Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas1.
Los epígrafes no están solo para hacer decorados en los textos sino para descubrir el álgebra que los soporta. Hoy decimos sin ambages que el tiempo que nos toca vivir está atravesado por incesantes cambios. Todo el tiempo nos vemos impulsados a revisar nuestras condiciones de existencia. La llamada realidad efectiva, eso que Freud llamaba la Wirklichkeit, es algo mutable e inestable; por ende, todo intento panexplicativo nos llevaría a decepcionarnos rápidamente. Nada menos que Karl Marx anticipa esto cuando enuncia (ut supra) “todo lo sólido se desvanece en el aire”. El malestar en la cultura contemporánea nos lleva a interrogar la vigencia de los conceptos con los que fuimos formados en el psicoanálisis, considerando que malestar y clínica son fenómenos circulares que impiden ser pensados uno sin el otro.
I.
En una investigación que venimos llevando desde hace algún tiempo en nuestros seminarios en la Escuela de la Orientación Lacaniana2, nos fuimos orientando en torno al visitado concepto de Otro, entendiendo que éste se halla de alguna manera estratificado y su uso viene a articular diferentes momentos, tanto de la civilización como de la historia del psicoanálisis. ¿Qué queremos decir con esto? A medida que vayamos avanzando iremos elucidando la heterogeneidad de la época en cuanto al concepto, harto conocido en la obra de Jacques Lacan, de gran Otro. Al mismo tiempo, cómo se produce cierta subjetividad (descontando desde luego que toda singularidad viene a poner en cuestión cualquier agrupamiento). Luego tendrán su lugar las figuras del placer y su más allá. Finalmente, el lugar del analista vendrá aquí como operador en y de la falla, el traspié o el fracaso.
II.
A los fines expositivos, enunciaremos aquí las tres figuras del Otro las cuales, huelga decir, se hallan estratificadas y dislocadas en el tiempo. Vale tanto la tradición como la ruptura de ésta. El contorno clásico del pathos está sostenido, en algunas circunstancias, de materia informe y en otros, las novedosas y variopintas presentaciones confluyen en predecibles caricaturas de una psicopatología decimonónica. Si somos más hijos de nuestro tiempo que de nuestros padres, como decía Marc Bloch, la regla de hoy es la coexistencia de lo viejo y lo nuevo.
Vayamos en principio al gran Otro ya conocido, familiar si se quiere, aquél que viene a consolidar la figura del líder. Se trata de aquel referente que se localiza en el texto freudiano de la Psicología de las masas y que sirve para amalgamar la masa mediante una doble identificación: tanto al líder (identificación vertical, jerárquica) como al semejante (identificación horizontal). Un Otro, heredero de los efectos míticos de la muerte del padre, tal como Freud lo identifica en Totem y tabú. Dicho líder necesita ser amado, ser reconocido en un lugar destacado y excepcional por la masa, y cuyo amor garantiza el vínculo libidinal entre los integrantes de ella, sin que por ello estén exentos de los efectos de la pulsión de muerte que anida en el corazón de la humanidad (ver: El malestar en la cultura). La libido juega su partida en el intento de aglutinar las partes que están en juego (líder y masa), siendo su movimiento vicariante los ideales y el ejercicio segregativo respecto de aquello que resulta ser diferente. Para decirlo con otras palabras, se trata de un modelo que posee una tendencia intrínseca a homogenizar todo lo que se ajuste a los ideales y patologiza, margina o condena, lo diverso. Las coordenadas que traza la vigencia de esta creencia en el Otro, con su poder y efectividad simbólicos, otorga legitimidad y consistencia a la figura del padre, bien conocido por el lugar asumido en el Edipo. Este lugar, bien sabemos, destila la función del padre como lugar y agente de la castración, forma social de la prohibición y doblez de la ley del deseo inconsciente en la metonimia de los objetos. Este padre, si logra situar su diferencia entre su posición y el ideal universal, promueve el nombre que estabiliza las metáforas y que a su vez nutren la existencia de un sujeto. Vemos aquí que la vigencia del llamado nombre del padre, organiza las observaciones clínicas y normativiza, en función de su presencia o ausencia. Otorga el carácter acabado a las estructuras en las que un sujeto se defiende del Mal, del goce y así el matiz del vínculo con el que accede a la cultura: neurosis, psicosis o perversión.
