Javier Aramburu – “La ética y el mal”.
Comentario por: Julio Riveros.

Los comités de ética intentan llenar el agujero que indica la ausencia del Otro. La hipótesis de Jacques-Alain Miller es que, frente a la inexistencia del Otro, los comités de ética intentan suplir esa ausencia diciendo lo que debe ser. Una proliferación. Cada profesión detenta su propia ética.

Pero el escenario contemporáneo exhibe los fracasos del paradigma optimista en la razón. La ética surge como efecto del avance de la ciencia, cuyo avance es percibido actualmente como un peligro. El nazismo por ejemplo, producto de un avance científico técnico. Le ofrece al sujeto humano la posibilidad de su propia destrucción. Lo que funcionaba como garantía se tornó la posibilidad de aniquilación del sujeto humano.

Para frenar este desencadenamiento se piensa en una ética que frene el mal.

Autores como Alain Badiou no pretenden fundar una ética que diga dónde está el mal. Eso lleva a conservar lo que está dado: la vida que el capitalismo sostiene.

Hay un dominio del modo de producción capitalista que determina el lazo social.

Si bien se sitúa lo real como peligroso, esta ética lleva a preservar la sociedad actual.  Badiou dice que se trata de un nihilismo acumulado dado que -esto es textual: «cualquier cosa que cambiemos de lo que hemos logrado puede producirnos el mal». Conservar y cuidar la vida en la sociedad capitalista.

Dicho esto,  Badiou no se conforma, busca una ética que diga algo positivo sobre el bien.

Una cosa es decir algo positivo sobre el bien y otra cosa es decir dónde está el bien.

No conformarse con una ética de alerta, de cuidado, de conservación, nihilista.

Pero decir dónde está el bien conduce a lo peor, una pretensión Como se pregunta Jorge Alemán, ¿quién puede acaso decir dónde está el bien? Ni para el conjunto en general ni para cada uno. Vale también preguntarse cómo indicar y decir el mal

Es un problema, buscar una ética del bien sin indicar dónde está. Para Freud el bien es el incesto, el mal. Es decir, lo peor. Miquel Bassols en ocasión del VIII Enapol, señalaba el deseo de la madre que se tornaba siniestro en relación a los grupos fundamentalistas que operan en Europa.

En la ética actual hay propuestas. Richard Rorty, el pragmatismo norteamericano, el discurso de la solidaridad. Pero es una ética basada en el principio del placer que conduce a categorías que no son suficientemente fuertes para limitar el goce. El problema es cómo limitar el goce de la maldad que cada uno quiere ejercer con el prójimo.

Pretendemos en psicoanálisis una ética fundada en más allá del principio del placer.

Entonces, frente a la proliferación de los comités de ética, el psicoanálisis ¿tiene algo que decir? Sí, porque la ética es el modo en que se discute el problema del goce en la sociedad.

La interrogación sobre la ética del psicoanálisis conduce a abordar una cuestión sobre el discurso analítico. Éste se manifiesta en una ética. Tenemos entonces que interrogar cuál es el deseo del analista hoy, lo cual equivale a plantear una pregunta por la ética.

No se trata de decir el bien a la manera kantiana. Ese planteo conduce a Sade.

¿Cómo concebir una ética que transforme el masoquismo, la culpa inconsciente, la necesidad de castigo en posiciones éticas? No se trata solo de lo que no hay que hacer sino de lo que hay que hacer.

El acontecimiento tiene un matiz de acto, se articula el acontecimiento de Badiou con la lógica del acto en Lacan. Las corrientes nihilistas de la ética intentan escamotear el acontecimiento ya que su inminencia anunciaría nuevos males. Nuestra posición es diferente, desde una ética del psicoanálisis, ya que el acto es incalculable.

Badiou diferencia dos efectos de maldad que desarrolla un acto de verdad. Son dos efectos diversos. El primero es el de nombrar la totalidad de lo real como Uno, queda afuera la dimensión del Otro. Hay ejemplos en la tradición filosófica, Parménides por ejemplo.  El otro efecto es el que satura el vacío, el agujero entre dos unos. Nombra el ser como totalidad aniquilando el agujero, el vacío. Eso debe ser expulsado como ajeno. Esta lógica condujo al nazismo.

El nazismo nombra la universalidad del ser pleno. Esto equivale a excluir y aniquilar la diferencia. En términos lacanianos, aniquilar el agujero.

Esta es la diferencia entre un proceso de verdad y otro que no lo es.

Dos procesos de verdad excluyentes: uno que nombra lo universal pero que clausura el agujero, el vacío y la diferencia y otro que nombra lo universal pero sin clausurar el vacío. Son dos unos, uno que nombra lo múltiple, la falta ontológica, el que nombra el agujero, la no relación sexual.

El uno que el nombre puro nombra es la totalidad del ser, nombra la relación sexual.

El otro nombre, nombra la falta, la no relación sexual, la diferencia, la pluralidad. Para esto hace falta que ese uno no excluya, que sea más bien el nombre del agujero, no el nombre de lo que lo llena. No es la plenitud del ser sino de la falta de ser. Un uno que no excluya el vacío.

En cuanto a simulacro o semblante: el nazismo es simulacro de verdad que nombra la plenitud del ser. Es un Otro completo, pero simulado. Simula la falla pero esta es corregible, como sucedió con los judíos en Alemania durante el nazismo.

El semblante no obtura el vacío, lo localiza, no como representación sino como algo que es, que existe. El semblante no representa el agujero en el Otro, localiza el agujero en el Otro. Esto nos lleva a una topología, donde el agujero se localiza en el recorrido mismo de la superficie.

El problema de la reserva. No existe el acontecimiento. Hay acontecimientos.

No hay Un Acontecimiento que explique la multiplicidad de actos (el acto político, el acto amoroso, el acto del científico, el acto estético).

No hay El discurso. Hay discursos.

Para hablar en términos de German García, lo político que nos compete es lo ‘transpolítico’, que no equivale al discurso político ni de un partido que busca el poder.

Un acto político transforma la realidad política, le da otros nombres a ese vacío, por eso es pertinente el nombre de ‘transpolítico’. Son nombres que nombran el vacío, sostienen el vacío, no nombran la totalidad del ser.

Aramburu, J., “La ética y el mal”, en El deseo del analista, Editorial Tres Haches, Buenos Aires, 2000, pp. 268-289.

Julio Riveros es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

Docente de la UBA. Miembro del staff de La libertad de pluma.

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