Introducción
En un artículo anterior1, retomé lo planteado por otros autores, quienes señalan la importancia de advertir la diferencia existente entre ‘populismo’ y los ‘movimientos populares’ surgidos en América Latina. Allí propuse la idea de discernir entre distintos ‘tipos’ de líderes y sostuve que esta distinción podía ayudarnos a pensar las disparidades entre ambos movimientos políticos. En este texto sumo una propuesta para continuar debatiendo el tema.
Primera hipótesis. Proponía que podíamos identificar cuatro tipos de líderes políticos: los que encarnan el ideal del grupo (estudiados por Freud), los que encarnan el superyó (que podemos desprender a partir de lo que nos enseña Freud sobre esta noción), aquellos que operan como nombre (descriptos por Eric Laurent) y aquellos que lo hacen como causa de deseo2.
De ello deriva el interrogante de si un mismo líder puede ocupar más de una posición, y de qué factor depende eso.
Segunda hipótesis. Para comprender una masa (grupo) de carácter político es importante tomar en cuenta la función del líder respecto de tres perspectivas: el tipo de lazo que se establece entre él y la masa, su posición en relación a la distribución de recursos y qué tratamiento de lo hetero (lo diferente) promueve. La lógica subyacente a estas estructuras podría establecerse sirviéndose de las siguientes nociones de Lacan: las formas del Uno, el objeto a y el no-todo.
Me animan a avanzar en estas hipótesis, las palabras de Freud que aquí transcribo: “Habría que prestar atención a las masas de diversas clases, más o menos permanentes, que surgen de manera espontánea, así como estudiar las condiciones de su génesis y su descomposición. Sobre todo, habría que ocuparse de la diferencia entre las masas que poseen un conductor y las que no lo tienen. Averiguar si las masas con conductor son las más originarias y completas, y si en las otras el conductor puede ser sustituido por una idea, algo abstracto, respecto de lo cual, las masas religiosas, con su jefatura invisible, constituirían la transición; si ese sustituto podría ser proporcionado por una tendencia compartida, un deseo del que una multitud pudiera participar. Eso abstracto podría encarnarse a su vez de manera más o menos completa en la persona de un conductor secundario, por así decir; en tal caso, del vínculo entre la idea y conductor resultarían interesantes variedades. El conductor o la idea conductora podrían volverse, también, digamos, negativos; el odio a determinada persona o institución podría producir igual efecto unitivo y generar parecidas ligazones afectivas que la dependencia positiva. Cabe preguntarse, además, si el conductor es realmente indispensable para la esencia de la masa, y cosas por el estilo.”3
Siguiendo la invitación de Freud, en el presente artículo me referiré a la primera hipótesis, e intentaré empezar a estimar las versiones del líder, poniendo énfasis en la figura de este como nombre. Propongo pensar si no es ese, en líneas generales, el tipo de dirigente que da lugar a lo que llamamos movimientos populares4. En cambio, me pregunto si el líder como superyó no es más propicio a surgir en el populismo.
Para ello, haré primero una vuelta a la concepción freudiana de la masa, tal como la describe en “Psicología de las masas y análisis del yo” para, a partir de ella, proponer que el mismo texto de Freud permite establecer una separación entre el líder-ideal y el líder-superyó, y luego empezar a establecer las variaciones entre estos y el líder-nombre.
El líder como ideal y el líder como superyó
Freud se ocupa de dos tipos de masas (iglesia y ejército) porque, para él, ellas muestran lo que otras dejan opaco. Esto es que en ellas se manifiestan dos tipos de psicología: la de los miembros y la del conductor.
Respecto de la primera explica que, en quienes son miembros de un grupo, se producen dos tipos de lazos afectivos (toda forma de identificación es en el fondo un lazo amoroso): de los individuos entre sí y de cada uno con el líder. En ambos casos la ligazón consiste en una identificación, aunque de distinto tipo. La principal y que da origen a la otra es la que se establece con el conductor. Freud la define así: Una masa es “una multitud de individuos que han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo, a consecuencia de lo cual se han identificado entre sí en su yo”5. El proceso psíquico que se produce es el siguiente: “el individuo resigna su ideal del yo y lo permuta por el ideal de la masa corporizado en el conductor”6.
