Marco Focchi – Amar a una multitud

Creo que para estudiar la sincronía con el Otro es oportuno tomar como ángulo de perspectiva el problema de la psicología de las masas, ya que las masas son protagonistas de la política contemporánea y, con la consolidación del populismo en diversos países, hoy se presentan como una forma del Otro que requiere ser analizada de modo particular.

 

Un nuevo protagonista de la historia

Freud comenzó a estudiar la psicología de las masas a partir del trabajo de Gustave Le Bon, cuyo libro, La psicologie des foules, tuvo un éxito extraordinario en su época. Publicado en 1895, marcó el camino para el estudio de aquello que asomaba en la historia como un fenómeno nuevo: la masa, el gentío, la multitud, una presencia que, durante siglos, había permanecido silenciosa, cuando la historia estaba hecha de grandes hombres, de reyes, de príncipes, de líderes, y las masas tenían su lugar en el campo, lejos de la escena en la que la historia se representaba, en las cortes, en los palacios nobiliarios, en los campos de batalla.

¿Qué lleva a la masa al primer plano como nuevo protagonista, nuevo motor de la historia? La respuesta de Le Bon se centra en dos factores. El primero consiste en la destrucción de todas las creencias religiosas, políticas y sociales que habían actuado como cohesivos sociales en nuestra civilización –en práctica, la obra del Iluminismo–; el segundo es la creación de nuevas condiciones materiales para la vida, generadas por los descubrimientos científicos e industriales modernos; en otras palabras, las relaciones productivas determinadas por la Revolución Industrial y por el capitalismo. Todo esto, acompañado del derrumbe de las ideas del pasado y de la indefinición de aquellas que deberán sustituirlas, hace que, según Le Bon, nos encontremos en un periodo caótico de transición donde, sin embargo, ya es posible prever que sin importar cuál sea la forma que asuman las cosas, será necesario tratar con una “potencia nueva, última soberana de la edad moderna: la potencia de las masas”.

¿Qué lleva a la multitud silenciosa, que siempre había permanecido en el anonimato tras bastidores, a situarse en el escenario político? Seguramente, el gran giro es producto de la Revolución Francesa. Vemos a las masas afluir a las calles, combatir, tomar posesión de la Bastilla, decapitar a las elites aristocráticas y clericales que, hasta ese momento, habían llevado las riendas del Estado. La Revolución francesa es el disparo del cañón que marca un cambio crucial y vuelve visible un proceso que ya venía desarrollándose de modo silencioso desde hacía algunos siglos.

Después de la Revolución francesa, una oleada de movimientos revolucionarios se propaga por Europa y exige la libertad en contra del absolutismo, hasta que tiene lugar la “primavera de los pueblos” en 1848. Se trata, para las viejas monarquías, de sufrir el golpe de los acontecimientos o de anticiparlos, y en la vía de prevenirlos la precursora en tal dirección es Inglaterra.

 

La creación forzada de las masas

A partir del siglo XVII y hasta el siglo XIX, el Parlamento inglés promulga una serie de Enclosures Acts a favor de los grandes terratenientes, y valla terrenos que inicialmente estaban destinados a la explotación de bienes comunes. Esto perjudica a los campesinos que dejan de tener acceso a los beneficios que obtenían de las Common Lands, es decir, de aquellas tierras que en el Medioevo formaban parte de las posesiones del señor del castillo, pero que eran concedidas para la pastura, la pesca, la recolección de leña, la extracción de minerales, etcétera.

En el momento en que se promulgan las Enclosures se produce una masa de desocupados que se transfiere a las ciudades y que, producto de las leyes contra el vagabundeo, puede elegir entre la cárcel o el trabajo en las fábricas. De este modo, se genera la gran cantidad de proletariado que será empleado en la producción industrial.

Con el desarraigo del contexto de referencia y de los comportamientos tradicionales, estos campesinos –transformados por la fuerza en operarios y obligados a tener condiciones de vida deplorables en los bajos fondos de la ciudad o en pequeñas aldeas industriales– tenían como único remedio el alcohol, la prostitución, la degradación moral. Un cuadro vivo de esta situación se encuentra en el libro de Jack London, El pueblo del abismo, en el que describe la vida del proletariado en Londres a inicios del siglo XX; las imágenes que muestra de un mundo al límite de la supervivencia son realmente impresionantes.

