El feminismo y la transformación de la intimidad
Podríamos decir que la esencia de la política feminista, especialmente la de la segunda ola, ha sido la transformación de la intimidad y de las relaciones cotidianas a través de una profunda reflexión sobre las relaciones de poder que las atraviesan, como así también sobre el propio cuerpo. Un cuerpo que, como muestra John Berger a través del análisis de obras de arte, ha sido constantemente objeto de exhibición y evaluación de la mirada masculina1.
Las feministas han trabajado, por un lado, por instalar una visión de mundo crítica a las relaciones jerárquicas entre los sexos y poner en evidencia que éstas son producto de relaciones de poder y no la consecuencia de diferencias biológicas; y por otro, por construir una forma de hacer política propia de las mujeres. Con base en la reflexión sobre sus propias prácticas y experiencias (por ej. en los grupos de autoconocimiento o de concienciación) mostraron la distribución desigual del poder entre varones y mujeres y las especificidades de esa desigualdad dentro de otras desigualdades posibles. Al poner bajo análisis crítico las relaciones entre varones y mujeres se cuestionaron también los roles definidos en la familia y así se politizó la mirada sobre ámbitos considerados opuestos a lo “político”.
La consigna feminista “lo personal es político” hace explícito precisamente que los problemas de la esfera de la intimidad están atravesados por relaciones de fuerza. Según Remi Lenoir el caso de las reivindicaciones feministas es un caso extremo donde los problemas que existen en estado privado, bajo la forma de “problemas personales”, se convierten en “problemas de sociedad”2. Resumiendo, las feministas han desplazado la mirada desde el lugar dónde el punto de vista masculino ubicó el poder, hacia los lugares donde las mujeres desarrollaban sus vidas cotidianas. Y han mostrado que el poder no solo está en el “espacio público” inaugurado por la modernidad, sino también en la contracara del mismo, el denominado “espacio privado”3.
Hasta que sucedieron las manifestaciones masivas del Ni una Menos, el Paro de Mujeres y los apoyos callejeros al debate por la despenalización del aborto, la política de los feminismos no era evidente para las mayorías. Es más cómodo identificarla hoy cuando algunas de las formas de la militancia se asemejan a las formas de la política tradicional (la de los partidos políticos y de los movimientos sociales). En los años 70, las feministas instalaron “lo personal es político” como definición de la “política” feminista. Hoy con la masificación, difusión y debate constante acerca de los feminismos, esta consigna que dio forma y contenido al espacio de los feminismos, se ha instalado de manera mucho más contundente en nuestro día a día.
Otra forma de estar en el mundo: la sororidad como articulación política
Aún con la multiplicación multitudinaria de las identificaciones con el feminismo, la denominación continúa funcionando como una especie de “persona colectiva” lo suficientemente amplia como para albergar muchas formas posibles de vincularse con ella4. Como mencioné más arriba, en la definición feminista de la política, el poder se encuentra inmiscuido en la manera en que pensamos la noción de persona. Si realizamos un examen minucioso de la militancia en los diversos espacios del feminismo encontramos importantes puntos para el análisis y la reflexión. Uno de ellos es que la definición que las feministas dan de mujer, basada en la individualidad, la autonomía y en la consigna “lo personal es político”, permite establecer una relación entre nociones de mujer, nociones de persona y formas de hacer política. Aquí “decisión (propia)” y “autonomía” son palabras que han adquirido un lugar central. Lo que se denomina feminismo es un desdoblamiento de la ideología individualista5. El individualismo sería el resultado de un largo proceso de autonomización de las esferas (lo político, lo económico, lo religioso, lo psicológico) de la sociedad y el feminismo expresaría otro desdoblamiento, en este caso en un dominio que se ha mostrado resistente a la destotalización: la familia6.
