Marcelo Barros – Memento Vir

No men beyond this point (Sawers, 2015)

Un colega de Brasil planteó durante la conversación el problema que todavía llama mi atención. Tras señalar que el aclamado vanguardismo de las mujeres era algo digno de celebrarse, reparó en el hecho de que –según su parecer– el psicoanálisis lacaniano convocaba cada vez menos a los hombres. Esa intervención no tuvo respuesta, tal vez por lo mismo que ella afirmaba. Un recuerdo más lejano me lleva al curso sobre la sexualidad femenina que una distinguida colega dictaba en Buenos Aires. Decidió dedicar la última clase a la consideración de lo viril, y muy pocos asistieron. Ante la magra convocatoria, ella señaló como un error el pensar que la sexualidad del hombre no suscita interrogantes –que es lo que, de hecho, sucede. Algunas psicólogas feministas expresaron una pareja inquietud en las redes sociales, y lo atribuían a una primacía masculina que hace de la mujer el invariable objeto de estudio, mientras que el varón nunca sería puesto en cuestión. Puede ser. Me inclino más por la tesis de la decadencia de la posición viril en la cultura. Si la damos por cierta, no sería raro que la depreciación de lo masculino se manifieste también en el seno del psicoanálisis.

El fantasma de la extinción de lo masculino es algo que se va dibujando en el nuevo orden simbólico. Eso sin duda no es más que una ensoñación, aunque ese espejismo bien puede tocar algo real. Cabe tener en cuenta que ya en 1956, en las páginas 454 y 455 de Las psicosis Lacan jugó –acaso cómicamente– con la idea del advenimiento futuro de la partenogénesis y el engendramiento infinito de las mujeres por las mujeres. Bajo la forma de falso documental, una comedia canadiense de 2015 muestra el panorama de un futuro cercano en el que los hombres dejan de nacer. Nada de eso ocurre, por supuesto. Sin embargo, hay una ligera –o no tan ligera– tendencia a la desaparición del hombre dispuesto a cargar sobre sí las exigencias de la monogamia, la paternidad y la manutención de la familia. ¿Ha de preocuparnos ese repliegue y la captación de cada vez más adeptos por parte de la ética del célibe? Amar es necesario, y acaso podamos decir que no es bueno que el hombre esté solo. ¿Pero no nos dice el psicoanálisis mismo que hay muchas maneras de amar, de inventarse una pareja?

Es pertinente preguntar hoy si dejar la iniciativa sexual a cargo de las mujeres es signo de neurosis. Porque en la era del linchamiento mediático y el “todos violadores” esa posición abstinente denotaría más sensatez que inhibición. No pasa un solo día sin que los medios, sobre todo si son “progresistas”, nos recuerden entre líneas o con titulares enfáticos cuán abyecto es el varón. Una mal disimulada Verneinung nos dice que la consigna “muerte al macho” sólo apuntaría al patriarcado. Sin embargo, una destacada dirigente feminista como Marta Dillon postuló que “la pareja heterosexual es un factor de riesgo para la vida para las mujeres”. La crítica de lo viril, sobre todo la del hombre blanco y heterosexual, es obligatoria hoy para la ilustración progresista. Tras la justa condena de la violencia sexista, se da paso a la censura de una muy dilatada lista de comportamientos masculinos, bajo un discurso que sería calificado como puro y simple racismo si se tratase de cualquier otro grupo social. Los progresistas proclaman urbi et orbi el evangelio de la aceptación del ‘otro’, siempre y cuando ese ‘otro’ sea feminista, vegetariano y liberal. Tres académicos de E.E.U.U. presentaron un hoax que fue tomado en consideración por una publicación universitaria, y en el que se transcribían párrafos enteros de Mein Kampf , pero en los que la palabra “judío” había sido reemplazada por “hombre”.

Algo ha venido sucediendo en los últimos años para que una escritora –feminista, además–, como Doris Lessing se atreviese a declarar que “la humillación del hombre es algo que forma parte de nuestra cultura” (Clarín 16 de agosto de 2001). Pero si ello “forma parte de nuestra cultura”, entonces no podemos achacarlo solamente a la prédica de los feminismos y las izquierdas.

