Tus miedos, tus sufrimientos, tus imposibilidades ¿son exactamente siempre las mismas que las de cualquier otro?
Bueno, hay quien quiere que creas que sí.
El proceso estadístico efectuado sobre el síntoma ya desde el manual de psicodiagnóstico llamado DSM, encuentra una profundización en la generalización de las técnicas de imaginería cerebral, puesto que las investigaciones actuales en neurociencia se proponen reducir lo visible del síntoma a lo visibilizable de la interacción neuronal y neuroquímica. Esto, enunciado y generalizado como un discurso del saber, se quiere mostrar como paradigma de lo más nuevo sobre la salud de las personas y se instala, cimentado en la postulación de lo que se pretende una ciencia objetiva, como siendo el único enunciado válido sobre lo real.
Y supone tres consecuencias. En primer lugar, un síntoma concebido como igual en (y para) cada individuo (indiviso, monolítico y transparente). En segundo lugar, como consecuencia de la primera, una reducción de la persona a su cerebro, lo que implica hacer equivaler la vida a la función cerebral y el ser humano a lo que ese órgano representa. Tercero: la actualidad de la estandarización de la evaluación y de las técnicas de la praxis desde un enunciado del saber que deja fuera lo singular del sujeto (tanto la singularidad como la subjetividad).
El cuerpo y la subjetividad de cada uno se encuentran así reducidos a ser efecto y efector de su cerebro. Esto quiere decir que su estado se supone identificable vía manejos cerebrales y neuroquímicos, pero además promete que resulta intervenible con facilidad para modificar esos estados neuronales y neuroquímicos que fundamentan su padecer.
Cierta práctica de la neurología, hoy muy extendida, se erige como poder de enunciación sobre la verdad profunda del padecer subjetivo, ordenando para éste evaluaciones, prácticas e intervenciones medicalizadas (por ejemplo las tan utilizadas evaluaciones neurocognitivas que, invariablemente, llevan a la medicación ‘indispensable’). En función de ello, la psiquiatría, si bien continúa en su accionar con la clínica del uno por uno, responde con una aceptación de la cura así estandarizada, puesto que utiliza como principal recurso esa medicación, muchas veces múltiple, para su intervención. En la práctica diaria se constata que los médicos, si bien aún se denominan a sí mismos psiquiatras, se ubican más cómoda y naturalmente del lado de la neurociencia que del lado de la psiquiatría clásica, elevando a la dignidad del axioma la explicación neuronal y el consecuente tratamiento mediante interacciones químicas. La descripción sintomática del DSM y las de la psiquiatría médica dieron paso a la consideración del déficit, exceso o mal funcionamiento de neurotransmisores y otros químicos en función de buscar un balance o compensación de estos. O de la ‘correcta’ graduación de los mismos según el estado-efecto esperado. Así, la consideración de tales funcionamientos desviados, déficits o excesos, químicos o funcionales, aplican a cualquier sistema nervioso-cerebral, no sólo a lo patológico.
O, mejor dicho, patologizan todo (todo puede ser ajustado) y extienden su aplicación en pos de un estado deseable de normalidad o efectividad. Por ello, la educación, la economía, las relaciones personales, cualquier ámbito de la vida resulta redefinido desde el parámetro de la neurología y la neurociencia; hay hasta ‘Neurociencia para presidentes’1, como ejemplo de la publicación masivizada sin el menor sustento epistemológico.
En relación a esto, hay tres aspectos que conviene tener en cuenta como fundamentación de una crítica posible:
- El reduccionismo operado sobre lo psíquico y lo subjetivo en dirección a lo nervioso-cerebral, lo que fundamenta un centralismo de sus análisis y generaliza el correspondiente sesgo explicativo.
- La metodología inductiva de sus investigaciones presentada como deducción (con el resultado de postular conclusiones de una verdad necesaria donde no hay garantías de tal cosa).
- La hipotetización previa con su consecuente búsqueda de información, en contra de los métodos de falsacionismo esperables en toda ciencia honesta.
La neurociencia, que miente desde su nombre, en tanto sus bases científicas no se apoyan sino en la estadística y la probabilidad (es decir, en la endeble base de la inducción), se instala como un enorme aparato de marketing para un mercado que se amplía y crece, en tanto sus tratamientos son habitualmente medicamentosos.