El crecimiento urbano descontrolado, en condiciones higiénicas precarias, trae además la aparición de innumerables enfermedades contagiosas que en 1831 explotan en una epidemia de cólera, seguida de tifus y fiebres, hasta 1850 y 1855, cuando comienza a mejorar la urbanística mediante el saneamiento de los pantanos de miseria, creados en los márgenes de los centros administrativos y de las zonas residenciales de la burguesía.

El abismo de desánimo moral, cuyo símbolo era el alcohol, se acompañaba del infanticidio, del suicidio, de la alienación mental, del aumento de la criminalidad y de la propagación de sectas y cultos apocalípticos, místicos, milenaristas.

Así, este periodo histórico se caracteriza por el hundimiento en una gran apatía general vinculada a la falta de educación, de organización, y a la desesperación, producto de la imposibilidad de alcanzar cualquier mejora.

La única alternativa frente a la huida, a la derrota y la autodestrucción parece ser la rebelión que, inicialmente, se manifiesta de modo desarticulado pero que será tomada y canalizada a través de los movimientos laboristas y socialistas, convirtiéndose en un factor de gran agitación social, hasta producir las revoluciones que en 1848 se propagaron por toda Europa.

Nacen así las masas que Le Bon reconoce antes que nadie, dándose cuenta de que “ya no es en los Consejos de los Príncipes, sino en el ánimo de las masas en donde se preparan los destinos de las naciones”. Por este motivo, Le Bon se propone estudiar la psicología; porque, como dice, “los amos del mundo, los fundadores de religiones e imperios, los apóstoles de todos los credos, los hombres de Estado y en una esfera más modesta, los simples jefes de pequeñas colectividades humanas, siempre han sido psicólogos sin saberlo, con un conocimiento seguro e instintivo del ánimo de las masas”.

Le Bon, que políticamente es un pensador reaccionario, se plantea el problema de estudiar la psicología de las masas para dominarlas. Una nueva fuerza emerge para condicionar la política europea, y el primer pensamiento es cómo encauzar esta fuerza, cómo gobernarla. La presión de las masas, desvinculadas de su secular quietud, se hace notar y busca tener representación política en aquellas instituciones en donde la política se define, para tener voz y voto.

Los primeros reflejos de este empuje tienen lugar en Gran Bretaña con la Reform Act de 1832, que amplía el cuerpo electoral llevándolo de 400.000 a 650.000 individuos sobre una población de 14 millones. Vemos cómo el margen de quienes tienen derecho al voto aún es extremadamente reducido. Con la reducción del censo electoral, el acceso al voto de las clases burguesas está garantizado en la práctica. Es el problema de las denominadas Rotten Boroughs, pequeñas aldeas con un número muy reducido de habitantes que goza de una representación electoral, la que sin embargo es denegada a los individuos de los grandes centros industriales en crecimiento.

Posteriormente, la Reform Act de 1867 amplía la base de sufragio e incluye a gran parte de las clases trabajadoras y, finalmente la Reform Act de 1884 extiende el derecho a voto a los trabajadores agrícolas.

¿Cómo funcionan las cosas en Italia al respecto? La primera reforma a la ley electoral de 1860 se produce en 1882, en el gobierno de Agostino Depretis, quien baja la edad de voto de 25 a 21 años para aquellos hombres que poseen el título relativo a los dos primeros años de escuela primaria estatal. La base electoral crece del 2 % al 7 % de la población.

La ley de 1912, bajo el gobierno de Giolitti, amplía ulteriormente el número de ciudadanos con derecho a votar pasando del 7 % al 23 % de la población. La ley de 1919, luego, introduce el mecanismo proporcional –estamos en el gobierno de Nitti– gracias al cual el creciente consenso que se ha manifestado respecto del Partido Popular de Sturzo y del Partido Socialista se traduce en fuerza parlamentaria. Vemos aquí entonces cómo toman fuerza los grandes partidos de masa que determinarán el curso de la democracia italiana desde la primera postguerra hasta 1992.

Cuando hablamos de extensión del derecho a voto debemos tener presente que nos referimos siempre a la población masculina, puesto que el derecho a voto de las mujeres en Italia fue concedido con la ley de 1946. Sin embargo, es oportuno señalar que el sufragio universal femenino ya había sido instituido por la República Romana de 1849. Y cabe añadir, como nota de color, que a las mujeres se les dio derecho a voto también en 1920, en la Regencia Italiana del Carnaro, fundada por D’Annunzio en la ciudad de Fiume.

