Ezequiel Adamovsky – “‘El populismo’ está fuera de control”

No hay día en que no leamos columnas en la prensa norteamericana, europea o de América Latina que nos advierten sobre alguna amenaza ‘populista’ en algún lado, de Venezuela a Grecia, de España a Argentina. Incluso en Inglaterra o en los Estados Unidos se suele acusar a algunos políticos de ser ‘populistas’. Es como si fuese una especie de plaga desconocida: está por todas partes y nadie puede explicar cómo se ha expandido tanto.  ¿Pero qué quiere decir ‘populismo’? ¿Existe realmente una ‘amenaza populista’ que esté afectando a las democracias de todo el planeta?

Origen y degeneración del concepto

El término ‘populismo’ fue utilizado por primera vez hacia fines del siglo XIX para nombrar puntualmente a dos movimientos políticos. Apareció inicialmente en Rusia en 1878 como narodnichestvo, luego traducido como ‘populismo’ a otras lenguas, para referir a un grupo de socialistas que actuaban por entonces en ese país. Se los llamó así porque tenían posturas antiintelectuales y creían que los militantes tenían que aprender del Pueblo, antes que pretender erigirse en sus guías. Poco después, los marxistas rusos comenzaron a utilizar el término con un sentido diferente y peyorativo, para referirse a aquellos socialistas locales que se identificaban con el campesinado y con sus valores, antes que con los de la clase obrera[1]. Aparentemente sin conexión con el precedente ruso, populismo surgió también como término en los Estados Unidos luego de 1891, para referir al efímero People’s Party (Partido del Pueblo) que surgió entonces, apoyado principalmente por los granjeros pobres, de ideas progresistas y antielitistas. Como en Rusia, allí también el término adquirió de inmediato una connotación peyorativa.

Pero ‘populismo’ permaneció como un vocablo poco utilizado hasta la década de 1950. Solo entonces fue adoptado por la academia –entre otros por el sociólogo Edward Shils– aunque ahora con un sentido completamente novedoso. En la formulación de Shils, ‘populismo’ no refería a movimientos campesinos antiintelectuales, sino a una ideología que podía encontrarse tanto en contextos urbanos como rurales y en sociedades de todo tipo. ‘Populismo’ para Shils, designaba “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”[2]. Esa ideología podía manifestarse en una variedad de formas: el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el macartismo en Estados Unidos, etc. Movilizar los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites: eso era el populismo. ‘Populismo’ pasó así a ser el nombre en común para un conjunto de fenómenos que se apartaban de la democracia liberal, aunque lo hiciera cada uno a su modo[3].

En las décadas de 1960 y 1970 otros académicos retomaron el término, en un sentido algo diferente, para nombrar a un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente el peronismo en Argentina, el varguismo en Brasil y el cardenismo en México. Su tipo de liderazgo aparecía como el rasgo distintivo: era personal antes que institucional, emotivo antes que racional, unanimista antes que pluralista[4]. En este sentido, se los medía con la vara implícita de las democracias ‘normales’ (es decir, liberales) del Primer Mundo, que habían impulsado la expansión de derechos sociales de otros modos. En eso, estos trabajos se conectaban con los de los académicos como Shils: implícitamente compartían una mirada normativa sobre cómo se suponía que debían ser y lucir las verdaderas democracias. Así, en manos de los académicos, el concepto de ‘populismo’ mutó, de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a un uso más amplio, para designar un fenómeno ideológico y político más o menos ubicuo. Para la década de 1970 ‘populismo’ podía aludir a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una ‘ideología de resentimiento’.

