Hay un antes y un después de un cuerpo agujereado.
A.G.
Memoria
Los testimonios de los sobrevivientes son «actuales», no son producto de un olvido que irrumpe por la vía del retorno de lo reprimido. La memoria está encarnada en los cuerpos que atravesaron una experiencia signada por el espanto. De esa memoria están hechos los testimonios. Definimos como testimonio a un decir verdadero que sitúa las marcas de una experiencia.
La tortura, las prácticas aberrantes y la indignidad
La tortura es un ejercicio de poder sobre el cuerpo del otro. Es la aplicación de una voluntad de arrebatar violentamente todo vestigio de subjetividad, que el cuerpo se torne insoportable.
Un sobreviviente se refería a esto cuando decía que ellos fueron cínicos, porque gozaron, se sintieron semidioses, dueños de la vida y de la muerte.
Osvaldo Delgado en el libro Consecuencias subjetivas del terrorismo de estado señala al respecto: «Esta satisfacción, que da cuenta de la economía pulsional inherente al proceso represivo, no es un elemento más de la cuestión, un detalle superfluo, un reduccionismo psicologicista sino que es algo que está en la base misma de la práctica dictatorial. Tanto para Freud como para Nietzsche los argumentos son meras racionalizaciones para alcanzar la satisfacción de pasiones oscuras»1.
En las Jornadas de Enapol de este año se trabajarán dos pasiones (amor y odio) y un afecto, la indignación. Se puede leer en el argumento de las Jornadas los siguientes pasajes:
“Lacan entiende la indignación como respuesta ante una afrenta a la dignidad, tal como lo indica al comentar el choque, sufrido por Hamlet, entre la iniquidad del goce materno y el ideal encarnado por el padre asesinado.
… sabemos que la pérdida de la dignidad suele ser, desde siempre, motivo de análisis, y de hecho la indignidad puede caracterizar la posición inicial del sujeto en sus lazos sintomáticos. En nuestra práctica, podemos encontrar a individuos que llegan al análisis a partir de la ruptura provocada en sus vidas por ciertas posiciones indignas desencadenadas por la violencia de la segregación u otras causas.
… la indignación es el afecto que nos embarga cuando nuestra singularidad es cuestionada, desconocida o rechazada, y por lo tanto hay que interrogar la relación entre la dignidad y esa singularidad que Freud llamó der Kern unseres Wesens, el núcleo de nuestro ser”2.
Hay una articulación fundamental entre el terror y la satisfacción pulsional, y esto es esencialmente freudiano (El malestar en la cultura). Y tiene que ver con el hecho de que –como sostiene Osvaldo Delgado– «si no se dispone del concepto de pulsión de muerte (…) el análisis de la práctica del terror como la aplicada por la junta militar, se desorienta y se entra en profundas contradicciones» 3. Tampoco, agrega, podemos dejar de lado el concepto de inconsciente cuando hablamos de lo social.
La pulsión de muerte es ineliminable, lo que Delgado llama pasiones oscuras, «la crueldad, la tortura, el asesinato»4. Está claro que, escuchando los testimonios, de lo que se trataba era de las pasiones sádicas desatadas. No eran perversos, psicóticos. Es la noción de la banalidad del mal de Hannah Arendt, el torturador que terminada su jornada iba a buscar a su hijita a la escuela.
El mal es banal, transparente y se trata de estar bien en el mal, es la esencia de la ética sadiana.
Por ello se hace necesario, limitar la proliferación a mansalva de estas pasiones, permitiendo que la satisfacción pulsional se sintomatice por vías solidarias de la vida.
Silencio
Es la consecuencia directa de la tortura. El silencio, algunos sobrevivientes lo situaban como otra verdadera tortura, divididos entre la voz que los impulsaba a hablar y el temor a sembrar el terror en los otros, en sus familiares, en sus hijos, en sus amigos.
El silencio era la consecuencia no solo de la dificultad a priori de ligar a la palabra lo real del horror padecido, no sólo eso, sino también algunos pensaban que esa experiencia de tortura dejaría secuelas en sus hijos.
Ellos dieron cuenta en las entrevistas de la dificultad que encontraron en decir, por ejemplo, «yo fui torturada/o». Una enorme dificultad en transmitirlo, así lo describían ellos. Durante todos esos años posteriores a esas experiencias concentracionarias, los que se animaban a tomar la palabra, asistían luego a los compañeros que tenían ese obstáculo. Los buscaban, los convocaban, los invitaban a participar de su causa.
Algunos referían esa dificultad de hablar, de tomar la palabra, porque decían, el cuerpo en esos momentos habla por uno.
Tiempo
La sutura demanda un recorrido y un tiempo que no es para todos. Cada uno elige desde su propia singularidad. El tiempo de anudar la palabra a ese acontecimiento no está escrito en ningún manual sobre cómo advendrá para cada Uno.
