Cuerpo y Segregación
Las nuevas comunidades de goce al servicio de la pulsión de muerte, constituyen también una respuesta ilusoria frente al vacío que sostiene la falta en ser y determina la dinámica de los sujetos en un contexto social. El efecto de grupo y sus consecuencias en el imaginario social se constituyeron históricamente, en herramienta para los fines más nefastos, llevando adelante las peores masacres y genocidios conocidas por todos.
Desde los diversos ámbitos propagandísticos se llevaron a cabo distintas estrategias para sostener dichas políticas con el afán de instalar las ideas necesarias para llevar a buen puerto los ideales sectarios fundados en supuestas herencias ligadas al linaje, raza, cultura o religión.
No quedaron exentas de estas posturas extremas distintas disciplinas que, a sabiendas o no, portaron las banderas de dichas ideas. Así es como las ciencias ligadas al positivismo apuntaron su bala de plata a la cuestión de la subjetividad, quedando los cuerpos y su culto en el cenit de los tiempos modernos. La literatura no quedó a salvo, y varios fueron los autores que sostenidos desde estos ideales, intencionalmente o no, perdieron su horizonte y quedaron a la deriva.
La hiancia entre subjetividad y cuerpo generada por el discurso de la Modernidad pone en jaque la particular posición de cada uno. La modalidad cartesiana de la Res Cogitans ha decretado la desaparición del Sujeto. El avance de las nuevas modalidades de consumo, configura el campo propicio donde abrevarán los mecanismos para hacer de los individuos sujetos consumidos. El “Padre Mercado” se ha constituido en el subrogado de aquel añorado Padre regulador de un goce insaciable. La desregulación del mercado trae como efecto una aspiración al goce sin límite cuyo horizonte estará signado por la pulsión de muerte. El “míralos cómo gozan” se ubica en su máximo esplendor. La adicción generalizada ‒vía el consumo sin límites‒ se presenta como una respuesta posible de cada uno, siendo ésta una forma posible de procesar lo siniestro, por la vía ficcional, en tanto construcción fantasmática.
En ese camino se ubica la segregación como un mecanismo que opera al servicio de colmar ese vacío inherente a la existencia. Anular al otro, hasta el extremo de la misma aniquilación, implica anular las diferencias y, por ende, deshacerse del “Qué me quiere” en tanto incógnita por el Deseo del Otro.
A lo largo de la historia, el odio y la segregación se han transformado en herramientas al servicio de la pulsión de muerte. Se puede encontrar en la literatura múltiples relatos referidos a tradiciones milenarias, rituales, mitos, especialmente en la obra de H.P. Lovecraft, autor al que me referiré particularmente en este escrito ‒quien se inscribe en el género denominado “Horror cósmico”‒, que pueden relacionarse con lo planteado al comienzo de este artículo, esto es, la segregación, sus efectos y alcances, dado que la literatura ofrece imágenes que facilitan la transmisión de sentidos y de ideas.
Algunas notas biográficas
Ubicar algunas particularidades de su biografía, nos permitirá rastrear en sus orígenes lo que a posteriori se transformaría en el caldo de cultivo que propiciará los particulares rasgos xenófobos, racistas y sectarios del autor.
P. Lovecraft nació en Providence (Rhode Island) el 20 de agosto de 1890. Sus padres fueron Winfield Scott Lovecraft, de ocupación viajante de comercio, era de carácter vanidoso y absolutamente dictatorial, que en la práctica nunca compartió nada ni convivió con su hijo, falleció cuando el escritor tenía 8 años. Su madre, Sarah Susan Phillips, de quien el autor fue fiel y vivo retrato, ejercía una absoluta posesividad con su hijo e hizo de él carne todas sus insatisfacciones. Remarcaba todo el tiempo la fealdad de su hijo, al mismo tiempo de insistir con que no debía alejarse un paso de ella y que la gente era mala y tonta. Así mismo, le marcaba en todo momento que como sus padres provenían de Inglaterra, él era de estirpe británica y, por lo tanto, él era ajeno al terrible país en que vivían. Quizás fue este uno de los rasgos de identificación que fueron delineando su posición racista y segregativa a posteriori en su vida. Recibió una educación aristocrática, de gente venida a menos, pero respetuosa de sus tradiciones.
En ese ambiente de sobreprotección, el autor creció entre mayores, solitario, y sobre todo reprimido. Casi no jugaba con otros niños y cuando lo hacía gustaba de representar escenas históricas o realmente imaginarias. Por otro lado también se fue gestando su espíritu absolutamente discriminatorio. En contacto con los inmigrantes pobres brotaba en él su orgullo aristocrático y manifestaba todo su odio visceral. Citemos en consonancia párrafos de Maurice Levy en Memoria Explicativa de un texto de Lovecraft.