Al hablar Freud de permutación, entendemos un reemplazo o puesta en segundo plano del ideal propio, en pos de la interiorización de un objeto que pasa, él, a convertirse en ideal del sujeto. En ese caso, la permutación presupone un abandono (temporal o permanente) del propio ideal. Esto nos abre un nuevo aspecto: deberíamos saber si el lugar atribuido al líder es el mismo en los casos en que el líder deviene tal porque coincide con el ideal propio y no por un reemplazo. La aparición del ideal del sujeto en un objeto describe la situación de enamoramiento. En cambio, que un sujeto haga a un lado su ideal para tomar el objeto como ideal es el caso que Freud describe como hipnosis. Es sutil pero es diverso que un sujeto se deje llevar por el ideal propuesto por el objeto, a que un sujeto tome un objeto como líder porque coincide con su ideal. Es decir, no es lo mismo que un líder sea o que tenga el ideal del sujeto. ¿Qué consecuencias podríamos extraer de esto? Podríamos explorar la hipótesis de si la distinción entre la estructura del enamoramiento y la de la hipnosis hace la diferencia entre una masa sostenida en el ideal y una en el superyó.
Retomemos la exposición freudiana de los efectos de masa. A partir de la identificación con el guía, se genera una identificación entre los participantes. Es a nivel del yo, al percibir que se está en la misma situación que el otro. Este punto de comunidad produce empatía. Supone hallar un punto de coincidencia que los iguala. Freud señala que esta es la base de la justicia social7 y la condición de posibilidad de la civilización. De la identificación entre los compañeros surgen condiciones esenciales para la vida social: “derivan de esta comunidad del yo los deberes de la ayuda mutua y el reparto de bienes, que la camaradería implica”8. Y “el amor ha actuado como factor de cultura en el sentido de una vuelta del egoísmo en altruismo”9. Este aspecto está gravemente puesto en peligro por el neoliberalismo en tanto y en cuanto fomenta el individualismo y la idea de que quien no logra éxitos por sí mismo y sin ayuda es porque no quiere esforzarse.
Si bien una masa presenta este aspecto civilizatorio, Freud señala su valor negativo respecto del individuo. El estado subjetivo propio de la masa es, para él, idéntico al de la horda primordial10, caracterizado por la sumisión a una figura fuerte, pérdida de la voluntad propia, predominio de lo afectivo sobre lo intelectual, incapacidad de moderarse y diferir la acción.
Ahora bien, mientras que en la horda, todos los hijos se sabían igualmente perseguidos por el padre, en el pasaje a las masas estudiadas por Freud, se produce un cambio de vía por el cual los individuos se sienten igualmente amados por el líder. Aunque Freud sostiene que el padre primordial es el ideal de la masa, propongo pensar que allí está el quid del pasaje desde la horda a la masa y del superyó al ideal. De allí podemos derivar que las masas sostenidas en el temor “a una personalidad muy poderosa y peligrosa”11 (incluso en la ambivalencia del amor-temor) son aquellas cuyo líder ocupa el lugar, no del Ideal, sino del superyó12.
Hasta tal punto es esencial la figura del jefe que en los colectivos estudiados por Freud, desaparecido el conductor, se disuelve la masa. Entonces, ¿cómo pensamos las agrupaciones cuyo líder ha muerto y sin embargo pervive como guía? La función del padre simbólico y el padre real, evocadas por Lacan, podrán venir en nuestra ayuda para pensar las distintas modalidades del Uno cuando podamos ocuparnos de ello.
