Loretta Biondi – ¡Grito! al atardecer un megáfono en la calle

El 9 de marzo, repentinamente, un insólito, inverosímil y brusco silencio invadió el aire en torno a mi casa. A mi ciudad, a mi barrio tan bullicioso, cercano al mar, pululante de un ir y venir de coches, de gente. Un real a circunscribir.

Desde ese día, puntualísimo, a la misma hora, siempre al atardecer, desde el megáfono en boca de un hombre joven, solo, tranquilo (aunque no tanto) oigo y escucho su grito, dirigido al cielo donde la luna comienza a aparecer. De inmediato, me viene a la mente un fragmento de Lacan, de la clase del 8 de febrero de 1956, de su Seminario III Las piscosis. Lo busco, lo encuentro: “[…] Si hay algo mediante lo cual la palabra llega a combinarse con una función vocal absolutamente a-significante, y que, empero, contiene todos los significantes posibles, es precisamente lo que nos estremece en el alarido del perro ante la luna”1.

El joven está gritando: “¡Presidiarios, quemen todas las prisiones! ¡Escapen y se encontrarán en la verdadera y única cárcel del mundo!”. Lo repite, una vez y otra vez, caminando a paso rápido en torno al poblado, con el rostro y el megáfono dirigidos hacia el vacío, hacia lo alto.

Luego, me enteraré por las noticias que, precisamente ese día, se produjeron distintos incendios en algunas cárceles repartidas por el territorio nacional, que hubo algunos muertos y varios heridos. Según lo difundido, la mecha se encendió a partir de la interrupción inmediata de las visitas de los familiares a los presidiarios amotinados en las cárceles, más allá de las normas permitidas, y a su suspensión, también inmediata, por decreto gubernamental.

Y entonces, aparece otro grito que perfora el sordo silencio. Es una voz femenina que grita desde la ventana de alguna vivienda más alejada: “¡Debería darte vergüenza, regresa a casa de inmediato!”

Finalmente, la cadencia repetida se rompe para dar lugar a la respuesta, es tiempo de una reacción rápida, siempre con el megáfono: “Solo tú debes avergonzarte, madre desalmada (perversa): eres ignorante y no comprendes nada”.

Y entonces, puntual, siempre a la misma hora, en los días pasados en confinamiento, se oye un grito con desviaciones metonímicas: “El infierno es estar encerrados en casa, el infierno está afuera”, “Poderosos dueños de las casas farmacéuticas, quieren compradores para sus venenos, el veneno se lo daremos nosotros”.

Por la calle, pasan despacio las camionetas del ejército y los coches de la policía. Controlan que no haya gente dando vueltas. Él, el muchacho del megáfono, tiene su propio desvío, puede continuar tranquilo su recorrido por el barrio, gritando.

Desde una terraza vecina, algunos comentan que se trata de un personaje conocido por las Fuerzas del Orden, por venta y uso de drogas.

Y, nuevamente, invade el silencio: todos desterrados, dentro de los límites de sus propias casas.

El clima comienza a ser apacible, permitiéndoles a aquellos que tienen terrazas o jardines poder disfrutarlos, aún en esta época de visible aprensión.

Nuevos ritmos, nuevas escansiones de lo cotidiano jamás vividas: un nuevo orden cobra forma para quien, habitado por el deseo de la causa analítica, debe inventar nuevos caminos para sostener el vínculo de la comunidad analítica en su forma de Escuela.

Programas cancelados que ya habían sido pautados, listos para ser celebrados en su esquema de Jornadas de Conversación, como epílogo de un tiempo de trabajo preparatorio para relanzar mayores progresos…

Ahora, de improviso, me encuentro con lo real, con un exponencial y creciente virus contagioso, contaminante, que ha llegado justo aquí, fulminante, tan inesperado como anunciado; es hora de escribir una página que ha quedado en blanco a causa de las fechas canceladas, no por elección propia: ¡es así!

Postergar? El tiempo es para vivirlo, la página en blanco para estampillarla escribirla, para marcarla. Se trata de un aggiornamento. Los instrumentos están, hay mucho por inventar en este mundo de la web.

