Julio Riveros – Leer la libertad individual neoliberal en anamorfosis

La “libertad” propalada globalmente, como receta universal, por el neoliberalismo en sus consignas reivindicativas contra el supuesto totalitarismo estatal atribuido a algunas gestiones de gobierno en el contexto del aislamiento social obligatorio y preventivo (ASPO) por el Corona virus, situación manifiesta en las movilizaciones “anticuarentena” de los últimos meses en el contexto de la pandemia por la COVID19, donde bajo la dominancia de una increencia en lo real, reclaman “por su derecho a contagiarse y a contagiar al otro”, tal como señala en una de sus clases Nieves Soria en su Seminario Mutaciones del Parlêtre, nos introduce a una serie de consideraciones sobre la idea de libertad (sin comillas esta vez). ¿De qué libertad se trata la que impulsa el neoliberalismo?

Proponemos que esa versión neoliberal sea leída en anamorfosis, extrayendo esta última noción del Seminario 7, cuando Lacan utiliza, en la clase del 10 de febrero de 1960, el término extimidad como “exterioridad íntima” 1, exterioridad que “es la Cosa” misma. En anamorfosis, por tanto,  es susceptible de ser leído el corazón de lo que se ve o se percibe apresuradamente, como en la tela de Hans Holbein el Joven,  Jean de Dinteville y Georges de Selve o Los embajadores: el horror de la Cosa misma, despojada del semblante sublime que la circunda.  Lacan vuelve a referirse a esa tela de Holbein en Seminario 112, recordemos. Sólo es menester cambiar de punto de vista para localizar lo que anida en lo luminoso de la tela. Los que estudiamos el concepto de sublimación como destino para la pulsión estamos advertidos que la frontera entre lo sublime, lo bello y el horror, incluso lo excrementicio, no es clara. Ese margen es difuso. Sublimar no es sinónimo de belleza necesariamente. La pulsión puede seguir su propio derrotero hacia la satisfacción trascendiendo toda estética de lo sublime. Podemos localizar estas expresiones en algunas muestras de arte contemporáneo.

Leer la libertad neoliberal en anamorfosis, nos conduce a ciertas consideraciones.  Jean-Paul Sartre en El existencialismo es un humanismo, considera  que “no hay determinismo, que el hombre es libre, el hombre es libertad. Si, por otra parte Dios no existe, no encontramos frente a nosotros mismos valores u órdenes que legitimen nuestra conducta.  Así, no tenemos un detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, justificaciones o excusas.3 El hombre reducido a su propia justificación ética, sin Otro, podríamos decir. Entonces, cómo pensar la eticidad, como diría Hegel. El mismo Sartre limita, instala un borde y sostiene que la dimensión de la responsabilidad no implica lo que llama mala fe: “… en verdad, muchos creen al obrar que solo se comprometen a sí mismos, y cuando se les dice: pero ¿si todo el mundo procede así? se encogen de hombros y contestan: no todo el mundo procede así. Pero en verdad hay que preguntarse siempre: ¿qué sucedería si todo el mundo hiciera lo mismo? Y no se escapa uno de este pensamiento inquietante sin por una especie de mala fe4

Desde Lacan, sabemos que toda elección supone una pérdida. Es la noción de elección forzada. Elegir, como en el ejemplo de Sartre, entre ir al frente de batalla o cuidar a la madre anciana, cualquiera de ambas opciones comporta una pérdida ante lo cual no existe otro horizonte que el de soportar las consecuencias de los actos.  Otro aspecto a considerar en la línea de lo obliterado sirviéndose del semblante es el concepto de servidumbre voluntaria, según Étienne de La Boétie  [autor cuyo Discurso sobre la servidumbre voluntaria fue tratado por Gabriel Ainciart-Cummingham en el Nro. 4 de esta Revista]5.

Jacques-Alain Miller escribe que la extimidad designa un hiato en el seno de la identidad misma del sujeto. Esto remite a un modelo topológico para explicarlo. Ese hiato en el seno de la identidad es escandaloso en los discursos que creen fundarse en la misma. Freud puso el dedo en la llaga. El inicio freudiano de esta operación fue  el sujeto histérico, un sujeto que testimonia una debilidad íntima.  Pero Freud la lee como una mentira fundamental, no hay autenticidad, el sujeto está obligado a lazos, que por más razones identificatorias que detente, no logran taponar esa hiancia. Este hiato, dice Miller,  tiene un envoltorio político, y la noción de servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie nos guía hacia la develación de  «un cubrimiento por parte del amo, en la medida que en que él libra de la extimidad y hace sentir, esta opresión como exterior, lo que desde cierta perspectiva es una liberación. Se lo llamó, por ejemplo, servidumbre voluntaria, para retomar el título de La Boétie. Evidentemente, de ahí a hablar del goce del oprimido hay una brecha, que obedece precisamente a que se debe distinguir el lugar y lo que lo ocupa. Pero, finalmente, hay un envoltorio político del hiato mismo.”6

Queda abierto el camino para que la dimensión de la responsabilidad respecto al propio goce quede elidida por vía de una suerte de mala fe sartreana.

