José Vidal – La risa del capitalista

En el capitalismo puede reconocerse una religión. Esta idea de Walter Benjamin, es, a mi juicio, lo que debe orientar al psicoanálisis para entender los procesos de subjetivación de la época.

Esta religión podemos encontrarla en el discurso capitalista despejado por Lacan, en el que el empuje al goce y al éxito individual, sumado al fracaso regular de tal mandato, provoca una constante culpa imposible de expiar. Este fenómeno es aprovechado para la intervención técnica del discurso social y, por esa vía, de la subjetividad.

En “La tercera” Lacan dice que todo individuo es ahora un proletario. Esto debe leerse textualmente: individuo porque en tanto vale por uno, vale por lo que es como cuerpo, como fuerza de trabajo, en tanto ha perdido la posibilidad de la subjetividad que lo haga un sujeto de derecho, y proletario porque está arrojado como simple desecho de la operación capitalista, no tiene ya un significante con el cual representarse en el lazo social. De ahí la creciente crisis de las identidades.

Esa es la razón por la que Lacan le atribuye a Marx haber inventado el síntoma. Detrás de la apariencia de un acuerdo basado en la libertad y la igualdad de cada uno de los actores del contrato social, se descubre que hay algo que no anda, una falla esencial que introduce lo imposible.

El psicoanálisis debe ubicarse justamente en ese lugar de imposibilidad, como síntoma en la civilización, en cruz con respecto al discurso del amo, para permitir de esa manera que ese imposible siga cumpliendo su función de despertar del sueño sugestivo de la religión y la burocracia.

¿No es por eso que Lacan, en su seminario De un Otro al otro se detiene en un párrafo de El Capital, de Karl Marx, en el primer capítulo de la tercera parte titulada “Producción de la plusvalía absoluta”?

Es un apartado en el que Marx conversa imaginariamente con un fantasma, el capitalista, permitiéndole a éste que dé sus argumentos, que explique cuál es su posición en el asunto de la producción. Estos argumentos son, en definitiva, los argumentos de buen tipo, de ciudadano comprometido a los que nos tiene acostumbrado el relato de nuestro tiempo. El tipo justifica su posición de enriquecimiento planteando que él también es necesario para el desarrollo social, que él presta ciertos servicios a la sociedad y especialmente al trabajador. Él se ve a sí mismo como alguien que da trabajo, que arriesga su dinero en la inversión de la maquinaria que hace posible la producción. En el ejemplo de Marx, el trabajador carpintero que antes tenía una garlopa ahora cuenta con el torno y la fresadora, con lo que la producción es mayor, y se plantea entonces un intercambio en el que el trabajador pone su trabajo y el capitalista la inversión, el local y la maquinaria. Hasta ahí es una discusión remanida en la que se propone un acuerdo. El capitalista pone una parte en el esfuerzo común y el trabajador la otra.

El capital financiero, que ni siquiera pone las máquinas, porque es todo pura especulación, sostiene el mismo discurso según el cual su inversión devendrá derrame de la riqueza y el bienestar llegará a todos.

Pero si Lacan dice que Marx descubrió el síntoma es porque éste muestra que hay un elemento falso en la relación: el trabajador, al poner su fuerza de trabajo como una mercancía más, pierde su libertad.

Es decir, en este acuerdo libre entre partes, hay una cláusula escondida, un misterio que no es evidente hasta que podemos ver su funcionamiento íntimo.

Pero lo que realmente le interesa destacar a Lacan, y que lo muestra para nosotros, es un detalle que Marx introduce allí: que el capitalista, luego de explayarse en ese honesto discurso, ríe.

Esa risa del capitalista es el tema central acá. El psicoanalista sabe que la risa, cuando surge en medio del discurso, es signo de que allí hay un goce, muchas veces ignorado por el propio sujeto.

“Esa risa –dice Lacan– se refería propiamente al descubrimiento al que procede Marx en ese momento, de lo relativo a la esencia de la plusvalía”.1

Es verdaderamente luminoso. El centro de la cuestión para el psicoanálisis es que todo eso que ocurre en la operación capitalista no es meramente una cuestión de dinero. O, mejor dicho, el dinero es vehículo de otra cosa. El descubrimiento de Marx es que hay un goce íntimo y nunca confesado, misterioso, en el momento mismo de la exacción de ese plus, de ese valor agregado que se obtiene del trabajo del otro.

Los medios nos hacen pasar horas discutiendo de economía, de economía política incluso, refiriéndonos a los movimientos del dinero y de las mercancías, pero esa es la cortina de humo que no nos permite ver que el dinero es nada más que el vehículo para ese goce.

Lacan cita a Marx: Pero el trabajo que le pagarás por lo que él fabrique con el torno y la fresadora, no se lo pagarás más caro que lo que él hacía con la garlopa. Mediante la garlopa se aseguraba la subsistencia.

Se aprecia bien, cuando menciona las herramientas, que hay también una asociación del capital con la técnica. Se trata, como dice Heidegger, de estructuras de emplazamiento en el que el ser humano es conminado a comportarse de determinada manera.

La garlopa y la fresa han dado lugar a la computadora y el celular creando una aletósfera en los que se realiza un trabajo inmaterial. La producción de subjetividades que presenciamos en la época es solidaria al desarrollo de novedosos recursos técnicos y de gadgets que ponen en acción medios de comunicación, Internet y redes sociales.

Pero volvamos a la risa.

Lacan nos evoca la profunda relación, ya descubierta por Freud, que hay entre la risa, el chiste, y la elisión.

El efecto chiste surge del súbito, sorpresivo descubrimiento de un goce que permanecía oculto, elidido, pero presente. La risa, es producto del repentino encuentro con un goce inconsciente hasta ese momento.