Otro punto de interés es que las características del individualismo hacen posible una relativización del mundo, al tiempo que privilegian una versión interiorizada de la identidad. En la militancia feminista de los años 70 la identidad y la crítica a la realidad se construyeron en prácticas grupales de introspección y reflexividad en las que se examinaban y se recodificaban los sentidos de las propias experiencias. Se consideraba necesario reflexionar y mirar dentro de sí para recuperar el deseo personal, el “propio yo” y el “propio cuerpo” y de esta manera sustraerlo de la trama de significados en la cual la mirada masculina lo ubicaba.
De las características de la ideología individualista podemos entonces resaltar tres puntos: la relativización del mundo, la versión interiorizada de la identidad y el conflicto como forma de reconocer al “otro”7. El primer punto se refiere a la mencionada evaluación crítica de la realidad que las militantes feministas han tenido hasta hoy y que permitió desplazar la mirada analítica hacia “lo privado”. El segundo es de utilidad para comprender la importancia de la individualidad en el “ser feminista”. Mientras que el último punto permite mostrar a la militancia feminista como una configuración social que encuentra en el conflicto una forma privilegiada de relación, en tanto única forma posible para sostener al mismo tiempo, y a nivel de la práctica, el reconocimiento de la diferencia, la autonomía y la igualdad8. Este punto es vital para pensar la relación entre las mujeres. La idea de “sororidad” mirada desde esta perspectiva debe ser leída como la articulación política de las mujeres en la construcción y defensa de una causa basada en experiencias propias y compartidas de exclusión. Y no ser considerada desde un punto de vista ingenuo donde el consenso y la afinidad derivarían de la biología y por lo tanto carecerían de contenido.
Desafíos de la reactualización de la consigna “lo personal es político”
Una de las preocupaciones frecuentes en estos tiempos, que se manifiestan en espacios de socialización como la familia o la universidad, es el desafío que significa para jóvenes y adolescentes llevar a la práctica estas nuevas formas de relación que se plantean a partir de las reflexiones que se generan en el contexto de la política feminista. Lo personal es político de los años 60 y 70 construyó al movimiento y puso en marcha la trasformación en ciertos espacios, sobre todo en las formas de articular al activismo. Pero la transformación más resistente ha sido siempre la de los lazos interpersonales. ¿Qué significa hoy “lo personal es político”? El eslogan de los años 60, a partir de las identificaciones masivas con el feminismo, ¿habría pasado de la creación de conciencia en una generación hacia un traslado más claro de esta consigna a las relaciones interpersonales? Las preocupaciones mencionadas muestran que actualmente “lo personal es político” ha adquirido una nueva dimensión y pasó a ser un elemento dinamizador del día a día de las nuevas generaciones. Las relaciones basadas en jerarquías, donde ciertas prácticas habían sido naturalizadas, están bajo examen. Los pequeños/grandes sometimientos que eran festejados o callados hoy son cuestionados. Las mujeres jóvenes y adolescentes no están tan dispuestas a callar y no ven como normales tratos que antes eran parte de los códigos culturales.
Pero este cambio no afecta solamente a las nuevas generaciones. Las denuncias (y con denuncia me refiero a cualquier forma de explicitación ante otro/as de los aspectos de las prácticas que “incomodan”) que realizan hoy día las jóvenes y adolescentes suelen leerse como exageraciones, algo así como “a las pibas se les va la mano” o “se pasan de rosca”.
¿Por qué esto es leído como exageración? ¿Eran anteriormente leídas como exageraciones las diversas complicidades a sometimientos que la mayor parte de las veces provocan daños duraderos en quienes los sufren? ¿Qué pasa con las relaciones entre profesores-alumnas/os/es, compañeras-compañeros-compañeres, profesoras-alumnos/as/es hoy que el feminismo llegó a las aulas, pero ya no solamente desde la teoría, sino desde la convivencia cotidiana? ¿Qué pasa con las relaciones padre-hija, padre-hijo, padre-hije, hermana-hermano-hermane, madre-hija, madre-hijo, madre-hije hoy que el feminismo llegó al día a día de las familias? ¿Qué pasa hoy cuando el feminismo permea las relaciones amorosas construidas en referencia al amor romántico cuya lógica de seducción está basada en la desigualdad? ¿Cómo se reemplaza en el amor la lógica de la desigualdad por una lógica de vinculación politizada, que denuncia lo que es vivido como desigualdad o sometimiento y cuestiona los lazos personalísimos?