Es necesario, entonces, considerar lo anterior, porque podemos pensar que esto responde a la potente propaganda de los laboratorios, que hipertrofian su división ‘neurociencia’, antes llamada psicofarmacológica. Responde a ello, pero también se instala como base para que el crecimiento de ese mercado de fármacos se acelere.
Pero, tratado de este modo, nada de ello es la especificidad psicoanalítica: no son esos los puntos en que el psicoanálisis puede hacerse presente. Entonces ¿cómo no hacer un alegato filosófico-político en contra de las neurociencias? Una respuesta posible sería tomar, de esos puntos antes detallados, algunos elementos para delinear un eje sobre el cual trazar una fundamentación desde el psicoanálisis.
Manipulación de datos: para todos
En psicoanálisis contamos: sujeto, uno; registros que lo constituyen, tres (real, simbólico e imaginario). Punto. Ir más allá sería complicarse, decía Lacan. Pero la neurociencia quiere más. Porque no le alcanza con contar hasta tres o cuatro. Ellos necesitan números más grandes. Y dicen que son tan grandes que pueden, por ejemplo afirmar que 87 casos (¿es tan grande ese número?), de los que excluyen 24, alcanzan para establecer un para todos2. En el manejo del número se evidencia que tras una ciencia que se quiere deductiva se esconde la vergonzante inducción. En un simple relevamiento de papers y de la biblia de la neurociencia3 se encuentra que la validez sumamente restringida de sus experiencias se diluye en una enunciación legaliforme que estipula lo general como resultado necesario. Hacen exclusiones de los sujetos ubicados en el casillero de lo no-estándar en sus investigaciones, pero concluyen sin excluir a nadie. La singularidad que los dejó afuera del experimento queda subsumida, borrada, anulada en su aplicación.
Manipulación de imágenes: todo a la vista
En psicoanálisis sabemos que imaginarizar lo real es una forma de desembrollarse de eso real. Desembrollarse quiere decir arreglárselas-con, pero hay variados modos de hacerlo. Y puede ocurrir que desembrollarse de lo real signifique, en lo que a los cuerpos refiere, barrerlo bajo la alfombra.
Pensemos en una resonancia magnética de exploración cerebral. En momentos específicos se iluminan zonas específicas de lo que muestra la pantalla. Los papers de investigación afirman que, por ejemplo, esos eventos demuestran que hay “correlatos neuronales entre la irritabilidad en la desregulación del estado de ánimo disruptivo y los trastornos bipolares”4. El riguroso método utilizado es el fundamento de su aseveración: en suma, si te enojás y sos bipolar, es por ese pedacito de cerebro iluminado en la pantalla. El método forcluye lo causal haciendo de él apenas una correlación, la forma más vacía de conocimiento. Sin embargo, lo imaginario coagulado se ofrece como presencia de lo real. Lo que no es sino representación expone una realidad tan verdadera que presenta la ficción que le es inherente como evidencia del ser de la cosa. Según esto, para aquello que existe allí donde no alcanzamos a verlo, sólo se requiere precisar los parámetros de visualización. El cerebro, así, se desembrolla en imágenes modificables según se lo necesite, y el psiquismo de la persona queda plasmado en instantáneas sucesivas y ajustables del mapa neuronal.
Usemos la misma metodología, ampliemos el área de la observación: observaremos que es el sujeto padeciente el que se reduce a lo que padece su cuerpo, y eso se reduce aún más a una serie de imágenes del cerebro.
Es una momificación: hechura para conservar la apariencia del cuerpo5, dice Lacan en el seminario Momento de concluir.
“En lo que se llama el hombre hay más de un agujero, es un colador”6. Sin embargo no hay agujeros ni vacíos en la imagen neurocientífica; si hay agujero es patología: faltan neuronas. El cuerpo así representado es el fantasma del cuerpo (para la ciencia misma y para el individuo sujeto a esa ciencia). Entre el cuerpo como agujero y esa imagen reina, se interpone un saber tejido de fantasmas. Lejos de toda dificultad para imaginar lo real, la ciencia tiene efectos que sostienen al fantasma, quien “creeneso” (uso un neologismo de Lacan en ese seminario7). La ciencia misma es un fantasma, anticipaba Lacan8.
