Los informes neurocientíficos1 dicen querer proporcionar una síntesis integral de los factores biológicos causantes de los problemas humanos y encontrar soluciones para ellos, pero en su lectura se desvela toda una política de civilización (si es que lo es) que quiere reducir, cuando no eliminar, cualquier rastro de subjetividad, de singularidad.
Esta lógica problema-solución (de nefastas consecuencias para la humanidad)2, junto, con la perspectiva reduccionista de lo neuro al sujeto, tienen efectos de estigma, de segregación y de adoctrinamiento feroz.
Como lo señala el médico y biofísico Javier Peteiro “…hay un riesgo serio de eludir la auténtica cuestión de la libertad y la responsabilidad humana”3. Y banalizar la responsabilidad de los sujetos en relación a sus actos, produce deshumanización y empuje a la repetición.
Un ejemplo, entre otros que encontramos en la clínica y en la vida cotidiana, de este empuje a la repetición. Se trata de un joven consumidor de las llamadas “drogas de diseño”, con graves accesos de agresividad, al que se le propuso desde la psiquiatría, y con la aquiescencia, incluso el empuje, de la familia, la realización de pruebas cerebrales para determinar la causa de su tensión agresiva y de la compulsión al consumo de drogas. “Si es mi cerebro, no soy yo. Puedo entonces no interesarme en saber lo que me pasa”, fue la respuesta que dio a la mentada oferta, previo abandono de un tratamiento por la palabra que había iniciado no hacía mucho. Decisión –que conllevó el reinicio de su actividad agresiva y adictiva– de la que sin duda el sujeto fue responsable, pero en la que colaboró el saber ‘benefactor’ y ciego de la ciencia y un ideal familiarista nada inocente.
Autoritarismo científico y mass media
Los destacados éxitos de la biología y la genética promueven un paradigma que extiende su dominio a todos los terrenos de la vida.
Prácticamente no hay día en que no aparezcan en los medios de comunicación noticias de estudios y experimentos ‘científicos’ sobre el descubrimiento de tal o cual neurona o funcionamiento cerebral, causantes de afectos o conducta, con un ‘frenesí curativo’ ciego y cegador. Desde el amor (“Hallan el origen del amor de pareja en el cerebro”), o la tristeza (“Científicos desvelan cómo se ve la tristeza en el cerebro”), hasta las diversas compulsiones y adicciones (“Clínicas españolas utilizan descargas en el cerebro contra la adicción a la cocaína”), y la agresividad o la violencia (“La ablación de la amígdala conlleva la desaparición de la conducta violenta”), o aún el autismo mismo (“El cerebro de niños autistas tiene un exceso de sinapsis”).
Esta ingenua (aunque no inocua) correspondencia –que algunos genetistas han denunciado y desmentido– hace del mínimo malestar subjetivo, un síndrome o un trastorno de base y causa neurobiológica, reduciendo al ser humano a un “autómata probabilístico”. Es decir, un ser cuyos estados mentales son funcionalmente isomórficos a una tabla de la “Máquina de Turing”. Máquina que permite que todo pueda ser explicado y calculado.
Como señala el texto de presentación del próximo Congreso de la Eurofederación de Psicoanálisis, PIPOL 9: “al sujeto contemporáneo seducido por la proposición de identificarse con su organismo … le gusta imaginarse como una máquina de potencialidades infinitas, al modo del ordenador”4.
El discurso de dominio de las neurociencias
Ha sido de actualidad en España una serie de noticias sobre un experimento, realizado en dos cárceles (españolas) a reclusos violentos, algunos homicidas, de estimulación eléctrica cerebral para reducir su agresividad, y su posterior paralización –por dudas sobre sus consecuencias y el consentimiento de los presos-, por parte del Ministerio del Interior5. Y aún, días después de tales noticias apareció un artículo crítico con dicha suspensión, firmado por un neurocientífico, titulado “No detengáis la naranja mecánica”6.
En el artículo, se hacían afirmaciones e inferencias del tipo: “Ciertas personas nacen con el lastre del lóbulo frontal dañado, o se dañó en la infancia y en el desarrollo del individuo”. Y dado que éste madura en la adolescencia y está implicado en la agresividad, eso explicaría los comportamientos adolescentes, “tan extraños para los adultos, propensos a la agresión y refractarios al argumento”.
Afirmaciones e inferencias tan extraordinarias, que más que a evidencia científica suenan a ciencia ficción, si no fuera porque tienen consecuencias sociales y subjetivas importantes. Y en defensa del experimento se dice que “no cayó del cielo, está basado en las neurociencias”, o que “suspender la investigación tendrá que basarse en la neurociencia”. Esto nombra a las neurociencias cognitivas, a lo neuro-esto, lo neuro-aquello, en el actual reorganizador de la civilización. La nueva religión que daría fe de la verdad. Y la fe, “expectativa segura de las cosas que se esperan, la demostración evidente de realidades”, (Hebreos 11:1), es incuestionable.