Por suerte las nuevas generaciones ya han comenzado a pensar en eso y se dan estrategias para el cambio desde prácticas diversas y creativas. Por ejemplo, Tamara Tenenbaum propone la “erotización del consentimiento”, en su libro El fin del amor. Coger y querer en el siglo XXI para reemplazar las fantasías eróticas afines a la estructura jerárquica inherente al amor romántico y los roles jerárquico-generizados de activos y pasivos9. Otro ejemplo es la resolución que tomaron las alumnas del Colegio Nacional Buenos Aires de denunciar, en el acto de fin de año las situaciones de abusos que se “toleraron” por años. La decisión es no se festeja, se pone en evidencia y en una situación colectiva lo que todos callan. Y esto fue posible por la sororidad entendida en clave política, de política feminista.
Los desafíos de las nuevas generaciones son no callar y encontrar la manera de crear nuevos códigos. El nuestro, el de las generaciones no tan jóvenes, es aceptar los desafíos que traen las nuevas generaciones, aprehender el conflicto desde una nueva perspectiva y abrir todas las posibilidades a las exigencias de revisión de las relaciones y, entre otras cosas, participar de la construcción de los nuevos acuerdos, que seguramente no estarán exentos de incomodidades y desorientación.
Laura Masson es antropóloga, reside en Buenos Aires.
Master y Doctora en Antropología Social por la Universidad Federal de Río de Janeiro. Docente-investigadora del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín. Coordinadora del Núcleo Interdisciplinario de Estudios de Género y Feminismos ( https://www.facebook.com/NIEGyF/ ). Autora de La Política en Femenino. Género y Poder en la Provincia de Buenos Aires (Antropofagia, 2004) y de Feministas en todas partes. Una etnografía de eventos y narrativas feministas en Argentina (Prometeo, 2007).
* Este texto está basado en el libro de la autora Feministas en todas partes. Una etnografía de eventos y narrativas feministas en Argentina. Ed. Prometeo, 2007.
Notas:
1 John Berger. Modos de Ver. Ed. G. Gilli.
2 Lenoir, Remi. 1989 “Objet sociologique et problème social”. En: Champagne, P. et al. Initiation a la pratique sociologique, Paris, Dunod.
3 Viviana Zelizer muestra de manera ejemplar la permeabilidad entre ambos mundos en su libro La negociación de la intimidad.
4 El concepto de “persona colectiva” fue tomado de Luc Boltanski, Les cadres. La formation d’ un groupe social. Paris, Minuit, 1982.
5 Sobre este punto ver Franchetto, Bruna.; Cavalcanti, M; Heilborn, M. 1980. “Antropologia e feminismo” En: Francheto, B. et. al. (comp.) Perspectivas Antropológicas da Mulher 1. Rio de Janeiro, Zahar Editores.
6 Dado que la palabra “individualismo” es utilizada a menudo como categoría de acusación, quiero resaltar que no la utilizo aquí en ese sentido, sino como categoría teórica. Louis Dumont muestra en sus trabajos al individualismo como el sistema de representaciones dominante en las sociedades modernas que toma a la noción de igualdad como valor y niega las jerarquías.
7 En su libro O individualismo. Uma perspectiva antropológica da ideologia moderna, Louis Dumont sostiene que si los defensores de la diferencia reclaman al mismo tiempo igualdad y reconocimiento están exigiendo lo imposible. La igualdad sólo sería verdadera en el nivel de la representación, mientras que las formas prácticas de la integración, remiten a un todo y son implícitamente jerárquicas, o sólo el conflicto se califica como integrador.
8 Quiero aclarar que no considero al conflicto como una forma negativa de relación, sino una forma de relación a través de la cual se crean vínculos sociales, como sucede también en el consenso.
9 El fin del amor. Coger y querer en el siglo XXI. Ed. Ariel, 2019.