 

Un líder frente a la masa: D’Annunzio

Quiero recordar, porque me parece especialmente ilustrativo para nuestro tema, una vívida descripción que D’Annunzio da sobre la masa en el momento en que se prepara para arengarla. La encontramos en Libro secreto, su última obra, una suerte de diario escrito en 1935, tres años antes de morir.

“El pueblo se alborotaba y gritaba llamándome. Debajo a mis ventanas la salvaje masa humana bullía, hervía, explotaba como la materia en fusión. Yo debía responder ante su angustia, debía exaltar su esperanza, volver cada vez más ciega su abnegación, cada vez más candente su amor hacia mí, a mí solo. Y esto con mi presencia, con mi voz, con mi gesto, con mi cara pálida y mi mirada estrábica.

¡Oh, misterioso contrapunto! Sin determinar mi elocuencia ni mi acento, concedía a aquel difuso y desordenado clamor no sé qué estrépito de la voluntad, no sé cuáles timbres del imperio. Ciertas cadencias, ciertas cláusulas me pasaban por la mente como esos destellos que aparecen sobre el metal fundido, a los márgenes del foso de fundición. Una fuerza irrefrenable me subía al pecho, me cerraba la garganta: creo que me soplaba no sé qué fluorescencia o fosforescencia entre los dientes y los labios. Lanzaba un grito. Mis oficiales acudían, abrían las puertas, me abrían paso. Con un andar violento, como el disparo de una ballesta, me dirigía hacia la barandilla. ¿Iba ad bestias? ¿Ad animos? Sí, al pueblo.”

Diría que en estas palabras tenemos la descripción perfecta de la relación de las masas con el líder, detallada por Le Bon y retomada por Freud. La psicología de las masas es, en efecto, la psicología de la relación con el líder.

Le Bon describe a la masa como impermeable frente a las acciones de las leyes y de las instituciones, incapaz de poseer convicciones propias, salvo aquellas que le sean sugeridas. Refiero el siguiente ejemplo porque me parece de gran actualidad: “Si un legislador quiere establecer un nuevo impuesto, ¿deberá elegir el que, teóricamente, resulte más justo? Para nada. El más injusto podrá ser el mejor para las masas, si es el menos visible; uno que, en apariencia, sea el menos pesado. Un impuesto indirecto podrá así, aun siendo desorbitante, ser bien recibido por la masa. Si se lo aplica cotidianamente a objetos de consumo en fracciones de centésimas no altera las costumbres y no provoca gran impacto. En cambio, si se lo reemplaza por una tasa proporcional sobre los salarios e ingresos, a pagar en una única cuota, aun siendo diez veces menos gravoso que el anterior, levantará protestas unánimes”.

Es lo que hoy se manifiesta cuando decimos que es necesario ‘hablarle a la panza de la gente y no a la razón’. Por ejemplo, el precio de la nafta en Italia está compuesto por un 36% de costo industrial y un 64% de componente fiscal. Entre los impuestos aplicados a la nafta está, por ejemplo, uno sobre la guerra en Etiopía (1935-1936), uno sobre la crisis de Suez (1956), uno sobre la reconstrucción del Vajont (1963), etcétera. Son impuestos ocultos que no despiertan protestas, justamente, porque están incluidos de modo invisible en un bien de consumo cotidiano. ¿Qué significa, entonces, hablarle a la panza de la gente si tratamos de encuadrar este problema en términos freudianos?

 

El modelo freudiano

El modelo de la masa para Freud es la horda primitiva sometida al dominio ilimitado del macho más fuerte, a partir del cual se desarrollan el totemismo, la moralidad y la religión tras el asesinato violento del jefe supremo y la transformación de la horda en comunidad fraterna. El referente de Freud para los estudios en los que basa su hipótesis es James Frazer (1854-1941), el famoso autor de El ramo de oro. En su tiempo, Frazer gozó de una gran popularidad y seguramente representó un aspecto del establishment victoriano de la época que ratificaba la misión civilizadora de los europeos, basándose en el supuesto de que los conquistadores eran más evolucionados que los conquistados. Este no es el aspecto que desarrolla Freud, quien toma otra corriente de la investigación de Frazer. La investigación, mientras tanto, hizo sin embargo grandes avances. Los estudios de la antropóloga Marija Gimbutas, por ejemplo, delinean una cultura precedente a la patriarcal, introducida según ella por las invasiones indoeuropeas –los denominados “pueblos del Kurgan”, palabra utilizada para designar unos túmulos sepulcrales– que habrían implantado una cultura patriarcal sobre una precedente civilización fundada sobre la Diosa Madre, la diosa generadora, la diosa que da la vida. La idea de la horda, bajo esta luz, se ve entonces relativizada y lejos de ser primitiva. Incluso la hipótesis totémica fue criticada por Claude Lévi-Strauss, quien la recondujo hacia un puro sistema de clasificación, una modalidad de distribución de los nombres.