Por tanto, la justificación del acto propio sobre el supuesto de la apología de un bien absoluto, de un valor inalienable a nivel del semblante, pone en juego “lo que no debe ser mostrado”, pero que de todos modos incide. No es “políticamente correcto” postular como fundamento de la acción política el odio al semejante, el deseo de muerte dirigido al otro, la oscura voluntad de arrasarlo (el otro “populista” –en la significación europea del término-, peronista, democrático, de izquierda, negro, mujer, queer o trans, poco importa la cualidad de la diferencia en juego), no debe ser exhibido, debe permanecer oculto. Íntimamente oculto, para exhibir lo contrario. Ya conocemos la vocación irreductible de los neoliberales por los simulacros. La hiancia entre el goce oscuro que los anima y lo que muestran y dicen.  Por tanto, si la lectura de lo que se instala con el nombre de “libertad individual” en este discurso, si se lee en anamorfosis, podemos situar lo que se oculta y que de ninguna manera debe ser explícito, pero que, al mismo tiempo responde a una decidida enunciación. Coincidimos con Aníbal Leserre cuando escribe en La hidra neoliberal: “… intentamos señalar otro punto de comparación, al considerar la expansión neoliberal como un imperialismo del capital financiero junto a la construcción de ficciones como, por ejemplo, el fantasma del populismo, causa de todos los males, para consolidar su hegemonía.”7 La necesidad de construcción de un enemigo está al servicio de la justificación de lo peor en la vía de la “mala fe” sartreana.

Por  tanto, proponemos leer la libertad individual neoliberal en anamorfosis. El filósofo italiano Maurizio Lazzarato en La fábrica del hombre endeudado. Ensayo de la condición neoliberal,  escribe: “En este [se refiere al ‘liberalismo’], la libertad es siempre, y ante todo, la libertad de la propiedad privada y de los propietarios. Cuando estos ‘derechos del hombre’ están amenazados –ya sea por la crisis, la rebelión o cualquier otro fenómeno [léase por ejemplo la pandemia actual de la COVID19], el régimen liberal no sirve y se tornan necesarios otros regímenes de gubernamentalidad para seguir su perpetuación. Así, el problema de ‘gobernar lo menos posible’ creó en principio las condiciones y a continuación dejó su lugar, como siempre en la historia del capitalismo, a políticas mucho más autoritarias. Si se lee Nacimiento de la biopolítica (de Michel Foucault) a la luz de lo que acontece en nuestros días, nos sorprenderá cierta ingenuidad política, porque la parábola trazada por el ‘liberalismo’ siempre conduce a los mismos resultados: crisis, restricción de la democracia y las libertades ‘liberales’ e instalación de regímenes más o menos autoritarios, según la intensidad de la lucha de clases que haya que librar para mantener los ‘privilegios’ de la propiedad privada.”8

No es plausible poner entonces en la misma línea, la servidumbre voluntaria del opúsculo del amigo de Montaigne y lo que podemos llamar el consentimiento civil ─bastaría referir al ciudadano Sócrates o al ciudadano Spinoza. Ambos sesgos cursan carriles diferentes. El primero apunta a un pathos exhibido como docilidad y de la cual diría Nietzsche no es más que simulacro, resentimiento y decadence, deslizándose hacia la negación misma de la política. El segundo, conduce a la construcción de una efectiva comunidad democrática, la que se busca, la que instala en su fundamento la diferencia como condición necesaria para la construcción política y de las diversas prácticas de vida en la ciudad, el psicoanálisis entre ellas.

 

Julio Riveros es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

Docente de la Facultad de Psicología (UBA).

 

Notas bibliográficas

Lacan, J., El Seminario, Libro 7, La ética del psicoanálisis, Paidós, p. 171, Bs. As., 1988.

Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Aún, Paidós, p. 95, Bs. As., 1986.

Sartre, J.-P., El existencialismo es un humanismo, Ediciones del 80, p. 21, Bs. As.

Ibid, p. 18.

En: http://lalibertaddepluma.com/gabriel-ainciart-cunningham/

Miller, J.-A., Extimidad, p. 27, Paidós, CABA, 2010.

Leserre, A., La hidra neoliberal, Grama, p. 65, Buenos Aires, 2019.

Lazzarato, M., La fábrica del hombre endeudado, Amorrortu editores, p. 125, Bs. As., 2013.

 

¡HAZ CLICK Y COMPARTE!