La eficacia que presenta el discurso capitalista para reproducirse interroga acerca de los resortes que lo impulsan.
Es notable como las formas que se reconocen en ello dejan entrever un factor que entra en el campo de la creencia.
Que sepamos que el Otro no existe no implica que cada cual no se encuentre impelido a hacerlo existir de algún modo.
El Otro no existe pero si los discursos que lo inventan. Muchas discusiones acerca del sujeto que suponen están en torno a ese Otro1.
Aunque se desconfíe de las representaciones que producen, la articulación del sujeto en ciertos discursos están marcados por una creencia que se deduce de esas representaciones: la conciencia de sí. Es destacado especialmente en el del capitalista y el universitario.
Siguiendo a Lacan, este fantasma escópico2, armado en la frase me veo verme, es la creencia donde considero se sostienen estos discursos. El reinado del yo es su consecuencia. El yo como objeto privilegiado de la consciencia misma. Diferencia que hace, según quienes lo sostienen, como lo más propio del ser humano diferente a cualquier otro ser.
Consciencia que busca representarse a sí misma desconociendo la identificación, que en los discursos citados ocupa el lugar de la verdad.
Ya sea articulada con el sujeto cartesiano o al objeto a en el lugar del agente, la consciencia se ubica como un todo que pretende producir articulaciones sin resto. Anula la división subjetiva y el objeto causa del deseo.
Si aparece alguna inconsistencia se suplementa haciendo caer sobre el sujeto de la conciencia su falla. Como aparece al final de los libros de autoayuda: si el método que prescribe ha fallado es porque ha sido ejercitado incorrectamente.
De hecho se puede notar que en las reducciones del sujeto a la cifra de la ciencia encuentran su justificación en la razón de la consciencia: controlar mejor la distribución de los goces. Puesto en términos del yo: lo que existe en mi consciencia me lo apropio y lo que queda por fuera no existe, es segregado.
La trama que produce esa autorización a ejercitar el goce sobre el otro sin más justificación que la razón que me habita termina abriendo a la situación planteada por Lacan en “Kant con Sade”: El derecho a gozar del cuerpo del otro. Derecho que se ve ejercitar en el odio y la agresión que produce frente a lo distinto. No se trata de pensar una salida como un sujeto neutro sino abrir a la tratamiento de lo distinto que no esté capturado por este goce escópico del fantasma de la conciencia.
Si nos detenemos en cómo la mirada organiza nuestro mundo contemporáneo y sus relaciones se podrán situar los modos intrusivos que la definen como el ojo sin parpado: las lentes en todos los dispositivos cotidianos tanto en espacios privados como en la vía pública.
Aquí se entrama con algo que se produce en la posición del agente respecto al derecho que tiene sobre el cuerpo del otro. Aunque moleste la mirada está puesta sobre los cuerpos sin mediar palabra. Ese ejercicio de la mirada está presente sin poder ubicar el alcance. En ese sentido es que lo privado se hace público. Y el impacto que produce, casi al estilo del chisme, vira más hacia lo escandaloso.
Incluye también la ilusión de la libertad de elección, aunque sea bajo el modo de la desorientación, como en el discurso universitario.
De todas formas considero que el problema se sitúa cuando ese modo de gozar de la conciencia como un fantasma escópico toma el atributo de la verdad toda. Es decir, donde el amo, o también, el saber en el lugar de la verdad, hace un todo. Porque ahí es donde se produce lo segregativo de lo que queda excluido de ese todo.
A lo cual si se suma la característica que de lo que el yo se apropia es aceptado y de lo que no es rechazado se produce una tendencia a reducir a la nada lo que se segrega. Lo que viene a descompletar ese todo no es la excepción sino atenta contra el todo y su goce fantasmático asociado. Es un hecho que la evaluación3, la medición de rendimiento, el control de las conductas pasan a tener una carga adicional de producir exclusiones reales, muchas veces vestidas de libertad. Dejar caer al otro que queda excluido dándole la apariencia de dejarlo libre para que vuelva a elegir.
Los saberes que se imponen para justificar esa libertad también llevan esa marca de la racionalidad: ejercitar el saber todo sobre el lugar del Otro donde se encuentra el objeto a.
El asunto no es sólo el fantasma escópico de la conciencia de sí, sino el uso para hacer del suplemento del Otro que no existe un Otro todo4. Ese movimiento es el que produce “El Yo idéntico a sí mismo, eso es lo que constituye el S1 del imperativo puro”5.
Esa característica del S1 del discurso universitario en el lugar de la verdad, está en el discurso del capitalista, pero afectando al sujeto dividido. De ahí la noción, que se constata en lo cotidiano, de designarlo como el empresario de sí mismo, con una insatisfacción sin límite.
Pero lo que me interesaba destacar que ese amo en el lugar de la verdad en el tiempo actual está representado en la globalización, el mercado, elemento llamado racional, que sin duda tiraniza con la idea del deber en el lugar de la verdad.
No deben haber goces ociosos sólo aquellos ocios que producen más consumo, por lo tanto más trabajo. No hay duda que ser un buen consumidor es todo un trabajo, aún para salir de vacaciones. Si se consume con dinero es para producir más dinero. Luego alguien en la cadena de consumo puede perder esa apuesta, pero bueno, por eso es una apuesta. Lo que una tarjeta no puede comprar es la ilusión de cada quien, la tarjeta te lo muestra en la propaganda para que agregues a tu conciencia de si es ese saber de la esa escena de felicidad prometida, si se sigue la vía del consumo.
La ética que se juega en esa vía es la de no ser incauto respecto del único patrimonio de saber que tenemos que es el saber inconsciente6. Si hay un saber hacer viene de ahí.
Pero es un saber que no funciona con el todo, de hecho el lugar que le corresponde en el discurso analítico es el de la verdad no toda.
El asunto es cómo operar con eso respecto a otros discursos que rechazan ese saber. Porque en cuanto se pone en tensión ese alto concepto de sí mismo que tiene la autoconciencia, el odio salta rápidamente, suponiendo al goce del Otro que cuenta para ese discurso y segregando lo que no entra ahí.
¿Cómo hacer para que este saber no sea interpretado como la voz de mando que habita los otros discursos, que he referido en este breve texto?
Porque si algo es claro que este fantasma escópico es tan fuerte como la voz de la conciencia a la que refiere Lacan en su texto “Kant con Sade”.
Entonces ¿cómo conversar haciendo operar la lógica del no toda, la verdad, para tratar con esos discursos?
Es un hecho que cuando vamos desde ese saber inconsciente hacia los otros campos de saber quedamos capturados en la otra lógica. Los tropiezos son errores, los silencios… ignorancia.
Es complejo imaginarlo, porque cuando algo, de lo que los discursos del capitalista o el universitario tratan, del goce, se ve conmovido, la respuesta de las identificaciones del tirano saltan a la escena, agitando la verdad que le dé su razón.
Luis Martínez reside en Cipolletti, Río Negro, Argentina.
AP de la EOL, miembro de la AMP, docente del Instituto Oscar Masotta (IOM2), participa del Centro de Investigación y Docencia de Neuquén perteneciente al IOM2
Notas:
1 Miller, J.- A, Intervención de Jacques-Alain Miller en las Jornadas de la ECF de 2006.
2 Lacan, J., El Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis Cap VII, Paidós, Bs As 1987.
3 Miller, J.-A., Intervención de Jacques-Alain Miller en las Jornadas de la ECF de 2006.
4 Lacan, J., El Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, Cap IV, Paidós, Bs As, 1992.
5 Ibid.
6 Lacan, J., Seminario 21, clase 13/11/1973, inédito.