Robert Castel – «Las trampas de la exclusión. Trabajo y utilidad social»
Comentario por: Daniel Aksman.
El desempleo masivo de la década del 90 en Francia despertó todo tipo de reacciones que buscaban responder a la catástrofe social que implicaba una masa de desocupados sin horizonte ni perspectiva. El término ‘exclusión’ se impuso en el discurso de la época tomando protagonismo y Robert Castel lo analiza en este texto.
Castel se inscribe entre aquellos que intentaron pensar la función del trabajo en la actualidad, en contraposición a los que planteaban una suerte de ‘deconstrucción del trabajo’, sostenida luego del advenimiento de la crisis en Europa a fines del siglo XX.
A partir de las transformaciones en la producción y el trabajo, las tasas de desempleo se dispararon a cifras siderales generando una corriente de pensamiento (J. Habermas, C. Offe, J. Rifkin) que propugnaba el fin o la desaparición del trabajo o la pérdida de su centralidad. En oposición, surgieron voces como la de Castel que señalaba, por el contrario, al trabajo, como un lugar de referencia primordial y central en nuestra época. Prueba de ello sería la creciente demanda social y el flagelo subjetivo que vivencian aquellas personas que carecen de empleo.
En Castel, el trabajo ocupa un lugar de referencia social no solo en el sentido económico sino también en el sentido cultural y simbólico. En nuestros términos y más allá de la actividad que implica, podemos pensarlo como un significante, un semblante con el cual el sujeto puede hacerse representar frente a los otros, haciéndose partícipe de un sistema de reconocimiento.
Más allá de esa actividad vital que siempre fue el trabajo, y desde Marx, aquí se trata de la tensión entre su forma originaria tal como se conoce a finales del siglo XVII, es decir el trabajo “como mercancía” y el trabajo como “propiedad social”.
Si bien Castel no desconoce el factor alienante del trabajo, él hace hincapié en otro aspecto del mismo ligado al desplazamiento del individuo del espacio privado al espacio público y al de la interacción social.
En cierta medida es cierto, pero debemos tener en cuenta la lectura que hizo Marx cuando detecta que algo no funcionaba allí: el malestar que trajo el surgimiento del proletario en tanto aquel que se quedaba sin identificación y sin discurso. Por lo tanto, fuera del lazo social.
Este señalamiento de Lacan, que nombró como síntoma aquello que Marx planteaba, permitió diferenciar el síntoma como acontecimiento singular e individual a diferencia del síntoma social: el proletario. Esta respuesta iba dirigida también, a diferenciar los dos síntomas, el social y el analítico, en respuesta a aquellos que querían pensar el Psicoanálisis desde categorías marxistas.
Pero Lacan se sirve de la lectura marxista del síntoma para plantear el surgimiento en el capitalismo de una soledad proletaria que queda a la deriva y distinguir el síntoma social del síntoma en su singularidad.
Si bien Castel no toma a Lacan propone el título “las trampas de la exclusión” desconfiando de su uso y haciendo una crítica del concepto. Por la heterogeneidad de sus usos, ya no se sabe qué es la exclusión, dado que nombra realidades muy diferentes: un desempleado de larga data, un joven marginal o los ‘sin techo’.
El uso político y mediático del término surge a partir de los ´90 y se plantearía en contraposición a una inserción previa, a una afiliación social perdida, a una desconexión respecto de estados previos más o menos estables. Se advierte allí, un eco de la relación al Otro tachado, esa fragilidad de los significantes amos tradicionales, la pérdida de esa clásica inserción social que pasaba por la identificación a valores, ideales, rasgos socialmente aceptados que le prometían un lugar en la comunidad. Y el trabajo implicaba un punto de anclaje a partir del cual poder sostener ciertos lazos sociales.
De cualquier manera, habría que evitar el abuso del término y afinar qué queremos decir cuando hablamos de exclusión. Sabemos por nuestra clínica que también en algunos casos se trata de un fantasma.
Hubo efectivamente sociedades de exclusión, donde su lógica implicaba una exclusión absoluta y real, sostenida oficialmente por leyes y estatutos y para nada azarosa o arbitraria sino justificada de acuerdo a sus propios parámetros. Por ejemplo, la sociedad esclavista o el régimen Nazi.
De manera diferente la lógica de la exclusión actual estaría planteada en términos de una precarización, una vulnerabilidad o un desarraigo respecto de alguna referencia estable. El orden Simbólico ha ido mutando y sus semblantes también.
Si para el liberalismo un individuo es un propietario, la pregunta es qué ocurre con los no- propietarios. Cruzando el trabajo con el ‘Derecho’ surgiría una ‘propiedad social’. El ‘derecho al trabajo’ como concepto implicó dotar a los no-propietarios de una propiedad y a la comunidad, de un equilibrio que evitara tanto caer en la anomia social como la fractura de los lazos sociales.
El llamado “Estado Social” jugó un rol fundamental al respecto y aún perdura en algunos pocos países de Europa pero vemos que en la mayoría y especialmente en Latinoamérica, el Estado Social o su esbozo, está en plena retirada quedando los sujetos más a la deriva.
La referencia al Derecho es el nudo del texto, considerado fundamental para pensar el lugar del trabajo, porque rodeándolo de protecciones y seguridades, intentando garantizar esa propiedad social sin perder de vista la lógica necesidad de generación de riquezas, se fortalecería la cohesión social, conjurando el riesgo de las sociedades modernas de caer en la exclusión.
Si bien estas no son sociedades de exclusión, existe la amenaza de la exclusión.
Frente a esta amenaza que se cierne sobre nuestra comunidad podemos decir que, por un lado, ni la fe, ni la esperanza, ni la caridad, funcionan para abolir la pulsión de muerte que opera bajo la amenaza de la exclusión. Pero eso no implica convalidar procesos políticos que la favorecen.
Hoy vemos también sujetos desarraigados y a la deriva que buscan una salida por el lado de una identificación cultural o étnica encontrando un lazo social en un ‘nosotros’ identitario que alimenta los procesos de segregación. Como en la película de Spike Lee Haz lo correcto donde pobres contra pobres de un suburbio neoyorkino terminan en una guerra fraticida.
Desde el Psicoanálisis podemos señalar que la “Política” puede y debe jugar un rol que permita al individuo contemporáneo habitar el capitalismo de un modo que no sea ni segregativo ni por la vía de la exclusión, señalando ese real allí donde se presente.
Daniel Aksman es psicoanalista, Buenos Aires
Miembro de la EOL y de la AMP/Integrante de la Dirección del Departamento de Estudios de Psiquiatría y Psicoanálisis del ICDEBA/Docente del Instituto Oscar Masotta.
Castel, R., Las trampas de la exclusión. Trabajo y utilidad social, Topia Editorial, Colección fichas para el siglo XXI, Buenos Aires, 2015.