Jorge Castillo – El tufo terraplanista y las ventajas de la perspectiva

En la “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma” en 1975, Lacan señala que: “El hombre está capturado por la imagen de su cuerpo.” Y agrega:

“Su mundo, si es que esta palabra tuviese algún sentido, su Unwelt, lo que lo rodea, él lo corpo-reifica, lo hace cosa a imagen de su cuerpo”1.

Esta noción, ya presente en El estadio del espejo se mantiene hasta el final de su enseñanza. Más allá incluso de los puntos de ruptura que podrían indicar referencias tan distintas como la superficie pulida de un espejo y la figura topológica del toro: entre lo que puede tener de cautivante una geometría plana y lo que en ella insufla la tercera dimensión.

Hago pie en esta idea de Lacan de que el hombre corporeifica el mundo para esbozar una reflexión sobre la pandemia/pesadillemia, los cuerpos y la política.

En estos días, en los que la neblina no nos deja ver ni la punta de la nariz, hemos estado, curiosamente, llenos de augurios, de intuiciones, de presentimientos. En medio de la opacidad, no hemos echado de menos las predicciones, las interpretaciones, las teorías, los sermones, la vana elocuencia y la incoherencia craza. Palabras plenas de sentido, justamente allí, donde hubieran hecho falta más que nunca las tres únicas armas que según Joyce se nos está permitido usar: “el silencio, el exilio y la astucia”.

Me aferro sin embargo a la orientación lacaniana pensando en que “los no incautos yerran” y me sumo al coro apostando por la conversación, que es otra forma de bordear el agujereo.

Leo dos efectos: el ascenso de Un mundo, sin Otra escena y el estallido de la ciencia. Pongo estos dos efectos bajo una rúbrica: la pérdida de la perspectiva. Correlativo a esta reducción de la perspectiva –intento seguir la vía de Lacan– hay un aplanamiento del cuerpo/mundo y una retracción de la política.

Intentaré justificar esta hipótesis mínima.

En primer lugar, destaco una distinción ya suficientemente subrayada por J.-A. Miller: el cuerpo que hemos de considerar –desde el psicoanálisis– no es el organismo del individuo si no el del sujeto del lenguaje, de allí proviene su costado transindividual y allí reside su dimensión política. No como la biología se empeña en considerarlo: parte de una población, bacteria de una colonia, pollo en el criadero. De aquí no es posible deducir ninguna política si no simplemente la administración, el control y la regulación de los cuerpos como objetos del capitalismo.

En segundo lugar, el estallido de la ciencia no implica su desaparición si no por el contrario que ahora la ciencia está por todas partes y a la vez en ningún lado. La ruptura de los EEUU y el Reino Unido con la OMS no es un signo de la ruptura entre la ciencia y el capitalismo si no al revés: la evidencia de su amalgama y la imposibilidad de distinguirlos. Se trata de la deslocalización de la ciencia, de la pérdida de un topos como lugar diferente; y si no hay diferencia, no hay relación. Mientras duró el matrimonio, se conservó el semblante de la ciencia como un lugar exterior –supuestamente aséptico– desde el cual podía venir una verdad confiable. Éramos mirados desde la altura de la ciencia mientras nadábamos en nuestro gran río de lujuria capitalista. Ese sueño terminó. Sabemos hace rato que ningún laboratorio del mundo investiga nada que no tenga utilidad directa como beneficio, pero ahora los científicos se han zambullido y nadan con nosotros en las redes sociales donde todos somos amos de nuestro propio asteroide.

 

Un efecto de perspectiva

En el Seminario VII Lacan señala la importancia de la perspectiva en la construcción del cuerpo tomando como ejemplo a la “anamorfosis”, con un primer señalamiento: “Podemos organizar la historia de la pintura en torno al progresivo dominio de la ilusión del espacio”2. Luego, su primera referencia es la Cueva de Altamira donde las figuras de los cuerpos se recubren unas a otras en escenas del mundo prehistórico. Pero sobre lo que llama nuestra atención Lacan es la locación de esas pinturas: la caverna, sus paredes y su vacio interior: “lo que describiríamos como ese lugar central, esa exterioridad íntima, esa extimidad, que es la Cosa…”3. “Hay aquí una línea cuyo otro extremo se encuentra en el ejercicio de esta anamorfosis…”4. Y  un poco más adelante: “…el interés por la anamorfosis es descripto como el punto de vuelco en el que el artista invierte completamente la utilización de esta ilusión del espacio y se esfuerza en hacerla entrar en el objetivo primitivo, a saber, hacer de la misma como tal el soporte de esa realidad en tanto que oculta –en la medida en que, de cierto modo, se trata siempre en una obra de arte, de cercar la Cosa.”5

Si los cavernícolas pintaban el cuerpo en las paredes de la caverna aprovechando el efecto de su vacio subterráneo, los renacentistas con sus máquinas intentarán meter la caverna adentro del cuadro: “punto de vuelco” en el intento por “cercar la Cosa”.

