0. Rosa
En Pasiones terrenales de Maximiliano Crespi se pone a prueba una pregunta de Gramsci: ¿es posible “amar a una colectividad sin haber amado a criaturas singulares”? El autor no responde, dejando que cada caso (Marx, Benjamin, Rosa Luxemburgo, Gramsci, etc.) responda por su cuenta y nos instruya sobre la inmixión del sujeto enamorado en su militancia revolucionaria. En el epílogo fuera de lo común, el trío de Lenin, su esposa y su amante dan la nota que nos interesa.
En los tempranos prolegómenos de octubre, Lenin se interroga particularmente sobre lo que, decía, Turgueniev le había enseñado sobre la concepción que Vladimir Illich consideraba revolucionaria, de “la santidad del amor”: el amor desganado no debe continuar. Quería orientarse en los problemas que planteaban a la revolución por venir, la sexualidad, el amor libre, la monogamia y la liberación femenina aunque consideraba que ningún aspecto particular podía resolverse fuera de una transformación de la estructura. Su esposa era su compañera pero fue su amante, una feminista bolchevique radical, quien puso el fuego no sólo en los cuerpos sino en los temas que se encarnaron en él. A contrapelo de lo que había aprendido con Turgueniev, decidió separarse de su amante al considerar que el Partido estaba antes que el amor, una vez que estuvo en el poder. Sin embargo, la carta de amor toma su relevo en el mismo punto cuando los amantes discuten acaloradamente a causa de un panfleto sobre el amor libre que ella está redactando y que, consecuente, practicaba con esmero. Él le recomienda prudencia y le aconseja suprimir la reivindicación femenina a ese amor ya que la considera burguesa, no proletaria. Vale la pena enterarse de la sutileza de la discusión que él presenta. En realidad, lo que estoy preguntando es qué se puede entender por “reivindicación: 1. ¿Que la mujer se vea libre de todo cálculo material (financiero) en cuestiones de amor?; 2. ¿Que se vea también libre de toda preocupación material?; 3. ¿De los prejuicios religiosos?; 4. ¿De las prohibiciones del “cabeza de familia”?; 5. ¿De los prejuicios de la “sociedad”?; 6. ¿De la mezquina atmósfera (campesina, pequeñoburguesa o intelectual-burguesa) del medio ambiente?; 7. ¿De las trabas de la ley, de los tribunales, de la policía?; 8. ¿De la “seriedad” en el amor?; 9. ¿De la procreación?; 10. ¿De la prohibición del adulterio? (…) en la sociedad moderna son las clases más locuaces, las más alborotadoras y las “mejor situadas” las que bregan por la idea de “amor libre” restringido a los puntos 8-10. Esa no es una reivindicación proletaria sino una reivindicación burguesa. En la perspectiva del proletariado, lo determinante son los puntos 1-2 y luego los puntos 3-7, pero eso no es lo que de corriente se define como “amor libre”. El quid de la cuestión (…) es hacer foco en la lógica objetiva de las relaciones de clase en las cuestiones del amor”1.
Inessa, la amante de Vladimir, Rosa Luxemburgo y tantas otras de ese tiempo, eran militantes feministas por la revolución social, teórica y sexual, pruebas del grado del progreso –si cupiera la palabra– del feminismo a principios del siglo XX, en Europa.
1 . Julieta
Para medir la distancia –más que geográfica– con el feminismo en la Argentina, basta evocar un sintagma que Marcela Nari forja en su tesis doctoral: maternalismo feminista.
La figura de la sufragista surge en el corazón del protestantismo, Gran Bretaña, impulsando la lucha dura o moderada (las sufragettes) por el voto femenino; la resistencia masculina optó por el arma irresistible de la ridiculización (hay que recordar cómo se las presentaba en los films ingleses y norteamericanos enfundadas en negros vestidos que no mostraban más que sus caras solemnes cuando no agrias, evocando el revés de las lujuriosas Rosas del continente); el feminismo tuvo que luchar contra esa significación también en la Argentina cuando hacia 1910 –fase combativa por el voto y otros derechos civiles– Julieta Lanteri reúne el Primer Congreso Feminista Internacional y funda el primer partido feminista argentino. Eso se reprodujo sin cesar en las primeras tres décadas del siglo, ya que 1932 produjo un corte decisivo. La ley del voto femenino, que estuvo a punto de sancionarse no ocurrió, y Dora Barrancos se pregunta si las divisiones del movimiento de mujeres no habrían contribuido a ese fracaso por lo cual hubo que esperar 15 años para obtenerla.
