Siguiendo algunos desarrollos de Foucault en Historia de la sexualidad, podemos ubicar que la vieja potencia del poder soberano se halla ahora recubierta por la administración de los cuerpos y la gestión calculadora de la vida.
No se trata de la violencia directa sobre los cuerpos como modo de imponer el poder, sino que se trata de “bio-poder”: el forzamiento sobre los cuerpos a dejarse modelar para la vida según el poder administrativo imperante en connivencia con la ciencia, la tecnología y el derecho. Un paradigma que pretende erradicar la violencia controlando y administrando la vida sin violencia.
De allí se desprende la pregunta siguiente: ¿en una sociedad que rechaza la violencia qué destino tendrá eso rechazado, que efectos sobre los cuerpos?
Freud en su carta a Einstein (1932) recorre un camino que va de la violencia al derecho. Ese trayecto se sostiene en la sustitución de la violencia de uno solo que detenta el poder, por la unión de muchos que ejercen sus derechos. El derecho surge entonces como el poder de una comunidad que está dispuesta a ejercer violencia, por lo tanto en esta sustitución la violencia aún subsiste en forma develada. Va a distinguir tres fuentes en el movimiento del derecho: en primer lugar, los grupos dominantes que producen el retorno de la ley común a la violencia e intentan imponer la ley del más fuerte; en segundo lugar, los oprimidos que querrán avanzar y progresar de la desigualdad a la igualdad de derechos pudiendo llegar a la sublevación. Y en tercer lugar, “otra fuente de evolución del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la debida al desarrollo y la consiguiente transformación cultural de los miembros de la colectividad”.
Es respecto de esta tercera fuente que nos deja una opinión sobre el desarrollo en su pretensión de que la evolución de la cultura sea de manera pacífica. Señala claramente que la civilización va progresando y en ese avance puede llegar a la desaparición de la especie humana: “Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; sin duda conlleva alteraciones corporales” “Las alteraciones psíquicas no siempre deseables sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de los fines pulsionales y en una creciente limitación de las mociones pulsionales” “la interiorización de las tendencias agresivas, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas”.
Freud nos despabila señalando que el derecho tiene su fundamento en la violencia y porta sus marcas: “Parece, pues, por consiguiente que el intento de sustituir el poder real por el poder de las ideas está hoy por hoy condenado al fracaso. Y se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y que todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia y lleva sus huellas.”
Postula la existencia estructural de la pulsión de destrucción en la humanidad, pulsión de muerte ineliminable: “Nos parece con pocas probabilidades de éxito sino inútil el propósito de eliminar las tendencias agresivas de los hombres.”
Entonces, si las tendencias violentas no son erradicables, y el progreso de la civilización avanza hacia la domesticación produciendo alteraciones corporales y psíquicas, limitando e interiorizando las tendencias agresivas. ¿Cuál será el destino de esas tendencias en los hombres? La sofocación y el rechazo de las mismas produce sus más indeseables retornos, ¿Habrá otros destinos posibles?
Lacan en “La proposición del 9 de octubre de 1967” indica que es en el horizonte mismo del psicoanálisis en extensión donde se anuda la hiancia del psicoanálisis en intensión. Es en esa banda topológica entre lo más singular y lo colectivo donde se pone en juego el tema que nos convoca.
En ese nudo Lacan -al igual que Freud pero de modo diferente- señala la peligrosidad del desarrollo: “como consecuencia del reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia y, especialmente, de la universalización que ésta introduce en ellas”. “Nuestro porvenir de mercados comunes encontrará su contrapeso en la expansión cada vez más dura de los procesos de segregación”.
Si lo colectivo orada lo singular y lo singular agujerea lo colectivo, no será el recurso a la universalización una salida digna para las tendencias racistas y segregativas ancladas en lo pulsional. El bien común, el para todos deja afuera y sofoca las tendencias agresivas ineliminables. El “para todo x” produce la promoción de segregaciones cada vez renovadas.
