Lucíola Freitas de Macêdo – La «zona gris» de la corrupción

El término «zona gris» está actualmente en uso en diferentes análisis en el campo de la política, aunque no siempre con el debido rigor. Este concepto fue acuñado por Primo Levi, químico, escritor y sobreviviente, inicialmente concebido para designar la compleja red de relaciones en el interior de los campos de concentración nazis.

En sus primeros escritos, especialmente aquellos de carácter testimonial, la mención al «gris» a menudo estuvo presente como una figura del lenguaje e intuición poética, como un intento de poner en palabras ese «mundo terrible e indescifrable» en el que el escritor mismo, entre millones de judíos, fue confinado durante la Segunda Guerra Mundial. Solo en su último libro, Primo Levi llegó a concebir la «zona gris» como el concepto que se ha convertido en los últimos años en una «clave de lectura», es decir, una herramienta que abre la puerta a nuevas posibilidades de interpretación de una gama de fenómenos en los campos de la ética y la política1.

¿Qué es la «zona gris»? Se trata de una «zona de contorno mal definida» (Levi, 2004, p.36), formada, en aquel contexto, por prisioneros del campo de concentración nazi, encargados de ayudar al proceso de exterminio de los judíos, transportando los cadáveres de los prisioneros de las cámaras de gas venenoso a los hornos crematorios, con el objetivo de eliminar cualquier rastro de esa atrocidad, ya que la guerra había terminado, esto seguramente conduciría a los alemanes a acusaciones y a condenas por crímenes de guerra. De esta manera, el nazismo delegó a las propias víctimas una parte del trabajo indispensable para el funcionamiento de la industria de la muerte, transfiriéndoles el peso del crimen.

Levi dedicó un capítulo conmovedor a La zona gris del libro Los hundidos y los salvados. Nos dice que cuanto más atroz es la opresión, más se presenta una disposición a colaborar con el poder, impulsada por las motivaciones más diversas: la lucha por la supervivencia, como un intento de resistir al terror, por la ambición de un pequeño poder, o aún, como una estrategia para escapar de la tiranía del régimen impuesto. El escritor nos advierte, sin embargo, que en situaciones como estas, no es prudente precipitarse en el juicio moral, porque hay que tener en cuenta lo que significa actuar en circunstancias extremas y bajo la máxima coerción, es decir, en condiciones en las que no existe lugar para la elección.

En tal coyuntura, uno puede constatar la conjugación de  fenómenos que en otras situaciones parecerían improbables, como por ejemplo, la corrupción y, concomitantemente, el cumplimiento excesivo de la norma, cuyo ejemplo más expresivo fue nombrado por Hannah Arendt, con respecto a la obediencia ciega a la máquina nazi por parte de sus operadores, la «banalidad del mal» (Arendt, 2016, p.310).

¿De qué tipo de corrupción estamos hablando cuando se trata del fenómeno totalitario? Es notorio, desde el principio, que no estamos hablando de la corrupción como se hace en los regímenes políticos democráticos, caracterizada por conductas desviadas para obtener ventajas ilícitas. La corrupción que se hace bajo los auspicios de los regímenes de excepción corrompe, en primer lugar, los patrones normativos y jurídicos que guían las prácticas políticas propias de las democracias, como las distinciones entre el Estado y la sociedad civil, guiando rigurosamente sus acciones por las leyes que se promulgan, también cambiando el concepto mismo de legalidad. Un ejemplo de esto fue la promulgación de leyes raciales por parte del nazifascismo.

De este modo, las fronteras entre la excepción y la regla, entre la política y la biología, se van borrando, teniendo en su extremo el uso del biopoder al servicio del exterminio, hasta la corrupción de lo que es propiamente humano: la transposición del límite entre vida y muerte, la separación absoluta entre el ser vivo y el ser que habla (Agamben, 2008, p.156). Cuando se alcanza este punto, «ya no hay voluntad; cada pulso se convierte en una contracción refleja de los músculos destruidos… diez mil prisioneros y una sola máquina gris; están programados, no piensan, no desean. Simplemente marchan” (Levi, 1988, p.50).