En las décadas posteriores, los académicos expandieron todavía más los usos de la categoría. Desde 1990 lo retomaron los economistas, de la mano de Rudiger Dornbusch, doctorado en la Universidad de Chicago. Alejándose de los usos anteriores, Dornbusch propuso que existía un “populismo macroeconómico”, que definía a aquellos gobiernos cuya mirada económica “prioriza el crecimiento y la distribución del ingreso y no se preocupa por los riesgos de la inflación y del déficit en las finanzas, por las limitantes externas y por las reacciones de los agentes económicos frente a políticas agresivas que afectan el mercado”[5]. Este nuevo ‘populismo’ refería entonces a un tipo específico de políticas económicas, más que a un fenómeno del terreno de la política.

Pero por el mismo momento, otros académicos norteamericanos insistieron en utilizar la categoría para referir a un tipo de liderazgo carismático que surgía con fuerza, entre otros sitios, en América Latina (con Menem en Argentina, Collor de Mello en Brasil y Fujimori en Perú), caracterizado por su personalismo, por intentar movilizar apoyos entre sectores sociales heterogéneos (incluyendo los más bajos) y por proponer una visión supuestamente ‘antipolítica’. Otros académicos añadieron el uso de los medios de comunicación y el rechazo de las ideologías e identidades políticas modernas como rasgo de este “neopopulismo” o “populismo posmoderno”[6]. Este uso de la categoría que nos ocupa chocaba fuertemente con el que le daban los economistas de derecha, para quienes las políticas de alguien como Menem eran elogiables, justamente, porque se apartaban del “populismo macroeconómico”. La incongruencia entre ambos enfoques se volvió menos evidente luego del cambio de siglo, cuando otros liderazgos, como el de Chávez en Venezuela, reunieron tanto los rasgos económicos como los políticos que el término ‘populismo’ buscaba condenar.

Pero la degeneración del concepto en los años noventa no terminó allí. Porque hubo todavía otros académicos que lo describieron como un fenómeno propio de un plano que no era ni el económico ni el político. Como sostuvo un influyente sociólogo británico en 1992, existía un “populismo cultural” igualmente expansivo, definido como el pecado de quienes tendían a valorar más la cultura popular que las formas de cultura “seria”[7].

A pesar de sus contradicciones, todos estos usos de la categoría de ‘populismo’ tenían algo en común: para todos, el término tenía una connotación negativa. Podía costar ponerse de acuerdo en qué cosa era el populismo, sin embargo, estaba claro que era algo malo. Pero para complicar incluso más las cosas, un filósofo argentino de renombre mundial, Ernesto Laclau, propuso todavía un sentido más para nuestro término, completamente diferente, que acabó con ese único punto de consenso. Laclau llegó a la conclusión de que el impulso hacia una mayor democratización procede de las diversas demandas populares que existen en cada sociedad (por ejemplo, las que reclaman mejores sueldos, viviendas para los más pobres, menos violencia policial, educación para todos, un medio ambiente más saludable, etcétera). Pero, para poder avanzar en el sentido deseado, esas demandas deben “articularse” unas con otras: sin articulación, cada una permanece aislada e impotente. La unificación indispensable es tarea de la política: son las apelaciones y los discursos políticos los que las convocan a todas a imaginarse como un “pueblo” que lucha unificado contra las élites que detentan el poder y que obstaculizan su bienestar. “El populismo comienza –escribió Laclau– allí donde los elementos popular-democráticos son presentados como una opción antagonista contra la ideología del bloque dominante”[8]. ‘Populismo’, en su visión, no es ni un tipo de movimiento, ni una ideología, ni una forma de liderazgo, ni un modelo económico, ni una preferencia estética: es apenas un estilo de apelación política.

En verdad, usar ese viejo término no era indispensable. Laclau podría haber llamado a ese estilo específico de apelaciones de otro modo, por ejemplo, ‘popular-democráticas’ o alguna otra variante, en lugar de ‘populistas’. Pero el hecho es que decidió llamar a eso ‘populismo’, con lo cual, contrariamente a los académicos del pasado, le otorgó a ese término un sentido positivo. En su filosofía, el ‘populismo’ era el nombre de la necesaria y esperada “radicalización de la democracia”. Y desde entonces ya nadie pudo ponerse de acuerdo acerca de qué cosa era el famoso ‘populismo, ni en si era algo deseable o algo temible.