Promediando la década de los noventa, Jacques-Alain Miller y Eric Laurent nombraron y reorientaron la lectura del malestar concerniente a ese tiempo con un seminario cuyo título traduce con agudeza el impasse con el que nos hallábamos en el psicoanálisis: El Otro que no existe y sus comités de ética. Se describe allí, ante todo, la pérdida de eficacia del poder simbólico. Esto significa que, donde antes residía un orden que se ponía en cruz con la consistencia imaginaria, ahora más bien se observa una circulación en paralela de ambos registros. Aquello que en el tiempo anterior fundaba y daba consistencia u homogeneidad, ahora aparece perforado por la caída de los ideales. Se produce un paso más hacia cierto estado de increencia y a la consecuente proliferación de lo heterogéneo, verificable en la conceptualización lacaniana de la pluralización de los nombres del padre3. Esto necesariamente implica una pérdida del privilegio dado al conflicto, a la dimensión trágica del deseo y un avance en pos del derecho a gozar, a la licuefacción de la satisfacción.
Es evidente que esta nueva modalidad que cobra lo social atrajo nuevos modos de agrupamiento: las llamadas “comunidades de goce”. Así, la yuxtaposición de estas comunidades reemplazó aquella homogeneidad propuesta y por ende los efectos de segregación. En este nuevo tiempo, orientado ahora por el goce, la yuxtaposición da lugar a un nuevo tipo de segregación bajo la máscara de la indiferencia hacia el que tiene un goce distinto del propio. Una especie de remedo de aquel juego infantil llamado “Antón pirulero”, pero sin tener que mirar a aquel que con un gesto distinto introducía el cambio de instrumento, dando la opción de representar el instrumento del otro o por el contrario sufrir como sanción una “prenda”.
La pluralización de los nombres del padre desdibuja la separación tajante que en tiempos pretéritos implicaba la clínica de las estructuras, dando paso a la nominalista de los síntomas. Queda marginado entonces, como dijimos, el conflicto como dimensión subjetiva por excelencia. A tal punto esto ha sido así que el problema esbozado en las consultas de algunos pacientes era bajo las formas anónimas de la patología (“soy anoréxica”, “soy adicto”, “soy fóbico”) o bien de la sustancia de consumo (“soy cocainómano”, “paquero”, “alcohólico”). Al mismo tiempo esto les otorgaba un ser, aquello que Jacques-Alain Miller llamaba el “delirio de identidad”.
Las transformaciones históricas, junto a la intensificación de los nuevos movimientos sociales, como es de esperar, volvieron a poner en cuestión estas formulaciones. Los distintos agrupamientos feministas, bajo la forma ya no de la masa sino de la multitud4, dieron cuenta de que no sólo está en juego un reclamo de derechos sino también una fuerte crítica al modo en que está siendo conducido el mundo occidental. Se desvanece, en alguna medida, la idea de una inexistencia del Otro y se impone una nueva conceptualización. Los ecos podrán leerse en el curso de Jacques-Alain Miller del año 2002-2003 titulado Un esfuerzo de poesía, en el capítulo que lleva por título “Un Otro que existe”. No se trata aquí -según nuestra lectura- del Otro originario, el “dios logos” como diría Freud, ni tan siquiera el del Otro tachado o inexistente, sino de uno que existe. ¿A qué se refiere con esto Miller? Se trata de la presencia de modelos en disputa, en este caso entre el Vaticano (modelo clásico del Otro) y, el entonces presidente de los Estados Unidos George Bush (hijo), quien maneja al mundo a su antojo. Las conversaciones y los consensos llevados a cabo, por ejemplo, en la ONU, en tanto los Estados Unidos poseen el poder de veto, ya no cuentan. Todo aquello que podría cumplir la función de un comité de ética internacional, quedan impotentes ante las decisiones de una nación que detenta el poder de las armas y quien destina el mayor presupuesto del cual se tenga noción, a la seguridad armamentista. ¿Cuál es la lógica de este Bush? “Si no te pones de mi lado, entonces márchate, no te necesito”. Miller sitúa atinadamente las cosas cuando advierte que éste verdaderamente es un Otro que existe. Se trata de la política del “bravucón”, un estilo de conducción que parece ir imponiéndose sobre todo en líderes más actuales tales. Como Trump, Bolsonaro, Boris Johnson, etc. Personajes que toman decisiones y que no piden ser amados, ni tan siquiera aceptados por la masa. Vale decir, un modo de liderazgo político que rechaza los vínculos libidinales para refrendar sus decisiones por la masa.