El punto de capitón no es inmediato y hay un tiempo de cada uno, esa torsión que sólo el trabajo de la elaboración puede operar y que una escucha analítica puede causar.
«Se trata de encontrar los rastros elocuentes de una experiencia» (Ana María Careaga).
El análisis como experiencia ética
El dispositivo se ofrece como adecuado para alojar este decir. El acontecimiento analítico como experiencia ética es un campo marcado por dos reglas: la asociación libre y la abstinencia, como señala Delgado en su tesis de doctorado, La aptitud de psicoanalista. Instalar un campo para el uso de la palabra bajo la condición que quien escucha se abstenga de dar sentido, de la sugestión y de significar lo que escucha. Esa abertura en el Otro es la condición propicia para que el decir prospere. Como sabemos, no hay un modo para todos de padecer el horror, el dolor, el flagelo, lo indigno, la humillación persistente. Cada Un-cuerpo hará con eso lo que puede (Con Spinoza postulamos que nadie sabe lo que puede un cuerpo).
Cuando hablamos de cuerpo nos referimos al cuerpo del que habla el psicoanálisis. No es el organismo. No es algo dado. Se construye. Incluso, como sostenía Lacan, se puede perder. Las personas sometidas a tormentos atraviesan esta experiencia. El flagelo persigue ese objetivo, eliminar todo rastro de sujeto, toda singularidad. Son procedimientos que apuntan al extravío del cuerpo del ser hablante, metaforizado, libidinizado. Queda expuesto un punto de máximo desamparo y desvalimiento, el nombre que Freud usa en el Proyecto de una psicología para neurólogos (Hilflosigkeit) da cuenta de este de esta extrañeza estructural.
Por tanto, la palabra aloja al cuerpo y haciendo referencia a uno de los informes de esta investigación presentado en otro espacio, destacamos un pasaje de J.-A. Miller: «si hay derechos humanos, si existe la comunidad humana, es porque somos todos hijos de síntomas»5.
¿Cómo habla el cuerpo? Con el síntoma. Los testimonios dan cuenta del recurso nombrado para recuperar ese cuerpo extraviado.
Por eso, Ana M. Careaga señala: «El psicoanálisis es el caso por caso, atiende al sujeto en su singularidad, a aquello que lo determina y frente a lo cual se hará responsable. El terrorismo de estado, el genocidio, las guerras, la discriminación, el racismo, apuntan a borrar las subjetividades, anulando el sujeto»6.
Ellos señalan con cierto énfasis que no fueron víctimas, que estaban advertidos. De ahí luego, la resistencia y sus reivindicaciones en el orden de la memoria y la justicia en el marco de una lucha más articulada con los Organismos y el movimiento obrero, dado que inicialmente se trata de sobrevivientes de un plan sistemático de exterminio para imponer un modelo de corte neoliberal.
Por eso, ellos, los sobrevivientes (un nombre digno), exigen que el Estado se haga cargo de las consecuencias y de las secuelas que dejó en ellos el terrorismo de estado, porque, sostienen, la tortura es un crimen político contra toda la comunidad. Otros, además de situar dichas consecuencias como marcas inolvidables, tomaron dimensión de quién es el verdadero enemigo y cuáles fueron sus procedimientos.
Para concluir citamos un pasaje de uno de nuestros informes: «El acceso a la palabra de las víctimas de delitos de lesa humanidad requiere no solo de una política de estado sino de una política del síntoma».
En eso estamos.
Julio Riveros es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
UBA Facultad de Psicología. Proyecto de Investigación Psicoanálisis y DDHH.
*Texto presentado en el Congreso de APSA, Mar del Plata, 2019, El malestar en la cultura: el cuerpo en el sistema concentracionario (Mesa redonda), Equipo de Invstigación sobre la tortura, Programa de Extensión Psicoanálisis y Derechos Humanos, dirigido por El prof. Dr. Osvaldo Delgado y la Lic. Ana María Careaga, Cátedra Psicoanálisis Freud I, Facultad de Psicología, UBA.
Notas bibliográficas
1 Delgado, O. (2015), “La indignidad del Estado terrorista argentino”, en Consecuencias subjetivas del terrorismo de Estado, Ed. Grama, Bs. As., 2015, p.31.
2 Argumento IX Enapol, Sao Paulo, 2019, en: http://www.nel-amp.org/index.php?file=Actividades/ENAPOL.html
3 Delgado, O., El presente en la historia, publicado en: http://lalibertaddepluma.com/el-presente-de-la-historia/osvaldo-l-delgado/
4 Ibíd.
5 Miller, J.-A. (1997), “Joyce con Lacan”, en Revista Uno por uno, Nro. 45.
6 Careaga, A. M., Op.Cit., p.74.
Bibliografía
Delgado, O., La aptitud de psicoanalista, Editorial Eudeba, Bs. As., 2012.