Juan Mitre – El analista y lo social
Comentario por: Gerardo Battista
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Mi interés en el libro El analista y lo social es entrar en conservación con Ud., su futuro lector, para poner de relieve lo que Juan Mitre elucida y testimonia –generosamente– acerca de la transmisión del quehacer del analista ciudadano y de sus invenciones puestas en forma en dispositivos clínicos en el ámbito institucional.

Al inicio del texto nos explica por qué propone el sintagma El analista y lo social y no “El psicoanálisis y la sociedad, pues considera fundamental introducir la presencia real del psicoanalista. Como Ud. sabe, estimado lector, la presencia del cuerpo del analista es la condición de posibilidad para que emerja el goce no simbolizado de quien consulta. Entonces, esta presencia deviene fecunda si se prepondera el valor del deseo del analista, el cual puede ser una salida al discurso capitalista. El deseo del analista sostiene el intervalo que separa y, al mismo tiempo, articula lo analítico y lo social. Como sabrá, si ya recorrió algunos de sus páginas, El analista y lo social son dos significantes que se entrecruzan y torsionan. Esa tensión no sería operativa sin el soporte de otra, la tensión entre el nominalismo del sujeto y el realismo de la estructura. Podemos pensar que el libro nos propone un recorrido moebiano que oscila entre el psicoanálisis en intensión y en extensión.

Recorriendo sus páginas recordé, eso es lo interesante de los libros que enseñan, que Miller en Sutilezas analíticas habla del enclave1. El enclave es una posición interesante para el analista ciudadano pues posibilita realizar salidas al exterior pero con la condición de que lo exterior no entre, con la condición de que el discurso dominante no lo condicione. Salir sin dejar entrar delimita una política hacia lo social. La política del psicoanalista en lo social puede propiciar un posible refugio a lo dispar. Es por esto que Lacan dirá que el inconsciente es político.

Ud. lo sabe, hay cierto prejuicio -aún en nuestro país donde el psicoanálisis ha desplegado las briznas de su ética en espacios públicos y privados como ser hospitales, universidades, etc- que el psicoanálisis no se ocupa de lo social. Me va a decir que el psicoanálisis es una praxis de lo singular, es cierto. Sin embargo, le diré porque no podemos eludir lo social, y es algo de lo que este libro enseña, al sujeto lo precede siempre el Otro. La incidencia del Otro en el ser hablante depende de la subjetividad de la época. Miller ha planteado, en El síntoma charlatán, una intersección entre la pulsión, como aquello invariante, y el Otro, como lo que varía. Por tal razón, hay una modalidad de goce propia de cada momento histórico. La hermandad entre el discurso capitalista y la ciencia dan cuenta que el rasgo de época es la inexistencia del Otro. Su declinación provoca metástasis del goce, fundamento del hedonismo contemporáneo. Es por esto que el autor plantea que “cada vez todo deviene mercancía, lo que explica per ejemplo la deslibinización y derrumbre (por desfinanciación) de la cultura de lo público”2.  El analista y lo social, son dos variables que se interpenetran con las transformaciones culturales, pues por ello, cada vez que Lacan hace referencia al Otro social, refiere a la tradición que éste soporta.

En el libro se encontrará con varias figuras para  pensar la posición más conveniente del analista en la ciudad. Para empezar a enumerarlas, Mitre –con Piglia– nos propone pensar al analista como un detective, figura que podemos ponerla en tensión con el género literario policial para pensar la estructura de lo social. “El analista debe ser un lector distante”3  para, al decir de Agamben, poder ser contemporáneo. Contemporáneo es aquel que tiene fija la mirada en su tiempo, para percibir no las luces, sino la oscuridad. Otra figura que le permitirá leer el real opaco de este tiempo es la posición del analista como un doble agente, por un lado es agente de salud, y, por el otro, agente del discurso analítico. La tensión entre ambos sostiene un ‘entre’ operativo pues ese desdoblamiento permite poner distancia del ideal ‘salud para todos’ orientado por una política del vacío4. Me interesa resaltar la figura del analista como el santo décharite. La palabra sugiere un vínculo entre la degradación (décheance) y la caridad (charité). Por supuesto, antes que me lo diga, la caridad –o el furor curandis asistencialista– no es ‘el mal’ que se pueda circunscribir sólo en el ámbito público pues no está en juego el pago, por ejemplo -aunque sabemos que hay muchos modos de ponerse la miseria del otro al hombro; del mismo modo, hay muchas maneras de pagar por un tratamiento. La posición del santo implica un desapego en lo que concierne al goce que impera en el discurso dominante y no participa de los ideales de la justicia ni sostiene la igualdad de las satisfacciones.

En suma, considerar estas figuras para pensar una táctica de intervención “para hacer lugar a un decir que surja del psicoanálisis más puro, teniendo en cuenta cada situación y cada contexto social. Es decir, menos psicoanálisis de importación y más psicoanálisis en situación”5, práctica que no es sin otros y este libro pone en acto articular la soledad analítica “en una conversación con otros”6, Mercedes Buschini y Ricardo Mauro participan de ella.

El autor nos propone pensar el analista ciudadano como aquel que debe soportar no normalizar para hacerle frente al empuje a la homogenización. Aquel que sitúa la singularidad y escapa a la regla del ‘para todos’ para adaptar el reglamento al caso y no a la inversa”7.  Así como el analista debe ser sensible a la segregación contemporánea advirtiendo que “lo social es el campo de las identificaciones”8. Es decir, el analista inmerso en lo social interviene, desde un lugar éxtimo, introduciendo el ‘no-todo’, agujerando identificaciones comunes9. Arriba a precisiones clínicas -que dejaré en suspenso- que bordean la pregunta infranqueable acerca de qué es un analista y su quehacer a través de dispositivos comunitarios como la Juegoteca10, “Conversar con adolescentes: las palabras y los goces”11 y el dispositivo Desenlaces 12, así como de diferentes manifestaciones culturales y artísticas. Sí, este libro lo conducirá a muchos otros…

Por supuesto, si ya tiene el libro en su mano, verá que esta breve reseña sólo ha tomado un sesgo puesto que el sumario del texto abarca los temas cruciales del difícil arte de alojar lo inclasificable en tanto tal, lo dispar. Como ser, la formación del analista, las escrituras del trauma, lo femenino, el horror de saber, la angustia y sus manifestaciones, la urgencia, la desmaternización, el duelo, entre otros, arman el entramado lógico de este libro que recomiendo enfáticamente.

Sin más, felicito a mi amigo Juan por su libro y a Ud. le deseo una muy buena lectura!

Gerardo Battista, es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

Miembro de la EOL y la AMP. Docente ATP Psicoanálisis: Freud 1 (UBA) y del ICdeBA.

Mitre, Juan, El analista y lo social. Grama, Bs. As., 2018.

 

Notas bibliográficas:

1Miller, J.-A., Sutilezas analíticas, Paidós, Bs. As., p. 39.

2Mitre, J.: El analista y lo social, Grama, Bs. As., 2018, p. 16.

3Ibíd., p. 19.

4Ibíd., p. 35.

5Ibíd., p 15.

6Ibíd., p. 110.

7Ibíd., p. 33.

8Ibíd., p. 36.

9Ibíd., p. 39.

10Ibíd., p. 53.

11Ibíd., p. 41.

12Artefacto de lectura para los finales de los tratamientos institucionales. Ibíd., p. 97.

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