Sirviéndome de lo que enseña el cine, partiré de una película El hoyo1, y haré (h) uso2 de un texto de Walter Benjamin y otro de Giorgio Agamben, para un comentario que intenta amortiguar el impacto de lo visto y lo que de allí retorna.
La película es presentada en los medios como un gore (género cinematográfico que recrea escenas sangrientas) por un lado y por otro como una distopía, el futuro entonces se presenta en esa perspectiva de una sociedad organizada bajo algún poder que instituye cierto funcionamiento, en este caso, frente a lo que parece disfuncionar.
En El hoyo o La plataforma como también se titula, una especie de edificio donde existen dos personas por nivel, un número desconocido de niveles, y una plataforma con comida para todxs que se mueve desde el primer nivel al último, en cada nivel a su turno habrá un breve tiempo para comer, los de abajo comerán las sobras de los de arriba. No diré más que esto y no es espoliar en tanto en estas coordenadas rápidamente los espectadores somos ubicadxs por uno de sus habitantes, Trimigasi, respecto de qué se trata este dispositivo y la locura sin límites (?) a la que expone. De este modo y en los primeros minutos la metáfora del capitalismo y sus clases estará funcionando allí. Una metáfora, podríamos decir aggiornada, en una especie de panóptico que se reserva parte del control para garantizar ese funcionamiento que una vez puesto en marcha no se detiene.
Hay el funcionamiento y un andar que pasa del desconcierto a la desesperación y de ahí, hasta casi una mesiánica esperanza. Todo ello encarnado en un mensaje supuesto y hecho existir a la vez en la medida que es introducido en el guion, sin importar demasiado con qué sentido es agregado. La cosa está en que la resonancia, me llevó a Walter Benjamín3 y a la pregunta: ¿En qué punto el capitalismo se cruza con la religión?
Benjamin, hay en el capitalismo un culto permanente, que funciona como fuerza constante y se realiza a cada paso, dice “El capitalismo es una religión hecha de mero culto, sin dogma”4.
El Hoyo se erige extendiéndose hacia abajo, y genera un espacio que corta con el exterior, discontinúa, haciendo existir su propio culto en el que se realiza a cada instante; no necesita más dogma que esa pragmática. El Hoyo existe y no queda claro de qué se trata, respecto de quiénes van a parar allí; no se suponen sólo presos por haber transgredido la ley, están también los que escapan a cierta norma –normalidad por algún exceso por ejemplo, ¡paradojas si las hay!
El Hoyo se presenta así, en tanto máquina de un sistema, como “Redentor y verdugo”, si tomamos términos de Benjamín; que además entre líneas anuda “este sistema religioso se ubica en la explosión de un movimiento monstruoso: una terrible conciencia de culpa/deuda (Schuld en alemán significa a la vez culpa y deuda) que no sabe liberarse, echa mano del culto no para expiar la culpa sino para hacerla universal, para grabarse en nuestra conciencia y, por último y ante todo, inmiscuir al mismo Dios en esa culpa para acabar interesándole en la expiación”5.
Así, Benjamin sitúa “lo históricamente inaudito del capitalismo: en que la religión ya no es la reforma del ser, sino su destrucción (…) la desesperación se transforma así en el estado religioso del mundo, del cual hay que esperar la salvación. La trascendencia de dios ha desaparecido, pero dios no ha muerto sino que se ha incrustado en el destino humano”6. Otro rasgo, es que el dios (del capitalismo) debe quedar escondido. Sólo puede ser invocado en el zenit de su culpabilización. El culto es celebrado por una divinidad inexperta; y cada pensamiento o cada representación de ella, destroza el misterio de su madurez. Todo este cruzar el planeta-hombre por la morada de la desesperación, con la soledad más absoluta en su camino, deriva de Nietzsche.
