J.-A. Miller – Sutilezas analíticas
Comentario por: Alejandra Loray
Jacques-Alain trabaja en este curso la clínica orientada por el sinthome, a partir de la última y ultimísima enseñanza de Lacan. En ella ocupan el primer plano ese real inasimilable y el nudo borromeo, porque el nudo es estructura y a la vez goce. Esto introduce cambios en los conceptos y en la práctica: precisiones sobre el parlêtre, el fantasma, el goce y el cuerpo conducen, lógicamente, a una nueva perspectiva sobre lo que se espera de un análisis, la posición del analista, la interpretación, el final del análisis y el pase. Esto es superador de la clínica de las estructuras sin eliminarla.
Inspirado en “La sutileza de un acto fallido” de Freud, y en la oposición de Pascal entre el “espíritu de la geometría” y el “espíritu de la sutileza”, Miller inicia el curso planteando un “Retorno a Lacan” que, naturalmente, evoca el Escrito sobre el “retorno a Freud” donde justamente Lacan se refiere a “la Cosa” freudiana. Podríamos decir que cuando se trata de “la Cosa”, del goce, algo se plantea en términos de retorno, no como una vuelta nostálgica a las fuentes, sino como la inversión que invierte la propia enseñanza y resitúa la orientación. Este es el bucle que, como banda de Moebius, cierra exquisitamente en el último capítulo.
Con el modelo de los restos sintomáticos de Freud, Lacan reformula el concepto de síntoma, dando nombre a lo incurable, el sinthome, singular absoluto que socava toda referencia a la norma. La ausencia de relación sexual invalida las pretensiones de la terapéutica, porque la erótica, el deseo singular para cada uno, hacen objeción a la salud mental, a las clasificaciones y a las pretensiones de armonía duradera y generalizable.
Con el análisis del acto fallido que Freud presenta en 1933, Miller recuerda que el analista sigue aprendiendo de su inconsciente, que ser analista no es analizar a los demás, sino en primer lugar seguir siendo analizante, … lección de humildad frente al peligro de la infatuación. Nunca estamos en regla con nuestro inconsciente1 .
El concepto de sinthome reúne lo que hay en común entre síntoma y fantasma designando el modo de gozar singular de un sujeto en su funcionamiento positivo. Inventado por Lacan para Joyce, remite al desabonado del inconsciente, a lo singular en su carácter absoluto producto del encuentro azaroso que las ficciones de sentido familiar cubren.
Por el análisis, acentuando el punto de vista pragmático, entre el saber hacer y la episteme: “se trata de conducir al sujeto a los elementos absolutos de su existencia contingente”2, lo que requiere que la interpretación apunte al fuera de sentido. Esto no excluye el desciframiento del inconsciente, que necesariamente se encontrará con un tope donde eso no le habla a nadie y al que Lacan designa como acontecimiento de cuerpo. En este sentido la interpretación acentúa la materialidad y el sonido del significante, emigrando de la comunicación de saber al grito, como la jaculación, donde es el sonido, su consistencia, lo que podría hacer sonar otra cosa que el sentido, la campana del goce.
En esta orientación, el deseo del analista busca obtener la diferencia absoluta que no se demuestra por la geometría o el matema, sino que precipita, por el trabajo del análisis, una certeza que se condensa en un es eso. Frente a la verdad mentirosa del sentido, está en primer plano el acontecimiento de goce, irreductible.
El sinthome designa la positividad del goce, el Edipo y la castración son introducidas como negativización porque el goce infinito sería mortal3. Esta positividad radical que Lacan aísla, hace pasar el goce del plano ontológico al óntico, por lo que queda situado, no en el plano del ser, sino de lo que es. Si el sinthome es del orden de una evidencia que precipita luego de un tiempo de comprender, invita a la práctica que se mantiene en el instante de ver.
Desde esta perspectiva se trata en el análisis de la elucidación de la relación con el goce, como el sujeto cambió respecto de lo que no cambia. No elimina la fractura y atravesamiento del fantasma, sino que aísla lo que queda como aparato de goce. Por eso el final está marcado por la idea de la satisfacción, que la relación del sujeto con el sinthome se vuelva satisfactoria. No se trata de franqueamientos, ni de tierra prometida sino, más modestamente, de disminuir el displacer y aumentar el placer del que es capaz. “Hay simplemente un andar bastante mejor. Cuando se instala, cuando dura, cuando les cuesta menos […] pues bien, ya es suficiente”4.
El pasaje a la óntica transfiere el lugar del Otro al cuerpo y el recurso a los nudos para dar una sustancia a ese vacío, planteando de este modo la cuestión de una nueva alianza con el goce imposible de negativizar, positivo absoluto que se asemeja a la libido freudiana pero a diferencia de ésta no es móvil, el goce permanece.
El goce es una suposición de la experiencia analítica, en el sentido que la escolástica da a suppositio, “lo que ni que decir tiene”5 y que se ubica debajo de lo que se dice. La segunda suposición es la de la sustancia gozante, el cuerpo que se supone goza y cuya relación con palabra es importante elucidar, pues el cuerpo no se goza sino a condición de corporizarlo de manera significante, lo que tuvo modificaciones a lo largo de la enseñanza. Goce es un concepto que requiere la referencia a la sustancia, es eso que es posible sentir o experimentar pero de lo que no se puede hablar, por lo que lo caracteriza como antepredicativo. Parte de este goce, al que denomina goce bis es traumatizado por incidencia del significante y es el que se fragmenta y condensa en las zonas erógenas.
Este goce responde al régimen del no todo y no al del Edipo, está en todas partes, no se trata de emergencias sino de olas que recorren el estrato. ¿Es posible una alianza con este goce marcado por el sí de la contingencia que me hizo lo que soy? Lo que soy en tanto la manera en que se goza. Ese es el cogito lacaninano, soy, luego, se goza.
Este curso trabaja los conceptos y las incidencias clínicas de la última enseñanza de Lacan orientada por el sinthome, del modo esclarecedor en que lo hace Jacques-Alain Miller.
Subrayo para concluir –el subrayado es mío, por supuesto– algunas puntuaciones con las que me encontré en la lectura y que pueden orientarnos como analistas, en el espíritu de la sutileza. La humildad de seguir siendo analizantes, el “modesto desapego” como afecto que favorece al analista, recordar que el paciente nos habla una lengua extranjera y también lo es lo que nosotros podemos decir, pues la palabra está siempre en relación a una opacidad. Esto hace del final mismo del análisis uno contingente que quizás tenga la estructura del encuentro.
*Miller, J.-A., Sutilezas Analíticas, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2011.
Alejandra Loray es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Miembro del a EOL y AMP.
Notas bibliográficas:
1 Miller, J.-A., Sutilezas analíticas, Buenos Aires, Paidós, 2011, p. 33.
2 Ibíd., p. 89 .
3 Lacan J. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 1987, p. 802.
4 Miller, J.-A., op.cit. p. 180.
5 Ibíd., p. 249.