José Vidal – Los apóstoles del Dios dinero

Podemos suponer una religiosidad intrínseca a los seres humanos que se deriva del misterioso hecho de tener un cuerpo que habla. Esta religiosidad se encuentra aún en aquellos que rechazan toda religión. Heredera, como dice Freud, del complejo de Edipo, la religión se engendra como una necesidad de volver soportable el desvalimiento inicial del ser humano y viene al lugar de protección que en la infancia ocupaban los padres. Como si el hecho de hablar, tal el modo como se entra en la cultura, y dar sentido coherente al mundo, generara un contragolpe, un espacio emergente en las orillas del sentido y allí, en ese lugar no regulado, donde el Otro falta, en el lugar del miedo, de la soledad, del desamparo, se sitúan los objetos de adoración, en todos los casos sustitutos simbólicos o imaginarios de los padres. Freud describió también cómo en la neurosis se pueden encontrar, a nivel individual, todos los caracteres de la religión, ritos, ceremoniales, superstición.

El dinero, de modo privilegiado, como todo aquello que no tiene una relación fija a un significado y que se presta a la pluralidad semántica, puede venir perfectamente a ubicarse en el lugar de Dios.

Podemos ver desplegarse esa idea puesta de forma estética en la película El lobo de Wall Street, un culto, una religión, donde no falta ningún elemento propio de una profesión de fe organizada, predicador, templo, rito, ceremonia.

La idea de que el dinero podía tornarse un objeto de culto fue observado con enorme agudeza por Walter Benjamín en uno de sus más notables textos, escrito poco antes de su muerte, El capitalismo como religión.  El capitalismo, para Benjamín, viene a satisfacer las mismas penas, inquietudes y preocupaciones que antes aliviaba la religión, pero, a diferencia de sus predecesores, este fenómeno resulta una religión universal y sin medida, un culto con una extensión superior a todo lo que se ha conocido hasta ahora pero que, al contrario de las religiones tradicionales, no tiene pausa, es permanente, no tiene un día de la semana para su realización, sino que exige una actividad sin tregua y sin piedad, sin expiación posible y sin espacios libres. Es por esa razón, por su imperativo insensato que resulta enormemente culpabilizante y es en ese punto que puede compararse esta exigencia capitalista con el superyó freudiano, es decir, mientras más se somete el sujeto a su mandato, mayor es la culpa.

La observación de Benjamín es tan sutil y certera que horroriza.

La fuerza de la religión capitalista radica en que no tiene salida, no hay un modo de calmar su exigencia y, para olvidar la culpa, el culto tiende a hacerse ilimitado, a extenderse de manera universal, para alcanzar a Dios mismo, “hasta la culpabilización final de Dios”.

Es notable cómo la conclusión de Benjamín coincide con la idea lacaniana de una  extensión planetaria del superyó: contra lo que podría tomarse de las apariencias, creadas por la prédica mediática de nuestro tiempo, no es que el goce sea permitido sin culpa en el mundo contemporáneo, que nos presentan como liberal y desprejuiciado, sino que, por el contrario, hay una culpa inconsciente de una magnitud nunca antes conocida que conduce a un proporcional autocastigo, una culpa que recurre a las formas más variadas y mortíferas de provocarse un perjuicio a sí mismo.

El país que más se ha identificado a esa religión de la contemporaneidad es, sin duda, Estados Unidos de América y lo que ocupa el lugar emblemático para esa religión, su catedral central, es Wall Street, la capital del capitalismo, el centro del mundo de las finanzas.

En ese sentido, Oliver Stone logra en su película, a pesar de lo difícil de sostener la atención, mostrar el carácter religioso del culto al dinero en Norteamérica, pero no tanto ese al que estarían entregados millonarios como el de los ciudadanos comunes embarcados en el sueño americano de lograr obtener un signo de lo real. Los personajes son inicialmente unos pobres diablos empleados en trabajos mal pagados y que de la noche a la mañana pasan a ser ricos.

Si Max Weber pudo establecer una relación entre la ética protestante y el capitalismo es justamente porque el protestante ve en la riqueza ese signo de lo real, una señal de la complacencia de Dios.

La película de Stone contiene todos los elementos de una religiosidad intensa y con el rasgo típico de los cultos protestantes. El protestantismo, para Benjamín, no es solo que favoreció el desarrollo del capitalismo, sino que hizo que el cristianismo se transforme en él. Esta equivalencia entre el culto cristiano y el capitalismo es puesta muy de manifiesto en la película. Ceremonias masivas, paganas, de devotos aspirantes a millonarios, la voz constante del predicador en larguísimos discursos y los cuerpos unos junto a otros en grandes salones que ofician de templos en los que no faltan los elementos orgiásticos que elevan al paroxismo y a lo extático el logro de la consumación del rito. Nos recuerda un poco a las ceremonias en las que, cada vez, Steve Jobs presentaba un nuevo Iphone. La película nos propone una mezcla de ambición y goce orgásmico que no puede negarse está presente en la ambición del capitalista. ¿Por qué un millonario quiere más millones si no es porque mediante logra, por un momento, aliviar la culpa insoportable del superyó capitalista y sentir que Dios lo ha predestinado a la salvación?