Se abren aquí una serie de interrogantes debido a que nos encontramos ante una nueva versión del Otro que ya no necesita producir un efecto de homogeneidad en lo social y que, como dijimos, la ausencia de libido impide la constitución de la masa. Desde luego, hay aglutinación pero esas formas de aquí en más las llamaremos, siguiendo la interpretación citada de Gabriela Rodríguez, “multitud”5.
III.
Si asistimos a una diferente ascesis del Otro, debemos suponer también un nuevo sujeto. Ciertamente, se trata de:
- Sujetos que poseen la particularidad de rechazar amar y de ser amados. Lo que para algunos ha sido calificado como la clínica del “antiamor”6.
- Sujetos que, ante la falta de amor por esta nueva otredad, se fabrican un nuevo fanatismo religioso en el que un dios (o la naturaleza misma) se transformen en el primunmovens de sus acciones.
- La tecnociencia asume el lugar de dominación del cuerpo en donde la ilusión de ser un cuerpo y no sólo tenerlo, conduce a las vías de una rectificación continua. La pasión descubierta en estas nuevas tecnologías es el intento por inscribir un significante que recubra o rechace una marca primera provista por el Otro indiferente.
- Un doble desamparo emerge de manera inédita haciendo surgir individuos responsables de todo lo que pueda acontecerles y, de esta manera, liberar al Otro de cualquier incidencia en su vida. Una sugerente ausencia de alteridad.
- ¿Habrá que observar en estas multitudes (marea feminista) que se manifiestan explícitamente contra este Otro, la emergencia de un nuevo orden social? La trama que insiste es un orden que no lleva los trazos del padre sino el ascenso del deseo de la madre como orden de hierro. Los lazos sociales no se sostienen en los discursos establecidos (los cuales como sabemos se hallan conforme a la metáfora paterna). Bien sabemos que cuando hablamos de lazo social o lazos sociales en plural (pues no hay el lazo social sino discursos) incluimos el malentendido estructural del cual el ser humano no puede desembarazarse, pues procede de la forma parasitaria de lalengua.
- Sujetos que se encuentran bajo la necesidad de creer que hay que revivir al Otro, inyectándole la esperanza de un ideal que posibilite recomponer la libido perdida para, a fortiori configurar una comunidad ilusoria.
IV.
El último aspecto que desarrollamos merece algunas ampliaciones e intelecciones conformes el tiempo que vivimos. A la figura del “bravucón” se añade otra más que prevalece en el coro de voces de la comunidad tanto nacional como internacional. Se trata de la figura del clown o del payaso. Entiéndase que aquí no hemos hecho más que tomar las apreciaciones colectivas que se tienen de muchos de los líderes mundiales, tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo, sin contar con que las conductas públicas de estos líderes que son verdaderamente payasescas. Algunos presidentes, incluso, han llegado a formar parte de la escena cómica en un nivel profesional. Hay una aceptación a nivel colectivo de que éstos han perdido crédito y aún respeto en tanto figuras de la política. No obstante, se los sostiene ahí, asumen democráticamente con el voto de las mayorías (¡aunque ellas no crean mayoritariamente en ellos!). No resulta ocioso entonces recordar la observación de Jacques Lacan en el seminario de La ética… que un canalla bien puede valer un tonto si el resultado de la constitución de una tropa de canallas no culminase en una tontería colectiva (p. 221).
Otra figura que sostiene este Otro que existe y a quien la masa no está ligada libidinalmente es la del autista. Tal es el caso de Greta Thunberg, una adolescente sueca, diagnosticada como síndrome de Asperger quien milita por el cambio climático desde el 2018, llegando incluso a dar una conferencia en la Asamblea para las Naciones Unidas acerca de este asunto. Ciertamente no dice cosas que cualquier ciudadano del mundo mínimamente informado no pueda conocer, pero su forma de liderar la protesta mundial la ha transformado en eso que Zizek llama un “apóstol de la verdad”7. No se trata entonces de carisma ni de oratoria ni tampoco de un líder sensible a la masa. Se trata de alguien que habla y declama en quien hay que creer, aunque ella misma no esté afectada por ese discurso que la habita.
V.
Llegado este punto es importante destacar en nuestros tres Otros qué figuras del placer (goce) intervienen en esta clínica heterogénea.