La paradoja, cuando se trata de la corrupción propia del universo concentracionario, es que para mantenerse vivo en ese mundo monstruoso, amoral y aniquilador, la moralidad y la obediencia invariablemente conducen a la muerte. Levi informa que para sobrevivir, fue necesario cometer delitos menores: “Quince días después de la llegada, si veo una cuchara, una cuerda, un botón de los cuales pueda tomar posesión sin riesgo de castigo, los embolso, los considero totalmente míos, de pleno derecho” (Levi, 1988, p.35). Sucumbir es más fácil, suficiente para llevar a cabo cada orden recibida, comer solo la ración que le fue destinada y obedecer la disciplina del trabajo.

Así nos dice, no sin ironía, sobre Elias: “Elias era un ladrón. Nunca fue capturado porque solo robaba si aparecía una oportunidad segura. Cada vez que surgía esta oportunidad, él robaba. De nada serviría castigarlo por sus robos, porque eran un acto tan vital para él como respirar y dormir. En el campo, Elias prosperó y triunfó. Era un buen trabajador y sabía cómo salirse con la suya. Conseguía librarse de las selecciones de la cámara de gas y fue respetado por sus jefes y compañeros. Elias sobrevivió. Era físicamente indestructible y demente. Era un hombre feliz” (Levi, 1988, p. 98-99).

Levi defendió, mientras vivía y hasta sus últimos escritos, la tesis de que entre el campo de concentración y la vida cotidiana transcurrida en su regularidad banal, no había abismos insuperables, sino puntos de torsión, cruce y, a veces, continuidad. En 1974, treinta años después del final de la guerra, Levi publicó un artículo titulado «Un pasado al que ya no creíamos volver más», que dice: «Cada época tiene su fascismo y a eso se puede llegar de muchas maneras, no necesariamente con el terror de intimidación policial, pero también negando o distorsionando información, corrompiendo la justicia, paralizando la educación, difundiendo de muchas maneras sutiles el anhelo de un mundo en el que el orden reinaba de modo soberano, y la seguridad de los pocos privilegiados se alimentaba por el trabajo y el silencio forzado de la mayoría ”(Levi, 2016, p.53-56).

Sabemos que las sociedades democráticas no son monolíticas. Y que hay que mantener ciertas condiciones de ‘temperatura y presión’ para que la democracia no se ponga en riesgo. Esto no quiere decir que no haya grietas y paradojas, que, por cierto, son vitales para la democracia, e incluso estructurales. Una de las paradojas del estado de derecho democrático es aquella que está entre el poder constituyente y el poder constituido, es decir, entre la democracia y la legalidad. La grieta entre los dos no se agota en sus representaciones, por eso, para que la democracia no sea puesta en peligro, se necesita resistir a la hegemonía del pensamiento único, rechazando firmemente el llamado a una unidad totalizadora entre el representante y lo representado.

También se sabe que la política es un oficio marcado por la contingencia, y que hay que tomar las decisiones en un horizonte de incertidumbre. Esto significa que en el interior de la convivencia democrática existe un «nosotros» inconsistente, una fractura y una contradicción que redefine continuamente las dimensiones de la inclusión y de la exclusión (Innerarity, 2017 p.69-70).

Hoy, más que nunca, la corrupción encuentra sus raíces más profundas en la fragilidad de la política. Esperar que el castigo de los corruptos por sí mismo ponga el país de nuevo en camino y que sea la solución para los impasses de la democracia representativa distorsiona los problemas reales, e incluso los abismos que se presentan en el campo de la política.

El debilitamiento actual de lo político termina desencadenando el desconocimiento deliberado de lo real en juego, suplantado por interminables polarizaciones: solo hay héroes o villanos, triunfos o fracasos, inocentes o culpables, dominantes o dominados. La comprensión de las tensiones que se presentan en el campo de la política es considerada en términos estrictamente binarios, lo que hace que tanto su complejidad como la construcción de salidas, no sean igualmente simplistas, volviendo inviable, por ejemplo, el ejercicio de la extimidad.

Otra paradoja, esta vez explicada por Claude Lefort (1983), reside en el hecho de que el lugar simbólicamente vacío del poder, que emana y es legitimado por el pueblo, no podrá ser apropiado por nadie (p.75-77). Bajo esta paradoja «vive y respira el estado de derecho democrático», que se estará en peligro cada vez que este lugar vacío se vea obturado.

