En menos de dos décadas, fue posible observar la inconsistencia de la propuesta hegeliana del fin de la historia, reciclada en la década de 1990, por Francis Fukuyama, héroe intelectual de la Era Reagan/Tatcher. Aunque este último propuso que las democracias liberales, a escala mundial, serían lo suficientemente robustas para entronizar a los Estados Unidos –como un solo imperio, protegiendo al Occidente del socialismo y del fascismo–, al mismo tiempo, por un lado, el gigante chino se despertaba y, por otro lado, se constataba un feroz regreso de los supremacistas blancos, en el corazón de América.
La tesis empezó a desmoronarse en todo el planeta. Sin embargo, para muchos es una triste revelación darse cuenta de que los valores juzgados universales son solo parte de un todo mucho más heterogéneo. Quizás la mayor ilusión era la creencia en la universalidad de la democracia como un bien deseado por todos. A lo sumo, habría enemigos de la democracia, pero serían pocos. La mayoría estaría apoyando a los tiranos por el engaño de la identificación de las masas.
Pero los datos muestran, cada vez más, lo contrario. En Brasil, a pesar de todas las propuestas degradantes del actual presidente, el 30% de los brasileños sigue fielmente sus ideas, incluso cuando propone tortura, asesinato, guerra contra la libertad de prensa, entre otras prácticas antidemocráticas. Esta no es simplemente la ceguera típica de los movimientos de identificación de masas. Se trata, al revés, de la claridad de un discurso del amo feroz que llegó para quedarse.
Para esta parte de los brasileños, las frases de impacto del líder –no por casualidad nombrado mito– actúan como un empuje al goce de la segregación, haciéndolos felices, incluso, para que puedan expresar sus pensamientos sin mayores obstáculos del superyó. Indirectamente, puesto que Freud conocía muy poco de las democracias –eventualmente, un poco, en su visita a los Estados Unidos– estas preguntas cruzan su obra, especialmente en su texto El malestar en la cultura. El altruismo y el bien al prójimo son problemas difíciles de solucionar para la economía libidinal, que siempre es centrípeta, egoísta. Pensar en el prójimo siempre requiere una exigencia del superyó. Esto implica pensar que no hay «bien en sí mismo», practicar el bien es siempre contrario a nuestros impulsos más infantiles. ¿Por qué hacer el bien? Incluso antes de Freud, encontramos «el bien» como obstáculo, en un autor estimado por Lacan, La Rochefoucauld. Para este, nada es menos sincero que el amor al prójimo, ya que no hay bondad desinteresada.
Es decir, es muy difícil practicar el bien sin que la culpabilidad esté en la raíz de esa motivación. ¿Pero no sería esta una de las funciones de la culpa? ¿Permitir la convivencia de diferencias? Este desplazamiento de la culpabilidad fue muy bien analizado por Lacan. Por estructura, no está permitido que el ser hablante esté libre de la culpa. Si antes el sujeto se sentía culpable por no gozar lo suficiente, el sujeto contemporáneo es torturado por su superyó, que le exige que goce cada vez más. Desde la perspectiva psicoanalítica, podemos pensar que no estamos delante de una batalla de ideas, ideologías, sino de regímenes de goce. Cuando el presidente actual habla, él goza; y despierta una ola de goce obsceno que se colectiviza por lo real en juego de la segregación, hors sens.
La paradoja de la segregación es que, al mismo tiempo en que es un tratamiento fuera de lo simbólico para el goce perturbador, irrumpe en todo el planeta a través de las palabras y del discurso de odio de ciertos líderes. Es justamente ahí que reside el peligro: una vez pronunciadas las palabras de odio, se activa un real de la destrucción del otro, que ni siquiera su autor logra controlar. En la guerra de argumentos, acusar de que no sean demócratas a quienes apoyan el discurso del actual presidente, en Brasil, no tiene ningún efecto. Ellos saben muy bien que no aprecian los valores de la democracia. Como mínimo, este saber siempre ha estado allí, reprimido y solo surgió con la suspensión de la vergüenza autorizada por un amo obsceno.
Por lo tanto, lo que está en juego en la apuesta, o no, en los dispositivos democráticos que deberían guiar cada estado de derecho, es una decisión ética que se abre ampliamente cuando los ideales de la cultura flaquean. Esta decisión es siempre individual, lo que implica ubicar al sujeto en la contracorriente del dispositivo de identificación. La democracia pertenece al campo de los ideales, es decir, es imposible. La segregación pertenece al campo del goce, no cesa de escribirse. Así que no sirve de nada acusar a un racista de ser racista, su razón cínica siempre encontrará una justificación. Esa será la estrategia de Trump para su reelección en 2020, make America white again.
Para concluir, creo que es fundamental no transformar el velo de la prudencia en una coraza de plomo. Como psicoanalista, creo que es crucial no quedar hipnotizado por la identificación, cediendo a la tentación de forjar un solo discurso. Sin embargo, estamos nuevamente en uno de esos momentos en la historia, donde el psicoanalista, como especialista en desidentificación, en palabras de Eric Laurent, tiene algo que decirle al amo y algo que escuchar en las calles.
Marcelo Veras es psicoanalista, reside en San Salvador de Bahía.
AME de la Escuela Brasileña de Psicoanálisis, Psicoanalista, Psiquiatra de la Universidad Federal de Bahía, Doctor en Psicología por la Universidad Federal de Río de Janeiro, Ex director de la Escuela Brasileña de Psicoanálisis (2013-15).