi todos los días provoca el temor de pasar a ser en cualquier momento un próximo desocupado más. Ser detenido 42 días en la cárcel solo por pasar cerca de una protesta contra el gobierno lleva a enfrentarse con qué garantías da ser inocente y probarlo. O ser detenido por escribir un Whatsapp insultando al Presidente confronta al planteo de qué se considera un hecho penalizable y qué distinciones hay entre grados de criminalidad Pedir documentos sin motivo a adolescentes mientras caminan por la calle, a sorprenderse ante el cuestionamiento de qué razones hay para que la policía pase a ser una fuerza que amenaza al ciudadano común, qué derechos se tienen y cuáles no. Son casos en donde los parámetros conocidos ya no funcionan; a la par se constatan distintas reformas de las que no se terminan de conocer sus consecuencias económicas, sociales, laborales, legales, etc. Ubico la inestabilidad, entonces, en relación a la destrucción del orden simbólico.
En cuanto a la perplejidad, definida como irresolución y confusión, asistimos constantemente a que lo enunciado un día se desdice al siguiente o, peor aún, es como si nunca hubiese sido dicho, mientras se emite otro enunciado sin necesidad de confrontar o explicar el reemplazo de lo anterior por lo actual. En este sentido, el neoliberalismo opera una suerte de acción de adherencia del enunciado y la enunciación por el cual no habría distinción entre el dicho y el decir, motivo por el cual no habría razones para dar cuenta de la diferencia. Para el programa neoliberal, no existe el sujeto de la enunciación, por ende no se cuestiona cuál de las dos cosas emitidas es verdad. Un buen ejemplo de ello podría ser el enunciado reciente de que se está dando “un crecimiento invisible”. Lo observamos también cuando se dice que la meta es la pobreza cero mientras las estadísticas expresan un aumento. Esta adherencia enunciado-enunciación está en conexión con la desarticulación entre lo simbólico y lo real. Esto se presenta, en la realidad, por ejemplo, en el hecho de sostener que las pymes cierran por la mafia de los juicios laborales, cuando es notorio que lo hacen por los aumentos de impuestos y debido a la apertura de la importación indiscriminada. O se verifica en el video donde varios policías rodean, tiran gas y golpean a un anciano que está parado, solo, en la vereda, apoyado contra una pared. O al poner presos a oponentes políticos sin las garantías constitucionales correspondientes y con la excusa del entorpecimiento de la investigación (doctrina Irurzun). O en la abolición del discurso del adversario[5] bajo el mote de ‘corrupto’ pretendiendo anular con ello la validez de lo que pueda decir. Lo real, como imposible, se diluye, y en ese mismo acto, lo simbólico deja de medio-decir la verdad[6] y se entra en lo que se da en llamar posverdad, en la que no hay verdad porque no hay mentira, desaparece la oposición significante. La perplejidad, entonces, la ubico en relación al discurso y a la desconexión entre lo simbólico y lo real.
Este es uno de los puntos que comprometen al psicoanálisis a intervenir ante el proyecto neoliberal en la medida en que es un discurso que apunta a tocar algo de lo real por vía de lo simbólico. Al respecto, Alemán señala el ineludible compromiso del psicoanálisis respecto de los efectos del neoliberalismo en la medida en que no solo estamos ante la injusticia del reparto de los bienes, sino que estamos frente a la injusticia de la pauperización de la función simbólica, formando sujetos despojados de herramientas simbólicas de las que servirse para lidiar con la pulsión de muerte[7].
La oferta de solución
El estado de incertidumbre es producto del empobrecimiento simbólico, sin raigambre en lo real, del discurso neoliberal. Este rasgo de inconsistencia es el que lleva a algunos a verlo cínico o mentiroso. Se trata de ese punto en el que la peor de las desgracias es suturada en forma inmediata por una solución que, en verdad, es solo posible para unos pocos, pero es propuesta, sin admitir esa cortedad, como viable para todos, o esas desgracias son adjudicadas a la acción de otro, por ejemplo, ‘la pesada herencia’.
Si el neoliberalismo se dirige a este punto de incertidumbre es con una finalidad muy específica: ofrecer la tentación de la solución única. Adherir a ella es una forma ilusoria y momentánea de salir de la angustia y la desestabilización intentando desconocer que, en cualquier momento, uno puede llegar a estar en ese lugar del que intenta escapar. Incluso, en muchos casos, ese primer tiempo de incertidumbre es casi automáticamente anulado para pasar de inmediato al siguiente.
Y así entramos en el segundo tiempo de la estrategia neoliberal: el empuje a la adopción del modelo del individualismo sostenido en la infatuación del yo y la capacidad de autoayuda, es decir, de poderlo todo solo. El sujeto se identifica a funcionar él mismo como una empresa. El otro en el espejo es la empresa y el sujeto se identifica al empresario. El esfuerzo y el derrame llevarán a la alegría… en el futuro, ya que al presente le corresponde la austeridad más absoluta, dado que todo es por la empresa. Un presente oscuro para un futuro promisorio pero incierto. Algo así como correr tras la zanahoria del burro.