El modelo de la horda no se analiza, por consiguiente, desde la óptica de una hipótesis histórica, sino de un mito sobre el que se funda la perfecta homología entre psicología individual y psicología colectiva. En lo que atañe a este aspecto, existe una diferencia significativa entre Le Bon y Freud. Si para Le Bon el estudio de la psicología de las masas se separa claramente de la del individuo, al punto de constituir un objeto para sí mismo,  la psicología de las masas para Freud en cambio es un modo de leer los estratos arqueológicos de la psicología individual.

Lo interesante en este modelo de horda es la polarización que genera de modo radical: por un lado hay una masa indiferenciada, cuyos componentes no expresan una verdadera individualidad y permanecen en la necesidad de la ilusión de ser amados de modo equitativo por su líder; por la otra parte, está el líder que no necesita amar a nadie, pues solo se ama a sí mismo y, en lo que a él respecta, la masa solo sirve de espejo de su propio ser, de su grandeza. Lo hemos visto expresado en la rica y artificiosa prosa de D’Annunzio: la masa es un metal en fundición sobre la que el líder debe imprimir la marca de su voluntad.

Es la razón por la cual la multitud ejerce siempre un poder de anulación sobre el individuo, que se siente tragado y anulado por ella, y despierta en él un estado de terror, un sentido de hundimiento en la indiferenciación, de la cual solo puede salir si logra identificarse con la figura del líder.

 

La masa en imágenes

Esta lógica está expresada con extraordinaria riqueza en la película de King Vidor, The Crowd (1928), que ha inspirado a De Sica y despertado la admiración de Rossellini. La película comienza con algunos encuadres de una multitud que camina por la ciudad y dichos encuadres se van desvaneciendo uno sobre el otro, superponiéndose como una sola entidad palpitante. Luego aparecen algunos rincones de la ciudad: el puerto, los rascacielos, las calles, hasta que la cámara enfoca un edificio, otro rascacielos. Comienza desde un ángulo bajo y sube con un leve movimiento de rotación encuadrando las innumerables ventanas, todas iguales. Se acerca poco a poco, entra en una de estas ventanas donde distinguimos un enorme espacio lleno de escritorios alineados en filas idénticas, tras los cuales se encuentran sentados empleados encorvados sobre su trabajo. Al acercarse a uno de estos escritorios, observamos al protagonista, John Sims, de veinte años, también concentrado en su trabajo. Se trata de un trabajo anónimo, pero John tiene ambiciones. Su padre, cuando John nace, ve en él a un gran hombre, y John se apropia de esta idea para su destino. Seguimos luego el desarrollo de la vida del protagonista, su matrimonio, sus hijos, el pequeño apartamento popular en el que comienza su vida de familia. Luego, las dificultades y una serie de fracasos seguidos de la muerte de uno de sus hijos destruyen sus ambiciones. Al final, cuando su esposa está por dejarlo, John saca del bolsillo dos entradas para un espectáculo que había comprado antes de la crisis. La mujer, conmovida, se queda a su lado. Así aparecen en la última escena, encuadrados en una platea el uno junto al otro. Ambos ríen divertidos. Podría parecer un epílogo reconfortante, pero a medida que la cámara se aleja mostrando el espacio enorme y abarrotado de gente del cine, vemos aparecer una multitud indistinta que engulle a John con un movimiento inverso al del comienzo. El hundimiento en la multitud se representa, por consiguiente, como una anulación, como la destrucción de las ambiciones, de los sueños, de la individualidad; y resulta interesante cómo King Vidor, en esta escena final, nos muestra a esta inmensa multitud frente a un espectáculo que se convierte en el espejo de los espectadores que somos nosotros mismos, nosotros que, en una sala de cine, de modo análogo al protagonista, estamos mirando la pantalla. De este modo, nos percibimos como si hubiésemos caído en el anonimato, en la multiplicidad indistinta, en la función magnética en la que se desvanecen nuestra individualidad y nuestra voluntad.

 

Un vínculo erótico

Resulta interesante que Freud, tomando la horda como modelo de la masa, utilice luego este modelo para explicar la hipnosis y concluir que la hipnosis es una masa de dos.