El fantasma del populismo llega a la Argentina

Así, en los debates académicos´, la categoría de ‘populismo’ adquirió tantos sentidos diferentes que llevó a que muchos cuestionaran su utilidad. Pero al volverse de uso común en los medios de comunicación y en los debates políticos, especialmente en las últimas dos décadas, se terminó de descontrolar completamente. Hoy casi cualquier cosa puede ser llamada ‘populismo’ en la prensa internacional. ‘Populista’ se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza para desacreditar a cualquier cosa o adversario, buscando asociarlo con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar o peligroso. No importa si se trata de un izquierdista radicalizado o de alguien de extrema derecha: si uno intenta llegar a la gente común, si critica a Estados Unidos (al menos antes de Trump), si tiene problemas con el curso que está tomando la Unión Europea o con su establishment político local, si propone que haya más políticas sociales o que los ricos paguen más impuestos, uno es un ‘populista’. Hasta Barack Obama fue acusado de serlo en su país. Por la frecuencia con la que se la utiliza en el habla cotidiana, una entidad española que se dedica al estudio de la lengua castellana la eligió ‘palabra del año’ del 2016. Y no es para menos: está por todas partes.

Por influencia de los usos a nivel global, en Argentina el término ‘populismo’ tuvo una deriva similar. Comenzó a utilizarse con alguna frecuencia en la década de 1960, entre académicos, para referir al proceso histórico de incorporación política de las clases bajas que había motorizado el peronismo, por comparación a movimientos similares en Brasil o México. En la década siguiente aparecía también como categoría central entre algunas figuras del liberalismo local, como Ricardo Zinn, para nombrar la ‘deformación de la democracia’ por el peso indebido de las masas en la vida política. La enfermedad del “populismo desenfrenado”, para Zinn, se había manifestado por primera vez con el yrigoyenismo y el peronismo no había hecho más que exacerbarla (por contraposición, el golpe de Estado de 1976 traía la esperanza de una “segunda fundación de la República”[9]). Una nueva ola de usos surgió en los años noventa, cuando se tradujeron y retomaron los aportes del hemisferio norte sobre el ‘neopopulismo’ y el ‘populismo posmoderno’ para aplicarlos a una caracterización del gobierno de Menem. Por la misma época, las ideas sobre el ‘populismo macroeconómico’ de Dornbusch –quien visitó la Argentina como amigo personal de Domingo Cavallo– tuvieron amplia difusión y a más tardar a mediados de los años noventa el término ‘populismo’ se hizo habitual en la prensa local, por caso, en las columnas de opinión de Mariano Grondona para La Nación.

Entrado ya el nuevo siglo, con la ola de gobiernos posneoliberales en América Latina, y especialmente con la crispación creciente contra el kirchnerismo, el término ‘populismo’ circuló frenéticamente y de manera tanto o más descontrolada que en el hemisferio norte, ahora usado no sólo por la prensa sino también por la gente común. El mote se aplicó indiscriminadamente no solo a gobiernos latinoamericanos en verdad muy diferentes (como los de Evo Morales y Cristina Kirchner), sino haciéndolo también extensivo a fenómenos mundiales totalmente disímiles. Por dar un solo ejemplo, la revista cultural del diario Clarín dedicó en 2016 un número especial a preguntarse “¿Qué sabemos de populismos?”[10], en el que se analizaban, como si perteneciesen a una misma familia, a los jóvenes antiautoritarios de Podemos en España y a Vladimir Putin en Rusia, al kirchnerismo y a los neonazis alemanes, al Papa Francisco y al partido xenófobo de Le Pen en Francia, a Donald Trump y al comunismo norcoreano. Al terminar de leer la revista uno no tiene la menor idea de qué cosa pueda unificar tal diversidad, pero sí aprendió a aplicarle un mismo rótulo y a considerar que toda ella conforma una misma amenaza ubicua y multiforme que se cierne sobre la democracia.