Una transferencia que continúa siendo sostenida, una por una, cada uno con su propia capacidad, más allá del cierre de los consultorios se sostienen las transferencias. Uno por uno, cada sujeto a la obra con ese trabajo de hilado del propio parlêtre  ha de escuchar la presencia de la función del analista que, en esta forzada interrupción, precipitada tan rápido por un tiempo que se espera breve, pero cuya duración no puede preverse en una atmósfera social tan incierta, confusa.

Seguir manteniendo este hilo: la voz, la sonoridad de la voz que pasa a través de la tecnología, alguna imagen que hace cucú en el monitor de la computadora.

La relación entre la voz y el cuerpo de forma presencial y este uso “de contingencia”: aprés coup se verá el alcance. Sueños que brotan, que adquieren forma en estos días mediocres que pasan.

Rápidamente los hospitales se convirtieron en lugares de “primera línea”: sus territorios están rodeados y defendidos por medios militares. En épocas inimaginables, se crea, en tiempos muy breves, una reorganización de los espacios: muchas secciones y servicios se cierran para generar nuevas áreas. Entre los servicios cerrados en el lapso de pocas horas se encuentran los servicios psiquiátricos: pocas camas solo para urgencias.

La locura. Una mirada desde lo alto, en el arco donde el cielo, al atardecer, se prepara a mostrar las estrellas que, en estos tiempos, se dejan mirar.

No hay vidrieras iluminadas, las persianas están bajas, los neones apagados…

Surge ante mis ojos un fragmento del Seminario XVII. ¡Es de hace cincuenta años! Ahora, ya es mayo. Estos dos meses, tan intensos, han pasado muy de prisa y, a la vez, muy lentamente. ¡Era la clase del 20 de mayo de 1970, es la clase de hoy!

“Pero para los distintos objetos a que encontrarán sobre el pavimento al salir, en todas las esquinas de la calle, atrás de todas las vidrieras, en la proliferación de estos objetos hechos para provocar vuestro deseo, en tanto que es la ciencia la que ahora lo gobierna, piénsenlos como letosa. […] hay viento allí adentro, mucho viento, el viento de la voz humana”2.

Los días pasan, el asedio del contagio está disminuyendo aquí, en una ciudad de mar: el perfume de la salinidad atraviesa las ventanas abiertas, se confunde con el aroma del jazmín florecido. Tantos muertos sobre los hombros, cremaciones forzadas, no decididas, elegidas, ritos funerarios furtivos, apenas esbozados, el tiempo del sufrimiento, del luto, sofocado en un segundo.

El ritmo de nuevos vínculos, plataformas en videoconferencia, nuevas relaciones que surgen: ¿habrán sido relaciones, duraderas relaciones?

La pandemia ahora está allá, les ha llegado a mis amigos del otro lado del océano. Esos amigos que, en ese extraño y alejado febrero bisiesto —el mes más corto, pero más largo de este año—, me llamaban, estaban cerca de mí, estábamos cerca, ahora se encuentran en medio de esta marea oleada alta, cruda, cruel.

Sabrán lidiar con la angustia, el viento del deseo que gira en torno al vacío subjetivo, a la ausencia que habita en nosotros, los tendrá próximos al llanto, a la ironía que nos hace estar muy cerca de estos gritos, de la voz humana.

El clima es siempre más complejo…

El final del Cierre de Emergencia aplaca al silencio. Solo queda el tiempo de escuchar un último grito, que empieza a confundirse con los ruidos del tráfico: “¡Finalmente libres! ¡Volvamos a hacer lío! ¿Están contentos? Muchos más pobres sin techo, sin casa. ¡Asesinos, ladrones!”

Se ha dejado una huella para el discurso del analista que debe hacer algo al respecto: mover, hacer girar los otros discursos.

 

Loretta Biondi es psicoanalista, reside en Rimini.

Miembro AME SLP AMP. Actual presidente SLP. Docente Antenna Campo freudiano di Rn.

 

Traducción de: Marina I. Negro

Texto revisado por: Laura Rizzo

  

Notas bibliográficas:

1 Lacan, J.,, Il seminario libro III Le psicosi, Einaudi, Torino, 1985, p. 165

2Lacan, J., Il seminario Libro XVII  Il rovescio della psicoanalisi, Einaudi, Torino 2001, p. 203.

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