Por ahora retomemos el punto en que Freud reseña la psicología del conductor. Freud lo describe como alguien cuyo yo no tiene una división tan tajante respecto de su ideal, lo cual le permite tener un narcisismo fuerte que lo presenta ante los otros como un individuo libre cuyo “yo estaba poco ligado libidinosamente, no amaba a nadie fuera de sí mismo”13. Tal vez es esa cercanía psíquica entre su yo y su ideal lo que le da carisma al sujeto, es decir, la capacidad de atraer a los otros.
De lo planteado vemos que Freud, expone una contradicción inherente al ser humano: ser solidario y hacer lazo implica renunciar a la independencia y volverse sumiso; ser libre implica renunciar al vínculo con el otro. Sin embargo, para poder vivir la vida un poco en paz con uno mismo se requiere de hacerle lugar un poco a ambas tendencias. ¿Se puede hacer algo con esta incompatibilidad estructural? ¿Hay algún tipo de grupo que mantenga cierto equilibrio? En términos políticos, ¿hay algún modelo que respete en alguna medida la existencia de estas dos necesidades del ser humano?
Ahondar en este punto permite observar qué tratamiento hace el conjunto respecto de lo hetero: de aquello que siendo miembros los distingue a cada uno, y de aquello que los separa de los que no forman parte de la masa; es decir, cómo manejan la diferencia. Sin dejar de introducir la dificultad que atañe a la intolerancia que cada uno tiene para tratar con lo que a sí mismo le hace diferencia en él y que se tiende a desconocer y expulsar sobre el otro. Para Freud, se establece agrupación en la medida en que se diluyen las diferencias (incluso las sexuales), se segrega lo que no hace masa (incluso lo propio de uno); es decir, la segregación es absolutamente inherente a la posibilidad de hacer grupo, ya que la aparición de lo hetero (ya sea bajo la forma del narcisismo de las pequeñas diferencias, de lo inconsciente no reconocido, o del interés por una mujer) aleja al individuo del grupo.
El líder como Nombre
Eric Laurent14 se interesa en esta posibilidad y explica que en estos casos se trata de alguien que opera como un nombre en el que se deposita la confianza. Y en esta línea opone confianza a lazo libidinal. Señala: “Decir ‘en un nombre’ es, precisamente, hacer una hipótesis, que es que no se deposita en la libido del que ocupa con su nombre este vacío. Es toda la apuesta con la cual se puede interrogar Psicología de las masas: si es verdad o no que se puede depositar la confianza en un nombre sin que el proceso descripto por Freud se ponga en marcha, la consolidación de este nombre con la libido pulsional depositada en el vacío para hacer tapón”15. Es decir, que lo que diferencia al líder-nombre del líder-ideal es que en el primer caso hay una extracción de libido que hace que no se ponga en juego el amor como algo que enceguece. Confianza en lugar de enamoramiento o sumisión hipnótica.
¿Qué definimos por confianza? Confianza es pacto. Para Laurent, sería el modo de establecer un nuevo amor –como propone Laurent retomando una expresión de Lacan. “…se trata precisamente de un nombre propio allí depositado, y se espera que, precisamente, este lugar no esté ocupado por un goce parco y cruel…”16. Un nuevo amor que Laurent describe como amor a la causa, que entendemos como amor a lo que causa deseo. Esto puede coincidir o no con el amor a una causa política.
¿Qué determina que se suscite la confianza? Se podría decir que esta se suscita a partir de que quien devendrá líder –solo lo será cuando demuestre que ha sido merecedor de esa confianza– haga entrar en la cuenta lo que hasta ese momento no contaba; lo cual implica un après coup en el que se verifica el respeto que él ha tenido por la palabra dada a la masa.
¿Qué rasgos tiene quien se la ha ganado? Propongo la hipótesis de que es quien, en algún aspecto que toca a cada uno de los miembros de la masa en su singularidad, hace pasar el goce por la escala invertida del deseo de modo tal que repercute en las instancias de la sociedad. En este sentido, interviene como un medio a través del cual la masa obtiene algo de la plusvalía en juego para cada uno.