 

The full Monty (Cattaneo, 1997)

Sólo a los progresistas de Argentina, siempre infalibles en el error, se les ocurre identificar patriarcado y capitalismo, siendo cosas radicalmente opuestas. Que este nefasto error también infiltra al psicoanálisis, lo vemos en que se confunda la valorización de la función del Nombre-del-Padre con posiciones patriarcales, nostálgicas, heteronormativas, conservadoras y sarasa.

Más aguda que la opinión ilustrada, una comedia inglesa de la época de Margaret Thatcher supo ver como nadie la hostilidad del neoliberalismo hacia la especie masculina encarnada en el trabajador fabril, rudo, poco instruido, acostumbrado al taladro y la maza. Más allá de describir un momento de la historia inglesa, la película mostraba cómo la cultura del libre mercado pone la existencia de lo viril en tela de juicio. ¿Qué lugar habría para eso en el nuevo orden simbólico del siglo XXI, en la era de la inteligencia artificial, la virtualidad, y sobre todo de la especulación financiera?

Tal vez no hayamos sopesado bien lo que Lacan sostiene en la página 135 de El reverso del psicoanálisis al decir que la modernidad “no le concede un gran papel” a ese hombre que “trabaja para alimentar a su pequeña familia”. El padre que cumple con el rol de macho proveedor es un esclavo, y lo cierto es que a ese esclavo no solamente no se le concede mayor crédito, sino que además se lo tiene por un déspota. Es el villano de la película. Incluso algunos psicoanalistas se hacen eco de esto a pesar de que Lacan, en la página 105 del mencionado seminario haya dicho que “la relación del padre con el amo es de lo más lejana”. En el mejor de los casos, se lo dibuja como un imbécil. No sin acierto Camille Paglia escribió en el New York Times del 26 de junio de 2010 que él, el padre, no es otra cosa que una pieza accesoria en la maquinaria familiar comandada por la madre. ¿Qué queda de él, una vez que ha perdido el trabajo y ya no puede cumplir su función de proveedor, la cual se le sigue exigiendo, y todavía con más ferocidad?

En 1998, Achieving our country de Richard Rorty criticaba a la izquierda cultural de los Estados Unidos. Progresistas ingeniosos en la destrucción de estructuras de pensamiento, pero estériles a la hora de aportar soluciones. Para Rorty ellos olvidaron al trabajador rural y fabril, al blue collar, resentido hacia el universitario, relegado por las políticas de ajuste, pero también por la intelectualidad posmoderna. A veces los derechos humanos parecen restringirse a las mujeres y a las minorías, no a toscos pueblerinos, con frecuencia prejuiciosos y machistas, que todavía no han desterrado de su lenguaje palabras como ‘negro’ o ‘marica’. Y lo cierto es que tampoco se resuelven los problemas de las mujeres, ni los de las minorías. Como sea, la profecía del filósofo anunciaba que esa franja social omitida por la izquierda cultural y el establishment político, no toleraría su marginación durante mucho tiempo. Algún día ellos se vengarían votando a un hombre autoritario, políticamente incorrecto y fascistoide. La profecía se cumplió.

 

Once were warriors (Tamahori, 1994)

El discurso capitalista produce desechos tóxicos que amenazan la vida del planeta. Uno de ellos es el fascismo. La misma globalización que priva al sujeto del uso de una narrativa que le permita historizarse, es lo que da lugar a la reacción fanática de la desesperación. Bien dice Martin Buber que la modernidad deja a la juventud con un ansia desesperada de comunidad, y que la misma se satisface en la facilidad de los “espejismos de comunidad”.