¿Cuál es, en efecto, la acción del hipnotizador? La de atraer toda la atención del sujeto para concentrarla sobre sí mismo y anular cualquier racionalidad crítica para apoyarse sobre los impulsos más profundos.

Freud, diversamente de Bernheim, no considera la sugestión como una última explicación del vínculo entre el hipnotizador y el hipnotizado. La define más bien como un “convencimiento basado no sobre la percepción y el razonamiento sino sobre el lazo erótico”.

Del mismo modo en que el vínculo hipnótico se sostiene por un vínculo erótico, la masa se mantiene unida a partir de la idea de que el líder distribuye equitativamente su amor entre todos los integrantes que la componen. Así, para Freud, la masa se construye en el momento en el que los distintos individuos ponen un mismo objeto de investidura libidinal, el líder, en la posición del ideal del Yo. Pero poner el objeto en el lugar del ideal del Yo es la operación que, según Freud, describe el enamoramiento; y luego, Freud se pierde un poco en los distintos caminos por los que trata de diferenciar la identificación del enamoramiento.

Por un lado, podemos decir que en la masa los individuos se identifican con el líder, lo toman como modelo, quieren ser como él, y esta identificación pasa por un rasgo. Lacan, a veces, usa el bigote de Hitler como ejemplo de este rasgo, pero también sabemos que incluso una forma de modular la voz, de poner el cuerpo, de mover los miembros, pueden derivar en un rasgo que da apoyo a la identificación.

En el enamoramiento, sin embargo, incluso en el amor de Lonh de los trovadores provenzales, siempre está en el horizonte la posesión física del otro. Sin embargo, cuando vemos en los documentales de la época a la masa delirando por el Duce, hablamos en cierto sentido de amor por el líder, pero, evidentemente no es un amor que tenga como meta la posesión física. Es cierto que esta puede ocurrir, pero solo en el momento de la destrucción devoradora, cuando el amor muestra su faceta de odio, en la plaza Loreto para ser preciso, donde vemos la situación análoga a la devoración del padre de la horda. Es importante notar esta diferencia relativa a la posesión física porque, en el fondo, los ejemplos de masa que Freud estudia son modelos de una multitud muy jerarquizada, el ejército y la Iglesia, donde por más que haya un comandante en jefe y un Papa, la multitud se mantiene unida por una estratificación de grados que son a su vez peldaños, cuya función es medir y regular la justa distancia con el líder.

 

El modelo de Canetti

Creo que, desde este punto de vista, es interesante poner en tensión la perspectiva freudiana en la elaboración del tema de la masa con una muy diferente, que no da lugar a la figura del líder y, por lo tanto, no se basa en la polarización implícita del modelo de la horda.

De hecho, Elias Canetti parte de una referencia muy distinta a la de Le Bon. El estudio de Le Bon procede a partir de las grandes masas modernas que surgen del silencio de la historia haciendo sentir su presión y su voluntad de representación política. Le Bon se dirige a los aspectos arcaicos e inconscientes de la masa como contraparte de un poder que la debe gobernar. Canetti también incorpora el poder como paredro de la masa, pero no son las masas modernas su objetivo, sino, más bien, los agrupamientos primitivos, las tribus, es decir, grupos muy limitados de personas que en el paleolítico se unían para cazar al gran animal, o se aunaban para las guerras o para lamentar una pérdida, para un luto o para los rituales de crecimiento. Este último aspecto es quizás el más interesante, porque no solo se refiere al aumento numérico de los individuos que las componen, sino al crecimiento de los animales y de las plantas que los nutren; se refiere, en última instancia, al crecimiento y a la continuidad de la vida. De hecho, la vida solo puede continuar si crece, y el primer agrupamiento tiene este único propósito: el crecimiento y la continuidad de la vida.

Junto a las demás cualidades que definen a las masas, como la igualdad y la concentración, hay una particularmente significativa que es la necesidad de una dirección. “La masa –dice Canetti– está en movimiento hacia algo. La dirección común de todos los integrantes refuerza la sensación de igualdad. Una meta, que está por fuera de cada individuo y se vuelve la misma para todos, impulsa de modo subterráneo las metas privadas, desiguales, que serían la muerte de la masa. Por todo el tiempo que dure la masa, la dirección es indispensable. El miedo a la disgregación, que siempre vive en ella, hace posible orientarla hacia cualquier meta. La masa existe incluso cuando tiene una meta que aún no ha alcanzado”.  Por consiguiente, la masa está reunida no por un ideal encarnado en un líder, sino por una meta, una tarea, una suerte de brújula común.