Hay que decir que, en la película El Lobo de Wall Street, lo que quiere ser una crítica a la desmedida creencia en el dinero es en verdad la exaltación de lo que es el sueño americano en términos religiosos.

Los elementos que son puestos en juego se muestran en una temática insistente: el dinero, una vez que se obtiene proporciona drogas y prostitutas/os, es decir, goce. Pero en verdad no se trata de que el dinero sea un medio para la obtención del goce, sino que drogas, sexo y dinero forman parte indisoluble de una misma dimensión del goce.

Eso es algo que no debemos perder de vista desde la perspectiva política y clínica con la que el psicoanálisis debe confrontarse en la época. El goce tiene hoy una manera de proponerse en la que los tóxicos, el sexo y el dinero van juntos. El erotismo que está consustanciado con el dinero no es de ninguna manera el deseo de obtener bienes materiales. Lo que se busca con el dinero en esa dimensión no son bienes materiales aunque éstos son necesarios para sostener la vida corriente de los que necesitan sostener una vida cristiana, con una familia, una casa, hijos, etc, que demuestren la satisfacción de Dios. La familia aparece como la otra escena, la escena en la que lo que ocurre a nivel del goce no se ve, está completamente oculto, pero no hay una sin la otra. El dinero compra esas cosas, pero esos bienes materiales no son el fin, el dinero no es el medio, sino que, por el contrario, el dinero es el fin necio, insensato, loco, fetiche fantasmagórico que se oculta por lo material.

La orgía se nos presenta hoy como la contracara de la vida familiar burguesa y toma un carácter arcaico, primitivo, de alto contenido erótico en donde las drogas son, como en las ceremonias de tantos pueblos primitivos, un facilitador del éxtasis. Es allí, entre billetes, drogas y sexo hasta el colmo donde se realiza la escena a de la consagración del Dios dinero.

Ahí está el sueño americano extendido al mundo entero. El dinero se presenta como la salvación y la orgía viene a mostrar no tanto el placer como el sacrificio, el tributo a ese Dios ciego. La prostitución, el crimen, las drogas son maneras de mostrarlo. Pero ese sacrificio, hoy disfrazado de placeres, puede tomar otro aspecto más obsceno, en el sacrificio a los dioses oscuros que nos piden todo el tiempo un poco más de eso.

Tal vez en la gigantesca performance mundial del discurso que acompaña a la pandemia puede verse también una muestra de esa ofrenda.

Los ricos se tornan predicadores, apóstoles de la nueva religión, como coachs del éxito económico personal a cualquier precio, en el que se puede dar la vida misma.

¿Es esto un paradigma de la época? No lo sé. Esa captura por la ambición del dinero no toma a todo el mundo por igual. De hecho, aunque nos toca, en Sudamérica pueden verse patrones de relación al dinero muy diferentes. Pero sí podemos decir que nos muestra algo de lo que es esencial en la relación capitalismo y goce: la religiosidad.

Ahora bien, siguiendo a Lacan, vemos que el rico no paga, solo puede comprar objetos en el mercado. Su alienación al dinero no le permite entrar en relación con algo que tenga un verdadero valor.

Lacan reconoce que con el psicoanálisis ha hecho fortuna, con lo que da testimonio de un goce del que no se priva, pero, contra las burlas de los cínicos que quieren sacar su tajada narcisista del psicoanálisis, expresa que el analista, en su acto, no goza, más bien se ubica como resto de la operación.

La salida del discurso capitalista no está en ninguna ascesis, sino en el punto en que el psicoanalista se ubica como un objeto que no permite su intercambio, su compra, para ser él mismo una letosa, un objeto del mercado que no admite comparación y que, por lo tanto, no puede ser medido, evaluado y, por lo tanto, no puede ser tornado mercancía. Al menos, no como cualquier mercancía. Hay en eso una subversión de la mercancía en, como buscaba Baudelaire, una mercancía absoluta o, como dice Baudrillard, una mercancía más mercancía que las demás, más allá del valor de uso y también del valor de cambio. Más allá del valor de uso porque no sirve para nada, ese goce del que el analista es semblante es lo que no sirve para nada, pero para lo que igualmente se hace pagar. Pero, en la medida en que no permite ser normalizado, evaluado, cifrado, no es posible establecer su valor en el mercado. Es una mercancía sin precio, inconmensurable. De ahí su carácter irritante, molesto.

 

José Vidal es psicoanalista, reside en Córdoba.

Miembro de la EOL y de la AMP.

 

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