‘Populismo’ se transformó así, rápidamente, en uno de los términos más habituales del vocabulario político de los argentinos. Se lo aplicó a fenómenos de cualquier ámbito, de lo más disímiles y contradictorios. Intentar que las empresas no despidan personal es ‘populismo laboral’. Salir a timbrear, como hace Macri, también es sospechoso de ‘populismo’ (en versión cool). Interesarse por los pueblos originarios o criticar la Campaña al Desierto es obviamente signo de la misma enfermedad. Hay incluso una ideología del ‘garantismo populista’ que hace que los delitos queden impunes, curiosamente opuesta a la ideología contraria, la del ‘populismo penal’, que exige mano dura. El flagelo se extiende a la cocina, con un ‘populismo alimentario’ perpetrado por esos padres que dan de comer a sus hijos lo que ellos quieren[11]. Cualquier cosa es ‘populista’ hoy en día: el término está totalmente fuera de control.

Como sea, el par binario ‘el populismo’ vs. ‘la República’ organizó en los últimos años todo el debate público, compitiendo con el que a su vez propuso el kirchnerismo, que oponía a ‘las corporaciones’ contra ‘el pueblo’. Ambas narrativas fueron igualmente binarias y se empeñaron en dividir el campo político en amigos y enemigos. Algunos pocos kirchneristas contribuyeron a su modo a otorgar mayor credibilidad a aquella visión cuando, siguiendo las ideas de Ernesto Laclau, comenzaron a llamarse a sí mismos ‘populistas’ en sentido positivo, de manera de desafiar el sentido común según el cual ser ‘populista’ era algo malo. Eso alimentó el discurso de sus enemigos y les dio más motivos para creer que existe una ‘amenaza populista’ acechando la ciudadela de la democracia.

Una palabra que trafica ideología

En todos esos usos variados, dentro y fuera del país, ‘populismo’ parece poco más que un latiguillo que busca dar credibilidad conceptual a nociones más antiguas y menos sofisticadas, como ‘demagogia’, ‘autoritarismo’, ‘nacionalismo’ o ‘vulgaridad’. Se utiliza con frecuencia simplemente para desacreditar ciertas ideas o decisiones de política económica heterodoxas, asociando a las personas o gobiernos que las llevan adelante a cosas desagradables, como el nazismo o la xenofobia. Para decirlo en otras palabras, ‘populismo’ es un término que mete en una misma bolsa cosas que no pertenecen a un mismo conjunto y, al mismo tiempo, crea barreras mentales que nos impiden comparar cosas que son perfectamente comparables. ¿Por qué se agruparía bajo una misma etiqueta a gobiernos sudamericanos, que en general tienen leyes benignas para la inmigración, con los xenófobos y racistas de la derecha euroescéptica? ¿Por qué aplicar impuestos a los ricos es ‘populismo’ si lo hacemos nosotros, pero sólo una medida ‘socialdemócrata’ si lo hace Noruega? ¿Por qué las políticas económicas de Perón eran ‘populistas’ pero el New Deal de Roosevelt –en el que Perón se inspiró– era apenas ‘keynesiano’? ¿Así que la corrupción y el patronazgo son rasgos populistas? ¿Entonces por qué en España lo son los muchachos de Podemos, pero no los corruptísimos del Partido Popular? Se volvió habitual asociar a Argentina con Venezuela como dos formas extremas de ‘populismo’. Pero en realidad, en términos de estilos políticos, arreglos institucionales y políticas concretas, el gobierno kirchnerista se parece más al del Frente Amplio uruguayo que al de Maduro. ¿Por qué entonces rara vez se dice que Uruguay forma parte de la ‘amenaza populista’? Seguramente porque continúa siendo un país amigable para los norteamericanos.