Algo sucedió para que otra feminista dijera en 1967 que “De pronto, en forma espectacular y sin que nadie lo presienta, llega la ley”2 pero que, respecto del feminismo, “hace ya muchos años que la palabra ha desaparecido del léxico corriente y que sólo representa el recuerdo de un momento particular de la vida femenina en nuestro país”. Eso no impidió que ella misma afirmara que, a partir de los ‘60, las mujeres se entregaran con ardor al activismo político.
2. Eva
Pasó Eva.
Pasó “la enérgica decisión de Eva Perón”, aunque la misma Barrancos que dice esto nos informe que Eva eriza a las feministas por su falta de identidad feminista y, sin embargo, avanzando en sus reivindicaciones. Presentándose como quien dirige el Partido peronista femenino Eva disputa sin miramientos el terreno feminista: “¿Cómo va Ud. –me decían– a dirigir un movimiento feminista si Ud. está fanáticamente enamorada de la causa de un hombre?”
Precisamente la diferencia que introduce Eva en esas luchas es dicho por ella sin ambages: “lo único que introduje en el campo de estas luchas fueron sentimientos así por Perón”; en este amor “no se puede decir ya si el amor por la causa es mayor o menor que el amor por el hombre de esa causa”.
Es lo que la separa e incluso la atemoriza, dice, del feminismo que identifica lisa y llanamente con las sufragistas a las que define como un fracaso (a pesar de ser más preparadas que ella) que las ha dejado resentidas con la mujer y el hombre; para ella, es el despecho por no haber nacido hombres.
Si bien define a la mujer en relación al hogar, éste es el significante del amor: si falta amor en el mundo es porque falta la mujer, porque las mujeres quieren ser como los hombres. En definitiva, Eva es más feminista que las feministas al desdoblarse en Eva (la que se hace representar como Primera dama) y Evita, la que actúa por amor, un amor que la acerca a Dios: ella es un gorrión y Perón el cóndor que vuela cerca de Dios.
La citada Marcela Nari, en la segunda parte del título de su tesis “Del maternalismo feminista al maternalismo político” encuentra que hasta la década del ‘40 las mujeres en la política también se cobijaron bajo el significante “madre”. Por el contrario, la aparición de Eva cambió las cosas y puede ser una respuesta a la pregunta de Gramsci ya que las Rosas que Crespi nos presenta no permiten hacerlo.
3. Las psicoanalistas
En 1958 Lacan formula su hipótesis acerca del surgimiento del psicoanálisis (una falla del objeto de amor similar a la que hizo surgir el amor cortés), hipótesis que modula en 1973: el discurso científico provocó una subversión del conocimiento haciendo vacilar el fantasma que permite suplir lo que no puede decirse dado que no hay relación sexual; el desarrollo de ese discurso llegó hasta un punto en el que hablar de amor se convirtió en una pérdida de tiempo, por eso la respuesta del sujeto para seguir hablando, tanto la del amor cortés como la del psicoanálisis, fue inventar un dispositivo mediante el cual lo único que se hace es hablar de amor, a pura pérdida.
Si situamos la entrada del psicoanálisis en la Argentina en 1910 (indicación de Freud), momento en el que las feministas hacían oír su voz también en nuestro país, comprobamos que no hay mujeres con nombre propio en esa temprana aparición del psicoanálisis. Con la fundación de la APA en 1942 las mujeres se dejaron llevar por el psicoanálisis en un número creciente. Se hicieron también un nombre que, en algunos casos y hacia mediados de los ‘60, fue anudándose a la práctica política ‘revolucionaria’, como en el caso de Marie Langer.