Es viable la hipótesis de que en el caso de que el líder opere como medio, la masa no desencadene el enamoramiento o la hipnosis sino la confianza. Eric Laurent habla del carisma, señala lo siguiente: “De la crisis argentina se salió por un hombre que encarnó en un momento dado, con un carisma particular, una fuente de autoridad posible. Lo que se busca es un nuevo amor. (…) un nuevo amor que es protección. Si es auténtico es protección contra la invasión de goce, contra la ley de hierro del superyó. Es (…) la envoltura formal, cómo el amor protege de esta invasión de goce con un velo”17.
El líder-nombre es un medio. Un nombre que, como mediación, es protección. Encarna el lugar del que se aviene a representar a la masa, a intervenir en favor de ella. Hoy en día toma la forma de la protección ante el arrasamiento y la exclusión que generan el avance del mercado, la tecnociencia y la financierización del mundo.
Para seguir…
Quedan muchas cosas por decir, me interesa especialmente intentar logicizar lo aquí expuesto a partir de los elementos que nos aporta Lacan (Uno, objeto a y no-todo) –quedará pendiente para un próximo artículo. Como cierre provisorio y, a su vez, para dejar abierta la lectura de la situación latinoamericana, quisiera proponer dos interrogantes.
Uno es si en América Latina, tierra que atesora riquezas naturales cuantiosas, que fue saqueada por los colonizadores hace 500 años y que actualmente está amenazada (entre otros ejemplos, vale el siguiente: el actual gobierno argentino anudó la enorme deuda que contrajo con el FMI a los recursos naturales –sin ninguna necesidad real ni de deuda ni de atar su falta de pago al pago a ellos), es posible una democracia sin la autoridad de un líder fuerte que se presente como un límite a los poderes externos.
La otra cuestión a plantear es la que surge a partir de la pregunta que nos propone el artículo de Ana Jaramillo18 (publicado en este número de La libertad de pluma): ¿no será que se acusa de ‘populismo’ a los movimientos populares en tanto ellos promueven el estado de bienestar para desacreditar a este último y poder justificar, así, las políticas neoliberales?
Marcela Ana Negro es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Miembro de EOL-AMP, Doctora en Psicología, directora editorial de La libertad de pluma.
Notas bibliográficas:
1 Negro, M., “Liberalismo, populismos y movimientos populares”, en La libertad de pluma N°4, http://lalibertaddepluma.com/marcela-ana-negro-liberalismo/
2 La idea de pensar qué tipo de líderes eran hombres como Gandhi o King se la debo a mi amigo y colega Julio Riveros.
3 Freud, S., “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), en Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, p. 95.
4 Brienza, H., “¿Populismo desde dónde?”, en La libertad de pluma N° 3, http://lalibertaddepluma.com/hernan-brienza/
5 Freud, S., op. cit., p. 110.
6 Ibíd., p. 122.
7 Ibíd. 114-5.
8 Ibíd., p. 127.
9 Ibíd., p. 98.
10 Ibíd., p. 116.
11 Ibíd., p. 121.
12 Tengamos en cuenta que Freud aun no contaba con la noción de superyó, la cual concibe en 1923.
13 Ibíd., p. 122.
14 Laurent, E., ¿Un nuevo amor para el siglo?, en El Caldero de la Escuela nº 18, 2012.
15 Ibíd., p. 2.
16 Ibíd., p. 3.
17 Laurent., E., “La ley de hierro del superyó”, entrevista para el CIEC, http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=prensa&SubSec=america&File=america/2011/11-01-30_La-ley-de-hierro-del-superyo-Entrevista-a-Eric-Laurent.html
18 Jaramillo, A., “El estado de bienestar en américa latina no es populismo” en La libertad de pluma N° 8, http://lalibertaddepluma.com/ana-jaramillo-el…-no-es-populismo/