En fin, ‘populismo’ se ha convertido en un término de combate profundamente ideologizado. Su valor como concepto para entender la realidad, si alguna vez lo tuvo, se ha extinguido. En los usos actuales, puede referir a una familia de ideologías, a una variedad de movimientos políticos, a un tipo de régimen, a un estilo de gobierno, a un modelo económico, a una estética, a un tipo particular de apelación política o literalmente a cualquier otra cosa. Todo mezclado y sin ninguna claridad analítica. ‘Populismo’ funciona obviamente como término peyorativo, orientado a desacreditar a quienes se lo aplica. Pero más importante que eso: se supone que las categorías que se proponen comprender la realidad agrupan fenómenos sociales similares para hacerlos más comprensibles. No hay nada malo en ello –de hecho es algo fundamental–, pero a condición de que se agrupe a los fenómenos según los rasgos propios que posean. Como categoría, ‘populismo’ hace exactamente lo contrario. El único rasgo que comparten todos los fenómenos que son catalogados con esa etiqueta no es algo que son, sino algo que no son. Se los agrupa no por sus rasgos en común, sino simplemente porque ninguno de ellos (cada uno a su modo y por motivos diferentes) se corresponde con el tipo de movimientos, estilos, políticos o políticas que los liberales occidentales tienden a apreciar. En los debates actuales, ‘populismo’ significa no mucho más que ser amistoso con la clase baja –sea en términos de políticas concretas o simplemente de manera discursiva– o tomar medidas (o tener ‘estilos’) que desagradan a las élites políticas, económicas o culturales. Porque, supongamos por un momento que manifestar cercanía hacia la clase baja fuera algo que se aparta de los ideales de las democracias ‘normales’, esto es, las que supuestamente dejan que el ‘pluralismo’ oriente una negociación cordial de todos los intereses sociales, sin preferencia por ninguno. Y supongamos que tal desviación fuera tan importante que requiriera todo un concepto para nombrarla: no es ‘democracia’ sino ‘populismo’. Aceptemos todo eso por un momento. ¿Cómo es entonces que no hay un concepto específico para nombrar la desviación opuesta, es decir, las ideas, actitudes, estilos o políticas que manifiestan cercanía con las clases altas y producen desagrado a las clases bajas? ¿Cómo es que tal apartamiento del ideal del pluralismo es simplemente una de las variantes aceptables de la democracia y no reclama una etiqueta especial que nos advierta sobre el peligro que implican? En la ausencia de respuesta a esas preguntas, la pretensión normativa del concepto de ‘populismo’ queda perfectamente clara.

Lo que quiero decir, en resumidas cuentas, es que ‘el populismo’ no existe. No hay ninguna ‘amenaza populista’ al acecho de nuestras democracias. De hecho, no hay una sino varias amenazas que pesan sobre la vida democrática. Y también existen varios modelos de democracia posibles. ‘Populismo’ nos hace creer que este escenario complejo de múltiples opciones y diversos peligros en verdad es sencillo. Se trataría de un escenario dividido en dos campos claramente distinguibles: por un lado la democracia liberal (la única que merece ser llamada ‘democracia’) y por el otro la presencia fantasmal de todo lo que no se corresponde con ese ideal y, por ello, debe rechazarse de plano. En otras palabras, ‘populismo’ nos invita a cerrar filas alrededor de la democracia liberal (es decir, una democracia de alcances limitados tal como gusta a los liberales) para combatir a un solo monstruo compuesto por todo lo demás, en cuyo cuerpo indiscernible conviven neonazis, keynesianos, caudillos latinoamericanos, socialistas, charlatanes, anticapitalistas, corruptos, nacionalistas, peronistas y cualquier otra cosa sospechosa. Y el problema es que esa forma de razonamiento nos impide ver dos hechos fundamentales. Primero, que dentro de esa masa de elementos ‘populistas’ hay algunos que definitivamente son una amenaza a la democracia, pero también ideas, experimentos políticos y organizaciones que tienen el potencial de ofrecer formas mejores y más sustantivas de democracia para las sociedades modernas. Y segundo, que el propio liberalismo, con sus valores individualistas, su ethos productivista y su compromiso irrestricto con los intereses de los empresarios es, de hecho, una de las mayores amenazas que corroen las democracias actuales.