Marie era kleiniana, como era de estilo en su tiempo y, aunque citara a Simone de Beauvoir, se lamentaba, en su Maternidad y sexo, de que la liberación femenina hubiera perturbado el deseo de las mujeres por ser madres; Lacan la podría haber orientado si hubiera leído su contemporáneo texto sobre la sexualidad femenina donde “es cosa que no ofrece duda” (¡) que la Klein había promovido con los fantasmas sobre el cuerpo materno, una conceptualización de la sexualidad femenina que Lacan lleva hacia la erotomanía al final del texto.
Es que, hasta que esa segunda ola del feminismo entreabierta por Simone dejó de interesarse sólo por los derechos y comenzó a investigar sobre el ser de la mujer, el feminismo y el psicoanálisis habían sido negligentes con la Weiblichkeit tanto en Europa como en la América del Norte y, en consecuencia, en la Argentina que miraba hacia allí. Las mujeres en movimiento en nuestro país, en cambio –y es lo que queremos plantear– siguieron el surco del amor trazado por Evita, un amor que, para ella como para Vladimir Illich, no puede ser adjetivado con la palabra “libre”; el amor debería ser adjetivado “femenino” acercándose a lo sagrado cuando Dios está en el camino. No el Dios puro amor del cristianismo que no sabe de odios y, por lo tanto, sabe menos que los mortales: “Así podría decirse que, mientras más se preste el hombre a que la mujer lo confunda con Dios, o sea, con lo que ella goza, menos odia, menos es (…) y, como no hay, después de todo, amor sin odio, menos ama.” Enodiar ha sabido traducir el novelista.
A la altura de la frase que citamos, Lacan estaba siendo acosado por sus feministas de la segunda ola; poco tiempo después, en la Argentina leíamos Encore; de este modo, Lacan reorientó notablemente la inserción de las mujeres tanto en el psicoanálisis como en la política, feminista o no, tal como las concebía Marie Langer, pues también interviene en esa reorientación el alto impacto del golpe del ‘76.
Hoy los feminismos han vuelto al centro de la escena y algunos han planteado una guerra de derechos; ¿han olvidado otra vez lo que pusieron sobre la mesa la segunda ola, Evita, Ivan Illich, Lacan, etc.?
Un feminismo cortés, ¿por qué no?
En cuanto a las (los) psicoanalistas….uedp.
Graciela Musachi es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Analista miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (AME), Presidente de la EOL (2006-2007), Vicepresidente de la Fundación Descartes.
Notas bibliográficas:
1 Es decir, los puntos 8-10.
2 Hay que entender que este “nadie” es la que lo dice desnudando así su posición política ya que todos sabían lo que había pasado.
Bibliografía:
Crespi, M., Pasiones terrenas. Amor y literatura en tiempos de lucha revolucionaria, Taurus editores, Buenos Aires, 2019.
Barrancos, D., Inclusión/Exclusión. Historia con mujeres, FCE, Buenos Aires, 2002.
Sosa de Newton, L., Las argentinas de ayer a hoy, Ediciones Zanetti, Buenos Aires, 1967.
Perón, E., La razón de mi vida, Ediciones Peuser, Buenos Aires, 1951.
Lacan, J., “Ideas directivas para un Congreso sobre la sexualidad femenina”, Escritos2, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 1984.
Lacan, J., Aún, Ed. Paidós, Barcelona, 1981.
Musachi, G., Mujeres en movimiento. Eróticas de un siglo a otro, FCE, Buenos Aires, 2002.
Musachi, G., “Para una historia del psicoanálisis de niños en la Argentina en perspectiva”, Fantasmas colectivos, UNSAM Eolia, Buenos Aires, 2015.
Musachi, G., “Una mujer bella y un cocodrilo”, Oscar Masotta Lecturas críticas, Atuel/Anáfora, Buenos Aires, 2000.
Nari, M., Tesis “Del maternalismo feminista al maternalismo político”, Biblioteca de la Facultad de medicina UBA, Buenos Aires, 2001.