Claramente la primera forma del Otro introduce el placer vía la interdicción y hace de la perversión una vía para el deseo en su faz metonímica. En el Otro que no existe, la tendencia a la evacuación, el derecho a gozar mostraba de manera más o menos incipiente la modalidad del goce femenino, de allí que dio en llamarse la “feminización del mundo”. Dicho sea de paso, aclaremos que la feminización del mundo no alcanza para explicar el auge de los feminismos actuales sino más bien todo lo contrario.
La última figura de un Otro que existe, que bien podríamos matematizar de esta manera: (A), impone formas imperativas de gozar al modo de destinos. Luego daremos cuenta de ello.
En tanto los objetos se hallan accesibles y los fantasmas prefabricados por el mercado, los massmedia y las redes, el goce se vuelve obligatorio. El placer se halla en una inquietante proximidad y por consiguiente resuenan las palabras de Jean Claude Milner, al decir que “cuanto más cerca del cuerpo se encuentre una causa de placer, mayor es la intemperancia (akolasia)”8. ¿Cómo entender esto?
El modo de prohibición, bien establecido en la génesis freudiana que va del inconsciente al Edipo, ordena los modos de satisfacción y su continencia, delimitando los bordes en los cuales el placer se encuentra encorsetado. Su franqueamiento será sancionado pues hay algo de lo que los griegos llamaban la enkrateia, esto es, el buen uso de los placeres9. En la lógica del no-todo, en el A tachado, el sujeto está librado más bien a la akrasia, la falta de dominación de sí, la incontinencia. De allí que los modos comunitarios que enmarcan el goce, lo hace -paradójicamente- comunidad, funcionan al modo de la continencia. El estado de situación actual, mediante un Otro que existe pero es indiferente de la masa (o mejor la multitud), es la presencia de lo que los griegos llamaban la akolasia, que significa en pocas palabras la elección deliberada de los malos principios. La akolasia, bien lo desarrolla Foucault, es lo opuesto a la sophrosine, la templanza. Los sujetos ya no son definidos a partir del significante sino del goce. Sujetos del goce, según la expresión que Lacan utiliza solamente en dos oportunidades, de las cuales nos interesa mencionar una en particular originada en una conferencia en Baltimore, en donde advierte que ese sujeto es «capaz de experimentar algo entre el nacimiento y la muerte, capaz de abarcar todo el espectro del dolor y del placer … al que en francés llamamos sujet de la jouissance (…) Si el ser viviente es pensable, será sobre todo como sujeto de la jouissance; pero esta ley psicológica que llamamos principio del placer (y que es solamente principio del displacer, va a crear muy pronto una barrera a toda jouissance”10. Los feminismos, que más arriba enunciábamos más del lado de la multitud que de la masa, dicen más del rechazo de lo femenino (Ablenhung des Weiblichkeit) que de la feminidad. Si hay alguna respuesta en donde podemos verificar el sujeto hoy es cómo cada uno puede inscribir su letra en esa sucesión cada vez más amplia LGTBIQ…
VI.
El neoliberalismo ha logrado inscribir un nuevo liberalismo (de mercado) sin libertad; como dice Peter Sloterdijk11, la liberalidad es un asunto demasiado importante como para dejarla en manos de los liberales. El hombre libre, del que hablaba Lacan, cuyo emblema jacobino fue la paranoia del lazo social (la invención de un Otro consistente), hoy debe ser pensado a la luz de una locura en singular. En esta modalidad se impone la reflexión acerca de un lazo social pero sin el auxilio de un discurso establecido12.
La forma de la multitud apremia no solo por su aglutinación sino por la multiplicidad de singularidades. Ya no se trata del lazo libidinal al líder ni de la identificación horizontal sostenida por formas de goce, sino del Uno solo con su cuerpo: “LOM quetieneun cuerpo y notiene más Keuno”, dice Jacques Lacan. Precisamente, es el tenerlo y no el serlo lo que lo caracteriza. De allí que Lacan va a ser más que claro al decir que el parlêtre va a sustituir al “ICS” de Freud. No se requiere de la creencia pues el lugar vacante del líder lo ocupa un Otro indiferente, ése que ponemos entre paréntesis (A), desactivado de la “comunidad de las almas” si se nos permite el término kantiano. Pese a todo, subsiste la paradójica “necesidad de creer”, “creer en algo” o “en alguien”, para tomar las frases de uso corriente. Basta con mirar hacia el entorno de nuestra América para corroborar con estupor el ascenso de gobiernos autoritarios sostenidos en la religión evangélica o en expresiones mesiánicas. Lacan lo enunciaba con elocuencia en los años 60’ como la captura monstruosa de los sujetos ante la “ofrenda de un objeto de sacrificio a los dioses oscuros”13. Las democracias lábiles que las sostienen dan cuenta de sociedades sumamente estratificadas, o en el mejor de los casos, sincréticas. Tomando la argumentación de Carmen González Táboas, podemos decir que se trata de democracias limitadas y heterogéneas en sociedades ilimitadas y heterogéneas14.
