A nivel de los fantasmas colectivos, convenciones compartidas que llamamos realidad, la palabra grieta es dominante. Aglutina tendencias, diríase pasiones, que resuenan en lo político-social de la peor manera. Gustavo Stiglitz en su texto Zadig, tocar nuestro real1, dice que grieta es un tapón para lo insoportable de la extimidad que nos habita. Estamos a nivel de la discordia. Pero pareciera que ésta no se da (sino lo contrario, la concordia como progreso, beneficio general y otros para el malestar en la cultura) bajo el término neurociencia/cognitivismo. El siglo XXI se dibuja como el del hombre cognitivo como estilo de vida.
Si bien entre las distintas disciplinas que convergen en este tópico, y a su vez, entre los diversos autores, existen discrepancias notorias y llamativas, no obstante, el movimiento de fascinación al respecto es masivo. No solo en el mercado psi, donde se lo utiliza como adjetivo “científico” en el remake de terapias de adiestramiento. Estas derivas proliferan en la universidad y su cohorte de maestrías o tecnicaturas, como así en otras instancias estatales (Conicet, Educación); incluso donde su terminología ficcional vertebra retóricas políticas. Se produce un ensamble discursivo de la ciencia (como principio de autoridad) y la religión en tanto fe, proveyendo de este modo una matriz identificatoria de época para la discordia estructural. Diríase que estamos ante el discurso del amo con su variante actual, el universitario, apoyados como respuesta a lo imposible del goce, que funda asimismo la creencia.
Vemos que hay, por otra parte, consonancia en esta vía con los imperativos del mundo actual: utilidad, identidad, eficiencia, perspectiva de aplicación generalizada en casi todos los niveles de la vida, etc. La existencia queda reducida al cuerpo máquina (en este caso neuro) del que la ciencia dará respuesta para corregir los errores al respecto; sea a través de promesas de manipulación genética, a través de psicotrópicos, o con el recurso combinado de las TCC que ordenan la conducta en tanto que correlato de lo que sucede en el plano cerebral, neuronal, etc.; todo como premisa de dominación universal.
Pero entonces, ¿la discordia? El conocido neurólogo Facundo Manes lo ha expresado muy bien: “El estudio científico de los procesos mentales avanzó del mismo modo que lo hicieron otras áreas como la cardiología o la traumatología. Aunque aquí no existía una tradición de las neurociencias cognitivas, tal vez por la influencia del psicoanálisis. (…) Las neurociencias constituyen una herramienta muy valiosa en múltiples campos como la educación y la justicia (…) Desde mi perspectiva, Freud fue un genio. El psicoanálisis nos brinda pistas muy valiosas para estudiar el cerebro, pero también creo que debería testear más sus intuiciones, del mismo modo que la ciencia podría beneficiarse más de sus contribuciones. (…) En las neurociencias es fundamental la comunicación a un público masivo porque los mismos desarrollos que ayudan a los pacientes (…) podrían servir para las guerras del futuro. Hoy el Ministerio de Defensa de EEUU invierte mucho dinero en neurociencias”2.
Lacan definió al discurso analítico como reverso del discurso del amo; y años más tarde dirá, a propósito del universitario, de la antipatía entre éste y el analítico. En un texto preparatorio de estas Jornadas, Leonardo Gorostiza ubica a la discordia por su raíz etimológica, como una suerte de condición de la antipatía. Pero además destaca que la estructura de los discursos conlleva en si una imposibilidad irreductible representada por la doble línea que, en el nivel inferior, indica no solo la no comunicabilidad de los términos que ocupen el lugar de la producción y la verdad. Sino que hay allí algo que cierra el paso. Y que, por lo tanto, en cada cuarto de giro en el sentido de las agujas del reloj, se tratará de un salto, un franqueamiento de un discurso a otro en tanto que “explotar” de la mejor manera ese imposible por parte del discurso analítico3.
En este punto pareciera que, de modo inédito, lo neurocognitivo se presenta como un discurso de una dominancia significativa, signada por la báscula apalancada por esa intersección entre ciencia y religión. La discordia respecto del psicoanálisis se evidencia en las propuestas de su reabsorción al interior de dicha perspectiva; o por la vigencia del psicoanálisis… en términos de negatividad de su “evidencia científica” y como resto de esa ecuación.
Aprendimos por Lacan, que protestar contra el discurso del amo, es colaborar con él, alimentarlo. Por ello, en esta época donde el significante amo democracia prevalece, resulta fructífero seguir los desarrollos de Jacques-Alain Miller en tanto que nos dice que “…el discurso de la democracia difunde: S de A tachado. No hay significante último (…) por lo tanto, lo que llamamos democracia (…) es de hecho una intolerancia (diríamos una discordia) al significante amo absoluto, la invitación a soportar que haya otros valores”4. De allí que nuestra posición de exclusión interna, como deudores de un discurso que en su excepción no es de dominio ni de premisa universal, sea inventar la mejor manera de “explotar” lo imposible de dicha discordia, “… para dar a ese acto psicoanalítico las consecuencias que puede tener en la sociedad”5.
Esteban Pikiewicz es psicoanalista y reside en Esquel, Pcia. de Chubut.
Miembro de la EOL y la AMP, médico especialista en psiquiatría. Miembro de APSA. Jefe de Servicio del Servicio de Salud Mental del HZE. Miembro del Centro Descartes.
Notas bibliográficas:
1 Stiglitz, G., La movida ZADIG – Zadig, tocar nuestro real, LC nro. 39, 18/06/2018, www.eol.org.ar
2 Dr. Manes, F., reportaje expresión de una visita en la redacción de Página/12, www.pagina12.com.ar, 27/05/2018.
3 Gorostiza, L., XXVII Jornadas Anuales de la EOL, Textos de orientación, Un amo paradojal, www.eol.org.ar
4 Miller J.-A., Los cursos psicoanalíticos de JAM, Un esfuerzo de poesía, Cap. X «La acción lacaniana», p. 169, Ed. Paidós, Bs. As., 2016.
5 Ibíd., p. 171.