Lo que el neoliberalismo calla es que la revolución de alegría solo le llegará a unos pocos, luego de que los que sobran (la mayoría) haya caído fuera del sistema, como señala, entre otros, Badiou[8]. Mientras tanto, se promueve al empresario de sí, autosuficiente, independiente, apático de lo político –que es asociado a lo sucio. Es el gentleman ‘light’. Puro narcisismo insuflado: descontracturado, de aspecto joven, bien vestido, responsable, listo para adaptarse a las nuevas propuestas que el mercado le propone, siempre sonriente, jamás levanta la voz porque nada lo molesta. Él sabe que no debe preocuparse si es echado del trabajo porque, como dijo un Ministro, en ese caso, se arma un emprendimiento de cerveza artesanal. Ni se le ocurre reivindicar sus derechos cercenados porque eso implicaría quedar del mismo lado que el vago que fracasó solo a causa de la flojera personal y cuasi genética (teoría propuesta por González Fraga) del «negro choriplanero». Los logros se obtienen por uno mismo y quien no llega al éxito es porque no ha querido esforzarse lo suficiente. Es el estado de servidumbre voluntaria.
Si se presta atención, esta solución apunta directamente a debilitar el lazo social. Por un lado, porque todo se puede solo. Por otro, porque quien no responde a esa imagen es ubicado en la lógica del vago a relegar. Sabemos que la contracara de la imagen narcisista es la expulsión del kakón del ser, depositándolo en el otro. A más infatuación del yo, mayor virulencia del rechazo de lo más propio de sí no reconocido por no estar en conformidad con la imagen yoica, y más proyección sobre el semejante.
El goce mortífero encubierto
La ‘solución neoliberal’ encubre el tercer aspecto de nuestro desarrollo: la economía propia del mandato superyoico. Ser empresario de sí es ser amo de lo que se hace, pero es también ser el empleado del jefe, el esclavo sujeto a órdenes y exigencias. Alemán señala que el reverso de la autoayuda es el disciplinamiento (el propio). Ley de hierro que vigila, controla, exige y endeuda. Laurent expresa: “ser emprendedor de sí para obtener la máxima calidad de vida (…) la satisfacción máxima (…) promoción del imperativo de satisfacción como regla en la civilización”[9].
Engañando con la idea de que se ha vivido una fiesta que ahora hay que pagar, empujando a las personas a cuestionar su propio estado de bienestar como uno indebido del cual deben sentirse culpables, presionando con que lo correcto es la austeridad, así, lo que eran concebidos como derechos, se vuelven los factores que obstaculizan logros.
Aquel que se lanza a lograr lo mejor dando todo de sí, sin límite, termina entregándoselo todo al mercado, y dejando para sí deudas subjetivas insaldables. De este modo, uno mismo es artífice de lo que dice aquella vieja canción: “Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”[10].
Marcela Ana Negro es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Miembro EOL – AMP, Doctora en Psicología (UBA), Magister en Psicoanálisis (U. Kennedy), Diplomada del ICdeBA (Inst. del Campo Freudiano). Autora de Lo imaginario en la enseñanza de Jacques Lacan (1932-1963). Incidencia del objeto mirada en su constitución, La Barca, 2010.
Notas bibliográficas:
[1] Laval, C. y Dardot, P., La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, ed. Gedisa, Barcelona, 2013, p. 15. [2] Alemán, J., Grupo de estudio: Sujeto y subjetividad II, Asociación Cultural Armenia, 19 de enero de 2018, Buenos Aires. [3] Laurent, E., «El traumatismo del final de la política de las identidades», 11 noviembre 2017, en Revista La libertad de pluma, Nº 1/2, año 1, marzo 2018. [4] Laval, C. y Dardot, P., op. cit., p. 87. [5] Recomendamos la lectura de Rosso, D., “¿Qué dice Macri cuando parece que no dice nada?”, en la actual edición de Revista La libertad de pluma. [6] Miller, J.-A., “El semblante, entre lo simbólico y lo real, en De la naturaleza de los semblantes, Paidós, Buenos Aires, 2001, pp. 99-112. [7] Alemán, J., op. cit. [8] Badiou, A., Nuestro mal viene de más lejos, ed. Capital intelectual, Buenos Aires, 2016. [9] Laurent, E., Entrevista: La ley de hierro del superyó, Blog AMP, 30 enero 2011 http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=prensa&SubSec=america&File=america/2011/11-01-30_La-ley-de-hierro-del-superyo-Entrevista-a-Eric-Laurent.html [10] Yupanqui, A., El arriero.