Otra toxicidad que nos interpela es la de la creciente violencia contra la mujer, que no parece haber disminuido con la caída de las estructuras patriarcales. A pesar de la enorme visibilización del tema, ese flagelo no ha menguado para nada, y la sed de justicia de las mujeres no encuentra su oasis. Sobre todo si son pobres y carecen de fama. Foucault advirtió que la sociedad de control estaría marcada por la primacía de la regla sobre la Ley. El derecho desplaza a la justicia de modo tal que la modernidad es la realización cabal del apotegma summun ius, summa iniuria. La práctica del escrache o el linchamiento mediático van a parar al lugar de una Ley que desfallece. En Argentina más de la mitad de las mujeres asesinadas –una por día– habían denunciado previamente a los infames. La razón principal es sin dudas el machismo repugnante de la sociedad argentina. Pero también cumple su parte la burocratización kafkiana del sistema. Si el ‘garantismo’ tiene sus virtudes, también presenta inconvenientes. Porque si algunos se quejan de que el delincuente “entre por una puerta y salga inmediatamente por la otra”, hay que decir que lo mismo sucede con los agresores de mujeres.

Ese agresor detenta una omnipotencia narcisista que desprecia la Ley, y no hace falta que sea un poderoso para que lo ciegue la ilusión de impunidad. De lo que se trata es de una virilidad no regulada por el Nombre-del-Padre. Pero los hombres violentos proliferan en estratos sociales castigados por el desempleo, el desarraigo, y la ausencia de lazos comunitarios. Son los escombros de la masculinidad destruida por el discurso capitalista. Una película neocelandesa mostraba al prototipo de ese tirano doméstico bajo la figura de un loser tan estruendoso como inútil, incapaz de decir que “no” al goce alguna vez, incapaz de proveer y de proteger, pero sobre todo incapaz de acompañar a una mujer y a los hijos. Ése que, según Lacan, no merece ni amor ni respeto. La corrección política no puede entrever cuán ligada está esa incapacidad para el amor, con una pareja incapacidad para la guerra. Dos cosas que Jean Paulhan consideraba de interés para un hombre, al igual que Sartre en sus Cahiers sur la drôle de guerre. No se trata ahí de violencia nacionalista, sino de una metáfora fundamental de la disciplina y la presencia de ánimo que hacen falta para soportar lo real. La destitución de las identidades culturales, el desamparo simbólico, la caída de los relatos que podrían alojar el goce que parasita al varón, dan paso a una homogenización tan formidable como estupefaciente. Se produce una subjetividad opuesta a la de un ‘guerrero aplicado’, y la masculinidad cae en un limbo mnémico similar al que sigue afectando todavía a los ex combatientes de Malvinas.

La violencia contra la mujer es acaso el principal y más dramático efecto de lo que Freud describe como “miseria psicológica de la masa”. Es la emergencia de la pura horda de los hijos, de pequeñas “majestades” que acaso aprenden precozmente a insultar o pegar a su madre. Son la manada, la pandilla, el grupo de violadores cuya fiesta es la vejación de una mujer. Porque del parricidio son por demás incapaces. Ésos que “alguna vez fueron guerreros”, son hoy delincuentes sexuales, canallas domésticos, parásitos taimados y crueles. Muy en otro extremo, hallamos un tipo de hombre que por el momento es escaso pero cuyas filas se acrecientan, y es el que está tan alejado de la violencia como de la paternidad y del desafío que implica la confrontación con una mujer o con un hijo. Es alguien que “no quiere guerra”. Un “objetor de conciencia”.

 

Falling Down (Schumacher, 1993)