Lacan pone en juego el chiste que se produce cuando emerge en la conciencia algo que estaba elidido. En toda la argumentación del capitalista y su supuesto aporte a lo social, se oculta la presencia de la plusvalía, lo que se le saca al otro en fuerza de trabajo.

Lo que Lacan llama el objeto a, es equivalente a la plusvalía y por lo tanto ésta representa más que una ganancia económica, una extracción de goce al otro.

“El sobresalto, la conmoción, el poco más, poco menos del que hablaba hace un rato, el juego de manos, tejemaneje que los sorprende en el vientre en el efecto del chiste, todo esto gira en torno de la profunda relación entre la elisión y la risa”.

En la relación de la producción con el trabajo se esconde otra más profunda y es esa otra a la que Lacan llama el plus de gozar.

Lacan nos muestra que lo que no puede decirse de un hecho se designa más bien por su falta, es la definición misma de la elisión. Y es, también, el lugar de la verdad.

El discurso sobre el cual se apoya este cinismo capitalista, en verdad, no engaña a nadie, o más bien, el engaño no es lo que parece. Este es un aspecto que debemos resaltar. Las mentiras mediáticas de nuestro tiempo no están hechas para un verdadero engaño sino para mostrar que, efectivamente, son un engaño y permitir al sujeto gozar de cierta complicidad.

La idea clásica es que hay un relato oficial que nos oculta la verdad. La idea de libertad, igualdad, etc., ocultaría la verdadera relación entre las personas, es decir la explotación de unos por otros.

“No lo saben, pero lo hacen” es una frase de Marx que viene a decir que los sujetos no saben que las relaciones entre las cosas, el dinero, las mercancías, ocultan la verdadera relación que hay entre las personas, las condiciones de interacción social.

Slavov Zizek, en cambio, propone que la verdad es el cinismo contemporáneo propuesto por Sloterdijk, “saben perfectamente lo que está en juego, pero lo hacen de todos modos”, es decir, saben que es una máscara ideológica, que es falsa, pero la sostienen lo mismo.

Lo que allí ocurre es que, en el uso habitual del dinero, las personas son fetichistas, es decir, como el fetichista freudiano, en un nivel sabe que el fetiche no es real, pero como designa el lugar del goce, lo sigue sosteniendo. Y lo sigue sosteniendo no por su valor de verdad sino por su valor de goce.

Zizek lo dice así: Así pues, en el nivel cotidiano, el individuo sabe muy bien que hay relaciones entre la gente tras las relaciones entre las cosas. El problema es que, en su propia actividad social, en lo que hacen, las personas actúan como si el dinero en su realidad material fuera la encarnación inmediata de la riqueza en tanto tal. Son fetichistas en la práctica, no en teoría. Lo que “no saben”, lo que reconocen falsamente, es el hecho de que, en su realidad social, en su actividad social, en el acto de intercambio de mercancías, están orientados por una ilusión fetichista.

“Metafísica de la mercancía”, “religión de todos los días” dice Marx. Es el uso cotidiano del dinero donde se hace efectivo el carácter ilusorio del arreglo social. Se actúa, no se sabe, de modo tal que el dinero fuese realmente la realización del valor como idea abstracta, de modo que, aunque “sabemos” que el dinero no es en su materialidad la verdadera riqueza, que las mercancías ocultan que hay relaciones entre los seres humanos, nos comportamos frente a la mercancía como si fuera la encarnación del valor, como ídolos divinos y no una mera forma material de un valor relativo, es decir, lo hacemos místico.

El sujeto contemporáneo se comporta en contra de su propio interés porque hay, a nivel inconsciente, una fantasía que estructura nuestra propia realidad social, y esta fantasía es fetichista. Cambia placer por goce.

Los sujetos saben que detrás de la idea de libertad, o mejor, de democracia, se oculta una determinada forma de explotación o de fraude, pero aun así continúan predicando en pos de la libertad y la democracia.

Los analistas lacanianos, por ejemplo, nos proponemos honestamente que solo la democracia permite nuestra práctica, cosa que se ha verificado, de modo que nos ponemos a favor de la democracia y en contra de todo totalitarismo. Pero esa prédica, si no se critica, parece ignorar que la democracia capitalista liberal oculta la manipulación de las campañas, la opinión y los resultados electorales, que esos resultados para nada reflejan el verdadero poder que rige en la sociedad, que los ricos manejan a la dirigencia política, gremial y judicial sobornándola o amenazándola, que son dueños de los medios de comunicación y que manipulan Internet. Pero igual, nos comportamos como si hubiera democracia y libertad plenas.

Eso es porque la conducta no está guiada por lo que sabemos sino por una fantasía inconsciente que hace de la mercancía un valor real. Nos comportamos en el mundo capitalista, en la religión de todos los días, en  donde no renunciamos a nuestra fantasía de riqueza.

El fetiche de la mercancía que domina la sociedad actual no es diferente al fetiche despejado por Freud: oculta un carácter místico, religioso, mediante el cual la realidad se niega para consagrarse a un objeto sublime, con resonancias teológicas.

El triunfo de la religión a la que alude Lacan, tal vez no sea de la religión verdadera sino a la capitalista y su resorte fundamental, el fetiche.

 

José Vidal es psicoanalista, reside en Córdoba.

Miembro de la EOL y de la AMP.

 

Notas bibliográficas:

1 Lacan, J., El Seminario, Libro 16, De un Otro al otro, Paidós, Bs.As., 2008,  p. 59.

Referencias bibliográficas:

-Zizek, S., El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI, Bs.As., 2016.

 

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