Siguiendo el mismo hilo de pensamiento, Miller en su curso Extimidad, habla del “humanismo contemporáneo”, refiere que el humanismo universal es insostenible en tanto su soporte es el saber científico en su pretensión absurda de hacer del Otro un semejante. Por eso cuando lo real del Otro se manifiesta, este humanismo se desorienta, lo lee como sublevación y surge el escándalo. Lo Otro del semejante desorienta al progresismo que apuesta al discurso de la ciencia para obtener la uniformización, especialmente del goce. La exigencia de desarrollo y progreso del discurso de la ciencia tiene como efecto, deshacer las solidaridades comunitarias.
Miller en esta clase nos recuerda el pronóstico lacaniano de le escalada del racismo. La vocación de universalidad de la ciencia resulta solidaria de dicha progresión, en su pretensión antisegregativa, la ciencia con su tecnología, anula las particularidades subjetivas. “Lacan les señala el hecho de que a esta desegregación responde la promoción de segregaciones renovadas” “el modo universal que es el de la ciencia encuentra sus límites en lo que es estrictamente particular, en lo que no es universal ni universalisable” Se trata del modo de goce de cada uno.
El tratamiento de eso no universalisable es el racismo moderno que tiene en su fundamento el odio al goce del Otro, se odia especialmente la manera particular en que el Otro goza. Ahora bien, el Otro que verdaderamente importa es el Otro dentro de uno mismo. La raíz del racismo, por lo tanto, es el odio al propio goce en su valor de extimidad. Y Miller hace notar que el racismo tiene validez ante todo en el nivel del “sexismo”, en el sentido que hombre y mujer son dos razas, no biológicamente sino en lo que hace a la relación inconsciente con el goce.
Eric Laurent, recortando otra cara del progresismo científico, dice que Foucault denuncia la época a partir de una constatación paradójica, el triunfo del capitalismo y su variante neoliberal que se acompaña de una gran tolerancia a los modos de goce. Hay cada vez más clasificaciones de poblaciones a administrar creadas por la burocracia y los sistemas de seguridad social basados en la ciencia.
Tenemos, por un lado, la proliferación de lo múltiple en la cultura, la serie que no se deja atrapar por la clase, ni por la universalización; y por otro lado, un intento de inscribir eso que se nos escapa en el régimen del todo. Podríamos pensarlo como un movimiento doble: algo que agujerea el todo y al mismo tiempo el intento de regresar de lo múltiple a la clase.
El tratamiento de lo diverso por la universalización, tal como predecía Lacan, hace estallar fundamentalismos y segregaciones cada vez más sectarias y feroces. A la vez, la apertura de la civilización a elementos heterogéneos, a la inclusión de lo radicalmente diverso y el intento de tratar ese real con los mecanismos de control y administración de los cuerpos, nos sumerge en nuevos actos de violencia y sufrimiento en el intento de tratar lo diferente.
La violencia como agresividad contra sí mismo y/o contra los demás se nos cuela por todos lados en la civilización. Cuanto más se intenta erradicarla, sofocarla, controlarla más aumenta su aparición incluso allí donde menos se la espera, tal como afirmaba Freud se yerra si no se pone en la cuenta que el derecho tiene su fundamento en la violencia y es inútil proponerse eliminar las tendencias agresivas de los hombres.
Ejemplos tenemos a doquier en la civilización actual. Basta como muestra dos situaciones muy evidentes:
Una, la proliferación en todo el mundo de Movimientos feministas que luchan por la vida de las mujeres y al mismo tiempo, su contracara, el aumento considerable de la llamada violencia de género.
Dos, la apertura a la posibilidad de elegir el propio sexo con los medios inscriptos en la cultura a disposición de ello, tanto en el campo del derecho, como de la medicina y la tecnología. Además la posibilidad de contar con la aceptación y comprensión de muchos ante dicha elección, y, al mismo tiempo en muchos casos, un aumento del sufrimiento, un empuje a la autodestrucción como único modo de acercarse a eso que pareciera estar al alcance de la mano. La película Girl de Lukas Dhont es un claro ejemplo de ello.