Dice Maurice Levy (Memoria explicativa: La sombra sobre Innsmouth):
«Para Lovecraft, especialmente en su primera etapa y culminando con su estancia en Nueva York en su piso de soltero (Joshi, 2001: 211-224), la cultura, el intelecto, la civilización y en definitiva, la virtud, está asociada a los descendientes blancos de los ingleses. Por contra, la barbarie, la decadencia, la bestialidad, lo infrahumano, están fuertemente Memoria explicativa: La sombra sobre Innsmouth 17 asociados a las clases bajas, a los mestizos y a las etnias más alejadas de la blanca, como los negros y asiáticos (…)”1.
Y en otro párrafo:
“De la creación de los negros” (Lovecraft H.P. 1912) (…) Cuando tiempo atrás, los dioses crearon la Tierra; a imagen y semejanza de Júpiter al incipiente Hombre moldearon. Para tareas menores las bestias fueron creadas; Aunque de la especie humana muy alejadas estaban. Para llenar el vacío y unirlas al resto de la Humanidad, Los anfitriones del Olimpo ingeniaron un astuto plan. Una bestia forjarían, una figura semihumana, Colmada de vicios, y «negro», fue llamada (Lovecraft; en Joshi, 2001: 71-72).
Tal es así que se fue conformando ese escenario que daría lugar en sus escritos posteriores en el género del horror cósmico probablemente como una forma de batallar y hacer algo con el horror al vacío en que vivió.
La siguiente traducción de un fragmento de una carta de Lovecraft a Reinhardt Kleiner (6 de Diciembre de 1915):
Y cuanto más estudio la cuestión, más me convenzo de que la raza superior es la Teutona. Observa las condiciones de las Islas Británicas. Los ingleses son totalmente Teutónicos, o sea, dominantes. Los Escoceses del Sur y los Irlandeses del Este son también de esa sangre—ciertamente sobrepasan a sus compatriotas al norte y al oeste. Los Galeses, que no tienen sangre Teutónica, son de poca importancia. Si no hubiese sido por la infusión de sangre Teutónica al principio de las Eras Oscuras, la Europa del Sur se habría civilización Francesa? ¡Teutones, sin duda alguna!… ¿Quienes fueron los Normandos? Teutones del Norte. Me apena escuchar a los apóstoles de la igualdad asegurar que otras razas pueden igualar la mejor de todas—esos sucesores de la raza Romana en poder y virilidad (Lovecraft, 2011a).
Vemos así en el autor una estructura dialéctica de elementos ambivalentes y contradictorios. Según el ambiente en que nos ubiquemos veremos un Lovecraft admirado y querido por sus amigos y seguidores en quienes volcaba todo su amor reprimido. Por otro, el Lovecraft merodeador de cementerios y lugares inhóspitos y nauseabundos; ambientes recreados fantasiosamente en sus relatos ficcionales. Probablemente una forma de dar un tratamiento a su propia fantasmática sostenida en la fragilidad de su propia existencia. Lo nauseabundo ocupa un lugar central en todo el recorrido de sus escritos, asociado a lo segregatorio y racista. De toda su experiencia de vida transitada por esos años de vida en Nueva York y el odio por ese periodo surgen los relatos El horror de Red Hook (Lovecraft, 1925) y Él (Lovecraft, 1925), en los que deja constancia de su repugnancia por los inmigrantes pobres de Nueva York, asociados al mundo criminal:
«En esta maraña de putrefacción material y espiritual, las blasfemias de más de un centenar de dialectos agredían a los cielos. Hordas de vagos rondaban gritando y cantando por las calles y veredas; a veces, manos furtivas apagaban repentinamente luces, cerrando las cortinas, y rostros atezados y manchados por el pecado desaparecían de las ventanas cuando pasaban transeúntes ante ellas. Los policías habían renunciado a cualquier tipo de orden o reforma, y sólo trataban de erigir barreras que protegiesen al mundo exterior de su contagio”.
La segregación: un tratamiento frente a lo que retorna
Tomaré el artículo “Lo Ominoso” (Freud, S. 1919). Allí, Sigmund Freud, trabaja exhaustivamente la noción de “Das Unheimliche”. Refiere: “lo ominoso es aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo. ¿Cómo es posible que lo familiar devenga ominoso, terrorífico y en qué condiciones ocurre?”2 (Freud, 1919, p.220).
En el mencionado texto sitúa dos señalamientos para abordar su investigación. Dice:
“Si la teoría psicoanalítica acierta cuando asevera que todo afecto de una moción de sentimientos, de cualquier clase que sea, se trasmuda en angustia por obra de la represión, entre los casos de lo que provoca angustia existirá por fuerza un grupo en que pueda demostrarse que eso angustioso es algo reprimido que retorna” (Freud,op.cit.p.240).