En el Seminario XI volvemos a encontrar el apoyo de la anamorfosis en el desarrollo de Lacan. La calavera entre los embajadores y sus vanitas, en el cuadro que Holbein pintó en 1533, pone de relieve la separación entre la imagen como plano y el “punto geometral” exterior a ella: Aquí, “el arte se cruza con la ciencia”6 y Holbein participa –junto con Leonardo, Durero y tantos artistas/arquitectos del Renacimiento– de “la intuición del sujeto cartesiano” cuyo “me veo verme” rompe el plano y sustrae de él a la verdad. Anuncia la llegada de la ciencia moderna: fin de la esfera aristotélica en la que se había sostenido el mundo medieval e inicio de la decadencia continua del amo feudal. Luego de la catástrofe del siglo XIV –peste negra, Guerra de los Cien Años, fin de las Cruzadas, división de la Iglesia– el arte pinta un cambio de época como ámbito en el que “se delinea el sujeto como anonadado en una forma que es la encarnación ilustrada del -φ”7. Un nuevo orden político y social, un nuevo mundo, un nuevo cuerpo.

En un recorrido a vuelo de pájaro por los cuerpos representados por el arte renacentista se ve el volumen que toman si los comparamos con los de la pintura medieval. ¡Pareciera que Cristo hubiera tomado esteroides!

Los antiguos egipcios, por su parte, simplificaban: los cuerpos más grandes ocupaban más espacio y representaban lo más importante –dioses y faraones– mientras que los más pequeños, lo menos importante: animales, esclavos, etc. ¡Un mundo piramidal!

El toro de Lacan

En la clase de su Curso de la Orientación Lacaniana del 19 de enero de 2011, Miller, parafrasea a Kant: “Y así es como me represento la arquitectónica lacaniana: organizada como superficies alrededor de un vacío”. Ubica al toro como el primer objeto topológico de esta arquitectónica, una forma en la que el agujero está presente de dos maneras diferentes: la que captura en su interior el cierre longitudinal de su superficie y la que lo atraviesa sagitalmente, en tanto que anillo. Este objeto topológico muestra la función del cuerpo del hombre respecto de lo imposible de representar: el vacío que el cuerpo envuelve no es existencial o metafísico si no que es una experiencia inefable que el espejo plano no puede captar. Experiencia insoportable que escapa a cualquier homeostasis, a cualquier regulación orgánica, biológica, neuroquímica, a cualquier arco reflejo. Allí reside el gusano que horada la tierra y el valor subversivo del psicoanálisis en el momento de terror-pánico en el que el hombre se ve reducido a su propio cuerpo. Este momento obedece hoy al avance de la biología que intenta clausurar la categoría de lo singular en pos de un universal sin excepciones.

 

Una política del witz

J-A Miller señala en su Lectura del Seminario V que la función que cumplía el Nombre del Padre en el Otro –primera Enseñanza de Lacan– era introducir la Ley desde un lugar diferente a la regla, como una suerte de vacuola de autonomía en el código que es ciego: “El horror es el automatismo, es cuando la regla funciona sola”8. Seguimos a Lacan con Miller: en el exorcismo del padre, en el abandono de su nostalgia y en la indicación de que es posible ir más allá, sirviéndose de él. Es solo en esta vacuola de la ley, que no obedece a la regla, donde el sujeto puede hacer reír con su chiste único. Su invención singular hecha de los restos de palabras que tañen las cuerdas y hacen de su cuerpo una caja de resonancia. Como una guitarra, como su propia Cueva de Altamira.

El Otro del algoritmo, que es el del viviente y también el de Google, se ha transformado en el amo ciego y caprichoso al que cualquier virus, como el mosquito al cocodrilo, puede hacer cerrar sus fauces. No tiene lugar para el sujeto y puede hacer de él un revoltijo de plumas y sangre. Es este el verdadero “terraplanismo” que vuelve plano al mundo y reduce los cuerpos a su imagen especular. Se plantea como la única salida y se erige como norma inapelable. Es allí donde el poder hace pie y desplaza a la política como tratamiento de un imposible. Rechazo de las aporías. Abyección de las paradojas. Reducción del leguaje al código.

Sin embargo, como reverso del biopoder, cada quien puede, con su sinthoma singular, escribir su propio path en el algoritmo y restituir volumen a su cuerpo. Entiendo que es ésta la apuesta clínica/política del psicoanálisis.

 

Jorge Castillo es psicoanalista, reside en Córdoba.

Médico, Especialista en Psiquiatría, miembro de la EOL-AMP, adherente del CIEC donde es coordinador del Departamento TyA y del NPE.

 

Notas:

1 Lacan, J.: “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma” en Intervenciones y textos 2. Manantial. Buenos Aires, 1993, p. 118.

2 Lacan, J.: El Seminario. Libro VII. La ética del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1988, p. 168.

3 Ibíd. p.171.

4 Ibíd. p. 172.

5 Ibíd. p. 173.

6 Lacan, J.: El Seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis. Paidós. Buenos Aires, 1988, p. 93.

7 Ibíd. p. 97.

8 Miller, J.-A.: Lectura del Seminario 5 de Jaques Lacan, ICBA, Paidós, Buenos Aires, 2007, p. 48.

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