En suma, son el cuerpo y la creencia algunos elementos primordiales del sujeto de hoy, aquellos con los que puede responder a lo imposible de soportar de su humanidad. Esa respuesta, desde luego llegará a ser fallida en algún momento, va a sufrir un traspié, une bevue15. Es allí que el deseo del analista podrá funcionar como un operador en esa falla, si sabe alcanzar una plasticidad tal que pueda alojar el acento de singularidad. El privilegio de su posición lo sitúa fuera de toda pasión homogeneizante, en una época cuya gravitación atrae las mareas de la heterogeneidad.
Jorge Faraoni y Emilio Vaschetto son psicoanalistas, residen en Buenos Aires.
Miembros de de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
*Parte de estas elaboraciones constituyen el artículo que integra la compilación de Jonathan Rotstein “Estudios sobre lo real en Lacan”, Barcelona, Xoroi ediciones (en prensa).
Notas:
1 Discurso pronunciado en la fiesta aniversario del “People’sWar”.. K. Marx y F. Engels, Obras escogidas, Vol 1, Madrid, Akal, 1975, pp. 368-369.
2 Faraoni, J. y Vaschetto, E. Nuevas formas de lo siniestro. Sobre si existe una clínica de lo no-familiar, Seminario de la Escuela de la Orientación Lacaniana, año 2017; El mal start en Occidente, Seminario de la Escuela de la Orientación Lacaniana, año 2018; Machismo, Escuela de la Orientación Lacaniana, año 2019.
3 Lacan, J. De los nombres del padre, Buenos Aires, Paidós, 2005.
4 Cf. Rodríguez, G. Lacan entre las feministas. La objeción de la mujer, Buenos Aires, Tres Haches, 2019, pp. 125-153.
5 Op. cit.
6 Recalcati, M. L’uomosenzainconscio, Milán, Raffaello Cortina, 2010.
7 “Greta Thunberg ha cambiado en los últimos meses; ya no es la chica ingenua e inocente que clama que el emperador va desnudo; ahora es un demonio sonriente y agresivo de lengua afilada. Pero su mensaje sigue siendo el mismo, simple y repetido. Hay que recordar aquí el maravilloso texto de Kierkegaard, «Sobre la diferencia entre el genio y el apóstol», donde define el genio como el individuo que es capaz de expresar/articular «lo que está en él más que él mismo», su sustancia espiritual, en contraste con el apóstol para quien su «en sí mismo» no importa en absoluto: el apóstol es una función puramente formal de aquel que dedicó su vida a dar testimonio de una verdad impersonal que lo trasciende. Es un mensajero que fue elegido (por gracia): no posee características internas que lo calificarían para este papel”.
https://pijamasurf.com/2019/10/zizek_sobre_greta_thunberg_es_una_apostol_que_unicamente_repite_un_mensaje/
8 Milner, J.C. Lo triple del placer, Buenos Aires, Del cifrado, 1999, pp.19-20.
9 Foucault, M. Historia de la sexualidad 2, El uso de los placeres, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 61.
10 Lacan, J. De la estructura como “Inmixing” del prerrequisito de alteridad de cualquier de los otros temas, en: Mackesy, R. y Donato, E. (ed.), Los lenguajes críticos y las ciencias del hombre. Controversia estructuralista, Barcelona, Barral editores, 1972, p. 213.
11 Sloterdijk, P. Estrés y libertad, Buenos Aires, Godot, 2017.
12 Cf. Lacan, J. El atolondradicho, en: Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012.
13 Lacan, J. El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964-1965), Buenos Aires, Paidós, 1999, p. 282.
14 González Táboas, C. La cita fallida 3, Buenos Aires, Grama, 2018, p. 75.
15 Algo que va más lejos que el inconsciente, la una equivocación. Cf. Lacan, J. L’insu que sait de l’une-bevues’ailea’mourre. Seminario inédito, clase 16-11-76.