Julio Riveros – La ley de hierro de Creonte y el acto trágico de Antígona: ¿polarización?

La mujer es la ironía de la comunidad
Hegel

La desnudez de la estructura de la obra pone en evidencia una tensión que excede la de los personajes en sí. En la soirée de Paris de la AMP Ana Aromí presentó un escrito sobre la polarización en el campo político y la escribió con los matemas S1 y S2 y no en el eje a — a’. La polarización está ahí, uno podría discutir ese esquema, de todos modos tiene eficacia.

Pero, ¿cómo leer la tensión entre Creonte y Antígona en la ciudad (polis) de Tebas, cómo polarización? ¿Es plausible ese tratamiento? ¿Quién media? ¿Hay mediación posible, cuando la ley positiva está encarnada, representada por Creonte que justifica la condena a muerte de Antígona para garantizar la comunidad?

La tensión podría leerse en otros términos posibles. Les propongo pensar qué otras posibilidades hay. Ley positiva o escrita vs. ley no escrita o leerlo en términos de género, es decir, como dice Nicole Loraux en Las experiencias de Tiresias, en términos políticos o ideológicos. Tensión entre moral y ética o entre poder y deseo o entre totalitarismo o tiranía y desobediencia civil, etc. Depende del lugar en el que nos situemos se podrá leer el acto de Antígona como acto de amor, acto libre, acto político, acto de insumisión, o como transgresión –Lacan en Seminario 7–, etc.

Entra Tiresias en escena. El anciano ciego y sabio, mutilado, sancionado, condenado por los dioses a detentar un saber que ahora pone en acto. Se arroga con justicia haber guiado las decisiones de Creonte en relación a la polis. Creonte le teme, le respeta, sabe que su decir si bien enigmático es certero y que conlleva siempre un efecto de verdad. Tiresias le advierte sobre la necesaria prudencia que es la mejor de las posesiones, lo amonesta por su insensatez. Recordemos que son dos nombres de mucho peso en la ética aristotélica y el pensamiento griego, phrónesis y hybris, prudencia e insensatez en el sentido del exceso. Tiresias lo llama «tirano insensato» e «imprudente» y lo llama así más allá de su investidura. Creonte se defiende como puede. Las flechas de Tiresias son eficaces. No evitan lo peor, pero lo señalan, lo advierten. Le advierte que ese exceso insensato lo enfrentará a las Erinias de Hades (deidades destructoras que producen la ruina a la larga «para que seas presa de tus propios males»). Nosotros leemos así esta admonición así: soportar las consecuencias de nuestros actos.

Dicho esto, Tiresias se retira y Creonte queda perturbado. El corifeo le recomienda que entierre el cuerpo lacerado de Polinices y liberar a la doncella (recordemos que ella no conoció himeneo, que no tenía hijos, solo sus padres que ya habían muerto, recordemos que era hija de Edipo y de Yocasta). Preso de sus propios excesos es conducido a lo peor: «Se habrán de ver, y no habrá que esperar mucho tiempo, lamentos de hombres y mujeres en tu casa». El reguero de sangre no tarda en desatarse.

La intervención de Tiresias no es solo un vaticinio, es una interpretación verdadera, una interpretación eficaz. Lee el brillo del mal implícito en la decisión de Creonte y extrae sus consecuencias. No hay magia ni mántica en esos dichos.

Condenar a muerte a una mujer, eliminarla de la comunidad, atentar contra ella, con la ley escrita en la mano pero transgrediendo leyes no escritas de los dioses que nadie sabe quién las hizo pero están, tiene consecuencias. Decisiones de estado soportadas en estas transgresiones conducen a lo peor.

¿Qué dimensión política está implicada en el hecho de que sea una mujer la que encarne ese lugar de resguardo, de cuidado más allá del límite de la norma de la Polis? ¿Es que en ese punto deja de ser una ciudadana? ¿Reniega de su función, de su lugar en ese otro campo que Aristóteles llamaba de la reproducción? ¿Es que una mujer está en mejores condiciones de sostener esa posición? Son ellas las que dan a luz sus hijos y quienes militan para enterrarlos cuando actos injustos se los arrebatan.

El cuerpo insepulto de un hijo: ellas lo denunciarán y se lo cobrarán, cada Una a su modo. Esta es, a mi gusto, la verdadera ironía que encarna una mujer en la polis.

Entonces y para concluir: ¿De qué orden es el saber del cual Tiresias es erudito?

 

Julio Riveros es psicoanalista. Reside en Buenos Aires.

 

* Sófocles, Antígona, traducción de Luis Gil, Penguin Clásicos, Ediciones Debolsillo, Barcelona 2016.

 

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