Giorgio Agamben, retoma a Benjamin y plantea al capitalismo como la religión que en su máxima expresión en la esfera del consumo, constituye su propio espectáculo “realiza la pura forma de la separación, sin que haya nada que separar (…)”7. Aclarando que el objeto como mercancía conlleva la separación en tanto está escindido en su valor de uso y de cambio “y se transforma en un fetiche inaprensible, así ahora todo lo que es actuado, producido y vivido -incluso el cuerpo humano, incluso la sexualidad, incluso el lenguaje-son divididos de sí mismos y desplazados en una esfera separada que ya no define alguna división sustancial y en la cual cada uso se vuelve duraderamente imposible”. El espectáculo es justamente ese valor de exposición que introduce Benjamin, las cosas exhibidas en su separación misma muestran la imposibilidad de usar y sus dos caras: consumo o exhibición “eso significa que profanar se ha vuelto imposible (o, al menos, exige procedimientos especiales). Si profanar significa devolver al uso común lo que fue separado en la esfera de lo sagrado, la religión capitalista en su fase extrema apunta a la creación de un absolutamente Improfanable”8. Agamben, lo reduce a una formulación, los adeptos al culto capitalista no tienen patria, viven en la pura forma de la separación.
El Hoyo, y con él la plataforma como dispositivo captura el uso de lo humano, de aquello que se juega en la subsistencia y en el lazo social. El Hoyo funciona así como un dispositivo de poder que le ha arrancado a la vida social la posibilidad de la profanación como salida del capitalismo.
Lo improfanable se funda como una operación de detención sobre la intención o acción profanatoria (es como una expropiación de esa experiencia, parafraseando o retomando a Benjamin)9. Una operación efectuada, implementada y sostenida desde los dispositivos de poder.
Retomando entonces a Benjamin, el capitalismo enajena el mundo y así lo destruye, de ese modo se constituye un espacio sin afuera; en base a una falta – una deuda (schuld). No expía la culpa sino que la engendra y la hace universal. En este sentido el Hoyo se erige como templo, lugar de culto y rito, dogma que sólo requiere de esa pragmática, cada vez, para realizarse. Instaura así lo improfanable en la medida que clausura cualquier salida del consumo. Hasta el mensaje mismo que se intenta hacer pasar, a través del dispositivo, a pesar de La plataforma y su funcionamiento, queda entrampado en el valor de exposición, la tercera vertiente del valor que propone W. Benjamin y que se agrega al de uso y al de cambio expuestos por K. Marx.
El Hoyo, una metáfora de las clases sociales, de la supervivencia, sostenida en la secularización de un dispositivo y en el rito del instante, se erige en el lugar de las respuestas, de carácter utilitario y culto permanente.
Griselda Enrico es psicoanalista, nacida en Pergamino reside en Buenos Aires. Integrante del CID Pergamino del IOM2, docente de la Facultad de Psicología UBA, Cátedra Construcción de los Conceptos Psicoanalíticos. Maestranda en Maestría en Clínica Psicoanalítica (UNSAM). Escribe en la revista La Banquina (revista cultural de Pergamino, labanquina.com).
Notas:
1 Director: Galder Gaztelu-Urrutia, Productora Basque Films; Mr Miyagi Films, 2019.
2 La inclusión del término (h) uso, con la letra h, pone en juego el equívoco trama y materialidad, en tanto huso es la herramienta utilizada para el hilado.
3 Benjamin, W., “El capitalismo como religión”, (Traducción, notas y comentario de Enrique Foffani y Juan Antonio Ennis Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales [IdIHCS], UNLP-CONICET. Extraído de http://www.relats.org/documentos/FTLecturas.Benjamin.pdf
4 Ibid.
5 Ibid.
6 El_capitalismo_como_religion_Walter_Benjamin
7 Agamben, G., “Elogio de la profanación” en Profanaciones, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2005.
8 Idid., p. 107
9 Benjamin, W., “El narrador” [1936], trad. Roberto Blatt, Taurus Ed., Madrid, 1991.