La locura es femenina, nos dicen. La pusilanimidad y la mesura serían masculinas. No es un chiste, sino el catecismo “lacano-progre”. Es verdad que el límite de la castración concierne a lo viril, pero lo cierto es que es propio de quien está limitado el poder llegar a extralimitarse. Como es al medido a quien le cabe la desmesura, puede ocurrir que el timorato tenga su día de furia, cuando ya no da más. Porque está harto de ingerir la papilla de rencor con que lo atiborran las exigencias de la sociedad de mercado junto con las de la sociedad patriarcal. El mal –mâle– que fue enviado al exilio retorna siempre, y por lo general lo hace bajo la forma de lo peor. Hay que mirar las imágenes de las coléricas protestas contra el G20 en Hamburgo, o de las calles de París, devoradas por un incendio amarillo. Hay que estar en Buenos Aires durante el mes de diciembre para ver el efecto de masa crítica que produce la fusión entre el calor y el neoliberalismo. Aunque los medios de la derecha los ignoren, y los de la izquierda proclamen que la protesta es únicamente femenina, el testigo presencial verá a esos hombres que reaparecen en la escena social como revenants. Han sido invisibles para todas las almas bellas que ahora miran perplejas y horrorizadas la emergencia de autoritarismos que gozan de apoyo popular. Es sobre esos hombres resentidos que recaen, a la vez, las exigencias y los reproches. Para tomar noticia de cuánto se los desprecia desde todo el espectro político basta ver en Wikipedia la entrada machismo, y encontraremos que el agente de esa peste, el culpable, es en primer lugar el padre de familia. Justamente ése que sostiene el hogar con su trabajo. Se sigue esperando de él que cumpla con las obligaciones de la monogamia y la paternidad, en una sociedad, una vez más, como dice Lacan, que no le reconoce un gran papel. Salvo el de ‘malo de la película’ o de ‘payaso’.

Una escritora argentina, Liria Evangelista, dice que el lenguaje es una casa embrujada. Está lleno de fantasmas, de muertos vivientes, de ecos, de ancestros. La corrección política exige hoy la inclusión bajo la forma de la evitación compulsiva del plural masculino, y hasta de la diferencia de géneros. Esa aspiración a la lengua perfecta ha guiado a todos los puritanismos utópicos, a todos los parteros de pesadillas. Quieren una casa esterilizada, “limpia” de espíritus. Un lenguaje descafeinado, sin fantasmas, sin historia, sin heridas, sin diferencias. Sin nada que nos recuerde las abominables presencias del sexo y de la muerte. Porque si hay algo que resalta es eso que el lenguaje inclusivo excluye: el Ghost. Ése que parece recorrer nuevamente Europa y el resto del Occidente. Los protocolos progresistas son vanos en la hora de la verdad, que es la hora freudiana. Creímos que al ser empujado hacia los márgenes, el varón había muerto. No nos dimos cuenta de su paciente metamorfosis en hormiga enardecida. Creímos que el padre era ya un brumoso recuerdo, uno caído además en el olvido. Pero Freud enseña –a quienes todavía escuchan– que justamente esa caída y ese olvido son esenciales al padre. ¿Cómo ha de cumplir su destino trágico, si no es cayendo? Es una víctima, nos dice Freud. ¿El padre, ese infame, una víctima? ¿No es acaso la mujer el arquetipo de la víctima? Qué pronto se pasa por alto que el animal totémico no es otra cosa que una víctima. Es lo que da testimonio del pago de un sacrificio de sangre que está en el fundamento mismo del orden social. Hoy no queremos saber nada de las raíces violentas del derecho, por más que el olor de la sangre sea inocultable. El padre es la víctima por excelencia. Y además, una víctima que busca venganza.

 

Marcelo Barros es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

Miembro de la EOL y la AMP.

 

Bibliografía:

Barros, M., http://www.marcelobarros.com.ar/template.php?file=Clinica/La-guerra-de-Malvinas.html

Buber, M., Ocho discursos sobre el judaísmo, Trotta, Madrid, 2018.

Dillon, M., https://www.infobae.com/sociedad/2018/06/03/marta-dillon-la-pareja-heterosexual-es-un-factor-de-riesgo-para-la-vida-de-las-mujeres/

Evangelista, L., Sangra en mí, Modesto Rimba, Buenos Aires, 2018.

Foucault, M., Historia de la sexualidad, tomo primero, cap. V, Siglo XXI, México, 1987.

Freud, S., “El malestar en la cultura”, en Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.

Freud, S., “El porqué de la guerra”, op. cit.

Freud, S., “Tótem y tabú”, op. cit.

Lacan, J., El seminario, libro III, Las psicosis, Paidós, Buenos Aires, 1986.

Lacan, J., El seminario, libro IV, La relación de objeto, Paidós, Buenos Aires, 1998.

Lacan, J., El seminario, libro XVII, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2006.

Paglia, C., https://www.nytimes.com/2010/06/27/opinion/27Paglia.html

Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Machismo

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