¿Y qué hacen con los que creen? Bueno, la respuesta es simple: les venden. La propia neurociencia lo justifica: “dado que las bases neurocientíficas de los comportamientos son mejor comprendidas, nuevos aspectos de aplicación en problemas de la vida cotidiana emergen, como la toma de decisiones o la información necesaria para ella, o la predicción de funcionamiento neuronal en los individuos”9. Al fantasma, que siempre quiere creer, le venden una útil manipulación neuronal, desde cirugías hasta tratamientos cognitivos y cocteles de medicamentos. Además de la “predicción”, esencial para los tratamientos médicos controlados.
Así, con lo neuronal se hace manipulación: mani pulite, manos limpias, asépticas, médicas, serias, confiables, tranquilizadoras.
Pero, citando nuevamente a Lacan10: “entonces, ¿qué quiere decir conocer? Conocer su síntoma quiere decir saber hacer con, saber desembrollarlo, manipularlo. Lo que el hombre sabe hacer con su imagen corresponde por algún lado a esto, y permite imaginar la manera en la cual se desenvuelve con el síntoma. Se trata aquí del narcisismo secundario, que es el narcisismo radical, estando el narcisismo llamado primario excluido en este caso”.
El narcisismo opera, a modo de defensa contra lo real, una manipulación de las imágenes para desembrollar al sujeto. Esas manos científicas son tranquilizadoras porque no hay relación narcisista primaria con una imagen positiva. La relación se establece con la falta de imagen, con el agujero en el cuerpo.
Y el sujeto también intenta tranquilizarse (en las selfies, en la generalización de la necesidad de dar-a-ver, en el uso del Photoshop -al punto que se hace necesaria la leyenda ‘la imagen de la figura humana ha sido retocada y/o modificada digitalmente’ en las publicidades gráficas-, o en las cirugías estéticas y tatuajes). Como es evidente, la técnica y la ciencia ayudan en este desembrollarse mediante lo imaginario estructurado como superficie cerrada toda visible, y… por supuesto: vende.
Como la neurociencia.
Pero la misma neurociencia se pregunta por qué tiene tan poca efectividad clínica11.
En el seminario R, S, I Lacan ubica entre real e imaginario a la angustia, y esa es la razón por la que Eric Laurent decía, años atrás, en la UBA, que “la buena noticia es que, gracias a la angustia, nada de esto funcionará”12. Sin embargo, esto se aclara cuando Lacan pone entre imaginario y real a la inhibición: ‘estamos esencialmente inhibidos de imaginar lo real’13.
¿Lo real de qué?
Del agujero en el cuerpo, de lo que el psicoanálisis conocemos como la inexistencia de la relación sexual, ese encuentro fundamental con lo incognoscible del Otro sexo, en tanto esa alteridad es irreductible.
Y si no se puede imaginar, si la manipulación imaginaria (por más limpia que se le presente) no alcanza…
¿Qué hacer?
Otra manipulación: una manipulación “conveniente”14, dice Lacan; es decir, una que funcione. Aunque advierte que es una manipulación difícil15. Postulemos, entonces, que se trata de una manipulación efectiva pero más sucia y trabajosa, una que meta las manos en el barro del síntoma. ¿En qué se diferencia una manipulación impoluta de una de esas difíciles, con las manos en lo imperfecto, lo sucio?
Pongamos de un lado una manipulación que apunta a un resultado que encuadre en las expectativas, algo bien estipulado, detallado y compacto; extrapolable, generalizable. Tanto la manipulación que le da lugar como el resultado mismo estructuran un sistema, y ese sistema debe ser perfectamente concebible como un conjunto de enunciados legaliformes, puesto que se trata de algo aplicable a todo sujeto en toda ocasión. Esa manipulación es del orden del hacer, pero no uno indeterminado, sino un saber-hacer. Jacques-Alain Miller dice que “el saber hacer es una técnica para la cual hay lugar cuando se conoce la cosa de la que se trata y pueden definirse reglas reproductibles, enseñables”16; y este saber hacer pone énfasis en el saber científico (aunque sea cuestionable su cientificidad). La manipulación limpia juega su partida en etapas preconcebidas, entonces: explicita su conocimiento de la cosa a partir de inmaculadas investigaciones, generaliza a partir de exclusiones muy controladas, y digita el procedimiento a realizar con una precisión orgullosa.