Esto sucede siempre y cuando el lugar simbólicamente vacío del poder es obstruido por quienes detienen autoridad. Este fue el caso de Hitler, Mussolini y Stalin, y tantos otros dictadores que florecieron en el siglo XX. Esto también puede suceder cuando a las divisiones internas se les niegan los poderes, lo que resulta en una indiferenciación de las instancias que rigen políticamente la sociedad. Es decir, cuando las paradojas, que se fundan en las diferencias, se transmutan en zonas grises.

O aún, en situaciones donde el poder deja de constituir un lugar simbólicamente vacío en nombre del cual se gobierna, para presentarse como «realmente vacío», una situación en la que los gobernantes llegan a ser percibidos como elementos de facciones al servicio de un grupo de interés, al ver que su legitimidad sucumbe a todas las extensiones del tejido social, hasta que, al límite, una sociedad civil propiamente dicha ya no se sostiene.

Antes de su corrosión total, el tejido social se ve polarizado al extremo, teniendo en un polo la defensa de un estado permisivo y entregado a los grupos de interés; y en el extremo opuesto, el clamor por un estado igualitario, pero consustancial a la sociedad, y que hablar en su nombre encarnará al cuerpo social de una manera unificada y cohesiva, lo que a su vez conduciría al borramiento de la diferencia, y con ella, al borramiento del sujeto. Con esta polarización, ambas partes alimentan el odio como moneda de cambio, lo que potencia las múltiples situaciones de intolerancia, aislamiento y segregación. Por lo tanto, la violencia avanza sin tregua y el lazo social se debilita, a veces incluso se rompe.

Hoy más que nunca, debemos recordar con Freud los tres oficios imposibles: educar, psicoanalizar y gobernar. El psicoanálisis, la educación y la política son oficios de la palabra, sensibles a su equivocación, y cuyas acciones solo tienen lugar a través del lenguaje. Teniendo en cuenta las diferencias entre estos campos y prácticas tan distintas, desde la causa hasta el propósito de cada uno, es necesario no olvidar su punto nodal: lo imposible que los atraviesa.

 

Lucíola Freitas de Macêdo es psicoanalista en Minas Gerais.

Miembro de EBP-AMP. Fue Presidente del Conselho da Escola Brasileira de Psicanálise (2018-2019). Doctora en Psicología por la Universidade Federal de Minas Gerais (CAPES Grant) e investigadora em las áreas clínicas de testimonios, trauma y memoria en derechos humanos. Publicó diversos artículos y los libros Primo Levi, um escrito do trauma (Subversos, 2014 / finalista do livro do Prêmio Jabuti 2015) e Soante (Scriptum, 2013).

Traducción: Ana Paula Britto

 

*Texto de referencia para su presentación que ha sido realizada en el Primer Foro de “Movida Zadig Doces e Barbaros” – “Estado de derecho y corrupción”, en la ciudad de San Pablo, el 18.08.2017. Una versión de este texto fue publicada en la Revista Correio Express no. 0, en noviembre de 2017.

Notas:

1 Así es como en Lo que queda de Auschwitz, el filósofo Giorgio Agamben se refiere a la zona gris: “… él pudo aislar algo como un nuevo elemento ético. Levi lo llama la zona gris. De allí se deriva la ‘larga cadena de conjunción entre víctimas y torturadores’, en la que el oprimido se vuelve opresivo y el verdugo, a su vez, aparece como una víctima. Es una alquimia gris incesante en la que el bien y el mal, y con ellos, todos los metales de la ética tradicional alcanzan su punto de fusión” (p. 30).

Referencias bibliográficas:

AGAMBEN. G. O que resta de Auschwitz. São Paulo: Boitempo, 2008.

ARENDT, H. Eichmann em Jerusalém. Um relato sobre a banalidade do mal. São Paulo, Cia das Letras, 2016.

INNERARITY, D. A política em tempos de indignação: a frustração popular e os riscos para a democracia. Rio de janeiro: LeYa, 2017.

LEFORT, C. A invenção democrática: os limites da dominação totalitária. São Paulo: Brasiliense, 1983.

LEVI, P. Os afogados e os sobreviventes. São Paulo: Paz e terra, 2004.

_____. É isto um homem? Rio de Janeiro: Rocco, 1988.

_____. Um passado que acreditávamos não mais voltar. In: A assimetria e a vida. São Paulo: Editora Unesp, 2016.

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