Gustavo Dessal – ¡Que les corten la cabeza!

La ira femenina es el combustible que alimenta el movimiento #MeToo, reflexiona la escritora Caitlin Flanagan, pero añade que sin control esa rabia será también la fuerza que lo destruya. La mayoría de las grandes transformaciones históricas fueron propulsadas por la ira. El 14 de julio o el 17 de octubre habrían sido inconcebibles sin el fuego de la cólera, y hoy las mujeres alzan la voz para pedir la castración de los hombres. Razones no les faltan. Los franceses en aquellos tiempos hicieron rodar cabezas, y para eso Joseph Ignace Guillotine aportó su ingenio. La revolución se cobró su precio y –como suele ocurrir– no solo lo pagaron quienes lo merecían. Algunas opinan que si en el camino caen hombres inocentes, es un mal inevitable para que las cosas cambien. No exentos de temor, están quienes sostienen que no se deberían negar las diferencias, que un beso robado no es lo mismo que una violación. Eso fue lo que dijo Matt Damon, por ejemplo, y la ocurrencia le salió muy cara. No importan los hechos sino los sentimientos, piensan freudianamente muchas mujeres, y también tienen razón. ¿Cómo regular y legislar la perversión polimorfa del varón y no confundirla con la perversidad? Para las mujeres, la ausencia de excepción asimila el deseo y el goce a una continuidad donde no caben matices ni subjetivos ni legales. La cabeza del legislador, en cambio, funciona con la lógica del significante, que clasifica, separa y distingue, refinamientos que en ocasiones ocultan un sadismo inconsciente. Dos lógicas encontradas, difícilmente reconciliables. El problema es que la castración de los hombres haga olvidar la otra, la que debería operar sobre un sistema que, mientras todo esto sucede, no cesa de ejercer su constante violencia: la que comercia con cualquier cosa y se alimenta de la sangre de ambos sexos. Si eso se omite, el odio de la ultraderecha encuentra la puerta abierta y contraataca. Ningún feminismo tendrá futuro duradero si desliga sus reivindicaciones de una acción política en la que los hombres también sumen su voluntad. El feminismo no solo es un asunto de y para las mujeres, sino una fuerza de choque que forma parte de un proyecto mucho más grande. Si acaso existe una alternativa al paradigma hegemónico del padre y del capital, ningún sexo podrá conquistarlo sin el otro. La subversión del sujeto, la que aún aguarda su realización, será posible si lo es para ambos. De lo contrario, el sistema irá generando un desbordamiento cada vez mayor del goce. Biólogos del King’s College de Londres han descubierto que las anguilas del Támesis sufren hiperactividad por consumo involuntario de cocaína. Cuando las tormentas arrecian, los sumideros se derraman en las aguas del río y arrastran los residuos de la orina humana. Ni las anguilas se salvan.

 

Gustavo Dessal es psicoanalista y escritor, reside en Madrid.

AME de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. Docente del Instituto del Campo Freudiano.

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