En principio, es preciso realizar una consideración de orden contextual. Freud señala que en las lenguas de su conocimiento, no hay un único término que permita traducir las distintas acepciones del adjetivo alemán “unheimliche”. Toma nota de que en algunas obras que recorre, “unheimlich” y “Heimlich” se presentan en su uso como intercambiables e incluso reversibles. Es decir, que en este posible empleo de la palabra aparece el rasgo de sentido de lo que retorna, como aquello reprimido que se oculta, y sin embargo, permanece a la vista de todos.
La guerra le sirve como ejemplo de “lo que vuelve”. Cuando los hombres que combatieron en ella se reencuentran con aquellos que no fueron al frente, se enfrentan a un nuevo orden. Buscan readaptarse a una vida familiar, conocida, doméstica, “Heimlich”, que forzosamente no es la que dejaron.
La vida tal como era conocida ha cambiado de manera radical con el retorno de estos combatientes que se confrontaron no solo con enemigos concretos, sino también con “las osadas empresas de su doble parásito, neoformado” (Freud, -De la historia de una neurosis infantil-1919): el nuevo- “yo guerrero” del soldado que se enfrenta a su antiguo “yo de la paz”. Esta figuración de un yo como un doble parásito que lucha con un yo-paz contiene los elementos de un relato, que podemos ubicar en un cuento fantástico de núcleo siniestro. A la manera en que lo trabaja Freud, cuando evoca el cuento de Hoffman, titulado “El hombre de las arenas”, en una historia de ciencia ficción, o quizás no forzadamente, en el “mito familiar del neurótico”. Lo que no contarían los hombres, incapaces ahora de narrar, podría experimentarse en las ficciones.
En efecto, el sentimiento angustioso de la guerra vino a perturbar la actitud hacia la muerte, haciendo sentir extraños en un mundo que antes se presentaba bello y confiable. Pareciera necesario excluir las vivencias de muerte, de la cotidianidad de la vida. Esto llevaría a efectuar renuncias pulsionales, por vía de la sublimación, como lo encontramos en el mundo de la ficción, en la literatura, en el teatro, o por qué no, en los relatos familiares.
Lo siniestro suscita con toda evidencia un placer particular. Es más, quizás el objeto mismo de las obras de ficción, donde reconocemos lo siniestro, es el de producir la emoción misma de lo siniestro y el placer concomitante.
La segregación como una respuesta frente a la irrupción de angustia frente a lo reprimido que retorna, serán una forma posible de procesar lo siniestro, por la vía ficcional, en tanto construcción fantasmática. La novela familiar y el mito edípico pueden ser una consecuencia que responde a la lógica que, bajo la exigencia de lo que retorna desde lo Real, amenaza la existencia. Ubica al Sujeto en el desfiladero entre angustia de muerte-castración y deseo, y en esta disyuntiva, aparece en el horizonte el acting-out en lo Simbólico o el pasaje al acto en lo Real.
Pueden dar cuenta de esta nueva experiencia del shock, del enmudecimiento, de la vacilación, de la inestabilidad, de la incertidumbre, en fin, de lo insoportable. Estas ficciones, donde el mundo bello y confiable, en el que podíamos apartar la idea de nuestra propia muerte, en tanto amenaza de castración, se fractura para dar paso a la emergencia de la angustia. Esto no puede ser tramitado vía la ligazón a una representación en tanto función de la operación significante.
En esta vacilación se ubica nuestra lucha por mirarla a la cara, en tanto expectativa angustiosa de un peligro (angustia señal) aunque esté disfrazada o agazapada, bajo la forma de las repeticiones, de lo amenazante, de lo que banalmente tratamos de ocultar.
Guillermo Drikier Lic. en Psicología, reside en Buenos Aires.
Psicoanalista, Docente de la Universidad de Buenos Aires y Universidad de Belgrano. Miembro del Staff de Dirección del Departamento de TyA (1992-1997). Fotógrafo.
Nota bibliográficas
1 Levy, Maurice: Memoria explicativa: La sombra sobre Innsmouth
2 Lovecraf, H.P., Joshi, 2001, p. 71-72
Bibliografía
Freud, S. (1919). Lo ominoso. En Obras Completas, Vol. XVII, Amorrortu, Buenos Aires,.
Freud, S. (1919). “De la historia de una neurosis infantil” (caso del «Hombre de los Lobos») En Obras Completas, Vol. XVII, Amorrortu, Buenos Aires.
Lovecraft , H.P. (1925-1931) Los Mitos de Cthulu, Alianza Editorial.