 

Ezequiel Adamovsky es historiador,  reside en Buenos Aires.

Doctor en Historia, University College London (UCL) y Lic. en Historia, Universidad de Buenos Aires. Investigador Independiente del CONICET y ha sido Investigador Invitado, Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) en Francia. Autor de Euro-Orientalism: Liberal Ideology and the Image of Russia in France, c. 1740–1880 (Oxford, Peter Lang, 2006); Historia de la clase media argentina: Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003 (Buenos Aires, Planeta, 2009), entre otros. Distinguido con el James Alexander Robertson Memorial Prize (2009), Premio Nacional (Primer premio categoría historia) (2013), Premio Bernardo Houssay (2916).

 

* Este texto forma parte del libro El Cambio y la impostura: la derrota del kirchnerismo, Macri y la Ilusión PRO (Planeta, 2017). Una versión anterior había aparecido en la revista Anfibia.

 

Notas bibliográficas:

[1] Pipes, R., “Narodnichestvo: A Semantic Enquiry”, Slavic Review, vol. 23, no. 3, 1964, pp. 441-58.

[2] Houwen, T., «The non-European roots of the concept of populism», Working Paper No 120, Sussex European Institute, 2011.

[3] Ibid.

[4] Véase Weyland, K., de la Torre, C., Aboy Carlés, G., Ibarra, H, Releer los populismos, Quito, CAAP, 2004.

[5] Dornbusch, R., y Edwards, S., “Macroeconomic populism”, Journal of Development Economics, vol. 2, 1990, pp. 247-77.

[6] Weyland, K., “Neopopulism and Neoliberalism in Latin America: Unexpected Affinities”, Studies in Comparative International Development, vol. 31, no. 3, 1996, pp. 3-31; Piccone, P. et al., en el número especial de la revista Telos dedicado a la cuestión (marzo, 1995).

[7] McGuigan, J., Cultural Populism, Londres, Routledge, 1992.

[8] Laclau, E., Política e ideología en la teoría marxista, 3° ed, Buenos Aires, Siglo veintiuno, 1986, p. 202.

[9] Zinn, R., La segunda fundación de la República, Buenos Aires, Pleamar, 1976; Piccone, P. et al., Populismo posmoderno, Bernal, UNQUI, 1996; Novaro, M., “Los populismos latinoamericanos transfigurados”, Nueva Sociedad, no. 144, 1996, pp. 90-103; Nun, J., «Populismo, representación y menemismo», Sociedad, no. 5, 1994, pp. 93-121; “Las lecciones de Dornsbush”, La Nación, 2/6/1996. Una buena reconstrucción de estos debates en relación con los usos previos de “populismo” en Aboy Carlés, G., “Repensando el populismo”, Ponencia para el XXIII Congreso Internacional de LASA, Washington, 2001.

[10] Ñ, Revista de cultura, no. 664, 18/6/2016.

[11] Laría, A.F., “Derivaciones de la cultura populista”, EcosDiarios.com, 26/04/2016, http://www.ecosdiariosweb.com.ar/notas-de-opinion/2016/4/26/derivaciones-cultura-populista-44279.html; “Un año de Macri: nació el populismo cool”, Noticias, 7/12/2016; “La utilización populista de los pueblos originarios”, La Nación, 21/8/2016; “El corte por Botnia”, Diario de Cuyo, 5/06/2010; Gargarella, R., “Los errores del populismo penal”, Clarín, 23/4/2009; «‘Al nene no le gusta’: no caigas en el populismo alimentario”, Clarín, 4/11/2016.

 

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