Pero, del otro lado, hay otro tipo de manipulación: esa que se pone de manifiesto en las manos sucias del que las usa para trabajar. Como casi todo trabajo manual puede ser poco calificado, no se presupone la posesión de conocimientos profundos y detallados sobre cada parcela del tema en particular. Es más, puede tranquilamente entenderse que haya allí, en lugar del conocimiento, del concepto y su parametrización, un agujero. Lo único que se necesita es que la cosa ande, funcione, en cada caso en particular, al menos. Hay, en ese tipo de manipulación trabajosa, lugar para lo desconocido y lo contingente, para la sorpresa, a condición de saber… arreglárselas. Puesto que es el único tipo de saber puesto en juego en esa manipulación que ensucia las manos, el saber arreglárselas va a ser siempre singular, no se puede sacar de él un manual, una descripción general o una ley; apenas se puede trasmitir algo de lo singular. Es una práctica que sigue su camino sola, dice Miller17. Es imprecisable porque trabaja con lo imperfecto como condición, y es cuidadosa porque con el agujero de la formalización conceptual18 nunca se sabe ‘a ciencia cierta’, se desconoce, y este desconocimiento es obligado. Ni ciencia ni teoría, es simplemente un mover bien las manos en la masa, una praxis. Es lograr, cada cual a su modo, que la cosa funcione: una praxis de lo singular.
Inaceptable, obviamente, para la neurociencia y la industria de los psicofármacos, con su implacable búsqueda del para todos.
Gabriel Vulpara es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Miembro de la EOL y la AMP, psicoanalista en el Municipio de Lomas de Zamora y en Clínica neuropsiquiátrica San Michele, maestrando en clínica psicoanalítica UNSaM- ICDeBA.
Notas bibliográficas:
1 Golombek, D., Bar, N., Neurociencia para presidentes, Bs. As., Siglo XXI, 2017.
2 Wiggings, J., et al., “Neural correlates of irritability in disruptive mood dysregulation and bipolar disorders” (Correlatos neuronales entre la irritabilidad en la desregulación del estado d ánbimo disruptivo y los trastornos bipolares), Americal Journal of Psychiatry, Vol. 173, Issue 7, july 2016, pp.772-730.
3 AA.VV , Fundamental neuroscience,Third edition, New York, 2008.
4 Elsevier Wiggings, J, et al. op cit.
5 Lacan, Jacques, Seminario 25, El momento de concluir, Inédito, clase 5, 17 de enero de 1978.
6 Lacan Jacques, Seminario 25, op. cit., clase 5, 17 de enero de 1978.
7 Lacan, Jacques, Seminario 25, op. cit., clase 3, 20 de diciembre de 1977.
8 Lacan, Jacques, Seminario 25, op. cit., clase 1, 15 de noviembre de 1977.
9 AA.VV (2008), op. cit., p. 6.
10 Lacan, Jacques, Seminario 24, L´insu que sait de l´une-bevue s´aile a mourre, Inédito, clase 1, 16 de noviembre de 1976.
11 Walkup, J. Antidepressant Efficacy for Depression in Children and Adolescents: Industry- and NIMH-Funded Studies (Eficacia de antidepresivos para la depresión en niños y adolescentes: Industria y estudios basados NIMH), Americal Journal of Psychiatry, Vol. 174, Issue 5, may 2017 p.430-437.
12 Laurent, Eric (2007) Los órganos del cuerpo en la perspectiva psicoanalítica, Bs. As.: JVE, p. 27.
13 Lacan, Jacques, Seminario 24, op. Cit. Clase 1, 16 de noviembre de 1976.
14 Lacan, Jacques, Seminario 25, op. Cit., clase 12, 9 de mayo de 1978.
15 Lacan, Jacques, El seminario, libro 23, El sinthome, Bs. As.: Paidós, p. 53.
16 Miller, Jacques-Alain (2005), El Otro que no existe y sus comités de ética, Bs. As.: Paidós, p.443.
17 Miller, Jacques-Alain (2005), op. cit., p.445.
18 Lacan, Jacques, Seminario 24, op. cit. clase 1, 11 de enero de 1977.