Entonces, el uso del término neurociencias no es para nada inocente en el intento de la tecno-ciencia y su aliado el mercado –“a los que la psicología no sólo abastece sino que se muestra deferente a sus estudios”7 de liquidar todo lo que no es controlable: la pulsión, el deseo, el inconsciente, el goce. Manteniendo al sujeto en una oscuridad en relación a su lectura del mundo. O aún más, buscando “producir incesantemente dicha oscuridad”8, por tanto sin reflexión, ni acción posible sobre su goce, lo que deja a los sujetos de la hipermodernidad en una infantilización generalizada.
Y con ello, cuantos más trastornos, más horizonte añorado de normalidad y más mirada segregativa.
A esta infantilización y a este aumento exponencial, no son ajenas las políticas de salud orientadas por un cognitivismo que ha logrado convertirse en la ‘psicología popular’ y dominante; sometidas al mandato de la industria farmacéutica, que convierte cualquier aspecto y afecto de la vida cotidiana en algo psicopatológico a terapeutizar y por tanto a medicar; y marcadas por una ambición científica que quiere predecir todo lo que concierne a lo humano, “abriendo –añade Peteiro– un camino hacia el autoritarismo científico que dice lo que es bueno y lo que es malo”9.
La orientación política del psicoanálisis
El psicoanálisis por su parte no retrocede en su apuesta por la escritura del inconsciente que no puede reducirse a cerebro o neurona alguna. Aunque tampoco a una versión oscurantista y en negativo del mismo.
Es esta apuesta por el inconsciente –en la medida que con ella se toma en serio el rasgo de pervivencia que nos hace “no como todos”– lo que permite al ser hablante que es el humano, encontrar un lugar propio en el mundo. Un lugar construido desde lo irreductible de su síntoma, que es índice de su goce. Tal apuesta (la del inconsciente) es a la vez la que posibilita el lazo social: uno por uno, pero no sin los otros
Pensar el lazo social, y también los derechos humanos, vinculados al goce y a síntoma es una orientación política. Es la orientación política del psicoanálisis.
Y como señala Eric Laurent, nos toca elegir entre hundirnos bajo la masa indiferenciada de la banalización o renovar las distinciones. Es decir, poner en primer plano una lógica más acorde con el respeto por las personas, su singularidad y su responsabilidad.
Y esto está en riesgo, si el humano es apenas considerado su cerebro. En el fondo no más que un “autómata probabilístico”.
Eugenio Díaz Massó es psicoanalista, reside en Barcelona.
AME de la ELP y de la AMP. Docente del Postgrado y del Máster ‘Actuación clínica en psicoanálisis y psicopatología” de la Universidad de Barcelona. Docente invitado del Máster “Psicoterapia psicoanalítica” de la Universidad Complutense de Madrid.
Autor del libro, Una pragmática de la fragilidad humana, EdiUOC, Barcelona, 2016.
*Este texto es una versión ampliada del publicado por el autor en el Blog de la Red Zadig España, a partir de otro publicado en el diario La Vanguardia en la sección El Diván, de fecha 6 de abril de 2019.
Notas bibliográficas:
1 Ver, por ejemplo el informe de la OMS: Neuroscience of psychoactive substance use and dependence, Washington, D.C: OPS, 2005. Y para un desarrollo crítico del mismo: Díaz, E., “Neurociencias del consumo y dependencia de sustancias psicoadictivas”, Freudiana 43, 2005, Paidós, Barcelona, págs.57-62.
2 Así lo ha mostrado Jean-Claude Milner, en su libro Las inclinaciones criminales de la Europa democrática, al señalar las terribles consecuencias de la aparición en el nomenclátor nazi de la palabra problema judío (Jugenfrage), y que no fue otra que la “solución final” (Endlösung), es decir el exterminio. Milner propone separarse de esta lógica para pensar lo social y también para pensar y hacer en la política. Milner, J.-C., Les penchants criminels de l’Europe démocratique, Verdier, París, 2003, págs.10-11.
3 Peteiro, J., El autoritarismo científico, Miguel Gómez ed., Málaga, 2011.
4 https://www.pipol9.eu/argumento/?lang=es
6Sampedro,J.,https://elpais.com/elpais/2019/03/08/ciencia/1552066284_842391.html
7 Lacan, J., “Posición del inconsciente”, en Escritos II, Siglo XXI, Bs. As., 1984, p. 811.
8 Anders, G., Nosotros los hijos de Eichmann, (1988), Paidós, Barcelona, 2001, p. 29.
9 Peteiro, J., El autoritarismo científico, op. cit.