En el reverso de la biopolítica, Laurent, pone de manifiesto que “Lacan rompe su camaradería con las ciencias humanas que ignoran las relaciones del sujeto con el goce, y opta por destacar la originalidad del anudamiento introducido por el psicoanálisis entre lo simbólico y el cuerpo”.
El psicoanálisis se sitúa en el reverso de los modos de clasificación, rescatando la singularidad del síntoma en cada uno.
Miller, en “Reflexiones sobre el momento actual. El psicoanálisis en plural”, propone que en tanto psicoanalistas tenemos que anticiparnos al siglo XXI, si el psicoanálisis se sostuvo desde Freud en la lógica del “para todo x” y desde allí se podía ubicar sus compromisos, desviaciones y herejías, en la actualidad se trata de una generalización que incluye lo múltiple. Tenemos “un nuevo Uno en psicoanálisis” “el Uno de la serie, denominado como el no-todo”. “Ello no impide que los elementos estén ahí, sin que exista ninguna seguridad respecto de su predicado, y que nos veamos obligados a verificar”. En el siglo XXI vivimos un pasaje de la lógica de la clase a lo múltiple bajo el régimen de la inconsistencia.
¿Qué sería vivir bajo el régimen de la inconsistencia sin intentar administrar los cuerpos ni universalizar el goce?
Si erradicar la violencia del goce produce el goce de la violencia. ¿Cómo sería un tratamiento posible de eso ineliminable y absolutamente singular? ¿Podemos pensar en la sublimación?
Me parece importante distinguir y separar la sublimación de la violencia de la violencia de la sublimación. Si nos proponemos sublimar la violencia, replicamos el intento de regularla y nos paramos del lado del ideal cuyo reverso siempre es el superyó.
Parece más propiciatorio ubicar que hay violencia en la sublimación, en tanto ésta comulga con el goce del cuerpo. Laurent, al respecto de la sublimación y los artistas ubica que éstos nos impactan:
“Perturbando nuestros hábitos y nuestras balizas rutinarias para precipitarnos en un espacio que nos sacude y nos hace vacilar, los artistas subvierten la relación que mantenemos con nuestro cuerpo y el de nuestros semejantes, próximos y lejanos. Circunscriben un lugar donde experimentar el malestar fomentado y destilado por el vínculo con el otro.”
Desde esta perspectiva podemos decir que el arte es violento, ya en “El creador literario y el fantaseo” decía Freud que el artista es alguien que ubica en su obra lo perverso. Por eso impacta en el cuerpo del espectador, escandaliza, el artista muestra su rareza y hace eco en esa otredad más radical.
Se trata de la sublimación tal como Lacan la ubica en el Seminario 20 “el punto más elevado de lo que está abajo”, un goce en pleno ejercicio. Se trata de una escritura del nudo que articula cuerpo, lenguaje y goce.
¿Violentar los cuerpos con el arte permite alojar algo de lo expulsado y darle un tratamiento distinto al del superyó?
Si en la época del Otro que no existe, no podemos orientarnos por el amor al padre. La sublimación que impacta y subvierte la relación que mantenemos con nuestro cuerpo y nuestros semejantes, ¿Será una orientación posible?
María de los Angeles Córdoba es Licenciada en Psicología, reside en Buenos Aires.
Miembro de la EOL y de la AMP, Maestranda UNSAM, Profesora adjunta de Psicoanálisis Freud I y de Construcción de los conceptos psicoanalíticos, en la Facultad de Psicología de la UBA, Supervisora del Colegio de psicólogos de San Isidro. Autora del libro Síntoma, cuerpo y goce en la experiencia psicoanalítica.
Bibliografía
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