No escribo en tiempo pasado, ni acerca de tiempos pasados exclusivamente, pues muchos pasados no han pasado, y cada día nos muestran que son presente y existen. Y algunos pasados que creímos pasados, sin gran base científica, han vuelto, o se han quitado el velo que los mantenía encubiertos. Por tanto ésta es una opinión y no una crónica, ni periodización, ni periodismo de datos.
En el sur del continente americano, hemos sido más hábiles en el último cuarto del Siglo XX en denunciar y caracterizar al terrorismo de estado genocida, que a la fase posterior a éstos, al que llamamos de transición a una democracia con implantes de silicona, ora europeos, ora americanos. Un pseudo sistema más deseado que real, moldeado en el Consenso de Washington post guerra fría, que no pasó de cáscara. Que delimitó las líneas verdes y las líneas rojas muy claramente. Jamás tocar los fundamentals del sistema oligárquico agro-primario exportador dependiente.
Las verdes, regímenes neoliberales de máxima apertura al capital especulativo, garantía absoluta de rentabilidad del capital golondrina no name, ingreso y egreso, incluso a costa de que los estados nacionales los subsidiara y custodiara sus posiciones dominantes de mercado con adecuadas leyes de opacidad, marcas, patentes, baja carga impositiva y endeudamiento si fuere necesario. La representatividad, la soberanía popular, sólo una simulación o ilusión óptica con matices, mientras se concretara una nueva campaña de conquista forjada desde los comienzos del Siglo XXI. Las líneas rojas, refieren a jamás tocar e incluso elevar a rangos constitucionales de los estados neo coloniales, la prohibición de nacionalizar, cooperativizar, expropiar al capital en cualquiera de sus formas, financiero, productivo o terrateniente. Así como no desmontar los núcleos duros del sistema de dominación, desde el brazo represivo operativo de inteligencia y contrainteligencia militar formal y encubierto de control de las poblaciones nativas intra y extra fronteras, hasta el brazo fiscal-judicial-policial, que conforman la pinza del control social en cada jurisdicción y que de acuerdo a necesidad y urgencia, colabora con otras jurisdicciones amigas.
Los tiempos de plomo, lugar común de la toma del poder político directo de dictaduras cívico-militares de la segunda mitad del Siglo XX, tienen antecedentes de múltiples colaboraciones bilaterales y multilaterales anteriores, en cuanto el riesgo de perder el control fuera tan sólo una posibilidad asentada en los gabinetes de la inteligencia militar de algunos de los cuasi estados del sur o del Comando Sur. Quiero decir, que la conocida Operación Cóndor, que naciera formalmente en diciembre de 1975, fue precedida por muchas operaciones neo coloniales clandestinas y no clandestinas anteriores, bilaterales y multilaterales. En una práctica consuetudinaria donde las oligarquías locales, depositarias del ser nacional de cada cuasi estado-nación (dueñas de la tierra, la ley, el mango, el orden y el progreso), si bien tuvieron sus conflictos de intereses sangrientamente resueltos, en forma simultánea o inmediatamente posterior, coordinaron operaciones transnacionales para eliminar internos enemigos comunes, reales, imaginarios sobredimensionados del poder del capital. La persecución y eliminación de facto de movimientos anarquistas, comunistas, agraristas, pueblos originarios enteros, llenarían bibliotecas del mundo, y llevaría mil años juzgarlas por una Corte Penal Internacional, al margen del voluntarismo y desespero garantista compasivo de alguna que otra alma ilustrada en derecho. Hablamos de la existencia misma de estos cuasi estados neo coloniales como asociaciones ilícitas para delinquir, que paradójicamente, tienen la ley en la mano, y potencias militares a mano, si con la ley y el garrote interno no alcanza para sostener un orden cuya base es la injusticia estructural creciente.
A fuerza de ser repetitivo, no podemos entender la composición genética de cada estado nación, sin conocer el gen de cada oligarquía que la controla. Y no podemos comprender a estas oligarquías del sur del continente sudamericano, si no comprendemos sus parentescos, cuitas, grescas y componentes, que debemos por convención, llamarlas transnacionales, aunque para estas oligarquías, sólo sean temas intrafamiliares, supra estatales, donde el vulgo, el pobrerío, el negrerío, y demás colectivos, no deben meterse bajo riesgo de muerte.
Los tiempos de goma (de balines hablo), los transitamos actualmente y su devenir es incierto aunque previsible. Las pseudo democracias blandas que en menor o mayor grado supieron cumplir el rol de simular estar en el mundo occidental, con instituciones formales, suplen y sabemos hasta cuándo y por qué, en cada caso en los inicios del Siglo XXI, a las duras dictaduras cívico-militares. Las oligarquías ensayan la tercerización de la administración de los gobiernos sin perder el control y el poder real. Y esta modernización conservadora tiene éxito en donde gerentes formados en el neoliberalismo compasivo, administran con buena letra el máximo rendimiento del capital y mantienen una equilibrada desigualdad con alto consenso social. Incluso con alguna que otra política comunicacional de transparencia con derechos humanos suaves y acotados a jamás pisar el callo oligarca del pasado y su herencia en el presente. Una política de derechos humanos que condene la estructura y el carácter sistemático del terrorismo de estado genocida no es bien vista. De allí sobreviene la demolición mediática hegemónica, el golpe, el desplazamiento, la destitución, para retornar al statu quo previo. Retirar las cartas, volver al mazo y dar de vuelta. Ésta vez, mejor marcadas. Las oligarquías son estructuras humanas de inmensa injusticia. Pero a veces se equivocan. Recalculan, y como una gran familia, tejen sus recambios, con plomo, con goma o con votos.
Federico Tatter, reside en el Cono Sur Americano.
Ex investigador de la Comisión de Verdad y Justicia, Paraguay. Investigador y querellante en Cóndor, Argentina. Investigador causas lesa humanidad.