Esta peculiaridad es especialmente interesante porque, si la confrontamos con el modelo freudiano, percibimos un aspecto que salta a la vista: la dirección, la meta por alcanzar, en último término el deseo y el empuje pulsional, asumen la función unificadora que según Freud es desarrollada por el líder. Mientras la masa freudiana se une por el narcisismo del líder que encuentra en sí mismo la propia satisfacción y dirige hacia él el deseo de todos los integrantes, la masa de Canetti no se mantiene agrupada por un ideal común, sino por un anhelo común. El interés del análisis de Canetti es el de sacar a la luz el aspecto pulsional de una estructura que Freud ha analizado en el plano narcisista. Porque, en última instancia, para Canetti lo que coagula a la masa es también un vínculo erótico. Solo que este no pasa por la figura del líder.

En efecto, el análisis que Canetti desarrolla en las primeras páginas de su libro es brillante. Su punto de partida es el miedo al contacto, vivido como una amenaza. Canetti considera originario el temor al contacto como miedo a lo desconocido y como algo que, naturalmente, despierta la necesidad de protegerse creando distancia. El término alemán usado por Canetti para definir contacto es Angreinfen, que significa “tenderse para tocar, para tomar”, pero también implica “atacar” y contiene greifen, que denota “aferrar”. En esto ya podemos observar la contraparte, el paredro de la masa, el poder que aferra, aprisiona, pone el enchufe del mando en la carne viviente.

El rechazo a ser tocado es, por lo tanto, fundamental; y si se hace lo opuesto, si se habilita el acercamiento porque se encuentra placer en el contacto con el otro es porque la repulsión de fondo muda en atracción. Solo en la masa –dice Canetti– el hombre puede liberarse del temor a ser tocado. Por eso la masa debe ser densa, también en su constitución psíquica.

En este análisis verdaderamente interesante, hay un lado que Canetti no menciona y es que, en el amor, también se supera la aversión al contacto, e incluso se busca el cuerpo del otro como fuente de placer. No solo en las masas se logra superar el temor al contacto, el amor es incluso la referencia de base que se extiende de modo sublimado en la masa.

 

Eros/identificación

En el fondo Canetti, sin verlo, retoma el mismo tema freudiano: eros es quien adhiere a la masa, como bien ilustra la masa de dos en la hipnosis.

Mientras Freud hace pasar su análisis por el circuito narcisista, Canetti introduce un lazo de fondo que surge del deseo de un mismo objeto, sin que sea necesariamente encarnado por un líder.

Diría, entonces, que podemos considerar el análisis de Canetti como un enriquecimiento de la perspectiva freudiana, más que la contraposición que él considera. Para él, se trata de una masa que no se basa en la identificación, sino en el deseo, en el anhelo, en la vida, y descubre el fondo natural y corporal, físico, concreto, sobre el que Freud ha fundado su extraordinario texto sobre la psicología de las masas, haciéndonos tocar la vertiente no formal, básica, física de la necesidad de los seres humanos de agruparse, antes de cualquier forma – polis. Si el texto freudiano es político, Canetti nos muestra la carne de esta política, su desvestida, su desnuda, erótica corporeidad; y nos hace sentir la potencia feroz que la política pone en forma, esa fuerza animal que Maquiavelo transfiguraba, en modo ya sublimado, en el zorro y el león, símbolos de virtud indispensables para el conductor, para el conquistador, para la vocación del líder. Pero también hay un lado salvaje, no domesticado que nos une, nos agrupa. Los clásicos de la política moderna, como Hobbes, consideraban que era el miedo, y que para poder dominarlo era necesario delegar la propia soberanía en un monarca. Nosotros hoy, gracias a Freud, vemos que hay otro modo de agruparse. No es solamente la vía del homo homini lupus, porque en nuestras venas corre el fuego del erotismo, que a menudo afortunadamente puede ser más fuerte que el miedo, y constituye un mejor lazo social basado más en la inclusión que en el rechazo, el cual, lamentablemente, vemos dominar la escena política europea en estos días cuando se habla del problema candente de la inmigración.

 

Marco Focchi es psicoanalista, reside en Milán.

Miembro de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi y de la AMP. Fue presidente de la SLP entre 2008-2011. Es director del Instituto freudiano de psicoanálisis. Ha escrito numerosos artículos en revistas especializadas.

 

Traducción: Marina I. Negro

Revisión: Natalia Paladino

 

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